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POLONIA
Sacado del n. 01 - 2008

CARDENALES. Encuentro con Józef Glemp

Mis años al servicio de la Iglesia polaca


El primado de Polonia celebró en Roma veinticinco años de cardenalato. Sus recuerdos: el gobierno comunista, el Papa polaco y la transición a la democracia. Pero también la secularización y el escándalo de los prelados acusados de haber sido espías del régimen


Entrevista al cardenal Józef Glemp por Gianni Cardinale


El pasado 2 de febrero el cardenal primado de Polonia, Józef Glemp, celebró sus veinticinco años de cardenalato con una solemne liturgia celebrada en Santa María de Trastévere. También él, como su predecesor, Stefan Wyszynski, es cardenal de la Basílica romana. Con este motivo 30Días le ha pedido al purpurado polaco, que fue arzobispo de Gniezno y Varsovia desde 1981 hasta 1992 y solo de Varsovia hasta diciembre de 2006, recordar sus años al servicio de la Iglesia polaca.

El cardenal Glemp durante la santa misa celebrada en la Basílica de Santa María de Trastévere, con motivo de los veinticinco años de cardenalato, el 2 de febrero de 2008

El cardenal Glemp durante la santa misa celebrada en la Basílica de Santa María de Trastévere, con motivo de los veinticinco años de cardenalato, el 2 de febrero de 2008

Eminencia, usted fue nombrado arzobispo de Gniezno y Varsovia el 7 de julio de 1981. El mes de mayo precedente se habían producido dos dramáticos acontecimientos para la Iglesia católica y para la polaca en particular. El 13 ocurría el atentado contra Juan Pablo II en la plaza de San Pedro y el 28 fallecía a los ochenta años el cardenal primado Stefan Wyszynski, de quien usted había sido secretario particular hasta 1979, cuando fue nombrado obispo de Warmia, con sede en Olsztyn. ¿Cómo recuerda aquel período?
JÓZEF GLEMP: Efectivamente, fui nombrado al mismo tiempo arzobispo de dos sedes metropolitanas: Gniezno y Varsovia. Desde el punto de vista eclesiástico todo se hizo para bien. Bajo el comunismo había un celo especial a la hora de manejar estos procedimientos porque no se quería tener problemas. Tras la muerte del cardenal Wyszynski, para elegir al nuevo primado la Santa Sede llevó a cabo una amplia consulta con los obispos. Al comienzo del mes de julio de 1981 vine a Roma con un grupo de peregrinos de mi diócesis de Warmia. En la Urbe estaba el cardenal Franciszek Macharski, que había sido autorizado por la Santa Sede para recibir mi consentimiento para que yo fuera el sucesor de Wyszynski. Tras hablar con Macharski me presenté ante el Santo Padre, que estaba ingresado en el Gemelli. El Papa me confirmó la petición de que aceptara el nombramiento como primado. Por supuesto no podía negarme, vista además la situación especialmente dramática de aquel período. Tras anunciarse el nombramiento, volví enseguida a Polonia, y dos días después, el 9 de julio, tomé posesión de las dos archidiócesis.
La situación era delicada incluso desde el punto de vista político…
GLEMP: Sí, es verdad. Sin embargo desde este punto de vista la situación parecía relativamente tranquila. Aunque era la calma que precedía a la tormenta de la imposición del estado de guerra que iba a ser decretado el siguiente mes de diciembre.
El general Wojciech Jaruzelski siempre ha afirmado que la suya fue una elección obligada…
GLEMP: Es difícil de decir. Sin embargo, es un hecho que el general quería defender el status quo, el Estado socialista polaco con sus vínculos con la Unión Soviética.
¿Cómo se enteró de la promulgación del estado de guerra?
GLEMP: Jaruzelski hizo que me avisaran a las cinco y media de la madrugada mediante un general y un ministro. Aquel día tenía programada yo una visita a Czestochowa para un encuentro con la juventud, que sin embargo no anulé.
¿Qué recuerdo tiene el período del estado de guerra?
GLEMP: Siempre he tratado de calmar los ánimos. Siempre he tratado de hacer comprender que las cabezas están hechas para pensar y no para romper las paredes. Pero los ánimos estaban calientes. Fueron cientos los representantes de Solidaridad internados en campos de concentración.
¿Cómo vivió la Iglesia aquel período?
GLEMP: Se creó enseguida un “Comité prioritario para la ayuda a las personas internadas”. El Comité recogía dinero y otros bienes para ayudar a quienes estaban encerrados en los campos de internamiento y funcionaba efectivamente en todas las diócesis de Polonia. A los obispos se nos concedió reunirnos y se permitió, a pesar del toque de queda, también la celebración de las misas de Nochebuena. Todos los fieles pudieron participar en la función de su respectivas parroquias.
Usted fue también a visitar a los internados, comenzando por Lech Walesa…
GLEMP: Claro que visité a los representantes de Solidaridad encarcelados. Recuerdo la tranquilidad y firmeza con que los hombres afrontaban aquella prueba. Me asombró, sin embargo, el nerviosismo y la rabia que manifestaban las mujeres, que evidentemente no conseguían soportar aquella situación.
El estado de guerra fue instaurado cuando se estaba preparando el segundo viaje del Papa a Polonia…
GLEMP: El Papa deseaba venir en 1982. Pero las autoridades preferían postergar la visita un año y yo también estaba de acuerdo, porque en aquellas condiciones el viaje del Papa solo podía tener una etapa: el santuario de Czestochowa. También el Papa consintió en venir en 1983, cuando la situación se había calmado, aunque las leyes marciales no habían sido suspendidas definitivamente. Y fue mejor así.
Don Jerzy Popieluszko

