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RESEÑA
Sacado del n. 08 - 2007

El último discurso del papa Ratti


Según la historiadora Emma Fattorini, Pío XI se halló solo frente a los dos grandes jefes del totalitarismo nazifascista. Su libro contiene también el discurso, que nunca llegó a pronunciar, en el que el Papa afirma que, en los momentos de dificultad, lo que sigue siendo primordial y sustancial en la Iglesia es el sacerdocio y el episcopado (y por consiguiente el seminario)


por Lorenzo Cappelletti


Emma Fattorini, <I>Pio XI, Hitler y Mussolini. La solitudine di un Papa</I>, Einaudi, Turín 2007, 252 págs. 22,00 euros

Emma Fattorini, Pio XI, Hitler y Mussolini. La solitudine di un Papa, Einaudi, Turín 2007, 252 págs. 22,00 euros

Hace poco que ha salido en la colección Struzzi de la editorial Einaudi Pio XI, Hitler e Mussolini. La solitudine di un papa, un libro de Emma Fattorini que examina la documentación puesta recientemente a disposición por el Archivo secreto vaticano sobre el pontificado del papa de Desio.
El libro, que ha provocado opiniones contrapuestas, no pretende ser un nuevo tratado sistemático de aquel pontificado. Tanto es verdad que los ocho capítulos en que está dividido no obedecen a la cronología, que además se limita a la segunda parte del pontificado, sino que están agrupados por temas, como si de un dossier se tratara. La conclusión está ya anticipada en el título, o mejor dicho, en la suma del título y el subtítulo, que ofrecen el verdadero sentido de un volumen que pretende mostrar cómo Pío XI se halló solo frente a los dos grandes jefes del totalitarismo nazifascista. Sobre esta tesis nos detendremos al final. Ahora intentemos enumerar una serie de datos que emergen de las fuentes citadas.
En las primeras páginas Emma Fattorini pone en evidencia, con sensibilidad femenina, el papel de inspiración y acompañamiento (justo en las antípodas de la soledad denunciada en el subtítulo) que tuvieron en aquel pontificado algunas figuras femeninas. Su madre Teresa, en primer lugar, Margarita María Alacoque, la mensajera del Sagrado Corazón de Jesús. Y luego sobre todo Teresita de Lisieux, «estrella de nuestro pontificado», a la que el Papa canonizó en 1925 «en una emblemática coincidencia con la condena de la Action Française» (p. 41). De ella Pío XI hará «no ya el icono de una desgarradora devoción romántica y ochocentesca sino el modelo moderno de una espiritualidad sobria y madura» (p. 15). Teresita, pues, es mostrada como la pequeña vía del Papa hacia una sensibilidad cristiana más moderna.
También está en el grupo de estas mujeres otra Teresa, sor Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), que, a su vez, podríamos decir, sanciona la unión imprescindible con el antiguo tronco de Jeséy.
Se cita a menudo el «somos todos espiritualmente semitas» pronunciado por el Papa en un discurso de septiembre de 1938. Fattorini se pregunta, incluso sin documentos probatorios, cuánta influencia tuvo lo que Edith Stein le escribía ya al Papa en abril de 1933 (la carta se reproduce enteramente en el Apéndice): «Esta guerra de exterminio contra la sangre hebrea, ¿no es un ultraje a la santísima humanidad de nuestro Salvador, de la beatísima Virgen y de los apóstoles?». Y si por casualidad aquella expresión del papa no recuerda también la relación con el rabino de Milán, Alessandro Da Fano, de quien se sabe poco, según Fattorini (p. 7), pero a quien el Papa recuerda precisamente en el momento de la redacción de las leyes raciales en Italia, cuando al ordenar una respuesta al gran rabino de Egipto, exclama: “¡Si supiera que también Nos hemos sido alumnos del gran rabino de Milán!» (p. 183).
Dos capítulos enteros, el tercero y el cuarto, están dedicados a las relaciones con la Francia de finales de los años treinta, al frente de cuyo gobierno estaba el Frente Popular, y con España, donde el Frente estaba a punto de sucumbir a causa del “Alzamiento nacional”. Los últimos años del pontificado del papa Pío XI no son solo los de la Divini Redemptoris y de la Mit brennender Sorge, las grandes encíclicas de principio contra el totalitarismo rojinegro. Son también los años en los que se está forjando la España católica, por una parte, y por otra, la gran temporada del catolicismo francés.
Sobre este tema es interesante lo que pasó en julio de 1937 en nombre de santa Teresita. El Papa Pío XI habría querido presidir él mismo las celebraciones de la inauguración de la Basílica de Lisieux, pero su situación de salud no se lo permiten. Es el momento más difícil de su enfermedad, de la que será liberado, según él afirma, precisamente gracias a la intercesión de Teresita. Así que es Pacelli quien va a Francia como Legado papal. Un Pacelli acogido con gran cordialidad y que a su vez se expresa tan cordialmente sobre la fille aînée de l’Église que fue acusado en esta ocasión, por quienes estaban convencidos de la perfecta identidad de puntos de vista entre el fascismo y el Vaticano, de haber aceptado la mano tendida por los socialcomunistas franceses.
Pío XI

