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HACIA EL SÍNODO DE LOS...
Sacado del n. 06/07 - 2008

La Palabra de Dios: sangre derramada que habla


«Si uno dice: Palabra de Dios, la fórmula puede transmitir una idea intelectual. Pero si se dice que es una sangre que habla, se comprende que no se trata de un discurso, de un razonamiento». Entrevista al cardenal jesuita Albert Vanhoye


Entrevista al cardenal Albert Vanhoye por Gianni Valente


El cardenal Albert Vanhoye

El cardenal Albert Vanhoye

Se acerca el Sínodo sobre la Palabra de Dios. ¿Qué se espera de esta cita un gran biblista como usted?
ALBERT VANHOYE: Hace quince años, cuando era presidente de la Pontificia Comisión Bíblica, estudiamos la interpretación de la Biblia en la Iglesia. Examinamos todos los métodos y enfoques usados para acercarse al texto bíblico. Pero aquel fue un trabajo hecho totalmente desde el punto de vista de la ciencia exegética.
En el Sínodo hay una perspectiva diversa. Serán posibles muchas reflexiones sobre cómo la vida y la misión de la Iglesia hallan sostén y alimento en la Palabra de Dios.
Según usted, ¿qué es lo que puede sugerir un Sínodo de este tipo a toda la Iglesia?
VANHOYE: El instrumentum laboris lo dice muy bien: no se debe identificar la Palabra de Dios con la Biblia. En los tiempos de san Pablo no había nada escrito del Nuevo Testamento. Pero san Pablo era consciente de que predicaba la Palabra de Dios, y se congratulaba con los tesalonicenses porque habían recibido el mensaje proclamado por él no como discurso humano, sino como Palabra de Dios que actúa en quien cree.
La Palabra de Dios es algo vivo, la Biblia es un texto escrito. Tiene una importancia especial porque es un texto inspirado. Pero nuestra fe no es una religión del Libro, no es la religión bíblica. Nuestra fe es una religión de la Palabra de Dios, viva, acogida, que nos pone en relación personal con Jesucristo, y, por medio de Cristo, con Dios Padre.
«Palabra de Dios, última y definitiva, es Jesucristo», se lee en la primera parte del instrumentum laboris del Sínodo. Vienen a la mente algunas páginas de su hermano de hábito Henri de Lubac...
VANHOYE: De Lubac escribió que en Jesucristo Dios ha hecho breve su Palabra, la ha abreviado. El Verbo se ha abreviado. La Biblia no es una colección de tratados filosófico-teológicos, no es un camino didascálico-simbólico para adquirir un set de verdades religiosas eternas. La Biblia cuenta la iniciativa de Dios para entrar en contacto con los hombres, en nuestra historia. Por esto la encarnación de Cristo es el “resumen” de toda la Palabra de Dios. Que no convierte en inútiles las otras palabras inspiradas, sino que define su sentido exacto. La Palabra del Antiguo Testamento toma su sentido exacto gracias a su relación con Jesucristo. Nosotros leemos el Antiguo Testamento iluminados por la venida de Jesús y por lo que él actúa. Como dice el mismo Jesús, en el Evangelio de Juan, «investigad las Escrituras; ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí». Esto se ve en la aparición a los discípulos de Emaús: Jesús explica todo lo que en el Antiguo Testamento concierne a su persona y a su misterio. También es estimulante la expresión de la Carta a los Hebreos donde se dice: es «una sangre que habla mejor que la de Abel». La Palabra de Dios se ha hecho sangre derramada. Y habla de una ofrenda de amor que supera todos los obstáculos contra el amor. Si uno dice: Palabra de Dios, la fórmula puede transmitir una idea intelectual. Pero si se dice que es sangre que habla, se comprende que no se trata de un discurso, de un razonamiento.