Don Jerzy Popieluszko

En 1984 fue asesinado Jerzy Popieluszko. ¿Cómo recuerda a este sacerdote suyo?
GLEMP: En su parroquia, el último domingo del mes, se celebraba siempre una misa por la patria y sus homilías tenían cierta resonancia. Popieluszko, de todos modos, no utilizaba tonos particularmente duros contra las autoridades. Había otros sacerdotes sin duda más agresivos que él. Pero él era muy seguido por los jóvenes. Creo que sobre él se centró toda la envidia y la rabia, yo diría incluso que personal, de algunos representantes del régimen. Pienso por ejemplo en el capitán Grzegorz Piotrowski [el homicida de Popieluszko, n. de la r.], que quizá se ; a Roma, a la Congregación para las Causas de los Santos. Esperemos que pronto el padre Popieluszko pueda ser venerado como mártir.
Eminencia, usted tuvo que sufrir durante su episcopado en aquel período especialmente difícil bastantes críticas…
GLEMP: Cuando en las homilías invitaba a la calma y el diálogo, había quienes lloraban porque decían que el primado no quería combatir; pero yo, teniendo en cuenta también la historia polaca del siglo XIX, siempre me he negado a fomentar la revolución. La violencia no lleva a ninguna parte: es solo contraproducente.
¿El episcopado estaba con usted en esta actitud?
GLEMP: Sí, podía haber algún que otro cura que sentía ganas de emprender algún tipo de atajo revolucionario, pero los obispos no. Tratábamos de reunirnos lo más posible y estábamos unidos.
En la transición que llevó a Polonia del régimen comunista a la democracia, ¿se hizo todo lo que se podía hacer? En sectores no pequeños de la sociedad polaca se sigue teniendo cierto rencor por el hecho de que el establishment comunista no haya pagado bastante su propio pasado…
GLEMP: Los comunistas fueron muy listos, tuvieron que ceder el poder político pero se aseguraron el poder económico y financiero. La clase dirigente comunista era culta, sabía idiomas, conocía los mecanismos del poder. Conocimientos que les faltaban a los líderes de Solidaridad… Esto puede explicar el resentimiento que sigue aún vivo en Polonia.
¿Y el deseo de lustracja que invade también a parte de la sociedad polaca?
GLEMP: Se trata de un mecanismo paradójico e injusto. En vez de buscar y castigar a los dirigentes comunistas que espiaron y reprimieron al pueblo, se trató de encontrar y castigar a los llamados colaboradores del régimen. De este modo los verdugos han seguido siendo de hecho inocentes y las víctimas de los chantajes se han convertido en víctimas de una nueva forma de persecución.
¿Qué opinión le merece la presencia de representantes del clero en las listas de los colaboradores del viejo régimen?
GLEMP: La inmensa mayoría de los sacerdotes polacos desarrolló su misión de manera admirable, aunque hay que reconocer que existe un porcentaje, creo que alrededor de un diez por ciento, que, chantajeado por otras cuestiones, por ejemplo sentimentales, cedió y entró en contacto con los servicios secretos y por consiguiente en la lista de los llamados colaboradores. Pero tampoco estos pobres, en la inmensa mayoría de los casos, llevaron a cabo actos que perjudicaron a otros. Este sistema de colaboradores en realidad no servía tanto para sacar información sino más bien para generar en la población una especie de terrorismo psicológico, es decir, que se quería dar la impresión de que el sistema lo tenía todo bajo control y que todos tenían que sentirse controlados.
El caso más ilustre de un sacerdote acusado de colaboracionismo fue, sin duda, el de monseñor Stanislaw Wielgus…
GLEMP: El suyo fue un caso particular. Su perfil era más académico que pastoral. Él niega haber firmado documentos comprometedores, aunque sin embargo hay algo que demuestra que no fue así. Lo cierto es que, de todos modos, fue condenado por los medios de comunicación sin que tuviera la oportunidad de defenderse.
También a mí una vez me propusieron convertirme en informador secreto sobre las actividades de la Iglesia a cambio del pasaporte para poder salir al extranjero. Yo me negué en redondo a recibir el pasaporte y me quedé en casa. Posteriormente, cuando salí al exterior con el primado Wyszinski, me dejaron de buscar. Puede que otros no tuvieran la misma firmeza, y por eso hay varios curas, que luego llegaron a obispos, que fueron alistados como informadores. La Iglesia está valorando con atención todos estos casos. Es curioso, de todos modos: casos similares a los que afectaron al clero existen sin duda también entre los periodistas y académicos, pero nadie parece estar interesado en profundizar en ello…
La toma de posesión y la rapidísima dimisión de monseñor Wielgus se remontan precisamente a hace un año, a principios de enero de 2007. Luego, en marzo, el nombramiento de monseñor Kazimierz Nycz como sucesor suyo…
GLEMP: Fueron efectivamente días dramáticos. Evidentemente Dios lo quería. He de decir que monseñor Nycz es muy bueno.
¿No ha tenido usted nunca la tentación de echar de menos el período del régimen comunista, durante el cual la Iglesia era hostigada por el poder político pero respetada y amada por la sociedad, y durante el cual no existía la influencia secularizadora de Occidente?
GLEMP: No, porque hemos vuelto a ganar la libertad. Podemos quejarnos de muchas cosas que no funcionan, pero la libertad es un don grande que hemos de cultivar y que hemos de aprovechar.
¿Cómo ha cambiado la Iglesia polaca en estos últimos decenios?
GLEMP: La práctica religiosa sin lugar a dudas ha disminuido, pero no estamos todavía en los niveles occidentales. Por lo que respecta a las vocaciones, tenemos suficientes, mejor dicho, podemos incluso exportarlas especialmente para las misiones. Por ejemplo, en Varsovia este año han entrado en el seminario unos treinta candidatos nuevos. Desde luego no podemos quejarnos.
¿Cuál es su opinión sobre Radio Maryja?
GLEMP: Ha trabajado muy bien, pero ahora tiene un papel paralelo al del episcopado y esto no es bueno. La Radio además ha tenido un papel político, y esto tampoco es bueno. Personalmente considero que la figura del presidente, el padre Tadeusz Rydzyk, no solo puede sino que debe ser cambiada. Aunque tras las recientes elecciones la situación se ha calmado, visto que ha ganado el partido que se opuso al apoyado abiertamente por la Radio. De todos modos, quiero subrayar que desde un punto de vista religioso Radio Maryja difunde la doctrina sana y beneficia a la pastoral.
¿Qué opinión le merece el cambio de gobierno, de Jaroslaw Kaczynski a Donald Tusk?
GLEMP: Ha sido un cambio menos radical de lo que se podía pensar. Sobre los temas fundamentales, como la defensa de la vida, no creo que haya habido cambios.
El cardenal Glemp durante la santa misa en la Catedral de San Juan, en Varsovia, el 7 de enero de 2007, el día después de la dimisión de monseñor Stanislaw Wielgus

