¿Qué queda de primordial y sustancial en la Iglesia?
El discurso de Pío XI a los obispos italianos convocados por él en el Vaticano en el décimo aniversario de la firma de los Pactos Lateranenses. El discurso nunca fue pronunciado por el Papa, que murió la víspera, el 10 de febrero de 1939
El último discurso de Pío XI, que nunca llegó a pronunciar

Papa Pío XI
Diez años de conciliación, diecisiete y ya casi dieciocho años de pontificado, veinte años de episcopado, sesenta años de sacerdocio: estas son las grandes voces que, en los cándidos y taumaturgos esplendores de Lourdes, se han unido en coro para invitaros a consolar y alegrar con vuestra siempre querida y deseada presencia al viejo pontífice, al viejo papa.
¡Cuántas cosas dice, o dirá dentro de poco, esta vuestra venerada presencia a la Iglesia y a los fieles de todo el mundo, cuántas cosas dice especialmente a Nos, y cuántas nos sugiera e invita a deciros!
Por la angustia también del tiempo hemos de elegir temas y tratarlos muy sobriamente y trataremos de hacerlo con la ayuda de Dios y de vuestra bondad y paciencia.
Sin duda el tema más importante, y que exige ser tratado con la mayor ponderación, es el tema de la conciliación, porque es tema de importancia colectiva, universal (nunca mejor dicho), no solo para Italia. Y podemos, o mejor dicho, debemos, pensando en ello, sentirnos intimar por el Apóstol: et grati estote (Col 3, 15).
Y de este gran tema trataremos mañana, tras haber loado y dado gracias al Señor en la majestad de la gran Basílica, tan cercana y envolvente.
Ahora consagremos breves (no lo dudéis) aunque importantes reflexiones a estos grandes números de sacerdocio y episcopado. Y no son solo nuestros pobres números, sino que los que se imponen son los vuestros.
¿Cuántos sois? ¿Cuántos son los años de pleno sacerdocio y episcopado que aquí representáis? ¿Cuán grande y magnífico el cúmulo, el tesoro realmente inestimable de gracias divinas –gracias recibidas y comunicadas a tantas almas–, tesoro de correspondencia, de santificación, de apostolado, de méritos ante Dios y ante los hombres?
Pero frente a estas y a tantas otras obvias reflexiones preferimos recomendaros otra que nos parece –teniendo en cuenta también esta última lección, que la vida que nos queda nos viene dando en la Congregación, cuya prefectura nos hemos reservado–, nos parece, decíamos, la más práctica, y con la promesa de un fruto más grande y más precioso.
¿Dónde está el manantial del sacerdocio y el episcopado?
En los seminarios.
Claro está que por encima de todo y de todos está y actúa la gracia de Dios: gracia de elección y de vocación, gracia de santificación y de consagración. Pero todas estas gracias están distribuidas, cultivadas, perfeccionadas, consumadas en los seminarios. De estos, y solo (por regla general) de estos, la esperanza y, nos atrevemos a decir, la posibilidad de que salgan sacerdotes buenos y bien formados, y del sacerdocio el episcopado. ¿Qué más queda de primordial y sustancial en la Iglesia?
Las reflexiones que llegados aquí se imponen a quienquiera que tenga una responsabilidad relacionada con los seminarios son al mismo tiempo consoladoras y tremendas; especialmente para Nos, a quien la divina Providencia preparaba las [sic] responsabilidades de tantos años de sacerdocio, de episcopado y de pontificado, con tantos años de seminario, como a pocos –lo vemos– se les concede: doce años en Milán, y luego tres años en esta Roma.
Pero para responder a las exigencias del altísimo tema, y aprovechar la enseñanza más importante de esta última lección, como decíamos antes, no podemos olvidar que hay seminarios y seminarios: seminarios diocesanos y seminarios interdiocesanos, con una gradación de grande a mayor importancia.
No penséis que queremos meternos en números, que fácilmente se presentan al espíritu, especialmente a espíritus vigilantes y experimentados e iluminados como los vuestros. Piedad y estudio, dirección espiritual y gobierno exterior, disciplina e higiene, economía y administración, biblioteca y cocina, el cuerpo dirigente y docente y el personal de servicio, y todas las cosas grandes y pequeñas: sí, también éstas, porque la vida cotidiana está hecha de pequeñas cosas, y son escasas las cosas grandes; esta es la enseñanza y el ejemplo del gran Padre que está en los cielos, que gobierna los mundos, y sabe del pajarillo que muere en el bosque y del cabello que cae de nuestra cabeza (Mt 6, 26; Lc 21, 18).