Pío XI

Fattorini da a entender que Pío XI fue aún más allá sobre este punto. Cita las palabras del Papa: «La Iglesia no puede permanecer ajena e indiferente frente a las miserias sociales, frente a los males que afligen a la humanidad; si ponéis los medios para conseguir amortiguar más fácilmente tantas miserias, para combatir tantas injusticias, está muy feliz de practicar de este modo sus principios de caridad y justicia […]. Bajo este aspecto la mano tendida puede ser tomada en seria consideración» (págs. 83-84). También es testigo de esta actitud de Pío XI el arzobispo de París, Verdier, quien por la Navidad de aquel mismo año 1937, tras un encuentro con él, afirma que el Papa le ha «confesado cómo, tras la dura experiencia de la enfermedad tan nueva para él, sentía más compasión por los sufrimientos humanos vinieran de donde vinieran, incluso de los hermanos separados, de los musulmanes que le pedían socorro» (p. 84).
Por lo que se refiere a España, según Fattorini de la documentación disponible resulta una actitud del Vaticano «animada más por la condena de la “violencia comunista” que por una actitud favorable al franquismo» (p. 89), y «lo confirma plenamente sobre todo la hostilidad de Pío XI hacia Franco» (p. 104).
En las páginas siguientes (págs.152-159) se da también amplio espacio al Anschluss de 1938, es decir, a la anexión de Austria por parte de Alemania. En este caso el cotejo de las fuentes permite comprender mejor las razones del apoyo dado a Hitler por el arzobispo de Viena, Innitzer. Por los documentos se comprende que, si podemos expresarnos de este modo, pudo más el miedo que la convicción. Si esto fue así para quien aún hoy sigue siendo considerado, dentro de la jerarquía católica, el emblema de un apoyo “convencido” al nazismo, hemos de deducir que habrá que utilizar aún más cautela para con los otros, in primis el Papa y su entourage. Desde este punto de vista, según un avance de Francesco Perfetti en el diario Libero, algunas cartas inéditas de Curzio Malaparte (que dejó inacabada una biografía del papa Pío XI, a quien conoció personalmente cuando era nuncio en Polonia) hablarían incluso de «un planteamiento democrático», por no decir «de izquierdas», del papa Ratti.
Volviendo al libro de Fattorini, resulta con mucha claridad de la documentación analizada en el capítulo quinto que también lo que fue llamada la “manía concordataria” (cfr. p. 29) del Papa está motivada por su preocupación frente a la capacidad de los regímenes totalitarios de enrolar a los jóvenes católicos. Preocupación confirmada por los obispos alemanes que ven en el Concordato de 1933 la única posibilidad de salvaguardar las libertades religiosas fundamentales, visto que «la debilidad de la familia católica preocupada por el porvenir económico [de sus hijos]» (p. 119) hacía extremadamente delicada la situación.
En cuanto a las relaciones concordatarias en Italia, es conocida la llamada crisis de 1931, cuando el régimen, a pesar del Concordato, mostró su hostil intolerancia hacia Acción Católica. Pero quizá no se destaca suficientemente que la reacción por parte del Papa en defensa de la libertad de educación (encíclica Non abbiamo bisogno) tiene un doblete aquel mismo año en la atención igualmente aguda por la cuestión social. Esta coincidencia la advierte Fattorini: «Las pretensiones del régimen sobre la formación de los jóvenes, a las que el Papa se opone ya seis meses después del Concordato con la Divini illius magistri [¡no Divinis illius magisteri! Por desgracia son muchos los descuidos, quizá debidos a las prisas por que saliera el volumen] no se aplacan y tocan su punto culminante en el enfrentamiento sobre Acción Católica de abril y mayo de 1931 precisamente cuando sale la Quadragesimo anno sobre la cuestión social» (págs. 31-32).
Hitler visita Roma el 6 de mayo de 1938