El cardenal Glemp durante la santa misa en la Catedral de San Juan, en Varsovia, el 7 de enero de 2007, el día después de la dimisión de monseñor Stanislaw Wielgus

El actual presidente de la Conferencia episcopal polaca, el arzobispo de Przemysl Józef Michalik, ha declarado que si han de ser cambiados los dirigentes de Radio Maryja porque se han decantado demasiado por la derecha, entonces lo mismo habría de ocurrir, por motivos similares aunque opuestos, con los del semanario católico Tygodnik Powszechny
GLEMP: Teóricamente es un razonamiento correcto. Solo que Radio Maryja tiene una influencia en el pueblo mucho mayor que Tygodnik Powszechny.
Además de Italia, Polonia es el único país que tiene un nuncio apostólico original del país. ¿Qué le parece esta “anomalía”?
GLEMP: El próximo no creo que lo vaya a ser. No hay más que ver lo que ha pasado en Alemania. Ha sido una experiencia dictada por uno estado de necesidad que ahora ya no existe. De todos modos, la nunciatura guiada desde 1989 por el arzobispo Józef Kowalczyk ha dado buenos frutos como la estipulación del Concordato y la reorganización administrativa de la Iglesia en Polonia.
¿Se siente la Iglesia de Polonia huérfana de Juan Pablo II?
GLEMP: No creo. El Papa Benedicto ha sido aceptado plenamente por la Iglesia y el pueblo polacos. Claro que emotivamente nos sentimos ligados a la figura de Juan Pablo II, pero la Iglesia sigue su camino.
Como guardián de los restos de san Adalberto que descansan en la Catedral de Gniezno, seguirá siendo cardenal primado hasta que cumpla los ochenta años. Históricamente el papel del primado ha sido muy importante en la historia eclesiástica y civil de Polonia. Pero ahora su papel ha sido sustituido en la práctica por el presidente de la Conferencia episcopal…
GLEMP: Mi sucesor será siempre miembro de derecho del Consejo permanente y patrón de los polacos que residen en el exterior. Veremos en la práctica qué pasará.
El próximo primado, ¿será el arzobispo de Gniezno o el de Varsovia?
GLEMP El de Gniezno, es obvio. Las sedes de Gniezno y Varsovia fueron unidas in persona episcopi con los cardenales August Hlond, Wyszynski y conmigo. Ahora ya no es así. Y es justo que el título de primado quede ligado a la diócesis más antigua de nuestro país.


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