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LOS VIAJES DE BENEDICTO XVI
Sacado del n. 06/07 - 2008

Australia. El análisis del director de L’Osservatore Romano

Hasta los confines de la tierra, en la continuidad de una tradición vital


En el centro del viaje más largo de su pontificado estuvo la transmisión de la fe. Una vez más Benedicto XVI no escatimó nada para mostrar la continuidad y la vitalidad siempre nueva de la tradición cristiana


por Giovanni Maria Vian


Benedicto XVI saluda a los peregrinos reunidos en Sydney para la Jornada mundial de la juventud, el 17 de julio de 2008

Benedicto XVI saluda a los peregrinos reunidos en Sydney para la Jornada mundial de la juventud, el 17 de julio de 2008

El viaje a Australia, al igual que el de Estados Unidos, ha contribuido a revelar el verdadero rostro de Benedicto XVI. Que no es la máscara del gran inquisidor frío y reaccionario que siempre le han impuesto los medios de comunicación, sino el rostro amable, y capaz de asombrarse como si fuera un niño, del teólogo pastor atento y solícito. El de un intelectual que siempre ha querido y sabido explicar, como verdadero Pastor, los fundamentos de la fe cristiana: ya cuando era profesor universitario, luego como obispo y como custodio de la doctrina católica, en cuanto responsable del organismo romano competente y principal consejero teológico de Juan Pablo II, y en fin, ahora, como sucesor del Papa polaco, con quien los mismos medios de comunicación lo contraponen de un modo abiertamente instrumental. Dirigiéndose en primer lugar a los fieles, pero también a todos los que están lejos, con un lenguaje y un pensamiento claros y coherentes; gracias a discursos que las televisiones, radios y órganos de prensa refieren en mínima parte, y que en cambio vale la pena leer por su riqueza. También esta vez el balance de su viaje es positivo.
El éxito de los viajes de Benedicto XVI –al igual que los del cardenal Ratzinger en cuanto prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe, con una decisión sin precedentes que llevó a varios continentes a él y al secretario del dicasterio, el arzobispo Tarcisio Bertone, hoy su secretario de Estado– se explica ante todo con su cuidadosa preparación. Que esta vez ha involucrado no sólo a los católicos australianos, sino que ha movilizado la Iglesia a nivel planetario para la celebración de la Jornada mundial de la juventud. Una empresa por supuesto no fácil, pero que también salió con éxito, gracias al acostumbrado y generoso trabajo del Consejo Pontificio para los Laicos, y con la participación de muchos centenares de obispos, sacerdotes y religiosos que se encontraron con centenares de miles de chicos y chicas llegados desde todas los rincones del mundo, de verdad «hasta los confines de la tierra», según la expresión bíblica repetida durante las jornadas de Sydney. También fueron fundamentales en el éxito del viaje el apoyo del arzobispo de la ciudad, el cardenal George Pell, y el amplio sostén del gobierno australiano liderado por Kevin Rudd, que intervino dos veces, con un calor no protocolario, a recibir al Papa y a los jóvenes peregrinos; y que quiso sellar la conclusión de la visita papal con el nombramiento del primer embajador residente ante la Santa Sede, Tim Fischer, exponente de primer plano de la oposición, con un ejemplo realmente impecable de elección bipartisan.
En este marco, predispuesto como decíamos gracias a una preparación excelente, Benedicto XVI afrontó inmediatamente –ya desde la entrevista en el avión con los periodistas, como había hecho antes durante el vuelo a Estados Unidos– los temas más urgentes de la agenda australiana: la cuestión del medioambiente, la presencia de las poblaciones aborígenes, el escándalo de los abusos sexuales en la Iglesia católica, pero sobre todo la desertificación espiritual. Como puede verse, temas que superan ampliamente los confines del continente “novísimo”, en una cita realmente global, y que le brindaron al Papa la ocasión para repetir con afable y clara firmeza que el mundo contemporáneo tiene sed de Dios y que por tanto es verdadera la respuesta que Cristo y su Iglesia ofrecen a todo ser humano. El largo y arduo viaje australiano –un acontecimiento que el rabino Jeremy Lawrence ha definido “histórico”– y la Jornada mundial de la juventud se han revelado, pues, importantes, y desde luego no manifestaciones aisladas y espectaculares.
Desde el primer día Benedicto XVI, en el corpus de los discursos australianos, ha querido constantemente ir al centro de las cuestiones. Y si el primer día situó inmediatamente el significado de su visita en una Australia comprometida en un esfuerzo para purificar su propia historia –el primer ministro Rudd había admitido varias veces en los meses pasados las culpas con respecto a las poblaciones aborígenes–, en la segunda jornada de la visita volvió a dirigir la mirada al único Señor, al encontrarse primero con los representantes de las confesiones cristianas, luego con los de las demás religiones y, por último, con los jóvenes de una comunidad de rehabilitación. Y lo hizo, no por casualidad, el día en que un sugestivo vía crucis, una sagrada representación moderna muy bien hecha, recorrió las calles centrales de Sydney. En el centro de sus tres discursos el Papa puso a Cristo y su significado, ante todo, para las relaciones entre las diversas Iglesias y confesiones cristianas. Aludiendo a la franqueza de los australianos, Benedicto XVI subrayó su importancia para hacer que avance el movimiento ecuménico: reconociendo el fundamento del bautismo común, pero mirando más arriba, a la celebración eucarística común. Siendo consciente de que el ecumenismo ha llegado a un “punto crítico” y que la doctrina no puede considerarse un obstáculo en el progreso ecuménico. También en el encuentro, muy cordial, con los representantes de diversas religiones, el Papa evocó la centralidad de Cristo, en el marco de la libertad religiosa y en una «armoniosa correlación entre religión y vida pública», tanto más importante cuanto más se tiende a presentar –como acontece polémicamente en muchas sociedades occidentales– la religión como causa de división. Las religiones pueden caminar juntas, sobre todo en el campo de la educación, enseñando la sobriedad y la atención a la dimensión espiritual. Volvió a hablar de Jesús en el discurso a los jóvenes de una comunidad de Sydney. En efecto, es Cristo –origen de toda realidad por él creada y, por tanto, buena– quien quiere la vida. Esta vida no se puede alcanzar adorando a “otros dioses”, identificados por Benedicto XVI en los bienes materiales, en el amor posesivo y en el poder. Estas realidades son buenas, con tal de que no se las adore como ídolos.
La consagración del nuevo altar de la catedral de Sydney, el 19 de julio de 2008

