La unidad y las (viejas) reglas
En septiembre, un congreso organizado en Lovaina por la Fundación Verbiest afrontó la controvertida cuestión de las divisiones que siguen desgarrando a la Iglesia china. También abrió la cuestión sobre algunas directrices vaticanas de los años ochenta…
por Gianni Valente

Fieles chinos rezando en una iglesia de Shanghai
Una representación cualificada de miembros y “amigos” de la Iglesia china se reunió en la prima semana de septiembre en Lovaina, con ocasión del European catholic China Colloquium organizado por la Fundación Verbiest, instituto de estudios relacionado con la Universidad Católica de Lovaina y presidido por el belga Jeroom Heyndrickx, misionero de Scheut.
De los más de cien participantes, procedentes de dieciocho países distintos, 47 eran chinos: 27 de la China popular (en gran parte eran sacerdotes y religiosas que están completando su formación en universidades e institutos católicos en Occidente), los demás de Hong Kong, Taiwán, Singapur, Macao.
Buena parte de las relaciones más técnicas versó sobre los problemas de la «formación de ministros para la Iglesia china en la edad de la globalización». Entre una reunión y otra, el congreso ofreció a los presentes la ocasión de reunirse y coordinar los programas de ayuda a los centenares de religiosos y sacerdotes chinos que estudian en las universidades católicas de todo el mundo. Pero el congreso, que tenía por tema “Confirmarse recíprocamente en la fe”, tuvo sobre todo el mérito de afrontar sin rémoras la cuestión espinosa y a menudo mal presentada de la división a veces desgarradora presente en la comunidad china entre los que aceptan ser registrados en la Asociación patriótica, aceptando sus condicionamientos, y los que rehúyen el control estatal, siendo objeto en varias ocasiones de la atención de la policía.

Fieles que se encaminan rezando a la iglesia de She Shan durante la peregrinación del 24 de mayo
El llamamiento del obispo de Lanzhou para que se superen los efectos más desgarradores de la división, como la separación entre comunidades oficiales y clandestinas en las celebraciones eucarísticas, apunta indirectamente a la Santa Sede. El joven pastor de la comunidad no registrada reconoce que «nuestros fieles se sentirían culpables si participasen de la eucaristía en una comunidad eclesial oficial. Algunos documentos eclesiales –los “13 puntos” y los “8 puntos”– han confirmado a los católicos de las comunidades no oficiales en esta actitud». Se refiere a los llamados “ocho puntos Tomko”, del nombre del entonces prefecto de la Congregación de Propaganda Fide, que en septiembre de 1988 envió a todos los obispos del mundo el documento reservado Directrices de la Santa Sede sobre algunos problemas de la Iglesia en la China continental. En él, aunque se admitía la posibilidad para los católicos de recibir los sacramentos de sacerdotes que participaran en las estructuras “patrióticas”, se sugería evitar al respecto «ocasiones de escándalos y prejuicios de la exacta noción de fe». Aun hoy, los “ocho puntos” se citan de manera instrumental en las controversias entre clero “oficial” y sacerdotes del área no registrada. En especial, algunos exponentes de las comunidades clandestinas se basan en una interpretación maximalista de las disposiciones vaticanas de hace quince años para disuadir a los fieles de acercarse a las iglesias “abiertas”. Los más intransigentes niegan incluso el valor de las misas y de los sacramentos celebrados en las parroquias registradas en la Asociación patriótica.
En su carta el obispo recuerda los apremiantes llamamientos del Papa a la reconciliación entre las dos áreas de la Iglesia china, interpretándolos como una implícita afirmación de que también según la Sede Apostólica «los anteriores documentos de la Iglesia que desaconsejaban celebraciones eucarísticas conjuntas entre católicos del área oficial y del área no oficial ya no valen para nuestros fieles». Pero entre líneas puede leerse un cortés llamamiento para que la Santa Sede envíe de alguna manera una señal explícita de que las normas de hace quince años no pueden ser consideradas por nadie como definitivas y permanentes, y que frente a la nueva situación no pueden ser usadas como pretexto para fomentar divisiones graves que comprometen el bien más precioso donado a la Iglesia, el de la gracia sacramental. Efectivamente, varias veces durante el Coloquio de Lovaina se subrayó la necesidad de superar las disposiciones vaticanas de los años ochenta. Aludió a ello el cardenal Godfried Danneels en su relación final (véase la entrevista). Y también se refirió explícitamente a la cuestión el profesor Yang Huilin, director del Instituto para los estudios de cultura cristiana de la Universidad del Pueblo de Pekín. El profesor Yang, exponente prestigioso de esos sectores académicos interesados en el cristianismo que desde hace años funcionan también como “embajadores” en el intermitente diálogo entre la Iglesia católica y los dirigentes chinos, citó así mismo la controvertida interpretación de las instrucciones vaticanas entre las cuestiones problemáticas «para la reconciliación y para el establecimiento de relaciones oficiales» (entre Pekín y la Santa Sede, n. de la r.). Y anunció que el próximo año el Instituto de estudios dirigido por él, en colaboración con la Andrews University (ligada a la Iglesia de los adventistas del séptimo día), organizará un congreso sobre el tema de las relaciones entre la Iglesia y las instituciones estatales. Temas que quizás han sido decididos con la esperanza de ofrecer a los nuevos líderes chinos sugerencias para plantear de manera laica y moderna las relaciones hasta ahora problemáticas con la Santa Sede y las instituciones eclesiales.