Dice san Agustín: «La Escritura viene del Señor. Pero no tiene ningún interés humano, si no se reconoce en ella a Cristo». En cambio, parece que la lectura de la Escritura es de por sí la fuente del comienzo de la fe. ¿Se hace uno cristiano porque lee la Biblia?
VANHOYE: Puede suceder que la lectura de la Biblia se convierta en una ocasión para suscitar la fe. Pienso en la Iglesia en Corea, donde la fe cristiana llegó a partir de algunos intelectuales que se habían interesado por la Biblia, y luego recibieron el don de la fe, sin que mediara la intervención de misioneros. Encontraron la fe cristiana con ocasión de un contacto con la Sagrada Escritura, y luego fueron a buscar misioneros para construir la Iglesia. Pero es evidente que en el inicio de la vida de fe no está ni lectura de la Biblia ni la obra de los misioneros. Está la acción del Espíritu, que puede servirse de todo: de los misioneros, de la lectura de la Palabra de Dios, pero también de instrumentos y ocasiones aparentemente más lejanos y casuales. Normalmente es el testimonio de la vida lo que puede atraer a la fe. Luego hace falta también la Palabra viva para explicar quién es Aquel que atrae a sí mediante el testimonio.
Quienes insisten en la importancia de la Palabra de Dios a menudo parecen apostarlo todo en la pericia sobre la Sagrada Escritura. Como si el non plus ultra fuera que todos los fieles se vuelvan exegetas, biblistas.
VANHOYE: El fin de la Iglesia no es desde luego hacer que cada cristiano se convierta en un docto de la Palabra. Es necesario que algunos emprendan este camino, porque la Biblia debe ser estudiada de un modo que esté al nivel de la cultura del momento. Lo que en cambio se debe favorecer –y espero que también el próximo Sínodo lo haga– es el contacto personal con los textos bíblicos, un contacto que sea lo más objetivo posible, sin dejarlo a la fantasía de cada individuo.
Usted se formó durante los años en que también en ámbito católico el ressourcement, la vuelta a las fuentes bíblico-patrísticas, inauguraba el camino de una renovación que conduciría al Concilio Vaticano II. ¿Qué recuerda de aquel periodo?
VANHOYE: Para mí personalmente, el contacto directo con la Biblia estuvo facilitado por el hecho de que como joven religioso fui profesor de griego clásico a alto nivel. Esto me permitió el contacto directo con el Nuevo Testamento. Y en seguida me apasioné al Evangelio de Juan, que revela la persona de Jesús. Esta fue mi experiencia “fuerte”, más que el contacto con otros exégetas u otros autores. En aquel entonces había todavía cierta lejanía del texto bíblico, por varios motivos. En particular, se desaconsejaba la lectura del Antiguo Testamento porque hay en él narraciones muy realistas, que de por sí son escandalosas. Ahora el contacto con la Biblia es mucho más fácil. Hay ediciones hechas para lectores que no tienen competencias especiales. Instrumentos que ayudan a entrar en el texto. Hay también grupos bíblicos, algunos aprenden el hebreo para tener un contacto directo con el texto original… En fin, que es otra situación muy distinta.
Detalles del fresco del ábside de la iglesia de San Silvestre de Tívoli, Roma. Arriba, en el eje central del tambor aparece el Verbo encarnado en brazos de la Virgen María y, encima, el Cordero con el nimbo crucífero que derrama sangre por el costado, imagen del sacrificio de la Cruz; a la izquierda, san Juan Bautista señalando al Codero y, a la derecha, san Juan Evangelista con la filacteria que reproduce el prólogo de su Evangelio

