Rusia y su Iglesia vistas de cerca
Giulio Andreotti entrevista a monseñor Antonio Mennini, representante de la Santa Sede en la Federación Rusa
Entrevista a Antonio Mennini por Giulio Andreotti

Monseñor Antonio Mennini con el presidente Vladímir Putin en Moscú, el 30 de junio de 2003. Mennini fue nombrado representante de la Santa Sede en la Federación Rusa el 6 de noviembre de 2002
ANTONIO MENNINI: Opino que en estos últimos años las relaciones con las autoridades estatales persiguen un entendimiento recíproco y el respeto de los valores fundamentales, humanos y cristianos. Por lo demás, incluso a nivel internacional la Santa Sede y la Federación Rusa han tenido muchas ocasiones de apoyar concordemente las mismas posiciones humanitarias y éticas dentro de importantes organismos internacionales.
Aparte de la rigidez no absoluta de las posiciones, ¿cuál era en la URSS la efectiva realidad social con respecto a la religión (“opio de los pueblos”)?
MENNINI: Creo que es útil, o mejor dicho, indispensable, hacer una distinción –que por desgracia es sistemáticamente ignorada– cuando se afronta el tema de la religión en la Unión Soviética. Si nos referimos al Estado, yo no hablaría de “rigidez no absoluta de las posiciones”: para el Estado soviético siempre ha estado muy claro que la fe debía ser suprimida, y que había que usar a la Iglesia en cada ocasión para sacar de ella el mayor provecho posible –indicada ejemplarmente como enemigo de clase, o bien sacada a relucir en los congresos internacionales por la paz, según los casos–. Otra cosa era la sociedad, que no tenía ninguna posibilidad de expresarse a nivel de opinión pública, pero que incluso en un momento trágico como el 37, en un censo rigurosamente archivado luego y mantenido secreto, se expresó en su mayoría (el 56,7 por ciento) como creyente ortodoxa, demostrando de este modo claramente que la política antirreligiosa del gobierno bolchevique había sido un fracaso. Otro factor no despreciable que caracterizó la “realidad social” con respecto a la religión puede resumirse en la famosa expresión del escritor Nikolai Leskov, según el cual «Rusia fue “bautizada”, pero no “educada” para el cristianismo». De ahí el fenómeno de pertenencia interior, intuitiva, a veces visceral, que identifica justamente en la Ortodoxia el fundamento de la identidad propia incluso nacional y cultural, pero que no se convierte en principio de discernimiento en las opciones culturales, sociales y políticas. Esto hizo que en época soviética el mismo pueblo participara a veces en la destrucción de iglesias y en matanzas de sacerdotes. Ni siquiera hoy este dualismo de fondo ha sido superado completamente, siendo uno de los aspectos misioneros sobre los que más insisten los pastores más iluminados de la Iglesia ortodoxa.
¿Mantenía la Iglesia clandestina algún tipo de relación con la, llamémosla así, oficial?
MENNINI: Desde luego siguieron existiendo relaciones profundas entre estas dos realidades, pese a las tensiones oficiales y el cisma que siguió a las presiones del Estado sobre la jerarquía de la Iglesia ortodoxa rusa, cuando, en el intento de salvar una presencia mínima de la Iglesia, en 1927 el metropolitano Sergei se decidió a firmar la “Declaración” de lealtad al Estado. Es prueba de ello que desde 1944, es decir, desde que la Iglesia ortodoxa tuvo la posibilidad de reconstruir canónicamente su jerarquía, gran parte de las comunidades catacumbales volvieron al Patriarcado de Moscú terminando con la división. Además, recientemente la Iglesia ortodoxa rusa ha deliberado que sean canonizados como mártires todos aquellos que sufrieron la muerte por su fe, tanto si pertenecían a la Iglesia oficial, como a comunidades de la Iglesia clandestina. A estas comunidades catacumbales, por distintos motivos, se debe la continuación de la experiencia eclesial también en los años más oscuros (piénsese, por ejemplo, en lo que hizo el padre Aleksandr Men’, nacido y educado en una de ellas). También el régimen, por lo demás, estaba convencido de la unidad última de la Iglesia y del peligro que representaba para la ideología, tanto si tenía que ver con creyentes “irreductibles” como con ministros del culto dispuestos a pactos: el régimen no hizo ninguna excepción en 1937-38, fusilando sistemáticamente, sin distinción, a miembros de la Iglesia oficial y clandestina.
