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EL PAPA EN AUSTRIA
Sacado del n. 09 - 2007

AUSTRIA. Benedicto XVI en Viena, Mariazell y Heiligenkreuz 7-9 de septiembre

“Una peregrinación contra la frialdad de nuestro presente”


El relato y el testimonio del arzobispo de Viena: «El Papa Benedicto, durante los días que pasó en Austria, no se cansó de dar testimonio del cristianismo como “el don de una amistad”que “perdura en la vida y en la muerte”»


por el cardenal Christoph Schönborn


El Papa Benedicto XVI en Austria

El Papa Benedicto XVI en Austria

El Papa Benedicto XVI en Austria. Si tuviera que resumir en pocas palabras lo que me llamó la atención de esos tres días de septiembre, diría que se trató de “una peregrinación contra la frialdad de nuestro presente”.
Bajo la lluvia y en medio del frío que nos pusieron duramente a prueba tanto en Viena como en Mariazell y en Heiligenkreuz, este Papa sorprendió a nuestro país –y creo que también a muchos de sus críticos– con una cordialidad y un calor humildes y por eso mismo convincentes; un calor que su misma persona expresaba, al igual que sus palabras, y que cada vez más sensiblemente envolvía a quienes le escuchaban.
Pronto resultó evidente que no se trataba de una forma exterior, de un simple modo de presentarse o de un rasgo de su carácter. Este estilo amoroso que naturalmente predispone a la escucha y a la reflexión ha definido durante decenios el pensamiento y la actividad de enseñanza del Santo Padre.
Creo que de este modo el Papa ofreció una síntesis de lo que está en el centro de su reflexión.
Su teología vive de un «“sí” a Dios, a un Dios que nos ama y nos guía, que nos sostiene y que, sin embargo, nos deja nuestra libertad, más aún, la transforma en verdadera libertad» (homilía en el santuario de Mariazell, 8 de septiembre de 2007). Creo que, en el sermón que pronunció en Mariazell, el Papa quiso expresar precisamente lo que es el núcleo de su reflexión. De esta fuente brota una imagen del cristianismo que es bien distinta y mucho más que un sistema moral, una serie de imposiciones y preceptos. El Papa Benedicto, durante los días que pasó en Austria, no se cansó de dar testimonio del cristianismo como «el don de una amistad» que «perdura en la vida y en la muerte» (homilía en el santuario de Mariazell, 8 de septiembre de 2007).
Es precisamente este enfoque el que nos fascinó cuando éramos alumnos del profesor Ratzinger. Ya entonces este quid, este algo que amorosamente te invita, definía tanto el estilo de sus lecciones como el modo en que el profesor se relacionaba con nosotros, sus alumnos. Y así en estos días pude experimentar con alegría y gratitud que, con la subida al trono de Pedro, ese preciso modo de vivir y dar testimonio de la fe ha adquirido nueva vitalidad y luminosidad.
Esta actitud de fondo impregna de verdad todas sus homilías y discursos, y durante los días que pasó en Austria se manifestó en todas las circunstancias. Pienso por ejemplo en las palabras sobre el modelo de vida europeo, que él puso de relieve positivamente en sus peculiaridades, incluida también la capacidad de practicar la autocrítica. Ahora es el momento de recurrir a esta capacidad, ahora que Europa corre el peligro de tirar su patrimonio: por ejemplo respecto a sus valores, en el siempre creciente relativismo; y luego en la pérdida de espacios para lo sagrado, y en especial del domingo, que sin un auténtico centro «acaba por ser tiempo vacío que no nos fortalece ni nos recrea» (homilía en la Catedral de San Esteban de Viena, 9 de septiembre). Este punto de vista se manifestó también cuando lanzó un fuerte llamamiento a favor de la vida de los niños por nacer, expresando no «solamente una preocupación de la Iglesia», sino «una petición profundamente humana» (discurso a las autoridades y al cuerpo diplomático, Viena, 7 de septiembre). Haciendo esto, no dio nunca la impresión de cerrar los ojos «ante los problemas y los conflictos que experimentan muchas mujeres, y soy consciente de que la credibilidad de mis palabras depende también de lo que la Iglesia misma hace para ayudar a las mujeres que atraviesan dificultades» (ibídem).
Benedicto XVI durante la adoración eucarística en la iglesia de los Nueve Coros Angélicos de Viena, viernes 7 de septiembre de 2007