Detalles del fresco del ábside de la iglesia de San Silvestre de Tívoli, Roma. Arriba, en el eje central del tambor aparece el Verbo encarnado en brazos de la Virgen María y, encima, el Cordero con el nimbo crucífero que derrama sangre por el costado, imagen del sacrificio de la Cruz; a la izquierda, san Juan Bautista señalando al Codero y, a la derecha, san Juan Evangelista con la filacteria que reproduce el prólogo de su Evangelio

Usted fue presidente de la Comisión modernos, y esto no es solamente legítimo, sino que es un deber. De lo contrario el contacto con la Biblia no se pone al nivel de los conocimientos y de las capacidades actuales. Pero es verdad que en el uso del método histórico-crítico a veces hay tendencias que tienen sobre el texto una especie de efecto “esterilizante”.
¿Por ejemplo?
VANHOYE: En 1988, el cardenal Ratzinger dio una conferencia en Nueva York para criticar los presupuestos teóricos de Bultmann y Dibelius, y en general del método histórico-crítico en la medida en que dicho método quiere encerrar el texto en una jaula angosta, aplanándolo y convirtiéndolo en un mero producto de las condiciones y de las circunstancias del tiempo. Esto entiendo por “esterilización”. Al igual que puede ser esterilizante el estudio de las fuentes o más exactamente de los llamados “estratos”. Parece que para algunos estudiosos la exégesis consiste en distinguir varios estratos sucesivos: tomar dos versículos y atribuirlos a una fuente, tomar otros dos y atribuirlos a otra fuente, etc. Para algunos textos puede ser útil. Pero en la mayoría de los casos, en vez de dar como resultado el contacto vivo con el texto se hace una especie de disección, como las que se hacen a los cadáveres. Y se pierde el contacto con la corriente de vida que se manifiesta en el texto. En resumen, el método histórico-crítico es necesario, pero no hay que entenderlo de manera demasiado restringida. Si tenemos ante nosotros un texto, lo debemos tomar e interpretar por lo que es.
¿No ha perdido “puntos” entre los estudiosos el método histórico-crítico, precisamente por esta latente “aridez”?
VANHOYE: Los alemanes tienen esta tendencia a considerarlo todo desde el punto de vista histórico... En verdad, el método histórico-crítico en los últimos años ha tomado una dirección que en cierto sentido es contraria a su rumbo principal. La última etapa es la Wirkungsgeschichte, que significa la “historia de los efectos” de un texto. Ya no se limita al texto considerado en el momento de su producción, sino que se considera también en su relación con los efectos que ese texto ha causado. Por ejemplo, la relación que hay entre algunos textos de san Pablo –con la insistencia en la justificación que proviene de la fe– y el nacimiento de la Reforma. Otros textos, como por ejemplo el Cantar de los Cantares, han tenido efectos sobre la vida mística y espiritual. Esto demuestra que un texto tiene la capacidad de suscitar el pensamiento, las emociones, los afectos. Y a la luz de estos efectos se comprende mejor también el texto.
Los adversarios del método histórico-crítico insisten a menudo en el sentido espiritual de las Escrituras. En el actual contexto cultural, ¿no se corre el peligro de “ir más allá” del dato y de convertir la Biblia en el gran símbolo del itinerario religioso de la humanidad?
VANHOYE: También el instrumentum laboris habla del «surgimiento de formas gnósticas y esotéricas en la interpretación de la Sagrada Escritura y de grupos religiosos aislados en el interior de la Iglesia católica»… Existe el peligro de tomar el texto como un pretexto de ideas, reflexiones, emociones, pensamientos, sin ninguna sumisión al dato de la Escritura. El cardenal Martini, cuando comenzaba su lectio divina, explicaba que antes que nada viene una lectio atenta, exacta: leo el texto y me atengo al texto, no voy más allá. Esta sumisión ante el texto es la única base para todas las meditaciones, las contemplaciones, las aplicaciones prácticas sucesivas. La Palabra de Dios quiere ser acogida como palabra autorizada, que nos trae algo, no es simplemente un pretexto para divagaciones de todo tipo.
Siguiendo la ola del éxito comercial de los varios Dan Brown, algunas obras de divulgación han vuelto a tratar la relación entre el “Jesús histórico” y el “Jesús de la fe”. ¿Tiene sentido, según usted, tratar de “reconstruir” el Jesús histórico prescindiendo de cómo se presenta Jesús en los Evangelios?
VANHOYE: Precisamente hace pocos días vi otro libro sobre Jesús en que el autor español dice que se atiene de manera estricta a datos y conclusiones científicos, evitando todo lo que tiene que ver con la dimensión sobrenatural. Siempre es posible hacer esta distinción: si uno pretende estudiar el fenómeno Jesús sólo desde el punto de vista histórico-científico puede hacerlo. Desde el punto de vista científico siempre es posible tomar una perspectiva muy limitada, pero hay que saber anticipadamente que también las conclusiones serán unilaterales y limitadas, porque el fenómeno, el dato, no va a ser conocido por lo que es. Un enfoque semejante no puede tener nunca la pretensión de establecer si Jesús es o no es el Hijo de Dios.