¿Tuvo la invitación al Concilio Vaticano II de dos delegados de Moscú algún significado y repercusión relevantes?
MENNINI: En este episodio se cruzaron intereses y factores de distinta naturaleza: para el Estado el factor político internacional era sin duda alguna predominante, como puede constatarse por los documentos de archivo que fueron publicados con la perestroika, pero es indiscutible que se alcanzaron importantes objetivos de tipo eclesial. Este último aspecto va ligado a la extraordinaria y compleja personalidad del metropolitano Nikodim, hombre de grandes dotes diplomáticas además de eminente pastor y hombre de fe, indudablemente el director de esta operación, que abrió una temporada de contactos ecuménicos –dictados por una preocupación eclesial real además de la necesidad de responder al mandato estatal– hasta entonces nunca realizados entre la Iglesia ortodoxa y la Iglesia católica y creó perspectivas de mayor alcance para la vida de la Iglesia dentro del país.
En los funerales de Yeltsin, en los que participé, me asombró la duración de la ceremonia –unas tres horas– y en especial el elogio fúnebre. Era una novedad. En otros funerales de Estado no había habido ninguna parte religiosa, sino solo interminables desfiles de militares y de categorías.
MENNINI: Dejando para las futuras generaciones el juicio histórico definitivo, creo poder decir que Yeltsin fue en muchos sentidos “el primero”: el primer jefe democrático de la Rusia renovada, un hombre que supo liquidar sin guerras civiles ni derramamientos de sangre el régimen, que hizo que reemprendiera la economía, en un país inmerso en una crisis gravísima… y fue también el primer gobernante ruso del siglo XX que tuvo un funeral religioso. Mejor dicho, digamos que con él se planteó incluso el problema de la reformulación del rito fúnebre, dado que no existían precedentes de funerales religiosos de jefes de Estado; se volvió a la formulación que se usaba con los zares, llamados por su nombre y patronímico, mientras que los ciudadanos de a pie son conmemorados simplemente con su nombre, acompañados por el epíteto «siervo de Dios». La solemnidad de las exequias, y también del rito religioso, que usted recuerda, como también la atmósfera conmovida que reinaba aquellos días en el país, fueron sin duda alguna un reconocimiento de la estatura humana de Yeltsin y del papel que desarrolló en la vida de Rusia.
A propósito de zares: un día Gromyko me dijo bromeando que en el campo los campesinos no sabían que ya no existían, porque antes tenían sobre ellos el pie de los propios zares y ahora el del “partido”.
entre otras cosas, la actual crisis de los campos y la despoblación de enteras regiones rusas son una prueba de ello).
Tener un embajador residente, como lo es el nuncio en Moscú, sirve de consuelo también para las pequeñas comunidades católicas presentes en la Federación: usted les puede llevar el mensaje del Papa.
MENNINI: Sin lugar a dudas. Creo que, más allá de las tareas diplomáticas y administrativas que tienen todos los representantes de la Santa Sede en el mundo, el aspecto más confortante y apasionante de la misión de nuncio es el de poder apoyar la esperanza de los hombres, dando testimonio de que Cristo resucitado está cerca de ellos y que tiene un rostro –el rostro de la Iglesia y del Papa–. Un testimonio que abraza a todas las culturas, nacionalidades y tradiciones. Por lo que respecta a Rusia, además, es especialmente significativo el magisterio de los últimos dos Pontífices a los que he representado durante mi misión, y creo que para la Iglesia católica en Rusia es de vital importancia comprenderlo y profundizar en ello cada vez más. Me refiero, por ejemplo, a la afirmación por parte de Juan Pablo II de que Cristo es el Señor del cosmos y de la historia, Redentor del hombre e insistente Mendigo de su amor, Presencia viva que transfigura toda la realidad y penetra en todos los meandros de la historia. Sobre la figura de Benedicto XVI, hay que observar que el cardenal Ratzinger ya se había ganado la estima y la consideración de los ortodoxos mucho antes de ser elegido Papa, por su profunda “catolicidad” y por su apego a la tradición, y que ha mantenido su simpatía como Pontífice, también por su valor de “arriesgarse” en la relación con la Iglesia ortodoxa, por la delicadez y la estima con que se ha relacionado con ella.