Pero bastarán estas pocas y pobres palabras para tantas y tan importantes cosas, porque nuestra intención a la hora de llamar vuestra consideración hacia los seminarios tanto diocesanos como interdiocesanos ha sido solo para rogaros, como hacemos de todo corazón, que acorráis siempre en su ayuda por su mayor bien; en ayuda, favoreciendo las directrices y los cuidados de nuestra, mejor dicho, de vuestra Congregación, completamente consagrada a esos seminarios, que a vosotros precisamente pertenecen; en ayuda, considerando en la práctica como vuestros, no solo a los seminarios diocesanos, sino también a los interdiocesanos, que en efecto son y trabajan para todos los seminarios, que de ellos dependen: en ayuda, haciendo también a veces corde magno et animo volenti el sacrificio de algún sujeto especialmente útil a la diócesis, pensando que es para una utilidad más alta y más amplia, además de una verdadera caridad al Papa; en ayuda, favoreciendo el rigor de los rectores en la admisión y las promociones, pensando que sobre ellos recae una especial y formidable responsabilidad, asistida por gracias y ayudas especiales…
Y queremos terminar aquí, aun teniendo tantas otras cosas que se asoman y quisieran ser tomadas en consideración. Queremos concluir con dos recuerdos personales de nuestra primera juventud, porque nos parecen especialmente instructivos. El primer recuerdo se remonta a nuestro venerable arzobispo que, en el seminario de los pequeños, nos daba la primera comunión. Hombre de consumada experiencia y de mucha oración, tenía como rector mayor de los seminarios a un hombre, sobresaliente y ejemplar por muchos aspectos, aunque también bastante intratable y autoritario, que fue también rector nuestro. Decía el arzobispo –se lo decía a un santo sacerdote, tío nuestro paterno y casi segundo padre: «Yo termino siempre teniendo que adoptar sus juicios para las admisiones y promociones; solo una vez creo haber tenido yo razón; poco después tuve que admitir que también aquella vez tenía razón él».
El otro recuerdo nos trae a la memoria la gran y luminosa figura del cardenal Agostino Riboldi, que fue nuestro profesor de ciencias físicas y luego rigurosísimo obispo de Pavía, y luego memorable cardenal arzobispo de Ravenna Le decían un día: «Con esta generosidad a la hora de ceder sujetos, y con estos rigores de reclutamiento, pronto tendremos parroquias sin párroco»; respondía diciendo: «Si no hay santa misa, los fieles serán dispensados de escucharla». Raras diócesis han tenido obispos tan rigurosos y ricos en frutos pastorales.
Y por lo que respecta a los seminarios queremos terminar aquí; pero hemos de añadir algo que nos sugiere y casi nos exige vuestra presencia.
Hay una sentencia apostólica (Hch 6, 4) que dice que el ministerio de la palabra –ministerium verbi– es lo que más les pertenece a los apóstoles, y por consiguiente a vosotros, que sois sus sucesores.
Precisamente sobre la palabra episcopal nos queremos detener brevísimamente con vosotros, como hace el viejo padre con sus hijos. Palabra pública y privada: palabra privada a persona privada o a persona que está en algún cargo público; palabra pública hablada, o escrita, o impresa; palabra telefoneada…
Hemos dicho detenernos con vosotros, porque también el papa es obispo, obispo de Roma y de la Iglesia católica, como se firmaba el papa Eugenio en el Concilio de Florencia, para asociar también esta gran memoria a nuestras conmemoraciones de estos días.
Lo que vamos a deciros a vosotros y de vosotros, pues, hemos de decirlo a Nos y de Nos. Vosotros sabéis, queridísimos y venerables hermanos, cómo se trata a veces la palabra del Papa. Se ocupan, no solo dentro de Italia, de nuestras alocuciones, de nuestras audiencias, la mayoría de las veces para alterar su significado; y también inventando completamente, haciéndonos decir cosas absurdas y tonterías increíbles. Hay una prensa que puede decirlo todo contra Nos y contra nuestras cosas, incluso recordando e interpretando en sentido falso y perverso la historia cercana y lejana de la Iglesia, incluso la pertinaz negación de toda persecución en Alemania, negación acompañada de la falsa y calumniosa acusación de política, como la persecución de Nerón iba acompañada de la acusación del incendio de Roma; hasta llegar a verdaderas irreverencias; y se deja que digan estas cosas, mientras que nuestra prensa no puede ni siquiera contradecir o corregir.
Vosotros no podéis esperaros que vuestra palabra sea tratada mejor, incluso tratándose de la palabra de los sagrados pastores divinamente constituidos, palabra predicada, o escrita, o impresa para iluminar, precaver, salvar las almas.
