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REPORTAJE DESDE CUBA
Sacado del n. 02/03 - 2008

La singular Belén cubana


El ex convento de Belén se ha convertido en centro de irradiación de una actividad humanitaria para socorrer a los pobres de La Habana vieja, por lo que despierta el interés y las simpatías de la Iglesia local


por Davide Malacaria


El malecón de La Habana

El malecón de La Habana

Desde las siete y media de la mañana se apiñan en el portal del ex convento de Belén. Vienen de todos los rincones de La Habana vieja, el corazón de la capital cubana. Barrio degradado, cuyos edificios, por lo general en ruinas, se caen a pedazos, o por lo menos se caían, antes de que Eusebio Leal Spengler, el Historiador de la ciudad, comenzara su obra de reestructuración, que ha convertido hoy a esta parte de la capital cubana en una gran zona de obras a cielo descubierto. Ellos son los ancianos de La Habana vieja, la franja social más pobre e indefensa, la menos equipada para esta lucha por la supervivencia cotidiana que la gente del lugar debe afrontar cada mañana. Sí, porque el gobierno asegura los alimentos de subsistencia, la llamada libreta, a precios simbólicos, pero no es suficiente para hacer frente a la inmensa pobreza. Como tampoco puede aplacar la soledad y el abandono. De modo que los ancianos se apagan lentamente, en espera de la muerte incipiente. Luego, un día nace una idea: Nelson Águila Machado habla de ello a Eusebio Leal Spengler. Nace Belén. La estructura ya existía, está claro: un viejo convento abandonado con una iglesia desconsagrada (antes de la revolución). Pero no existía todo lo demás, es decir, lo que trae a este lugar cada mañana a unos setecientos ancianos.
Son las ocho de la mañana cuando los muchachos comienzan a dedicarse a las personas que se apretujan en la puerta. Es la hora de la actividad física. Cientos de ancianos, esparcidos por las calles contiguas del ex convento, puesto que dentro no hay espacio para todos, comienzan a hacer diligentemente sus ejercicios de gimnasia. Una hora y luego dentro, a desayunar, servidos por otros ancianos, voluntarios, que colaboran en esta obra humanitaria bastante singular. «La Oficina de Asuntos Humanitarios, órgano que depende del Historiador de la ciudad, nace en 1997 para tratar de ayudar a los muchos pobres de la ciudad», explica Nelson, director de esta Oficina. «Este viejo convento, que cada día acoge a todos estos ancianos, es sólo una de nuestras actividades. Tenemos otras estructuras para ancianos, las que nosotros llamamos “casas protegidas”, además de distintas actividades a favor de los minusválidos y de los niños del barrio. Una obra que poco a poco ha ido creciendo, a la que nos dedicamos con sacrificio diario…».
Sentados en las sillas que llenan la vieja iglesia, los viejos toman un desayuno que muchos de ellos no se podrían permitir de otro modo. Uno de los agentes de la Oficina (son unos cuarenta y cinco en Belén) entretiene al auditorio con un intenso diálogo. Hoy, como cada mañana, se celebran los cumpleaños de algunos de ellos. Los festejados se levantan, se colocan en el centro de la sala y de la atención: unos cantan, otros dicen una poesía. Descubriremos que el joven de la bata blanca y de mirada sincera se llama Elain. Y que, además de hacer de animador matutino (y muchas otras cosas), es también el fisioterapeuta del ex convento de Belén. Nos acompaña hasta su oficina, entre máquinas e instrumentos, pero no