Benedicto XVI con el metropolitano Kirill el 25 de abril de 2005, durante el encuentro con los representantes de las Iglesias y de las comunidades cristianas y de otras religiones no cristianas, presentes en Roma durante el último cónclave
MENNINI: La diplomacia vaticana es sencillamente un instrumento de ayuda para que la vida de la Iglesia católica local pueda desarrollarse orgánicamente, en todos sus componentes. En este sentido, la nunciatura se hace portadora de las iniciativas de la Santa Sede dirigidas a solicitar el diálogo con la Iglesia y la sociedad rusas. Puedo citar, como ejemplo, los importantes congresos católico-ortodoxos que tuvieron lugar en 2006 en Viena y en 2007 en Moscú, gracias a la colaboración entre el Pontificio Consejo para la Cultura y el Departamento para las Relaciones exteriores del Patriarcado de Moscú. Estos congresos tuvieron el gran mérito de responder a las crecientes preocupaciones educativas y sociales que existen dentro de ambientes tanto eclesiásticos como laicos. Encontramos gran consonancia en el Patriarcado de Moscú sobre estos temas, y esto nos empuja a continuar e intensificar nuestra acción, conscientes de que mientras más recuperen las Iglesias cristianas la prioridad del anuncio de Cristo presente, su misión fundamental, mejor sabrán encontrar instrumentos y lenguajes comunes en todas las esferas de la vida.
Otro interesante ejemplo positivo creo que es la obra desarrollada a partir de 2004 por la Comisión mixta católico-ortodoxa, que en estos años se ha venido reuniendo regularmente tratando de concentrarse en situaciones concretas, evidenciando sus dificultades y puntos controvertidos, pero también poniendo de relieve los testimonios positivos existentes de diálogo y colaboración. Un primer resultado –nada desdeñable– es que se ha aprendido a dialogar y a confrontarse y que la Iglesia católica local ha seguido sintiéndose “rusa”, partícipe del futuro del país en el que vive.
¿Podemos referirnos, hablando de las ventajas mutuas, a las adquisiciones que hasta el momento han producido las relaciones diplomáticas?
MENNINI: Yo creo que la primera adquisición positiva es la posibilidad ágil y amigable de dialogar, de plantear los problemas y buscar sus soluciones. El diálogo no me parece solamente un instrumento para conseguir determinadas facilidades y ventajas, sino también un valor en sí mismo, porque implica una relación de mutua estima y confianza sin la cual ninguna adquisición podría considerarse estable y duradera. Puedo constatarlo afrontando las innumerables problemáticas que se le presentan al representante de una misión diplomática, desde las cuestiones ligadas a visados y permisos de estancia –hoy bastantes complicadas tras la nueva normativa introducida recientemente entre la Unión Europea y la Federación Rusa–, al examen de situaciones personales de sacerdotes y religiosos católicos que trajaban en Rusia, hasta la organización de simposios e intercambios culturales… Un resultado indirecto pero tangible del “diálogo” de que hablaba, por ejemplo, ha sido la iniciativa de la televisión estatal rusa de transmitir un documental dedicado al papa Benedicto XVI –preparado por “Ayuda a la Iglesia necesitada” y por el Centro Televisivo Vaticano– el día de su cumpleaños. Una iniciativa que habría sido impensable hace solo algunos años.
Usted ha recibido también recientemente reconocimientos oficiales del Patriarcado de Moscú y de todas las Rusias. ¿Cuál ha sido hasta el momento su relación con Alexis II?
