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CARDENALES
Sacado del n. 09 - 2007

Perfiles

Silva Henríquez: recuerdos del Concilio y del cónclave


La intervención del cardenal secretario de Estado en la jornada dedicada a la figura del arzobispo de Santiago de Chile en la Universidad Pontificia Salesiana


por el cardenal Tarcisio Bertone


El cardenal Raúl Silva Henríquez

El cardenal Raúl Silva Henríquez

Vi por primera vez al arzobispo Raúl Silva Henríquez el 18 de marzo de 1962, en el Instituto del Sagrado Corazón de Via Marsala 42, cuando vino a Roma a recibir el cardenalato de mano del papa Juan XXIII. Yo era estudiante de la facultad de Derecho canónico del entonces Pontificio Ateneo Salesiano, cuyo rector era don Alfonso Stickler, y como ya entonces me interesaba de ceremonias, hice de maestro de ceremonias para su cardenalato y sobre todo para las famosas visitas de cortesía.
Cuenta el cardenal en sus memorias –hay que darle las gracias al señor Ascanio Cavallo que se ha ocupado de su edición, las he leído de verdad con gusto– de su elevación al cardenalato. Yo no salgo en la foto publicada en estas memorias, y lo siento, porque yo también estaba presente cuando se leyó la famosa bula junto con el rector mayor don Renato Ziggiotti y los otros: era un momento entusiasmante para los salesianos, estábamos muy contentos de que el arzobispo de Santiago de Chile, del que tanto oíamos hablar, fuera creado cardenal.
Así que mi primer encuentro con Silva Henríquez tuvo lugar con ocasión de su elevación al cardenalato. Luego le acompañé en los comienzos del Concilio Vaticano II y pude oír sus vivas impresiones y relaciones durante todas las sesiones. Vivía en Via Marsala, en el apartamento decorado con damasco rojo que había sido el del cardenal Giovanni Cagliero, el primer purpurado salesiano. Disponía también de una pequeña capilla. De modo que cuando volvía de las reuniones, de las sesiones y congregaciones generales del Concilio tratábamos de sacarle alguna noticia y él contaba la evolución de los trabajos.
Decía que he leído con gusto las memorias y recuerdo, por ejemplo del segundo volumen, además de la crónica del Consistorio para la creación de los nuevos cardenales, la narración sobre la inauguración del Concilio. Al respeto tengo un recuerdo personal. Con un tal don Zappino, un clérigo salesiano muy joven, estudiante de filosofía, fuimos a San Pedro el día de la inauguración con la intención de entrar en el aula conciliar. Y lo conseguimos con un estratagema. Quizás revelo algún secreto y así en el próximo Concilio esto ya no será posible. Para entrar en el aula nos pusimos a disposición de los prelados, obispos y cardenales más ancianos, que tenían dificultades para caminar: los tomábamos del brazo y los acompañábamos, como se hace ahora con los ancianos y los minusválidos que tienen derecho a un acompañante. Nos dejaron entrar, aunque no teníamos derecho. Hubo entonces un contratiempo porque se debían distribuir los primeros documentos auténticos sub secreto a todos los padres conciliares y nadie se había ocupado de la distribución. Me di cuenta en seguida, con la prontitud de un joven piamontés bastante inteligente, de este contratiempo y le pregunté al ingeniero Vacchetti –que había sido el arquitecto del aula conciliar (muchos recuerdan la hermosa aula de madera)–: «¿Le hace falta alguien que distribuya los textos?»; «Sí», respondió el ingeniero. Entonces llamé a otros diez estudiantes y comenzamos a distribuir el documento a todos los Padres. Llegamos también a donde estaban don Ziggiotti y don Stickler. Don Ziggiotti me dijo: «¿Pero qué haces aquí? No eres un padre conciliar». «Me han mandado distribuir los documentos», le respondí. Así vimos con antelación los documentos sub secreto pontificio.
Algunos saben que luego tuve un permiso especial para participar en el debate sobre la declaración Dignitatis humanae, que me interesaba mucho porque estaba estudiando el tema de la tolerancia religiosa y había presentado en Turín la tesis de licenciatura en Teología sobre tolerancia religiosa y libertad religiosa; por tanto, seguí esta apertura, este desarrollo que ya estaba in itinere hacia la libertad religiosa y así allí encontré también al cardenal Silva Henríquez en la sede del Concilio. Él también cita los dos famosos bares, no sé si se acuerdan ustedes, a uno le llamaban el bar Jona y al otro el bar Abba: y para saber las noticias íbamos a estos dos puntos de refrigerio del Concilio, donde además todo era gratis. Allí estaba el foco de los debates, de las reacciones a una intervención, a una votación o al aplazamiento de una votación y esto también fue una experiencia muy interesante.
El cardenal Silva Henríquez definió el Concilio, como hemos oído muchas veces (hay en las memorias un capítulo con este título), la primavera de la Iglesia.
En las memorias se encuentra también el relato del cónclave para la elección de Pablo VI. Es muy interesante, porque él estaba sentado frente a Pablo VI durante las votaciones, y nos dijo que luego Pablo VI le invitó a sentarse frente a él también durante el primer almuerzo como papa, se ve que le dio ánimos durante el voto, es más, lo asistía.
