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SÍNODO DE LOS OBISPOS
Sacado del n. 09 - 2008

«Lo principal y más necesario es orar para comprender»


La oración y una lectura a la luz del Credo de los apóstoles son, para san Agustín, los dos grandes criterios para comprender la Sagrada Escritura. Entrevista a Nello Cipriani


Entrevista a Nello Cipriani por Lorenzo Cappelletti


Algunos detalles de los paneles del Arca marmórea de san Agustín, construida en el siglo XIV sobre el altar que conserva las reliquias del santo, Basílica de San Pedro in Ciel d’oro, Pavía; el diálogo de Agustín 
con san Simpliciano; a la derecha, 
la conversión: siguiendo la sugerencia 
de un ángel, Agustín lee las Cartas 
de san Pablo

Algunos detalles de los paneles del Arca marmórea de san Agustín, construida en el siglo XIV sobre el altar que conserva las reliquias del santo, Basílica de San Pedro in Ciel d’oro, Pavía; el diálogo de Agustín con san Simpliciano; a la derecha, la conversión: siguiendo la sugerencia de un ángel, Agustín lee las Cartas de san Pablo

El motivo que nos lleva a dialogar con el padre Cipriani, en su despacho del Augustinianum al lado de la columnata de San Pedro, es el tema del Sínodo de los obispos que se está celebrando actualmente más allá de la columnata: “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”.
Como de costumbre encontramos al padre Cipriani trabajando, sumido en investigaciones, que, comenzadas hace tiempo, no sólo tratan de desmentir que la huella neoplatónica siga siendo dominante en san Agustín incluso después de la conversión (es la opinión de muchos), sino que son capaces de demostrar que utiliza, a veces, una precisa terminología aristotélica tomada a través de Varrón y otros autores. El sensus fidei adquirido con la conversión, nos dice el padre Cipriani, es lo que le lleva a san Agustín a fijarse en una tradición filosófica no unívoca, sino ecléctica.
Sentimos distraer al padre Cipriani de su trabajo, pero su exquisita cortesía disipa nuestro apuro.