MENNINI: Al venir a Rusia a desarrollar la misión que me había encargado el Santo Padre tenía bien presente que me iba a encontrar en una tierra de grande y antigua tradición cristiana, que ya desde hacía tiempo yo admiraba y trataba de conocer más en profundidad. Creo que este es el único y posible fundamente del auténtico compromiso ecuménico, en el que, por lo demás, siempre he sido guiado y confortado por el magisterio pontificio. Podría citar sobre este punto algunas palabras elocuentes pronunciadas recientemente por Benedicto XVI durante la visita ad limina de los obispos greco-católicos ucranianos. El Santo Padre exhortó en aquella ocasión a promover «el ecumenismo del amor, que deriva directamente del mandamiento nuevo que dejó Jesús a sus discípulos. El amor, acompañado de gestos coherentes, crea confianza, hace que se abran los corazones y los ojos. El diálogo de la caridad, por su naturaleza promueve e ilumina el diálogo de la verdad, pues es en la verdad plena donde se realizará el encuentro definitivo al que conduce el Espíritu de Cristo». He de decir que, a pesar de las innegables dificultades inherentes al diálogo entre Iglesias hermanas, en la Iglesia ortodoxa rusa y en especial en el patriarca Alexis siempre he hallado una actitud de gran respeto y atención por la tradición católica y por el magisterio pontificio, y también personalmente, desde nuestro primer encuentro, me asombró la cordialidad con que me recibió, me atrevería a decir la “amistad” de que me sentí y me siento honrado.
Su permanencia rusa le permite, además, la experiencia estupenda de celebrar prácticamente dos veces al año, para los distintos calendarios litúrgicos, la santa Navidad y la santa Pascua de resurrección…
MENNINI: Indudablemente la liturgia oriental tiene gran fascinación y nos lleva a las fuentes de la oración, de la comunión entre el hombre y Dios, como no dejó de subrayar Juan Pablo II, por ejemplo en la Orientale lumen, en donde invitaba a los occidentales a reencontrar esta parte de la tradición eclesial a menudo tristemente olvidada. En este sentido, es sin duda alguna un enriquecimiento poder participar en ambas celebraciones litúrgicas. Por otra parte, este gozo queda frenado por el hecho de que celebrar por separado las grandes solemnidades del calendario cristiano es también señal de la herida de la división entre ambas Iglesias, una herida vivida también en lo cotidiano, por ejemplo dentro de familias en las que los miembros pertenecen a ambas confesiones… Es de desear que se llegue a soluciones, ya puestas en práctica en otras naciones del mundo, que favorezcan el enriquecimiento litúrgico recíproco entre las dos tradiciones, concordando en cambio las fechas de las grandes solemnidades, para así poder vivir juntos los períodos de preparación y exultando unánimemente por el Misterio salvífico que se celebra.
¿En qué estadio se encuentra, según usted, el camino hacia la unidad de las dos Iglesias hermanas, a la que el papa Benedicto dedicó significativas palabras ya en su discurso de entronización?
MENNINI: Yo diría que hay que mirar con serenidad, sin prejuicios ni complejos por ambas partes, la historia de las relaciones entre la Iglesia ortodoxa e Iglesia católica en territorio ruso. Incomprensiones y enfrentamientos que existieron (y que todavía existen parcialmente) forman parte de un proceso natural, que responde plenamente a la lógica de la difícil y complicada situación, en la que ambas comunidades eclesiales han vivido durante decenios y siguen viviendo todavía hoy. Si la Iglesia ortodoxa rusa con la perestroika salió de un largo período de persecuciones y de pruebas carente de instrumentos y de recursos humanos, tampoco podemos olvidar que la propia Iglesia católica en Rusia antes de la perestroika vivió de hecho durante decenios encerrada en sí misma, sin pastores in loco y aislada con respecto a la autoridad eclesiástica central, hasta el punto de necesitar luego, en 1991, una jerarquía y “misioneros” enviados desde el exterior para poder iniciar a recomponer sus estructuras esenciales. Las comunidades católicas existentes en los territorios de la Federación Rusa habían podido saber bien poco, por ejemplo, del intenso trabajo de reforma llevado a cabo por el Concilio Vaticano II, y de los instrumentos puestos a disposición por el magisterio eclesial en los últimos decenios para responder a los retos de nuestro tiempo. Además, hay que tener presente los problemas lingüísticos y culturales, la inevitable diferencia de mentalidad y concepción existentes entre los “misioneros” enviados a Rusia –sacerdotes y religiosas que trabajaron y trabajan, por lo demás, con gran dedicación y espíritu de sacrificio, por el crecimiento de la Iglesia– y la población rusa, que por un lado padece el pesado legado ideológico soviético, pero por el otro posee también una profunda y noble cultura, inevitablemente “distinta” con respecto a la de la Europa occidental o centro-oriental.