Leer la Biblia según la Tradición nos hace ver que algunas cosas que pueden parecer contradictorias en realidad son complementarias. Por ejemplo, la Carta de Santiago en apariencia parece contraponerse a las Cartas de san Pablo sobre el tema de la justificación. Pero si se leen bien los textos, según la Tradición, vemos que no hay contradicción, también para Santiago las obras que justifican son obra de la fe. Aceptar la lectura de la Biblia dentro de la Tradición ayuda esta sobriedad, esta sabiduría
La Iglesia ha reconocido siempre la historicidad de los Evangelios y los católicos han valorizado los varios indicios que puedan confirmarla. A veces también de manera ingenua o ideológica...
VANHOYE: En Francia explicaba a mis estudiantes que los Evangelios no nos ofrecen fotografías, nos ofrecen cuadros. La fotografía es más exacta. Pero no puede expresar un espíritu de conjunto, como hace el cuadro. La Biblia misma nos educa a no ser literalistas: sobre cuestiones importantísimas nos da dos versiones diversas. Un ejemplo impresionante es la palabra de Jesús sobre el cáliz. Según Mateo y Marcos, Jesús tomando el cáliz dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que va a ser derramada por muchos». Según Lucas y san Pablo, en cambio, dijo: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros». Son fórmulas diversas, aunque hay elementos comunes. A fortiori, para otras muchas cosas menos importante existen diferencias entre los Evangelios, que corresponden a la orientación de cada uno de ellos. Por tanto es erróneo tomar de un Evangelio o de otro algunos elementos para crear una narración que sería más “fiel” y completa. Cada Evangelio tiene su orientación. El de Mateo es un Evangelio eclesial, que nos ofrece grandes discursos de Jesús. El de Marcos es el Evangelio del acontecimiento, del choque del acontecimiento. El de Lucas es el Evangelio del discípulo que ve las cosas en la relación personal con Jesús… Cada Evangelio tiene su inspiración, que comporta diferencias en muchos detalles. Es una riqueza, pero está claro que desde el punto de vista material nos pone en un aprieto si nos lanzamos en batallas para demostrar más allá de toda duda la incontrovertibilidad histórica de todo lo que se narra en los Evangelios.
En el Concilio, durante el debate sobre las fuentes de la Revelación que desembocó en la constitución conciliar Dei Verbum, los padres se acaloraban en la discusión sobre la relación entre Escritura y Tradición. ¿Qué es lo que queda actualmente de aquellas disputationes?
VANHOYE: Ahora se insiste más en la exégesis patrística. La École biblique de Jerusalén tiene como gran proyecto una Biblia comentada tanto científicamente como patrísticamente… Se ve que la gente siente la insuficiencia del enfoque puramente científico. Y piensa que para comprender bien la Biblia en toda su riqueza hay que penetrar en la corriente de la Tradición, que libra sobre todo de unilateralismos y de falsas dialécticas, como las que contraponen sentido literal y sentido espiritual. Leer la Biblia según la Tradición nos hace ver que algunas cosas que pueden parecer contradictorias en realidad son complementarias. Por ejemplo, la Carta de Santiago en apariencia parece contraponerse a las Cartas de san Pablo sobre el tema de la justificación. Pero si se leen bien los textos, según la Tradición, vemos que no hay contradicción, también para Santiago las obras que justifican son obra de la fe. Aceptar la lectura de la Biblia dentro de la Tradición ayuda esta sobriedad, esta sabiduría.
Dijo usted en una entrevista que es útil huir de la tentación de “apoyar” sobre el texto bíblico asuntos que la Tradición ha alcanzado posteriormente. ¿Puede explicar mejor a qué se refería?
VANHOYE: Siempre es útil distinguir. La Palabra de Dios está viva, está dentro de una corriente de vida. Pero siempre es útil distinguir lo que al principio hay en el texto y lo que la Tradición ha añadido legítimamente. Veamos el tema del sacerdocio ministerial. En el Nuevo Testamento, ningún apóstol es llamado sacerdote. El título de sacerdote se les da sólo a los sacerdotes levitas o a los sacerdotes paganos. Pero la Iglesia, ya a partir del siglo II, atribuye el título de sacerdos a los obispos. Esto no está basado directamente en la Biblia, pero corresponde a una nueva idea del sacerdocio expresada precisamente en las Cartas de san Pablo. En la Carta a los Romanos, san Pablo define su ministerio de un modo que corresponde a un nuevo concepto de sacerdocio. Dice que su ministerio es la obra sagrada del anuncio, de modo que los gentiles sean una ofrenda grata a Dios, santificada en el Espíritu Santo. Esta fórmula define el sacerdocio cristiano. Ahora crece el rechazo a usar el vocabulario sacerdotal. Ya no se quiere hablar de ordenación sacerdotal, se prefiere ordenación presbiteral… Esta es una fidelidad material al Nuevo Testamento que no es una fidelidad de espíritu.
El ábside adornado con frescos de la iglesia de San Silvestre, situada en la estupenda Tívoli medieval, se remonta con toda probabilidad a los últimos años del siglo XII y primeros del siglo XIII. El sujeto del cuenco absidal, según muchos estudiosos, reproduce desde el punto de vista iconográfico 
el mosaico perdido del ábside de la antigua basílica Vaticana. Casi todos los críticos atribuyen los frescos de San Silvestre al mismo taller (el llamado Primer Maestro o Maestro del Apocalipsis) que adornó con frescos gran parte de la cripta de la Catedral de Anagni