¿Cuál es fundamentalmente la actitud de san Agustín respecto a la Sagrada Escritura?
NELLO CIPRIANI: San Agustín tenía en muy alta consideración la Sagrada Escritura, la consideraba una carta de Dios enviada a los hombres para que puedan conocer el camino de la salvación. Pensaba que era un verdadero don de Dios a los hombres y que, como don de Dios, estaba inspirada por el Espíritu Santo, por lo que podía enseñar lo que es necesario para al salvación sin sombra de error. Precisamente por su naturaleza de don consideraba que era indispensable, para leer y comprender la Sagrada Escritura, una justa disposición interior: dicho con otras palabras, consideraba necesaria la oración. Para los estudiosos del mismo modo que para los demás. Escribe en el De doctrina christiana: «Hemos de advertir a los estudiosos de los Libros santos que no sólo conozcan los géneros de locuciones de la Escritura […], sino también, y esto es lo principal y lo más necesario, que oren para que entiendan (praecipue et maxime orent ut intelligant)» (III, 37, 56). Comprender la Escritura no es solamente el resultado de un estudio científico, como en otras artes, sino que deriva ante todo de ponerse ante la Palabra de Dios con docilidad, con humildad y, repito, en la actitud de quien suplica, de quien invoca. Escribe en las Confesiones: «Porque no conocemos otros libros que destruyan tan bien la soberbia, que destruyan tan bien al enemigo que se defiende reacio a conciliarse contigo, defendiendo sus pecados. No conozco, Señor, no conozco otros oráculos tan castos que así me persuadan a la confesión, y sometan mi cerviz a tu yugo, y me inviten a servirte gratis. ¡Que yo los entienda, Padre bueno! Concédeme esto a mí, visto que me he sometido a ti, puesto que los has hecho roca (solidasti) para los que se someten a ti» (XIII, 15, 17).
¿Comienza Agustín a conocer el cristianismo a través de la Escritura o, por el contrario, va aprendiendo a conocer la Escritura después de la conversión?
CIPRIANI: La primera vez que Agustín recurre a la Sagrada Escritura fue como consecuencia de la lectura juvenil del diálogo ciceroniano Hortensius. Este libro que iba en busca de la sabiduría le había entusiasmado y Agustín relacionó inmediatamente la búsqueda de la sabiduría con Cristo, cuyo nombre, dice en las Confesiones, había mamado cuando era pequeño con la leche materna. Pero junto con el nombre de Cristo se acordó de las Sagradas Escrituras. Es un indicio de que Agustín no había recibido de su madre solamente el amor por el nombre de Cristo, sino también por las Sagradas Escrituras. Ya había recibido, como puede recibirla un niño, naturalmente, una educación con esta apertura a Cristo y a la Escritura.
¿Tenía ya también cierto presentimiento de que la Escritura se cumple en Cristo?
CIPRIANI: San Agustín dice a menudo en las obras de su madurez que toda la Sagrada Escritura habla de Cristo, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo. «Todo nuestro cuidado, cuando oímos el salmo, la profecía y la Ley […] se encamine a ver allí a Cristo, a entender allí a Cristo» (Enarrationes in psalmos 98, 1). Toda la Escritura es Palabra de Dios, Palabra que se ha hecho carne en Cristo. Palabra de Dios y Cristo se vuelven indisolubles para Agustín cuando llega a su plena madurez. Esta idea no estaba tan desarrollada durante su juventud, pero ya hacía una asociación estrecha.
¿Qué cambio introduce su ordenación sacerdotal y luego episcopal en esta evolución de su relación con la Sagrada Escritura?
CIPRIANI: La Sagrada Escritura ya había desempeñado un papel decisivo en su conversión. Sobre todo la lectura de san Pablo le reveló «aquella caridad que edifica sobre el fundamento de la humildad, que es Cristo Jesús» (Confesiones VII, 20, 26). Pero durante todo el tiempo en que fue laico, en todos los Diálogos que escribió en los años antes del 393/394, Agustín no se aplicó nunca a fondo y críticamente en la Escritura. Quería hacer una filosofía cristiana que se dejará guiar e iluminar por la fe cristiana, pero que resolviera sus problemas en el ámbito de la racionalidad: en la época dialogaba, siempre en el ámbito de la pura racionalidad, sobre todo con los filósofos antiguos; la Sagrada Escritura quedaba completamente al margen. En los Diálogos casi nunca acude a la autoridad de la Escritura para demostrar una tesis suya. En cambio, con la ordenación sacerdotal, Agustín comprendió que se había convertido en dispensator Verbi et sacramenti y, por tanto, sintió en seguida la necesidad de ahondar en todo el contenido de la Escritura para poder enseñar a los fieles el camino cristiano. Precisamente por este motivo le pidió a su obispo un breve periodo de estudio durante el cual maduró en él una nueva concepción del conocimiento perfecto de Dios. Agustín, antes de su ordenación sacerdotal, pensaba que podía llegar a este conocimiento inmediatamente por medio de la razón iluminada por la fe. Con la ordenación comprende que la profundización crítica de la Escritura es un peldaño insustituible. Escribirá en el De civitate Dei: «En la Escritura llamada canónica, que posee la autoridad más eminente, tenemos nosotros la fe sobre las cosas que no debemos ignorar, y que nosotros mismos no seríamos capaces de ejes. Santo Tomás, basándose en la definición de la teología como ciencia de la Escritura, al principio de su Summa llamará sacra doctrina a la teología, citando las palabras de Agustín tomadas del De Trinitate. Por lo general, se remonta la distinción entre filosofía y teología a santo Tomás o a la Escolástica. En realidad santo Tomás se inspiraba en san Agustín.
Agustín maestro en Roma y Milán

