El relato del párroco de una de las zonas más pobres y pobladas de Nairobi
Días de muerte y llamas en la misión de Kariobangi
por Paulino Twesigye Mondo
La narración del
padre Paulino Twesigye Mondo, misionero comboniano, párroco de Santa
Trinidad en Kariobangi, una de las áreas más pobres y
pobladas de Nairobi. Su testimonio fue recogido por el superior general de
los combonianos, el padre Teresino Serra, que a mediados de enero
visitó las comunidades misioneras presentes en Kariobangi, y en los slum de la zona, teatro de los
primeros enfrentamientos que estallaron tras las elecciones presidenciales.
Los misioneros combonianos están aquí desde 1975. Actualmente
son cinco los que actúan en los slum de la capital keniata.

Tres días después del anuncio de los
resultados definitivos que proclamaban vencedor al presidente Kibaki, se
desencadenó el infierno. Tras apenas una hora la disputa ya no era
entre el PNU (Party of National Unity), guiado por Kibaki, y el ODM (Orange
Democratic Party), el partido de la oposición dirigido por Raila
Odinga, sino entre los grupos étnicos luo y kikuyo: los luo, armado
con piedras y antorchas, los kikuyo con pangas (machetes) y rungus
(porras). El 1 de enero en los slum de Nairobi –Korogocho, Gitathuru, Kanyama, Githembe,
Roundabout, Kamunde road, Huruma, Kiamako, Ghetto, Japost– se
contaban ya más de setenta muertos, 128 casas incendiadas, 123
heridos por arma de fuego, cuchillos, machetes y piedras. Cientos de
personas robadas. En esta zona, en pocas horas, se prendió fuego a
siete matatus (los
minibuses de la empresa pública de transportes).
Desde entonces la supervivencia es la regla. Son muchos los que aprovechan la tensión para robar y saquear. Se ven jóvenes reunidos en grupos, cada uno hablando su dialecto. Las bandas preguntan la contraseña a quienes encuentran y a quien no la sepa lo roban y matan. Cientos de barracas incendiadas. Quedan solo los esqueletos y en algunos casos hay cadáveres. Se lanzaron tantas bombas incendiarias con gasolina y queroseno que uno se pregunta de dónde ha sacado esta gente, que no tiene nada, que es la misma de antes de las elecciones, lo necesario para construirlas.
Desde el comienzo de las violencias no hemos abandonado nunca la zona. En Korogocho la misión de los hermanos Daniele Moschetti y Paolo Latorre vivió momentos dramáticos. Nos hemos quedado todos, compartiendo lo poco que tenemos: comida, agua, medicinas, mantas y cobijo. Como comunidad, junto a los otros pastores de la zona, hemos buscado una mediación entre los distintos grupos, hemos convocado a los líderes de las otras confesiones religiosas para realizar momentos de encuentro y oración ecuménicos y para poner en práctica iniciativas comunes y hemos interpelado a Caritas y a las ONG para las ayudas. La falta de comida y medicinas es la primera emergencia. Ahora hemos de afrontar otra nueva: la oleada de los “nuevos miserables”. Cerca de tres mil familias sin techo han acampado delante de las verjas de las Misioneras de la Caridad. En Kariobangi hay prófugos internos; en Kibera, la barracópolis más grande de Kenia, son 22.500 los desplazados dentro del slum y 6.000 los que están en las áreas limítrofes. Necesitan de todo. Las mujeres y los niños son los más indefensos, porque no pueden escapar lejos. Los hombres, jóvenes y adultos, se transforman en vigilantes y transcurren las noches despiertos esperando al enemigo invisible.

Enfrentamientos por las calles de Kisumu
Desde entonces la supervivencia es la regla. Son muchos los que aprovechan la tensión para robar y saquear. Se ven jóvenes reunidos en grupos, cada uno hablando su dialecto. Las bandas preguntan la contraseña a quienes encuentran y a quien no la sepa lo roban y matan. Cientos de barracas incendiadas. Quedan solo los esqueletos y en algunos casos hay cadáveres. Se lanzaron tantas bombas incendiarias con gasolina y queroseno que uno se pregunta de dónde ha sacado esta gente, que no tiene nada, que es la misma de antes de las elecciones, lo necesario para construirlas.
Desde el comienzo de las violencias no hemos abandonado nunca la zona. En Korogocho la misión de los hermanos Daniele Moschetti y Paolo Latorre vivió momentos dramáticos. Nos hemos quedado todos, compartiendo lo poco que tenemos: comida, agua, medicinas, mantas y cobijo. Como comunidad, junto a los otros pastores de la zona, hemos buscado una mediación entre los distintos grupos, hemos convocado a los líderes de las otras confesiones religiosas para realizar momentos de encuentro y oración ecuménicos y para poner en práctica iniciativas comunes y hemos interpelado a Caritas y a las ONG para las ayudas. La falta de comida y medicinas es la primera emergencia. Ahora hemos de afrontar otra nueva: la oleada de los “nuevos miserables”. Cerca de tres mil familias sin techo han acampado delante de las verjas de las Misioneras de la Caridad. En Kariobangi hay prófugos internos; en Kibera, la barracópolis más grande de Kenia, son 22.500 los desplazados dentro del slum y 6.000 los que están en las áreas limítrofes. Necesitan de todo. Las mujeres y los niños son los más indefensos, porque no pueden escapar lejos. Los hombres, jóvenes y adultos, se transforman en vigilantes y transcurren las noches despiertos esperando al enemigo invisible.