Esa chispa de belleza que da gloria a Dios
Entrevista con Massimo Lippi, poeta y escultor: el artista no pretende crear por sí mismo la belleza, sino que la busca en la creación para devolvérsela al Señor
Entrevista a Máximo Lippi por Paolo Mattei

Christ en croix, Georges Rouault
Así empieza la conversación con Massimo Lippi, poeta y escultor sienés. Lippi ha publicado dos antologías de líricas en la editorial Vanni Scheiwiller (Non popolo mio –1991– y Passi il mondo e venga la grazia –1999). En 1982 publicó su primer libro en la colección “Nuovi Poeti Italiani” de Einaudi, preparada por Franco Fortini. Docente de Historia del Arte y de Escultura en las Academias de Bellas Artes de Carrara y de Macerata y visiting professor en algunas universidades americanas, ha expuesto sus obras en toda Europa. Siena aloja muchas de sus realizaciones en bronce, entre las cuales están los portales de la Basílica de Santo Domingo y un Crucifijo en la Catedral. Le hemos hecho algunas preguntas sobre el arte cristiano moderno y contemporáneo, sobre la relación entre la Iglesia y los artistas en estos inicios de milenio, sobre la belleza.
Observando aquel puente urbano cita usted el arte antiguo. Sobre el arte cristiano contemporáneo existe desde hace tiempo un debate entre tendencias “pasadistas” y “modernistas”…
MASSIMO LIPPI: El arte cristiano cuando es verdadero no es ni modernista ni “pasadista”. Es verdadero arte y punto.
Pero existe una distancia, por ejemplo entre los nostálgicos de la imaginería decimonónica del llamado estilo Saint-Sulpice y quienes en cambio sostienen la necesidad de que la Iglesia continúe el diálogo con el arte contemporáneo…
LIPPI: Sí, y es bueno que el diálogo se mantenga vivo. Pero es bueno también no categorizar demasiado entre “pasadismo” y “modernismo”. Miguel Ángel es “antiguo” cronológicamente, pero con su Piedad Rondanini comienza el arte moderno y contemporáneo.
¿Qué pretende decir?
LIPPI: Miguel Ángel sintió que su época llegaba a su final. Él tenía una fuerza mayor que no podía someterse a los cánones establecidos por las academias. Reinventa todo y descoloca a quienes ya se habían acostumbrado a las novedades de Brunelleschi. En la Piedad Rondanini las reglas del arte son superadas por una potencia instintiva que era el cara a cara último, directo y definitivo entre un alma y Dios. Tenía noventa años y en Roma su ruido apenas se oía: un golpe de tos y otro de martillo, con los gestos de los canteros de Settignano de cuyo arte se había embebido. Me parece escuchar ese martilleo, el ansia de la forma que busca a Dios y que fue por Dios mismo formada en el hombre –«la gloria de Dios es el hombre vivo»–, y me parece ver a Miguel Ángel tratando de decirle: yo que soy tu gloria quiero devolverte gloria, así como soy, hombre pecador, y no mediante la estética de los señores neoplatónicos de Florencia. Miguel Ángel no construye un teorema sino que hace una oración, un gesto litúrgico. Una vez dijo que todo lo que había hecho no valía nada comparado con un acto de fe pura de una pobre campesina o una mujer del pueblo romano: por un gesto de fe sencilla habría cambiado toda la Capilla Sixtina. Habría querido colarse en alguna procesión popular, seguir a una imagen cualquiera de la Virgen. Sin duda menos hermosa de como hubiera podido hacerla él.
¿Y qué tiene que ver esto con el arte moderno?
LIPPI: Esa Piedad es su incunable. Esas piernas lisas, pulidas, golpeadas por la luz, mientras la parte alta es todavía un amago esculpido toscamente por el puntero y el cincel... No es una verdadera Piedad, pero ya es representación de la inminente aurora del mundo, la Resurrección. Miguel Ángel avanza por abreviaciones, por síncopas, por sustracciones, por ablatio , eliminación de todo lo que está de más para llegar a lo esencial. Es también desproporción y paradoja –María tan joven, «hija de tu Hijo»… No existe la sacralización de la forma. Esta obra no representa el final del arte cristiano, sino el final de la presunción de quien, invirtiendo la perspectiva, se había convencido de poder crear por sí mismo la belleza. El artista, parece decir Miguel Ángel, puede con la ayuda de Dios buscarla en la creación y devolvérsela a Él y a su Iglesia. Esta actitud es modernísima.

