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EL CÓNCLAVE DEL PAPA LUCIANI
Sacado del n. 09 - 2003

25 aniversario del cónclave que eligió al papa Luciani

Sencillo como un cura cualquiera


El cardenal Raúl Francisco Primatesta, arzobispo emérito de Córdoba (Argentina), “elector” en los últimos dos cónclaves, nos refiere una conversación casual comenzada fuera de un ascensor con Albino Luciani recién elegido papa: «Me impresiona siempre, al recordarlo, el carácter sencillo de aquel encuentro». Entrevista


por Gianni Valente


Raúl Francisco Primatesta

Raúl Francisco Primatesta

Raúl Francisco Primatesta, de 1919, arzobispo emérito de Córdoba (Argentina), cardenal “elector” en los dos últimos cónclaves, tiene un recuerdo vívido y concreto hasta en los detalles de aquel verano de 1978. Y los detalles son importantes. Basta su narración de una conversación casual, llana, comenzada fuera de un ascensor con Albino Luciani recién elegido papa, para desmentir con los hechos todas las habladurías sobre el montañés torpe y preocupado víctima de su “ineptitud” ante la tarea a la que había sido llamado. El cardenal argentino lo recuerda muy bien: incluso en la tarde de su elección, el papa Luciani mantenía la tranquilidad ligera de quien sabe por experiencia que en semejantes tremendas circunstancias es inútil afanarse y pensar que uno puede contar solamente con sus propias fuerzas. En fin, era casi un día cualquiera.

Eminencia, ¿recuerda cómo se enteró de la muerte de Pablo VI?
RAÚL FRANCISCO PRIMATESTA: A primeros de agosto del 78 estaba en las montañas de mi antigua diócesis de San Rafael, en la provincia de Mendoza, pasando unos días de vacaciones. Volvía de dar un paseo cuando me dijeron que el Papa había muerto.
Usted es obispo desde 1957, y fue creado cardenal por Pablo VI en el consistorio de marzo de 1973, el mismo en que fue creado cardenal Albino Luciani. ¿Qué recuerda del papa Montini?
PRIMATESTA: Lo vi y hablé con él en algunas audiencias. Pablo VI era un ejemplo de espiritualidad y santidad. Tuvo que gobernar la Iglesia en una época muy difícil, después del Concilio, siempre atento a esquivar las muchas dificultades, a no chocar, a arreglar las situaciones y evitar que los conflictos dividieran a la Iglesia. Esta tensión continua, esta atención sin descanso que tuvo que tener como Papa, han puesto quizá en segundo plano su santidad personal y su espiritualidad, que deberían ser propuestas como ejemplo. Y que durante las audiencias se expresaban no tanto por los discursos que se hacían, sino de corazón a corazón.
En los últimos años de su pontificado, Pablo VI parecía tener una percepción dramática de la situación de la Iglesia.
PRIMATESTA: En el 67, con el Credo del pueblo de Dios, repitió con fórmulas sugestivas lo esencial de la fe. Espero que haya cierta continuidad entre el Credo del pueblo de Dios del papa Montini y el compendio de la fe sobre el que se está trabajando siguiendo la línea del Catecismo de la Iglesia católica. La intención me parece la misma: hacer accesible al pueblo de Dios la doctrina de la fe. El Catecismo de la Iglesia católica publicado en 1992 la expone de manera firme, pero no es manejable para la gente común.
¿Qué atmósfera había cuando llegó a Roma para el cónclave? ¿Tenían los cardenales una idea clara de lo que había que hacer?
PRIMATESTA: En esos días observé estrictamente la reserva prescrita. Mi grupo era yo. Antes del cónclave no participé en las reuniones informales de cardenales. La verdad es que no me acuerdo si hubo semejantes reuniones; de todos modos, a mí no me informaron. Era un obispo de la lejana América. Sólo trataba de rezar un poco. Teniendo presente todo lo que podía ayudarme a dar un juicio ante Dios.
En Roma estaba el cardenal Pironio, argentino como usted, que era considerado uno de los “papables”.
PRIMATESTA: Pironio fue compañero mío en el seminario. Era algo más joven y desde luego más santo que yo. Los periódicos de Argentina decían que también él era un candidato. Era conocido por ser el prefecto de la Congregación de los religiosos, era un hombre de valía. Pero no hablé con él de estas cosas. Nos conocíamos bien, pero también con él mantuve la reserva prescrita.
Según reconstrucciones oficiosas los latinoamericanos contribuyeron a que la elección del papa Luciani fuera rápida, además de otros cardenales de procedencia y sensibilidad distintas. ¿Cómo explica este consenso tan amplio?
PRIMATESTA: Fue un cónclave rápido, pero si me pregunta cuántas veces votamos, no me acuerdo. De todos modos, creo que la figura de Luciani se proponía por sí sola. Una vez dentro del orden mental del cónclave, para muchos estuvo claro inmediatamente que le tocaba a él ser papa. Fue una convergencia espontánea. No hicieron falta especiales exámenes o compromisos sobre su nombre. Su valía reconocida residía toda en su personalidad. Creo más bien que fue la mano de Dios la que puso frente a nosotros a esta persona por un tiempo tan breve. Quizá de esa manera Dios quería mostrarnos el camino.
¿Qué camino?
PRIMATESTA: El de la sencillez y de la cercanía al pueblo. Siguiendo esa línea que con fuerza había introducido el papa Roncalli. Por lo que se ha visto, en el poco tiempo que le fue concedido, el papa Luciani se acercaba mucho a la bondad de Juan XXIII. Un pastor fiel a la fe recibida de los apóstoles y precisamente por ello abierto y lleno de compresión pastoral frente las preguntas y los problemas de sus contemporáneos.
¿Conserva un recuerdo especial de aquel día?
Pablo VI y el cardenal Albino Luciani celebrando misa durante el consistorio de marzo de 1973.

