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EDITORIAL
Sacado del n. 09 - 2003

La gran Europa




Mientras la Unión está a punto de alcanzar dimensiones casi coincidentes con el propio continente, se les pide a los seis países que en 1957 constituyeron el primer núcleo de la Comunidad una vuelta conjunta al espíritu originario. Quejarse por acuerdos especiales –reales o temidos– franco-alemanes no es lo más acertado, además de que puede tener consecuencias negativas
Sin exagerar en nuestro sentimiento nacional, es un motivo de orgullo colectivo la constatación de los resultados positivos del compromiso europeo de Italia. Lo subrayo bajo dos aspectos.
Mientras la Unión está a punto de alcanzar dimensiones casi coincidentes con el propio continente, se les pide a los seis países que en 1957 constituyeron el primer núcleo de la Comunidad una vuelta conjunta al espíritu originario. Quejarse por acuerdos especiales –reales o temidos– franco-alemanes no es lo más acertado, además de que puede tener consecuencias negativas. El espíritu de Messina (recordemos a Gaetano Martino y sus esfuerzos) excluía cualquier tipo de eje preferencial; tampoco iba contra otros países, comenzando por Gran Bretaña, que en aquel momento no daba ninguna señal de posibilismo. El antídoto al conflicto histórico entre París y Berlín consistía en una solidaridad entre los dos Estados, con la participación de Italia y los tres países del Benelux, con sus características de enganche norteeuropeo. La Comunidad del Carbón y del Acero fue la gran promesa de esta política, profundamente nueva.
En cuarenta y seis años hemos conocido un desarrollo superior a las previsiones más optimistas, que nunca corrió ningún riesgo ni siquiera en los no escasos paréntesis del llamado europesimismo. El momento actual es de enorme compromiso para dotar a la ampliación de un contenido global que vaya más allá de las normas estatutarias y los protocolos de adhesión.
En el extranjero también se ha puesto de relieve que los semestres de presidencia italiana nunca fueron de simple administración. Se recuerdan especialmente tres éxitos: el desbloqueo de la ampliación a España y Portugal; el comienzo de la histórica decisión en Luxemburgo; y finalmente el Consejo de Roma que encanaló las decisiones de Maastricht.
El presidente de la Convención europea, Valéry Giscard d’Estaing, entrega al presidente de la República italiana, Carlo Azeglio Ciampi, y al presidente del Gobierno italiano,
Silvio Berlusconi, el proyecto del Tratado constitucional de la Unión Europea, el 18 de julio de 2003

El presidente de la Convención europea, Valéry Giscard d’Estaing, entrega al presidente de la República italiana, Carlo Azeglio Ciampi, y al presidente del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi, el proyecto del Tratado constitucional de la Unión Europea, el 18 de julio de 2003

Pero hay otro recuerdo posterior que subrayar. Adelantándose a los tiempos, Italia convocó un referéndum para darle a la entonces legislatura del Parlamento europeo un poder constituyente. Jurídicamente la iniciativa italiana no era operativa, porque era aislada (sólo Bélgica la adoptó, pero sin cumplirla). Pero representó el comienzo incluso cultural de una homogeneización que daba al traste con todas las leyendas de que la Europa de los Estados, de impronta gaullista y tradición británica, era algo que no se podía superar. Se repetía que las diferencias entre los ordenamientos internos de cada uno de los países impedían que se llegara a una disciplina constitucional unificada. Pero esto es ya arqueología europea.
Italia tiene ahora la tarea de guiar la Conferencia intergubernamental que ha de concretizar operativamente el inteligente trabajo desarrollado por la Convención presidida con habilidad y pasión por el presidente Giscard d’Estaing, con la productiva cooperación italiana.
Desear que el texto que Giscard ha entregado solemnemente al presidente Ciampi sea aprobado sin modificaciones no está motivado por la sacralidad de las normas redactadas. Si bien no me convence la definición de la política que un día diera Luigi Luzzatti («distribución igualitaria del descontento»), en este caso el modelo concordado no satisface completamente a algunos países, pero no contiene normas que legitimen la reacción intransigente de uno o más Estados.
Personalmente nunca compartí la demonización de los votos por unanimidad; y de hecho siempre encontró en el momento justo el consenso operativo. Pero considero que es necesario, porque los tiempos están maduros, que se supere el derecho de veto, como sabiamente queda sancionado en el texto de Giscard.
Admitiendo, más rápidamente de lo que incluso los más optimistas esperaban, a los viejos Estados políticamente ex enemigos del Este europeo, la Unión alcanza un nuevo equilibrio y refuerza los caminos de la armonía y de la paz. Será un esfuerzo complejo y no carente de momentos difíciles, pero el camino está marcado.
Paralelamente está yendo la ampliación de la OTAN, habiéndose hallado un modus vivendi dialogando con la Federación Rusa y entablando con Moscú una relación operativa. Prescindo aquí de la necesidad de poner a punto de manera jurídicamente válida las normas de actualización del Tratado; y también la definición del objetivo de fondo, no pudiéndose concebir una alianza militar defensiva sin poner en claro quiénes son los sujetos de quienes se ha de tutelar. Es justo resumirlos con el fantasma del terrorismo, pero hay que ser más claros y precisos, para evitar atribuciones canallescas demasiado fáciles en una u otra dirección.
No quisiera tampoco olvidar un instrumento internacional por así decir paralelo que comenzó en Helsinki en 1975 (Organización europea), que fue solemnemente consagrado en el Tratado de París de 1990. Entre otras cosas, es un modelo operativo de conexión de Europa con los Estados Unidos de América y con Canadá. No es necesario subrayar lo útil de esta coparticipación , en un momento en el que las llamadas relaciones interatlánticas están en su momento más bajo.
No puedo aquí pasar por alto los desacuerdos sobre la mención del origen cristiano de Europa. Creo, sin embargo, que fuera de cualquier diferencia de escuelas y modos de pensar, el texto que tenemos delante lleva una fecha: 2003, año del Señor. No es todo, pero comencemos resaltando este punto de referencia fundamental a Jesús.


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