La consagración del nuevo altar de la catedral de Sydney, el 19 de julio de 2008

Atento a los signos, en la misa para la consagración del nuevo altar de la catedral de Sydney concelebrada con los obispos, el Papa hizo votos por el inicio de una nueva edificación de la Iglesia australiana, y en la vigilia con los jóvenes expresó la necesidad de abrir el corazón al Espíritu Santo, centro de la Jornada mundial de la juventud. Del mismo modo que el nuevo altar, sobre el que destaca un original bajorrelieve inspirado en la imagen de la Sábana Santa, también los cristianos están consagrados, es decir, han sido apartados para el Reino de Dios –subrayó el Obispo de Roma– en un mundo que, por el contrario, quisiera dejar a Dios a un lado. Pero la consagración de los cristianos es exigente, y por eso Benedicto XVI expresó una vez más, con un dolor y una fuerza que no dejan espacio a dudas, su vergüenza y su tristeza por los casos de abusos sexuales a menores. Y como en los Estados Unidos, hizo seguir a sus palabras un encuentro con algunas víctimas, que se celebró con comprensible discreción.
Al Espíritu Santo, «de varios modos la persona olvidada de la Santísima Trinidad», el Papa dedicó, en parte siguiendo las huellas de san Agustín, la larga meditación que desarrolló durante la vigilia con los jóvenes. Subrayando a los jóvenes presentes –pero hablando a toda la Iglesia– que El Espíritu de Dios está en la vida de todo ser humano y atrae a lo que es real, a lo que es duradero, a lo que es verdadero. Más allá de los límites de todo lo que pasa, mucho más allá de la locura consumista.
La transmisión de la fe estuvo, pues, en el centro del viaje más largo de su pontificado. Una vez más, en span>


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