Laicidad
A menudo me acuerdo de los años de mi infancia, los paseos que me obligaba a dar mi tía Mariannina, en cuya casa vivíamos, en la calle de los Prefetti (donde nací). Eran evocaciones cotidianas de recuerdos personales de mi tía, que cuando tenía dieciséis años había vivido el gran cambio del 20 de septiembre de 1870
Giulio Andreotti

La brecha de Porta Pía, detalle, Carlo Ademollo, Museo del Risorgimento, Milán
En lo práctico, la reivindicación de laicidad va acompañada actualmente de una actitud crítica hacia quienes por su parte acomodan sus comportamientos y orientaciones a su fe religiosa. Con notable poca exactitud se evoca a menudo la Edad Media. Quizá los súbditos del Estado Pontificio tenían alguna justificación en su mezcolanza de los distintos planos, al no estar siempre clara la distinción de poderes. En algunas calles centrales de la vieja Roma todavía siguen siendo visibles las ordenanzas empotradas en la pared para reprimir las violaciones medioambientales.
Lo que despierta curiosidad son las lápidas que recuerdan el aluvión del Tíber pocas semanas después de la toma italiana de Porta Pía. Algún nostálgico escribía frases hostiles contra quienes habían “echado” al Papa. Para evitar esto se las desplazó un metro más arriba, lo que originó cierta confusión.
A menudo me acuerdo de los años de mi infancia, los paseos que me obligaba a dar mi tía Mariannina, en cuya casa vivíamos, en la calle de los Prefetti (donde nací). Eran evocaciones cotidianas de recuerdos personales de mi tía, que cuando tenía dieciséis años había vivido el gran cambio del 20 de septiembre de 1870. Con un toque de ironía repetía que algunos romanos, que hasta aquel día eran contrarios al Papa, cuando terminó el Poder Temporal se mostraron abiertamente nostálgicos de él.
Sobre el tema abundan citas y recuerdos, tanto de un bando como del otro. Mi tía seguía siendo incurablemente papalina, sintiendo la nostalgia del rito diario que la llevaba cada tarde por la vía Giulia a besarle la mano a un complaciente Pío IX, generoso en sonrisas y bendiciones. Los “piamonteses” (así llamaban a los italianos), en su opinión, lo habían estropeado todo.
El Papa relegado al otro lado de la Puerta de bronce quizá abstractamente había adquirido una importancia todavía mayor, pero ya no era aquel “superior” cercano que daba a todos la sensación de compartir el reino.
En un congreso de la Federación universitaria católica de 1941 alguien planteó la pregunta de que si de cara a la vida posterrenal el status anterior a Porta Pía era un impedimento o bien un coadyuvante. Personalmente nunca me interesó el problema. Cuando yo nací (1919) ya hacía casi medio siglo que se había producido la incorporación al Reino, y con el tiempo se habían ido limando las asperezas. Muchos años después, un futuro Papa –el cardenal Montini– declararía explícitamente en un discurso en el Capitolio que la pérdida de las preocupaciones civiles había sido un don de Dios a su Iglesia. Sobre ello recuerdo los comentarios de algunos que consideraban poco correcta esta modernidad hacia quienes habían defendido con las armas Porta Pía, prefiriendo, inmediatamente después, el exilio voluntario antes que el sometimiento a los enemigos del Pontífice.
Sobre este tema recuerdo una frase del presidente De Gasperi, que daba gracias a Dios por haber encontrado él ya resuelta la Cuestión Romana, lo que les ahorró a los políticos católicos una dramática decisión cuando llegaron a los más altos cargos del Estado. Un católico militante hubiera encontrado dificultades, por lo menos desde el punto de vista psicológico, en vivir aquella transición.

Pío IX en un retrato de Francesco Podesti, Museos Vaticanos
Por lo demás, no es casualidad que antes de abrir y dar inicio a la causa de beatificación de Pío IX la Iglesia dejara pasar un tiempo prudencial.
Precisamente a Pío IX le tocó el papel histórico de administrar la transición; sus biógrafos destacan claramente su desapego personal de las protestas históricas contra los usurpadores, que de alguna manera debía hacer desde el punto de vista del protocolo.
En los discursos del papa Benedicto XVI en Francia durante los días pasados había pocas referencias, y así debía ser, a los precedentes históricos. Pero desde luego lo que no hay es ningún síntoma de pesadumbre nostálgica.
El viejo mundo –con sus luces y sus sombras– hay que dejarlo atrás actuando de la mejor manera para construir el mundo nuevo.
Sin hacer mezquinas distinciones ni comparaciones, creo que hay que reconocerle al Papa actual un modo de hacer incisivo muy especial, que, no por casualidad, parece que hace más mella en los no practicantes que en sus propios fieles.
Me detengo aquí. Porque nunca he olvidado la magnífica advertencia de don Primo Mazzolari en aquel artículo «Yo también quiero al Papa», un ensayo estupendo de sinceridad y antirretórica.