Era inevitable que el impacto entre estas dos realidades eclesiales tan marcadas por los acontecimientos históricos y todavía inseguras de su propia identidad levantara dolorosas fricciones, pero creo observar, conforme las dos Iglesias van creciendo y consolidándose, una renovada capacidad de diálogo y colaboración en varias esferas. Sin lugar a dudas, los campos cultural, educativo y social son privilegiados, porque además aumenta la conciencia de que es necesario responder juntos a los crecientes desafíos lanzados por la sociedad secularista. Creo poder ver, actualmente, en distintos niveles –desde el diplomático oficial al de los intercambios de carácter universitario y académico, o bien diocesano y parroquial–, un creciente compromiso por ambas partes. Y un conocimiento más profundo favorecerá forzosamente la causa de la unidad.

Mennini saluda al patriarca Alexis II, en Moscú, el 20 de febrero de 2003
MENNINI: Usted citaba antes el mensaje pronunciado por Benedicto XVI poco después de su elección, en el que el Papa declaraba su firme intención de contribuir a la instauración, el desarrollo y la consolidación de relaciones fraternales, repletas de amor y confianza, con todas las Iglesias ortodoxas –y entre ellas, no en último lugar, con la Iglesia ortodoxa rusa–. Creo que para superar desconfianzas y miedos hacia el otro, además de para vivir rectamente el propio testimonio de fe, no es necesario más que seguir este “corazón” del Santo Padre y volver continuamente a una frase de san Benito que a él le gusta mucho citar: «Nihil amori Christi praeponere».
En otras palabras, los instrumentos no son políticos, son las virtudes cristianas, en primer lugar la caridad fraternal. Este es el principio al que siempre he tratado de atenerme en mi trabajo en Rusia, el intento de aumentar el conocimiento y la estima recíprocas que nacen de la común vocación cristiana. En este espíritu, cada paso concreto adquiere importancia, fuera de esto es pura formalidad que no vence las desconfianzas y apriorismos.
En fin, ¿a qué papel pueden aspirar en su sociedad los católicos rusos?
MENNINI: Durante años la Iglesia en Occidente se ha alimentado acudiendo a las riquezas de la tradición del Oriente cristiano: pensemos, por poner solo algún ejemplo, en la importancia que han tenido la teología del icono y la filosofía religiosa rusa –Chomjakov, Solov’ëv y así sucesivamente– a la hora de permitir la mayor conciencia de nuestra identidad cristiana y de su universalidad. A esto hay que añadir el testimonio de los mártires rusos del siglo XX, que a menudo infundieron nuevo brío a nuestras comunidades occidentales aburguesadas. Hoy la aportación de la Iglesia católica podría quizá ser la de ofrecer a la Iglesia y a la sociedad rusas su propio testimonio y experiencia de presencia cristiana, sobre todo en los campos de la cultura y de lo social, que por circunstancias históricas en Rusia han sido durante largo tiempo monopolio del régimen ateo. Creo que los católicos rusos podrán encontrar su propio lugar y descubrir su propia misión dentro de la sociedad en la medida en que profundicen cada vez más en el conocimiento y la experiencia de su propia tradición, de su propia “catolicidad”.