La homilía de Pablo VI a los artistas de 1964 y la inauguración en 1973 de la Colección de Arte Religioso Moderno
«Os necesitamos»
por Paolo Mattei

Pablo VI, acompañado por su secretario, inaugura la Colección de Arte Religioso Moderno en los Museos Vaticanos, el 23 de junio de 1973
La alocución del papa Montini llegaba un año después de la redacción de la Sacrosanctum Concilium, la constitución conciliar sobre la sagrada liturgia que en el capítulo VII afronta el tema del arte sagrado. El documento, que proclama la plena libertad del arte en la Iglesia recomendando al mismo tiempo que se privilegie la «noble belleza» frente a una «mera suntuosidad», fija también una serie de reglas y recomendaciones dirigidas a los artistas en su función de creadores de obras sagradas, y a los obispos y los ordinarios en su tarea de control y vigilancia.
Los deseos de un diálogo renovado contenidos en la homilía montiniana serán recogidos en 1965 por la constitución Gaudium et spes, que exhorta a trabajar «para que los artistas se sientan comprendidos por la Iglesia en su actividad y, gozando de una ordenada libertad, establezcan relaciones más fáciles con la comunidad cristiana».
Hace treinta y cinco años, en junio de 1973, Pablo VI hizo otro gesto de apertura frente al mundo del arte inaugurando en los Museos Vaticanos la Colección de Arte Religioso Moderno, que comenzó alojando ochocientas composiciones pictóricas y escultóreas de artistas italianos e internacionales, y que ha seguido enriqueciéndose con la adquisición entre los años ochenta y hoy de otras casi cuatrocientas piezas.
En la Iglesia posconciliar se han venido delineando orientaciones y tendencias que manifiestan visiones y exigencias distintas con respecto a la función y el valor de las obras de arte sagrado. La presencia cada vez más arrolladora de las imágenes en la vida cotidiana de los individuos –a través de la televisión, el cine y, sobre todo, la publicidad– ha dado origen a varias reacciones, como, por ejemplo, la predilección nostálgica por la imaginería decimonónica del llamado estilo Saint-Sulpice (que tiende a multiplicar en esquemas figurativos estereotipados imágenes devocionales) o, por otra parte, la fuerte llamada a una forma de culto anicónico, a un silencio figurativo que sería, según los pocos partidarios de esta corriente, testimonio eficaz de un cristianismo atento a los valores de la persona. Junto a corrientes “pasadistas” (también la gran difusión en Occidente de los iconos de la Iglesia rusa o griega –entre otras cosas no recibida con entusiasmo por ciertos ambientes ortodoxos– puede según algunos observadores ponerse en relación con una orientación nostálgica) existen, por el contrario, tendencias que incitan al uso de todos los instrumentos modernos de comunicación visual para transmitir el mensaje cristiano.
Existe además una larga propensión a no partir ni de exasperada dialéctica presente-pasado ni de una actitud de contraposición al mundo contemporáneo descristianizado. En los ambientes que advierten esta urgencia se desea un mano a mano provechoso entre las comunidades cristianas locales y los artistas más representativos de las respetivas culturas figurativas y se sostiene la valorización de relaciones con escultores y pintores acaso poco conocidos pero que comparten la historia y la tradición con las Iglesias locales.