En la casa del padre Sebastian
Encuentro con el superior general de los Misioneros de la Caridad contemplativos, el padre Sebastian Vazhakala. A los diez años de la muerte de la beata de Calcuta, un recuerdo y pequeños inéditos
por Giovanni Cubeddu

La entrada de Casa Serena, el albergue para pobres, en las cercanías de la plazuela de Preneste, en Roma, llevada por los Misioneros de la Caridad contemplativos
“Madre”, el modo más sencillo para indicar a la Madre Teresa de Calcuta. Nunca usa otro término –en un italiano imaginable para alguien nacido en India, en Kerala–, el padre Sebastian, mientras regala algo de su tiempo y sus innumerables recuerdos sobre la madre. La escuchó la primera vez en marzo de 1966, en Ranchi, siendo él estudiante de filosofía, y fue a verla a Calcuta el mes de noviembre siguiente. «Nosotros hacemos el trabajo que nos da el Señor», parece repetir de nuevo la Madre Teresa, en el recuerdo del padre Sebastian, «no es un trabajo social o un servicio humanitario: hagamos lo que hagamos a quienquiera que sea, se lo hacemos a Jesús, estamos llamados a servir a los más pobres de los pobres. Y también a llevar una vida sencilla y pobre». Han pasado ya diez años desde que la madre, cuyo nombre de pila era Agnes Gonxha Bojaxhiu, murió, el 5 de septiembre de 1997, y son muchos los que han aprovechado la ocasión para recordarla, porque la llevan todavía viva en el corazón. También nosotros aquí, en 30Días.
Hace cuarenta años Sebastian Vazhakala comenzó su noviciado. Hoy es el superior general de los Misioneros de la Caridad contemplativos, una Orden fundada en 1979 por él y por la propia Madre Teresa. En la casa donde vive Sebastian, con sus hermanos, también descansaba la Madre Teresa cuando venía a verlo a Roma. Su pequeña habitación, sin embargo, está ocupada ahora por los muchos objetos necesarios para la vida cotidiana de los misioneros y sobre todo por sus huéspedes, los pobres, los sin techo. Estos salen esta mañana para afrontar lo mejor posible el día, y por la noche vuelven a goteo, para las vísperas, la misa y la cena en común, antes de descansar, por lo menos aquí, sobre una yacija. El albergue de estos pobres se llama “Casa Serena”, y Sebastian conserva todavía la foto del papa Juan Pablo II y la Madre Teresa mientras firman el folio en el que esta casa era todavía solo un hermoso proyecto diseñado a lápiz. La Madre Teresa no sólo firmó, sino que introdujo también una pequeña bendición.
«Madre era una persona práctica, no “rodeaba” sino que atravesaba las cosas que ocurrían y en el mismo momento confortaba, siempre, a quienes venían a pedir ayuda. Una vez, llevándome a la parte trasera de nuestra casa generalicia, donde todavía hoy los misioneros de la Caridad vivimos en adoración de Jesús –cuenta el padre Sebastian– me dijo esta frase, que luego compuso como una oración: “Cuando estoy sufriendo, mándame a alguien que esté sufriendo más que yo. Cuando estoy hambriento, mándame a alguien que tenga más hambre que yo. Cuando me siento sola, mándame a una persona que se sienta más sola que yo”. Estos encuentros con los más necesitados eran su consuelo. Eran la prueba de que el Señor, Él, ¡personalmente!, le pedía que testimoniara su redención». Como ocurrió en septiembre de 1946, cuando –contaba la Madre Teresa– el Señor le pidió que dejara la Orden de las Hermanas de Loreto, a la que pertenecía, para cuidar a los más pobres de los pobres, en Calcuta. Aquella fue su «llamada dentro de la llamada».
Las Misioneras de la Caridad recibieron en Calcuta el primer reconocimiento diocesano como Congregación en octubre de 1950. La Orden masculina de los Misioneros de la Caridad, en cambio, fue fundada por la Madre Teresa posteriormente, en 1963 (la rama contemplativa, como hemos visto, en 1979). «El porqué de su nacimiento lo explicó detalladamente ella misma», sigue diciendo Sebastian, que fue testigo ocular, «cuando aceptó hablar en el primer capítulo general de los Misioneros en 1972. “Nosotros no somos una Congregación iniciada para hacer cosas grandes e importantes”, dijo, “sino cosas ordinarias con extraordinario amor, cosas sencillas con gran amor. Lo que cuenta no es el éxito, sino nuestra fe… Recuerdo que uno de vosotros una vez vino a mí y me dijo: Madre Teresa, mi vocación es servir a los leprosos. No, le respondí, tu vocación es pertenecer a Jesús”».

El padre Sebastian con la Madre Teresa
«Cuando soy caritativo», decía santa Teresita de Lisieux –de quien Agnes Gonxha, tomando los votos temporales en 1931 con las Hermanas de Loreto, quiso tomar el nombre–, «es porque Jesús actúa en mí».
Al padre Sebastian le hemos robado quizá más tiempo de lo debido. Pero ha sido para recordar a la madre. Ahora tiene que retomar su actividad cotidiana, que lleva a un padre general por todo el mundo. Mientras tanto, a esta ex periferia romana, donde vive, por la tarde regresan los dueños de la casa, es decir, los pobres, para quienes celebrar la Eucaristía y hacer la cena. Y para dar de este modo de “beber” a Jesús crucificado.