puede dedicarnos mucho tiempo. Tiene a sus pacientes. Quería hacerse franciscano, nos dice, pero luego formó una familia. Sin embargo algo de aquella vocación de niño debe habérsele quedado dentro. Y se entrevé en la solicitud con que mira a sus asistidos, a los que presta más atención que a nosotros, periodistas intrusos… Dicen que Elain es realmente bueno. Hasta el punto de que a su fisioterapia acuden muchas personas, y de todas partes. Incluso obispos, que vienen a visitar de buena gana este lugar tan rico de humanidad. Hoy ha llegado a Belén monseñor Ramón Suárez Polcari, vicario general de La Habana, que nos habla de su profunda estima por las actividades que se desarrollan aquí. Composiciones artísticas, manualidades con cartón piedra, teatro, música, ganchillo, estimulación de procesos psíquicos (memoria, atención, lenguaje)… son solo algunas de las cosas que se hacen en esta estructura. Pero quizá lo que más atrae a los ancianos que asisten al centro es el coro, dirigido por dos gemelos. Hay que decir que algunos no tendrían necesidad de asistir a este curso: como el caso de un trío, dos mujeres y un hombre, que ensaya algo apartado llenando el aire de melodías tradicionales cubanas.
A todos se les controla la vista, y si es necesario se les dan gafas, que fuera de aquí son inencontrables. En Belén el ambiente es alegre. Elisa nos habla de una situación familiar terrible, de un agotamiento nervioso. «Desde que vengo aquí he abandonado médicos y psicólogos», dice. Magali, en cambio, no tiene problemas especiales, pero dice que aquí ha encontrado acogida, amistad, en pocas palabras, una casa. José, por su parte, habla de una vida de trabajo como panadero, y de sus hijos, que se fueron de Cuba. Dice que no quería venir aquí, que se avergonzaba, porque también en Cuba el macho tiene que ser macho… Pero ahora es más feliz que unas pascuas. Su rostro es risueño. Se está sometiendo a una terapia alternativa para curarse un pie, que tiene bajo una extraña pirámide compuesta de hilos metálicos. El doctor, a quien todos llaman por el sobrenombre de “Covo”, nos explica sus principios, basados en el magnetismo, y los efectos benéficos demostrados en varias patologías. Ahora está jubilado, termina diciendo, después de haber practicado durante años esta medicina tradicional en el hospital. Desde entonces viene aquí a aliviar el dolor de sus coetáneos. Blanquida, en cambio, era asistenta social. También ella está jubilada y ahora, por cuenta de la Oficina, asiste junto a otros más a los muchos viejos que no pueden ir hasta Belén porque están enfermos. Los va a ver a sus casas, dice. Habla de las situaciones terribles que encuentra en sus visitas. Hacen lo que pueden para ayudarlos, explica: limpian, de vez en cuando les llevan algo de comer, según las necesidades. Y las posibilidades, como es obvio, pues aquí en Belén no se vive precisamente en la opulencia. Dicen que lo que hacen es posible gracias a las donaciones extranjeras. Gladys Martínez Noa, asistente de Nelson, nos cuenta que habían pensado en remodelar algunos edificios que están al lado del ex convento. Habían proyectado construir hoteles para turistas. Los ingresos por estas nuevas actividades se habrían dedicado a los servicios asistenciales de Belén. Pero los fondos tenían que llegar de la UE. Y fueron congelados. El embargo. Dicen que sirve para luchar contra un régimen dictatorial. Si no fuera trágico, daría la risa…
Un grupo de escolares de la capital