Hitler visita Roma el 6 de mayo de 1938

Algunos años después, en el momento crucial de su pontificado, la atención del Papa por la libertad de educación ya no tendrá como objetivo solo el asociacionismo católico, sino los mismos seminarios.
El Papa, en el décimo aniversario de los Pactos Lateranenses, el 11 de febrero de 1939, invitó a Roma a todos los obispos italianos. En la vigilia de esta celebración, a la que daba gran importancia, como es obvio por lo que hemos dicho antes y por otros motivos (recordemos que, en el momento de la visita de Hitler del anterior mes de mayo, el Papa se había retirado a Castelgandolfo porque Roma había sido engalanada para la celebración con –palabras suyas– «cruces que no eran la cruz de Cristo»), había preparado un largo discurso de su puño y letra para leérselo a los obispos. Por primera vez puede leerse íntegramente en el Apéndice (págs. 240-244).
Asombra que toda la primera parte de este discurso nunca pronunciado, porque el Papa muere precisamente el 10 de febrero, esté dedicada al seminario. Se podrá decir que fue una simple etapa de acercamiento al verdadero objetivo de aquel discurso que era poner en guardia frente a la desinformación y el espionaje de que eran víctimas el Papa y los obispos. Pero probablemente no es así. O mejor dicho, ambos objetivos son inseparables.
Ante todo porque no fue por una repentina vuelta atrás por lo que el Papa trató del seminario. El seminario había sido el tema de su última acción como arzobispo de Milán y de su primera acción solemne como papa. Desde 1937, tras la muerte del cardenal Bisleti, se había hecho cargo personalmente de la prefectura de la Congregación de los seminarios (como Pacelli hará a su vez con la Secretaría de Estado, como demostración de qué era lo que cada uno de los dos papas consideraba más importante en ese momento y más congenial a su carácter).
Y además porque, dice el Papa, ¿qué queda de primordial y sustancial en la Iglesia si no es el episcopado (y por lo mismo el sacerdocio, y por consiguiente el seminario)? Este parece ser en la hora suprema el término de la reductio ad unum llevada a cabo por el Pontífice: «Desde luego, por encima de todo y de todos está y actúa la gracia de Dios: gracia de elección y de vocación, gracia de santificación y de consagración. Pero todas estas gracias están distribuidas, cultivadas, perfeccionadas, consumadas en los seminarios. De estos, y solo (por regla general) de estos, la esperanza y, nos atrevemos a decir, la posibilidad de que salgan sacerdotes buenos y bien formados, y del sacerdocio el episcopado. ¿Qué más queda de primordial y sustancial en la Iglesia?».
Con la muerte del Papa, un Papa que, en la inminencia de la segunda guerra mundial, tenía en sus manos este discurso importante y temido y el borrador de una encíclica sobre el antisemitismo que nunca llegó a publicar. Termina la obra de Fattorini.
El libro, que como decíamos al principio, pretende mostrar la soledad del Papa, parece encontrar sobre todo en estos últimos hechos no cumplidos y palabras no expresadas una confirmación sugestiva. Incluso se atreve a declarar que «la soledad de Pío XI incluso post mortem es total» (p. 222). A Pacelli, de manera para nada encubierta, le achaca la responsabilidad de esta soledad.
Pero analizando los papeles nos damos cuenta de que esta atribución no se tiene en pie.
El interior de la Basílica de San Pedro, durante la ceremonia de canonización de Teresa de Lisieux, el 17 de mayo de 1925

El interior de la Basílica de San Pedro, durante la ceremonia de canonización de Teresa de Lisieux, el 17 de mayo de 1925

Ya en la introducción Fattorini insinúa, basándose en relecturas dossetianas, que el responsable del hundimiento de las esperanzas despertadas por Pío XI fue Pacelli, luego afirma con claridad que «el Pontífice consigue escribir su discurso de denuncia [?] e inmediatamente después muere. Pacelli se apresura en seguida a hacer desaparecer el texto: “No quedará de él ni una línea”. Un gesto bastante elocuente, que simbólicamente [¿y si, por el contrario, como algunos críticos han destacado justamente, ese gesto significara elocuentemente nada más que el respeto del derecho?] anuncia un nuevo clima, menos conflictivo con el fascismo y, de allí al cónclave, también con el nazismo. Comienza un nuevo pontificado que no recibe la herencia del último Achille Ratti» (págs. XXVIII-XXIX).
Las líneas finales, sugiriendo que en 1941 «Pío XII podía quizá arrepentirse de no haber seguido el camino del último Pío XI, cuando todavía había algunos márgenes de acción, antes de que Europa cayera en el abismo» (p. 228), concluyen diciendo que fue Pacelli quien le hizo el vacío a Pío XI, antes y después de su muerte.
Nos esperaríamos que las doscientas y pico de páginas fueran una firme demostración de esta tesis enunciada al principio y reafirmada al final. Pero si ojeamos el volumen con paciencia, de arriba abajo, lo que encontramos es la confirmación de la «total aunque no empática obediencia a Pío XI» (p. XXI) por parte de Pacelli; confirmación, entre sí, de «distinciones que quizá no expresan propiamente líneas verdaderamente diferentes» (p. 148); incluso confirmación de que, en el fatídico discurso final nunca pronunciado por Pío XI, «las correcciones de Pacelli son mínimas, pocas y formales y ni siquiera intentan asumir un planteamiento menos agresivo» (p. 214).
Claro está que la sensibilidad y el trato de Pío XI eran distintos de los de Pío XII. Todos están dispuestos a reconocerlo. Pero es propio de hombres leales, y de cristianos no sectarios, por suerte, el colaborar para la mayor gloria de Dios sin tener que estar a la fuerza siempre de acuerdo. Si se está en gracia de Dios también puede haber caridad.


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