Pablo: un nada amado por Jesucristo (cf. 2Co 12, 11 y Ga 2, 20)
Dos fragmentos de la homilía del Papa Benedicto XVI en la celebración de las primeras Vísperas de la solemnidad de san Pedro y san Pablo, en la que participó el patriarca ecuménico Bartolomé I (Basílica de San Pablo extramuros, Roma, sábado 28 de junio de 2008)
Dos fragmentos de la homilía del papa Benedicto XVI

Catedral de Monreale, Palermo, siglo XII: san Pablo
En la búsqueda de la fisonomía interior de san Pablo quisiera recordar, en segundo lugar, las palabras que Cristo resucitado le dirigió en el camino de Damasco. Primero el Señor le dice: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Ante la pregunta: «¿Quién eres, Señor?», recibe como respuesta: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hch 9, 4 s). Persiguiendo a la Iglesia, Pablo perseguía a Jesús mismo. «Tú me persigues». Jesús se identifica con la Iglesia en un solo sujeto. En el fondo, en esta exclamación del Resucitado, que transformó la vida de Saulo, se halla contenida toda la doctrina sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Cristo no se retiró al cielo, dejando en la tierra una multitud de seguidores que llevan adelante “su causa”. La Iglesia no es una asociación que quiere promover cierta causa. En ella no se trata de una causa. En ella se trata de la persona de Jesucristo, que también como Resucitado sigue siendo «carne». Tiene «carne y huesos» (Lc 24, 39), como afirma en el evangelio de san Lucas el Resucitado ante los discípulos que creían que era un espíritu. Tiene un cuerpo. Está presente personalmente en su Iglesia; «Cabeza y Cuerpo» forman un único sujeto, dirá san Agustín. «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?», escribe san Pablo a los Corintios (1 Co 6, 15). Y añade: del mismo modo que, según el libro del Génesis, el hombre y la mujer llegan a ser una sola carne, así también Cristo con los suyos se convierte en un solo espíritu, es decir, en un único sujeto en el mundo nuevo de la resurrección (cf. 1 Co 6, 16 ss). En todo esto se refleja el misterio eucarístico, en el que Cristo entrega continuamente su Cuerpo y hace de nosotros su Cuerpo: «El pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan» (1 Co 10, 16-17). En esta hora, no sólo san Pablo, sino también el Señor mismo se dirige a nosotros con estas palabras: ¿Cómo habéis podido desgarrar mi Cuerpo? Ante el rostro de Cristo, estas palabras se transforman al mismo tiempo en una petición urgente: condúcenos nuevamente a la unidad desde todas las divisiones. Haz que hoy sea de nuevo realidad: Hay un solo pan, por eso nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo. Para san Pablo, las palabras sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo no son una comparación cualquiera. Van más allá de una comparación. «¿Por qué me persigues?». Cristo nos atrae continuamente dentro de su Cuerpo, edifica su Cuerpo a partir del centro eucarístico, que para san Pablo es el centro de la existencia cristiana, en virtud del cual todos y cada uno podemos experimentar de un modo totalmente personal: él me ha amado y se ha entregado por mí.