En el tercer volumen de las memorias he encontrado una evocación muy detallada y conforme a las confidencias que el cardenal mismo nos había hecho, en la Universidad Pontificia Salesiana, de los dos cónclaves para la elección de Juan Pablo I y de Juan Pablo II. Nos habíamos trasladado ya a la nueva Universidad Salesiana, es decir, a la sede actual (pero no en este hermoso salón de la nueva biblioteca que veo por primera vez). Cuando le preguntamos cómo se había llegado a la elección de Juan Pablo I en el primer cónclave de 1978, nos hizo esta evocación. La recuerdo muy bien. Nos dijo que los cardenales de América Latina –y quizá se refería a reuniones y a charlas mantenidas fuera del cónclave, por lo tanto no rompió el secreto– se habían reunido y se había planteado tres preguntas. La primera era: ¿elegir papa a un cardenal italiano o a uno no italiano? Y la respuesta fue la de elegir a un italiano, pensando que era oportuno hacer así en aquel momento histórico. La segunda pregunta era: ¿un italiano de la Curia romana o un italiano obispo diocesano? Y la respuesta fue: un italiano obispo diocesano, porque los cardenales de Curia tienen tantos recursos, no digo para sustentarse, sino para trabajar, tienen ya una misión en la Iglesia universal y, por tanto, es mejor elegir a un diocesano. La tercera pregunta era: de los obispos diocesanos italianos ¿cuál? Llegado aquí Silva Henríquez citaba la figura del cardenal Albino Luciani, hablaba de la índole pastoral de este purpurado, apropiada para llevar adelante la aplicación del Concilio, y todos concordaban en un juicio muy positivo sobre el cardenal Luciani y por esto decidieron votarle. Se pusieron en contacto con los otros cardenales y, diría que bastante rápidamente, Luciani fue elegido papa con el nombre de Juan Pablo I. Un pontificado brevísimo, como un meteoro que, sin embargo, sirvió para dar un giro a la misión del sumo pontífice y también a la de la Iglesia que todos recordamos bien.
Deseo asimismo subrayar, y así termino, dos hermosas páginas del tercer volumen de las memorias (pp. 255-256) donde describe su participación en la elaboración del nuevo Código de derecho canónico. Son dos páginas muy significativas escritas por el cardenal Silva Henríquez que fue uno de los grandes pastores de la Iglesia, y que además era licenciado en Derecho civil, en Jurisprudencia, por tanto tenía una formación jurídica. En los cuatro años de e la Comisión central del Concilio y, pese a las críticas que recibió por ciertos hechos, como la reforma agraria con la que había alienado las tierras de la diócesis (Juan XXIII le dijo haga esta reforma, le animó a no tener miedo garantizándole su apoyo), además Juan XXIII le nombró miembro de esa gran Comisión, con cardenales y expertos, para la elaboración del nuevo Código de derecho canónico latino y vivió muy positivamente y con entusiasmo este trabajo. Alguno de los que están aquí no sea quizás de la misma opinión, espero que no… de todos modos Silva Henríquez habla muy bien de él. Y nosotros hemos asistido, diría que de cerca, a este trabajo. Porque el cardenal, cada vez que los organismos centrales de la Santa Sede lo llamaban a Roma para alguna reunión de estudio, llegaba dos o tres días antes, y convocaba una minicomisión para estudiar los temas que luego se pondrían sobre el tapete de los debates entre cardenales. Para el Código de derecho canónico, pero también para otros problemas delicados que ahora no cito –porque quizás aún están cubiertos por el secreto pontificio (pero no sé si todos observan este secreto: también en estos días han salido noticias en los periódicos sobre los nuevos nombramientos, etc.; siempre hay fuga de noticias)– el cardenal reunía una minicomisión de tres “mosqueteros especiales” para que le ayudaran. Los cito por orden alfabético: don Ardito Sabino, don Bertone Tarcisio y el fallecido don Marcuzzi Pier Giorgio, al que mandamos un agradecido recuerdo. Nos reuníamos en la Via Aurelia, en un instituto de religiosas donde residía el cardenal cuando estaba en Roma. En la sala donde trabajábamos estaba naturalmente el crucifijo, había libros, los esquemas del Código y algunas observaciones que él había traído de Chile. Luego nos poníamos a trabajar en torno a una indefectible botella de Cardenal Mendoza, y el nivel del brandy bajaba durante el debate…
Quisiera terminar rompiendo una lanza por el derecho canónico y por la facultad de Derecho canónico. He trabajado mucho en esta facultad, si bien en los primeros años que estuve aquí enseñé Moral y Moral social. No hace mucho, quizá quienes leen L’Osservatore Romano se han dado cuenta, pronuncié una conferencia sobre “Caridad y Política, Caridad y Justicia”, y para ello tomé de nuevo los apuntes de un libro que había publicado en 1968, los primeros años en que enseñaba Teología moral, cuando vivíamos el fervor del posconcilio con debates muy interesantes sobre estos temas. No cabe duda de que en el inmediato posconcilio había una riqueza de pensamiento y de debate que no podía más que enriquecer.
Pero –decía– quiero romper una lanza a favor del derecho. Y lo hago con las palabras con que el cardenal Silva Henríquez concluye las páginas, donde recuerda su participación en la elaboración del nuevo Código de derecho canónico: «Creo que ya solo estos datos justifican el honor que siento por haber participado en una obra tan notable. Los años, espero, no harán más que confirmar esta auténtica bendición». ¡Ven que juicio da de este trabajo! Por tanto, aprecien también ustedes el derecho canónico, el derecho de la Iglesia. ¡Valorícenlo! Muchas gracias.
De nuevo un querido y cordial recuerdo de nuestro cardenal Silva Henríquez, y congratulaciones sinceras por esta conmemoración. Gracias.


(Texto recogido por Gianni Cardinale)


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