Benedicto XVI durante la adoración eucarística en la iglesia de los Nueve Coros Angélicos de Viena, viernes 7 de septiembre de 2007

Si repaso los pensamientos, impulsos e instancias que nos transmitió en estos días, creo que sobre todo ello brillaron las tres estrellas de la fe, de la verdad, y de la razón, que yo siempre he percibido y considero como el gran motivo dominante de su pensamiento. Fe y razón: para muchos hombres de nuestra época hay una contradicción aparentemente irreconciliable entre estos dos términos. En cambio, para este Papa fe y razón están unidas indisolublemente la una a la otra. Una fe que no pide siempre también el asentimiento de la razón sería para él una deminutio del hombre. Dios no quiere sólo gente que ama, sino también gente que piensa, junto con El.
El pensamiento, sin embargo, presupone la libertad. Tras largas disputas en torno a esta cuestión, la Iglesia ha llegado finalmente a una gran claridad, y este Papa tiene un respeto enorme por la libertad del hombre. Así pues, sólo a partir de esta actitud la Iglesia es creíble en su acción a nivel global en favor de la libertad religiosa. Y aquí la Iglesia se adentra en la gran cuestión de la relación entre libertad y verdad. Para Benedicto XVI está muy claro que necesitamos la verdad. Apenas el Papa habla de la verdad se asoma el temor de que detrás de esta aspiración a la verdad se esconda también la intolerancia. En este hombre, siempre propenso a escuchar y al mismo tiempo siempre dispuesto al debate, he admirado siempre esto: confía sólo en el “poder interior” de la verdad, y no en la constricción y en el adoctrinamiento. En esta confianza profunda en la fuerza persuasiva de la verdad y en la capacidad del espíritu humano de acoger la verdad nace su mirada a Cristo. Así la verdad es humilde, no es un producto nuestro, no es una propiedad nuestra. Ella se demuestra a sí misma, convence por su propia fuerza, «del mismo modo que el amor no se puede producir, sino que sólo se puede recibir y transmitir como don» (homilía en el santuario de Mariazell, 8 de septiembre de 2007).
¿Qué nos queda de esta visita? Ante todo, una profunda gratitud hacia el Santo Padre, que evidentemente ama a este país, y ha manifestado de muchas maneras este amor suyo. Quizá ni nosotros mismos nos hemos dado cuenta, pero el papa Benedicto realizó en Austria su primera visita pastoral, ya que hasta ahora los otros viajes de su pontificado estuvieron ligados a ocasiones y celebraciones especiales. De modo que las palabras que pronunció aquí estaban dirigidas en primer lugar a este país y a sus habitantes, teniendo siempre presente que serían oídas por una opinión pública mucho más amplia, efectivamente universal.
La muchedumbre de fieles congregados ante el santuario de Mariazell para la solemne concelebración eucarística presidida por Benedicto XVI, con motivo del 850 aniversario de la fundación del santuario, sábado 8 de septiembre,  fiesta de la Natividad de la Virgen María

La muchedumbre de fieles congregados ante el santuario de Mariazell para la solemne concelebración eucarística presidida por Benedicto XVI, con motivo del 850 aniversario de la fundación del santuario, sábado 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Virgen María

Estoy agradecido a todos los que con su acción y su amor por la Iglesia hicieron posible esta fiesta de la fe. En efecto, fueron miles los que trabajaron por el éxito de estos días inolvidables. También es grande mi gratitud a todos los que no se dejaron atemorizar ni por la intemperie ni por las reservas de tipo social ni mucho menos por los prejuicios infraeclesiásticos. Estoy seguro de que cuantos se pusieron en marcha en el “camino de la peregrinación de la fe”, han vuelto a casa con un enriquecimiento interior. Gracias asimismo a los medios de comunicación que hicieron posible que miles de personas pudieran hacer esta “peregrinación de la fe” también desde sus casas. Los medios de comunicación pudieron experimentar que el pasado nos acompañarán también en el futuro, tras la visita del Papa. Sería ingenuo pensar de otro modo. Y, sin embargo, el Papa nos ha dejado con esta visita una certeza que nos da fuerza: «La tierra carecerá de futuro si se apagan las fuerzas del corazón humano y de la razón iluminada por el corazón, si el rostro de Dios deja de brillar sobre la tierra. Donde está Dios, hay futuro» (homilía en el santuario de Mariazell, 8 de septiembre de 2007).


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