La iglesia de tanta gente humilde
Un testimonio personal sobre treinta años de vida cristiana en Qatar
por Loredana Zanon Casiraghi

La fachada de la iglesia construida en el terreno regalado por el emir Al-Thani
Incluso había un pequeño pabellón de Shell que se dedicaba a sala para las funciones religiosas, y el viernes nos apretujábamos todos allí dentro, con calor pero felices de poder rezar juntos. Había un sacerdote italiano, el padre Adriano, que sabía entretener a los muchos fieles de nacionalidades distintas con su bondad latina, y, a veces, con un buen plato de “tagliatelle” a la boloñesa (en aquel entonces una rareza para Qatar).
Los italianos éramos poquísimos, la comunidad india, en cambio, era muy numerosa y se puede decir que de ella procedía realmente en verdadero grupo parroquial. Por número la comunidad cristiana árabe era probablemente la segunda, la francesa, la americana y la filipina eran poco numerosas, la italiana inexistente. La santa misa y las otras funciones ya entonces tenían un marchamo indio y la liturgia era muy vivaz, no solo por los resplandecientes colores de los saris del día de fiesta, sino también por los ritos, los cantos y las novenas que reflejaban las distintas etnias del subcontinente asiático.
Todo prosiguió tranquilamente hasta más o menos 1978, cuando la llegada de Jomeini a Irán sacudió la región del Golfo. De repente el pabellón de Shell fue arrasado y a los sacerdotes no se les volvió a dar el permiso de entrada. Nos sentimos perdidos, pero el Espíritu Santo seguía su trabajo. Y además, como siempre, en el momento de la necesidad el hombre aguza el ingenio, así que muchas personas pusieron a disposición su casa para convertirla en iglesia cada viernes. De acuerdo con el sacerdote se decidió celebrar cuatro santas misas, a turno, en las casas de los fieles disponibles; se apuntaron muchos, pero dado el momento especialmente difícil estaba prohibida la reunión de más de cien personas, por lo que había que limitar el número de participantes en la función.
Durante el rito los niños eran colocados frente al altar, sentados en el suelo, si había sitio, o tomados en brazos por los padres para permitirles que vieran. Nuestros hijos estaban encargados de recoger las ofrendas, cosa que hacían celosamente, especialmente Matteo, el más pequeño, que se paraba frente a cada uno e invitaba también a los más “distraídos” a echar algo en el saquito con mucha persuasión.
La misa festiva, más o menos, seguía adelante; el problema se presentaba durante los períodos “fuertes”, cuando la afluencia de personas se centuplicaba literalmente. Había celebraciones también en otras lenguas además de en inglés (árabe, malayalam, hindú, urdu, etc.) que se hacían en otras casas más pequeñas, o bien en la residencia del sacerdote “de turno”.
“De turno”, porque nuestro sacerdote nunca era estable. Tenía que tener pasaporte inglés, porque de este modo podía entrar sin visado, pero en todo caso tenía que ausentarse a menudo, y muchas veces nos quedábamos varios meses sin guía. Cuando esto ocurría había diáconos que celebraban y distribuían las hostias ya consagradas. De los sacerdotes recuerdo especialmente al padre Dunn, un verdadero asceta, de espíritu sencillo y puro: la bondad personificada. Celebraba a menudo la última misa en nuestra casa y luego se quedaba a cenar, con los niños, para ver algún partido de fútbol en la tele, porque él no tenía. Todo lo que le regalaban, él se lo regalaba a su vez a los feligreses menos afortunados, y se privaba de todo.
Cuando llegó el padre John nos sentimos una verdadera parroquia. Era de nacionalidad estadounidense, fue contratado por la escuela americana y, como docente, tenía un permiso de estancia permanente; de este modo alquiló para los viernes el hall y los dos pasillos adyacentes de la escuela, que entonces era tan pequeña que solo algunos centenares de personas a la vez podían seguir la misa. Luego la escuela americana se trasladó a un edificio moderno y muy amplio, teniendo que adaptarse al crecimiento de la comunidad tras instalarse en Qatar la nueva base militar estadounidense. El padre John consiguió entonces en alquiler un gimnasio más grande y en aquella sala tan espaciosa conseguían seguir la santa misa incluso más de mil personas a la vez. Cada viernes se celebraban cuatro o cinco misas.
Mientras tanto, la comunidad parroquial había crecido. De los casi diez mil-quince mil fieles que éramos, habíamos pasado a cincuenta mil, pero el sacerdote seguía siendo solo uno, ¡el padre John!, el cual tenía que ocuparse de todo: liturgias, bautizos, funerales, primeras comuniones. No habría podido con todas las confesiones de no haber sido que nuestra parroquia gozaba de una dispensa papal especial para la confesión comunitaria. Con el padre John comenzaron también las misas en francés y en italiano y entonces sí que parecía que estábamos en casa…
Por fin, en 1995, el nuevo emir, Hamad bin Khalifa al-Thani, concedió la libertad de culto, y otros sacerdotes pudieron entrar en el país y ayudar al párroco. Como el padre Tomasito, un joven sacerdote filipino que se había establecido en Doha para seguir a su comunidad, hoy la más numerosa.
Mientras tanto –visto que la vieja casa del padre John, que hacía además de capilla, tenía que ser derruida para dejar espacio a la villa olímpica– se consiguió alquilar una gran villa para la residencia de nuestros sacerdotes, que ya eran tres. La villa tenía muchos terreno alrededor, útil tanto para aparcar como para construir un pabellón para unas cuatrocientas personas: ¡por fin teníamos una verdadera iglesia! La llamábamos “la capilla” tanto por su reducido tamaño como porque todavía no teníamos permiso para construir una de verdad. A la capilla se añadieron luego algunos port-a-cabin y de este modo nacieron las oficinas y algunas aulas para el catecismo y, en fin, la Gruta de la Virgen de Lourdes.

El cardenal Ivan Dias y monseñor Giovanni Bernardo Gremoli