El ábside adornado con frescos de la iglesia de San Silvestre, situada en la estupenda Tívoli medieval, se remonta con toda probabilidad a los últimos años del siglo XII y primeros del siglo XIII. El sujeto del cuenco absidal, según muchos estudiosos, reproduce desde el punto de vista iconográfico el mosaico perdido del ábside de la antigua basílica Vaticana. Casi todos los críticos atribuyen los frescos de San Silvestre al mismo taller (el llamado Primer Maestro o Maestro del Apocalipsis) que adornó con frescos gran parte de la cripta de la Catedral de Anagni

¿Cómo se aplica esta distinción al tema del primado? Los ortodoxos, incluso los más comprometidos en el diálogo ecuménico, no aceptan afrontar el problema desde el punto de vista exegético.
VANHOYE: Se ve en todos los Evangelios y en las Cartas de san Pablo que Pedro recibió una misión especial. Por ejemplo, la escena de la vocación de Pedro es realmente impresionante. Hay por lo menos cuatro personas, además de Jesús, en esa escena: Andrés y Pedro, Santiago y Juan. Pero Jesús se dirige sólo a Pedro.
Las controversias entre “creacionistas” y “evolucionistas” en Estados Unidos han vuelto a plantear el tema de la inerrancia de las Sagradas Escrituras. ¿Qué opina?
VANHOYE: La inerrancia está bien definida en la Dei Verbum, con esa frase, muy matizada, en la que se dice que toca todas las cosas que Dios ha querido revelar para nuestra salvación. Dios no ha querido revelar si la tierra es plana o redonda y si gira o no alrededor del sol. La Biblia no plantea una teoría de la creación. Afirma que Dios es creador, y luego presenta la creación de manera imaginativa. No hay en la Biblia una teoría científica sobre la creación. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que la Dei Verbum usara esa fórmula: «La verdad que en vista de nuestra salvación Dios nos ha querido comunicar». Podría hablar simplemente de verdades salvíficas. Pero una expresión de este tipo habría hecho pensar en una serie de fórmulas religiosas. En cambio, las verdades que se nos comunican en la Sagrada Escritura para nuestra salvación son también hechos, como el nacimiento de Jesús, la crucifixión y las apariciones de Cristo resucitado.
Ha referido usted que el cardenal Ratzinger fue muy respetuoso con el trabajo de la Comisión Bíblica, incluso cuando ésta valoró, en el documento citado, el método histórico-crítico, sobre el que el prefecto del ex Santo Oficio manifestaba públicamente sus objeciones.
VANHOYE: La postura de los miembros de la Comisión Bíblica era que el método histórico-crítico no dependiera de los presupuestos teórico-filosóficos de Bultmann y Dibelius. Es inevitable que cada estudioso use sus propios presupuestos. Pero no hay que confundir método y presupuestos. Los exégetas católicos pueden tomar el método, sin hacer suyos los presupuestos naturalista-historicistas de los fundadores del método.
Ahora Ratzinger es el papa Benedicto XVI. Y ha escrito la primera parte de un libro sobre Jesús que interroga de cerca las investigaciones de biblistas y exégetas. ¿Qué impacto tendrá sobre el Sínodo esta situación particular?
VANHOYE: Se ve muy bien que el Papa en su formación teológica se sintió incómodo con el método histórico-crítico, tal y como se usaba en Alemania. Su perspectiva es mucho más positiva: buscar la corriente profunda de la Revelación, concentrarse en la vida de Jesús y no meterse en discusiones infinitas sobre detalles secundarios o interpretaciones en conflicto. Es un enfoque mucho más “nutriente” para la fe y la vida cristiana. Naturalmente, lo ha dicho él mismo, su infalibilidad no está implicada en el libro sobre Jesús. Es la obra de un profesor que ahora es papa. Esta situación no creará dificultades al Sínodo. El Papa es un obispo que contribuye a la vida de la Iglesia con todas sus capacidades intelectuales y afectivas.


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