Pablo VI y el cardenal Albino Luciani celebrando misa durante el consistorio de marzo de 1973.

PRIMATESTA: Uno muy especial. La misma tarde de su elección, quizá después de la cena, tomé con él y otros cardenales el ascensor. Nosotros íbamos al tercer piso, mientras que el papa Luciani se bajó en el segundo. En el momento me pareció que no estaba bien que el papa apenas elegido se fuera solo. Entonces, instintivamente se me ocurrió acompañarle, por reverencia. Antes de que las puertas se cerraran, con un brinco me bajé del ascensor. Así, caminando lentamente por los pasillos, charlamos por lo menos durante un cuarto de hora.
¿De qué hablaron?
PRIMATESTA: Me hablaba muy sencillamente, como un cura cualquiera. Me preguntó por la Argentina y me habló de unos familiares suyos que habían emigrado y que vivían en la ciudad de Rosario.
¿Qué le pareció el nuevo Pontífice durante esa charla?
PRIMATESTA: Siempre me impresiona, al recordar este episodio, el carácter sencillo de este encuentro. Ese hombre era Papa desde hacía pocas horas, era fácil imaginarse la excitación, la emoción. Y, sin embargo, no había en él ni huella de esa sutil rigidez debido a la preocupación o de esa exaltación que a menudo acompaña a quienes acaban de recibir un cargo importante. Estaba allí, como si no pasara nada, hablándome, con toda la sencillez de este mundo, de cosas tan ordinarias y familiares, como las historias de sus parientes emigrantes.
Una impresión que no coincide con la de quienes describen al papa Luciani desorientado, cohibido.
PRIMATESTA: La figura de Luciani era la de un obispo santo, no la de un ingenuo. Un hombre fuerte en la fe. Sencillo, cercano a la gente sencilla, pero que poseía seguridad de fe y de acción.
Y, sin embargo, algunos ven en su muerte imprevista la prueba de que era un simple, abrumado también físicamente por el peso del cargo que había recibido.
PRIMATESTA: No, no. El papa Luciani sabía muy bien lo que tenía que hacer. Pero Dios nos ha mostrado sólo su figura, como para darnos un rayo de luz.
¿Cómo supo de su muerte?
PRIMATESTA: Me avisaron pasada la medianoche. Mi reacción fue igual a la de muchos otros. Incredulidad ante algo que parecía imposible, o una broma de mal gusto. Fue un golpe muy duro, para mí y para toda la gente. Un hecho que dio que pensar. Regresé inmediatamente a Roma y participé en las exequias del Papa.
Así se llegó al segundo cónclave del 78.
PRIMATESTA: Wojtyla era conocido sobre todo por su trabajo en la Secretaría del sínodo, por sus intervenciones y por su trabajo en las asambleas sinodales. Personalmente lo conocía desde los años del Concilio, porque durante la estancia en Roma los obispos argentinos y los polacos mantuvimos algunas reuniones en la calle de Botteghe Oscure, en la iglesia de los polacos. Recuerdo que una vez, durante las reuniones preparatorias de un sínodo, teníamos que ir a una audiencia en el Vaticano. Yo tenía pensado ir en autobús, pero él me acompañó con el coche hasta el patio de San Dámaso, después de hacer una parada para saludar a su amigo monseñor Andrzej Maria Deskur.
Según usted, ¿qué es lo que orientó hacia la elección de Wojtyla después de tantos siglos de papas italianos?
PRIMATESTA: No se planteó el problema de que si el papa tenía que ser italiano o de otro país. Tenía que ser un papa que respondiera a las necesidades y a los problemas de la Iglesia, después de Pablo VI y del Concilio. Wojtyla venía de un país lejano, pero nadie podía infravalorar su personalidad, que muchos conocían sobre todo por su participación intensa en los sínodos. Se pensó en las exigencias de la presencia de Iglesia en el mundo, en el papel que tenía que jugar en un momento en que el orden mundial iba a vivir grandes cambios.


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