Tened cuidado, queridísimos hermanos en Cristo, y no olvidéis
que muy a menudo hay observadores o delatores (si les llamáis espías acertaréis) que, por celo propio o por encargo recibido,
os escuchan para denunciaros, después, naturalmente, de no haber entendido nada de nada y, si es necesario, lo contrario; teniendo
en su favor (hay que acordarse
de ellos como nuestro Señor
con quienes le crucificaban)
la grande y soberana atenuante
de la ignorancia
Tened cuidado, queridísimos hermanos en Cristo,
y no olvidéis que muy a menudo hay observadores o delatores (si les
llamáis espías acertaréis) que, por celo propio o por
encargo recibido, os escuchan para denunciaros, después,
naturalmente, de no haber entendido nada de nada y, si es necesario, lo
contrario; teniendo en su favor (hay que acordarse de ellos como nuestro
Señor con quienes le crucificaban) la grande y soberana atenuante de
la ignorancia. Mucho peor cuando esta atenuante debe ceder el lugar a la
agravante de una estúpida presunción de quien cree y dice
saberlo todo, cuando evidentemente ni siquiera sabe qué es la
Iglesia, qué es el papa, qué es un obispo, qué es ese
vínculo de fe y caridad que nos une a todos en el amor y el servicio
de Jesús, Rey y Señor nuestro. Hay, por desgracia,
pseudocatólicos que parecen felices cuando creen captar una
diferencia, una discrepancia, a su modo (se comprende), entre un obispo y
otro, y aún más entre un obispo y el papa.
Sin embargo, queridísimos hermanos, no solo debéis tener cuidado con la interpretación y el abuso de vuestra palabra pública, sino también con vuestra palabra privada, especialmente con la que quizá vosotros, con bondad y confianza paternal, dirigís o decís a personas que tienen algún cargo político o de partido, los llamados jerarcas. Hay que tener con estos, aunque con la debida vigilancia, cierta indulgente comprensión. Para ellos se trata de su carrera, dicho en palabras pobres, se trata de su pan, de su vida. Sabemos que hay incluso muchas, buenas y consoladoras excepciones: personas excelentes, que saben viril y noblemente armonizar sus cargos con su fe y profesión católica, con incalculable ventaja para la religión, las almas, las conciencias, especialmente las juveniles, y por lo mismo del país. Quisiéramos conocerlos a todos personalmente, pues bastantes de vosotros nos los habéis ya indicado, para darles las gracias y bendecirlos a todos, uno a uno.
Y hay otra palabra más que reclama vuestra atención y vigilancia, una palabra que alguien puede creer que está protegida por cierto secreto natural, y no es así; al contrario, está muy sujeta al control: es la palabra telefoneada… Esto es algo de lo que san Pedro, el primer papa, no tuvo qué preocuparse ni ocuparse.
Para ser brevísimos y completísimos, os decimos y recomendamos insistentemente: no digáis nunca por teléfono lo que no queréis que se sepa. Vosotros creéis que vuestra palabra va sin más a vuestro lejano interlocutor, pero en cambio, en un momento dado, es advertida e interceptada.
Los hermanos Behm nos han regalado una magnífica instalación y un espléndido y perfectísimo aparato telefónico, y aprovechamos esta feliz ocasión para darles las gracias; pero nunca, repetimos, nunca hemos hecho uso del teléfono en muchos años; felicísimos de poder, no por teléfono sino frente a frente, daros a cada uno de vosotros in osculo et amplexu Christi la bienvenida, y, también en persona invitaros a obedecer, en tan solemne ocasión y para tan grande beneficio de la divina bondad, a la solemne intimación del Apostól: et grati estote (Col 3, 15), como, Dios mediante, haremos mañana en la gran Basílica de los Apóstoles, que sin duda se alegraban en el sepulcro glorioso –exultabunt ossa hurniliata, dice el Salmo. Nos podemos y debemos decir: exultabunt ossa glorificata, y lo decimos de todo corazón, con el acento de la oración: alegraos huesos glorificados de esos grandes entre los amigos y los apóstoles de Cristo, que honraron y santificado a esta Italia con su presencia, con su obra, con su glorioso martirio, con la púrpura de su nobilísima sangre; alegraos en este memorable día, que nos recuerda que Dios se ha vuelto a dar a Italia, y que Italia se ha vuelto a dar a Dios, auspicio excelente de bendito porvenir.
Y ante este auspicio, también vosotros, huesos sagrados y gloriosos, como los del antiguo José, profetizad… Profetizad la perseverancia de esta Italia en la fe predicada por vosotros y sellada con vuestra sangre: huesos santos, profetizad una perseverancia entera y firme contra todas las sacudidas y todas las asechanzas que, de lejos y de cerca, la amenazan y la combaten; profetizad, huesos santos, la paz, la prosperidad, el honor, sobre todo el honor de un pueblo consciente de su dignidad y responsabilidad humana y cristiana; profetizad, huesos venerados y queridos, profetizad la llegada o el regreso a la verdadera fe a todos los pueblos, a todas las naciones, a todas las estirpes, unidas todas y todas consanguíneas en el vínculo común de la gran familia humana; profetizad, huesos apostólicos, el orden, la tranquilidad, la paz, la paz, la paz a todo este mundo, que aunque parezca sumido en una locura homicida y suicida de armamentos, quiere la paz y con nosotros la implora y espera conseguirla del Dios de la paz. ¡Así sea!
(El texto está sacado del “Apéndice documental” del libro de Fattorini, págs. 240-244)