Piedad Rondanini, Miguel Ángel, Castillo Sforzesco, Milán
LIPPI: Se trata de un modo de perpetuar artificialmente una tradición que es sublime en Rublëv y fue muy eficaz en determinado tiempo y determinado espacio… Pero hoy corre el riesgo de ser, a mi modo de ver, devocionalismo barato. Prefiero el expresionismo de Francis Bacon antes que esta liofilización. Y eso no ha de escandalizarle a nadie. Cada cual es hijo de su propio tiempo. Y es bonito que haya esta libertad de elección en la Iglesia, este relativismo: incluso mirando y rezando a una imagen no hermosa uno puede convertirse en santo.
Existe también una tendencia a utilizar ampliamente todos los más modernos medios de comunicación visual, como el cine…
LIPPI: Existe un deseo enfermo de dar un plus de religiosidad a la simple devoción… Así se hace publicidad de películas como La Pasión de Mel Gibson: una macabra escena de dolor con finalidad en sí misma. Una barbarie. Mantegna pinta a Cristo muerto en s, como elemento desencadenante de manera violenta e innatural del pathos. Por el contrario, también se producen a menudo series televisivas muy aburridas.
Otra orientación, minoritaria, que arranca de la crítica a la “iconoesfera” de la civilización de las imágenes en la que el hombre contemporáneo está inmerso, rechaza toda representación en la vida cristiana.
LIPPI: Ya hemos pasado por ello, la Iglesia afrontó hace tiempo los problemas de la iconoclastia y de la orientación cultual anicónica. Somos hijos del Dios que se encarnó en un hombre, se manifestó en el rostro y en la persona de Jesucristo, que pisa la tierra. Trabaja, llora, sufre y goza con nosotros. Así pues ha de ser representado.
En 1964 Pablo VI, con expresiones apasionadas y conmovidas, les pidió perdón a los artistas por cómo los había tratado la Iglesia, y les dijo: «Os necesitamos». En 1973, justo hace treinta y cinco años, fue inaugurada la Colección de Arte Religioso Moderno en el Vaticano. ¿Qué ha ocurrido desde entonces?
LIPPI: Pablo VI tuvo la gran intuición, pero luego no ha habido nadie que haya sabido concretizarla.
¿En qué sentido?
LIPPI: Han faltado las personas que fueran en avanzadilla a buscar a los artistas, incluso los más de vanguardia, menos conocidos, que pudieran hacer cosas hermosas para la Iglesia. Por el contrario, se ha recurrido y se sigue recurriendo a los concursos. Pero esto es absurdo. Tú tienes que espiar cómo vive un artista, lo debes conocer, has de saber cómo vive. ¡Los papas del Renacimiento lo hacían! No lo hacen los burócratas de la fe de hoy.
¿Y qué es lo que se ha hecho en cambio?
LIPPI: La Iglesia se ha “actualizado” cometiendo el error mortal de ponerse sin discernimiento en manos del mercado. En el intento de ganar algo, ha perdido mucho. Se ha preferido encargar las obras a los artistas de éxito, a los más famosos del mercado. Además sin elegir a los mejores, sino a quienes tienen que dar a conocer su sello, que anteponen su propio estilo, su propio solipsismo creativo.
¿Por qué pasa esto?
LIPPI: Se ha roto la unidad entre jerarquía y pueblo. Antes los curas y los pintores, los escultores, los arquitectos estaban realmente con el pueblo, y lo conocían. Hoy la ortodoxia del pensamiento y la santa anarquía de los artistas ya no se encuentran, y la chispa de la belleza, cuando se enciende, no se ve. La gente se traga todo lo que ve por la tele, que es la fuente única para hacer encargos. Hoy el único criterio es que si el artista que decora y proyecta la iglesia es famoso, entonces también la iglesia que decora o proyecta será reconocible en el mundo. Así se llega a que en Roma un personaje de fama internacional esculpa una Anunciación en Santa María de los Ángeles con el ángel y la Virgen en figura entera pero sin brazos. O bien que en San Giovanni Rotondo se represente un Cordero pascual sin orejas, sin cola y con las patas rotas… Estrellas internacionales que trabajan con los símbolos sin saber qué representan. Es inmensamente más santa y más hermosa una cruz hecha con las uñas en la pared de una cárcel. O un Vía Crucis pintado por los niños que nada saben de arte y de técnica.

Santa Catalina y Niño Jesús, Massimo Lippi
LIPPI: Pienso, por citar alguno, en Giacomo Manzù, o bien en Georges Rouault, o Arturo Martini. Pero también ellos fueron hallados por ojos que sabían mirar. Es una cuestión de fe, de santidad de quien ha de reconocer a los artistas. No de concursos.
¿Dónde hay que buscar?
LIPPI: En todas partes, en las parroquias, en los pueblos, en los barrios, en las ciudades, en las diócesis. Por ejemplo hay artesanos que continúan una tradición decorosa y hermosa que es la del pesebre. Pero también muchos artistas que trabajan con esa “abreviación” que es propia de la modernidad, desde Miguel Ángel, con una hermosura que está hecha de chispas, como hacen los niños, de alusiones, de símbolos, de cromatismos que hacen explosión por formas agudas y atormentadas, aparentemente caóticas, sin perspectiva, desproporcionadas. Artistas, incluso figurativos –pero de una figuración viva, es decir, que no es imitación fiel y absurda– que no hacen una sosa imaginería devocionalista, no han renunciado a vivir en el mundo y usan también los códigos del mundo, incluido el expresionismo, pero saben qué es el cristianismo, conocen y aman sus símbolos, la historia de sus imágenes. Que tienen en los ojos el racimo de uva, el pajarillo decorativos del románico: toda esa belleza, a menudo implícita, de los antiguos y siempre nuevos símbolos del arte cristiano.