Un grupo de escolares de la capital

También Normita cuenta su historia, una de las muchas que abarrotan nuestro bloc de notas. Ahora es voluntaria en la asistencia telefónica para quienes no pueden venir a Belén. Una manera como otra para dar continuidad a la asistencia a domicilio.
Nelson nos explica que a Belén vienen también los niños de las escuelas cercanas, gracias a algunos proyectos que sirven para ponerlos en contacto con los ancianos. Los proyectos son dos: el primero prevé invitar a una escuela a recibir una clase normal en el exconvento, en contacto con aquella realidad asistencial; con el segundo los niños participan en los talleres de los ancianos, con ellos, por ejemplo con clases de canto y guitarra. Es un modo también para controlar las necesidades de los niños de la zona, explica Nelson. Y para dar zapatos, gafas u otras cosas a quienes no las tienen. Esta es una zona realmente pobre. Hoy ha pasado una familia con un hijo inválido. Parece que vienen de fuera de la ciudad. Les dan una silla de ruedas, un bien casi inexistente en Cuba, gracias al embargo. No es el único que viene de tan lejos, porque cada día llega alguien que necesita algo y que nada tiene que ver con Belén. Se hace lo que se puede, nos dicen con cierto desconsuelo los agentes del centro.
La actividad de la Oficina no se agota en el convento. Nos acompañan a lo que ellos llaman “residencia protegida”: una casa para ancianos vigilada por agentes de seguridad. Es solo la primera, porque están abriendo otras. William Fong, que farmacia para los asistidos de la Oficina, pero también para la gente del barrio. Este es el espíritu de Belén, pequeño corazón de humanidad en el corazón de La Habana.
William nos habla también de los proyectos con los muchachos. Chicos especiales, dice. A menudo con historias difíciles. Ha creado dos equipos de fútbol sala, que están en la primera y segunda categoría del campeonato de La Habana. Pero alrededor de esta realidad giran unos doscientos jóvenes, a los que William trata de acercar con el balón, para ayudarles luego en sus muchas necesidades. Esta mañana se patea las calles desvencijadas de La Habana vieja en busca de un gimnasio. Porque este es el problema del barrio: no hay espacios donde puedan jugar los niños. E incluso un balón –otra vez el embargo– es un artículo de lujo.
Volvemos a Belén el viernes por la mañana, porque hay misa. Una misa católica. Acuden todos los ancianos de la estructura. El padre José Miguel, párroco de la cercana iglesia dedicada al Espíritu Santo, la más antigua de La Habana, viene aquí cada semana. También los evangélicos son de casa en Belén. Y ahora, explica Elain, han comenzado los contactos con la cercana sinagoga. Ecumenismo práctico. Pero a nosotros hoy nos interesa más esta misa singular. Singular porque ha sido una oficina administrada por comunistas quien ha invitado al sacerdote. Para que, por lo menos una vez por semana, la iglesia adosada al convento volviera a ser el lugar en el que Jesús se hace carne y sangre. Algo realmente particular. Mientras se marcha a todo correr después de la celebración a dar clase al seminario cercano, le pedimos aclaraciones al padre José Miguel. Dice que está contento por esta oportunidad que se le ha ofrecido, que se le ha ofrecido a la Iglesia, de poder celebrar misa en aquel viejo edificio, que de este modo, una vez mas, vuelve a ser lo que era. Y que está contento de que los de la Oficina hayan querido añadir a su obra humanitaria un contenido espiritual propio del cristianismo. Le preguntamos si piensa que cosas de este tipo pueden multiplicarse. Es una pregunta estúpida. Por suerte no lo es la respuesta: «Lo importante no es que se multipliquen otras colaboraciones parecidas. Si ocurre, bienvenido sea», explica el padre, «pero no es eso lo importante: el deseo es que crezca y eche raíces el espíritu con el que nació esta colaboración».
El padre anda rápido. También en su parroquia, una nave (el espacio aquí es algo inencontrable) está dedicada a comedor para ancianos. También aquí se ofrecen servicios de lavandería y otras cosas. Simple caridad, que no desdeña sino que es feliz del humanitarismo de que vive el ex convento de Belén. El cual parece beneficiarse de las bendiciones divinas aseguradas a los hombres de buena voluntad.
Por Belén se asoman de vez en cuando algunas monjas. Son las brigidinas de la madre Tekla Famiglietti, a las que el Gobierno, hace algunos años, donó un convento no muy lejos de aquí. Ayudan a servir la merienda y hacen compañía a los ancianos. Cuentan de que a menudo los ancianos les tocan la ropa, que despierta en ellos el asombro de lo sobrenatural.
Estudiantes visitando el ex convento de Belén

Estudiantes visitando el ex convento de Belén

«Hacemos cosas sencillas», cuenta sor María, una mexicana de mirada humilde: «Un grupito de ancianos de Belén, una vez a la semana, viene a nuestro convento a comer al mediodía. Se les unen otros pobres. Se les da algo, luego vamos juntos a la capilla, a decir una “preghierina”…». Quizá se equivoca en su italiano la hermana, pero el efecto de esa palabra, que recuerda los rezos de niña, es bellísimo. Y dentro cabe todo el cristianismo.
Hoy en belén ensaya el coro. Los directores gemelos agitan sus brazos en el aire, dirigiendo voces para nada vencidas por los años. Más allá se entrevé a Pedro. Se mueve ligero, porque es bailarín. Dicen que recientemente ha ganado un concurso de baile. También él tiene hijos fuera de Cuba. Y algún secreto escondido, que irradia gozo en su rostro arrugado. Sonríe feliz él también por este fausto lugar.
En lo alto de la fachada de la iglesia del convento hay una estatua de la Virgen con san José y el Niño Jesús, con su asno y su buey. Son ellos los que reciben a quienes cruzan el imponente portal de entrada. Ya dentro, en el ábside de la iglesia, hay otra gran cruz que a nadie se le pasa por la cabeza eliminar. Hoy hay una reunión allí delante. Los responsables de la Oficina están tratando de ampliar su radio de acción, de mejorar el servicio. Poco más allá, una pequeña estatua de la Virgen de la Caridad sonríe benigna a los náufragos implorantes. Está siempre allí, me explican. Y no parece de ningún modo que esté fuera de lugar…


(Quienes quieran contribuir a la obra de Belén, pueden ponerse en contacto con ellos enviando un correo a la dirección: oah@belen.ohc.cu)


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