Agustín maestro en Roma y Milán

¿Qué criterios sigue Agustín desde el punto de vista de la interpretación de la Escritura? ¿Se inspira en alguien?
CIPRIANI: Ante todo hay que subrayar que en san Agustín el respeto, la veneración por la Escritura se transforma en una actitud de oración ante ella. Para comprender la Escritura, suplica a Dios que le ilumine. Esta actitud de humildad, de oración, de docilidad es fundamental. Escribe en las Enarrationes in psalmos: «Por tanto, no entiendes, entiendes poco, no llegas a percibir; venera la Escritura de Dios, honra la Palabra de Dios, aun la que no es patente; pospón la inteligencia a la piedad. No seas insolente censurando de oscuridad o malignidad a la Escritura. Nada hay en ella de injusto; y, si hay algo oscuro, no es para que se te niegue su entendimiento, sino para hacer desear lo que ha de recibirse. Luego, si hay algo oscuro, el Médico lo recetó de este modo para que llames; quiso que te ejercitases llamando» (146, 12). Luego, precisamente porque Agustín está seguro de que la Escritura es Palabra de Dios y habla siempre y sólo de Cristo, subraya la importancia de que se lea la Escritura a la luz de la fe de la Iglesia como está expresada en el Símbolo de fe. Habla de la regula fidei como criterio hermenéutico para leer tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Además de este doble y gran criterio ofrece también otras reglas de interpretación. Pero digo en seguida que, según Agustín, en la Escritura hay muchos textos difíciles (en el Antiguo Testamento está encubiertamente contenido un poco todo el Nuevo Testamento, Cristo y la Iglesia: en este sentido la Escritura es un libro difícil de entender), pero al mismo tiempo consideraba que en ella hay muchísimos pasajes absolutamente claros y son precisamente los que hablan de las verdades principales de la fe cristiana, hasta el punto que el Credo no es más que el fruto formulado con autoridad por la Iglesia sobre la base de la enseñanza de la Escritura. En fin, hay una parte de ella que no requiere grandes esfuerzos interpretativos. Naturalmente resaltaba que hay que leer la Escritura en su conjunto: no se puede tomar un texto separándolo de todo el resto para sacar de él una verdad en contraposición con otras afirmaciones contenidas en ella. Consideraba además que, para leer con provecho la Escritura, hay que servirse de los conocimientos de todas las ciencias, incluso de las del mundo físico, del mundo vegetal y animal. Y en general recurrir a todos los instrumentos científicos que la cultura de su tiempo ofrecía. Creo que a Agustín, abierto a todas las aportaciones de la cultura de su época, no le habría sido difícil aceptar el método histórico-crítico. Agustín no tiene ninguna dificultad en aceptar, incluso de un donatista como Ticonio, por ejemplo, algunas indicaciones metodológicas para la exégesis de la Escritura, aun criticando algunos aspectos.
Hay analogías con nuestra época. El método histórico-crítico no nace en ámbito católico.
CIPRIANI: Hay todavía un aspecto que quisiera subrayar, porque me parece especialmente actual. San Agustín durante el periodo que fue maniqueo había podido constatar lo absurdo de la pretensión de los libros maniqueos de explicar todos los fenómenos naturales, incluso los astronómicos de las fases lunares, de los eclipses de la luna, del sol y otros fenómenos, recurriendo al mito de la lucha entre el bien y el mal. Se dio cuenta de que estas supuestas explicaciones no solamente no lo explicaban todo, sino que estaban en contradicción con las explicaciones mucho más serias y documentadas de los científicos antiguos, los filósofos naturalistas que Agustín había leído. Esta experiencia negativa fue precisamente uno de los motivos por los que abandonó el maniqueísmo. Cayó en la cuenta de que el maniqueísmo, que le había prometido conducirlo a la verdad sin la sumisión de la fe, le había engañado, porque le había hecho creer en muchas fábulas irrazonables. Así pues, cuando comenzó a leer y a explicar la Escritura, sobre todo el Génesis, se acordó de esta lección y llegó a afirmaciones que luego le fueron muy útiles a Galileo cuando quiso presentar sus teorías, sus descubrimientos como no contrarios a la fe cristiana. Agustín decía en sustancia que la Escritura no pretende enseñarles a los hombres cómo está hecho el mundo, no quiere substituir a la ciencia. La Escritura quiere enseñarnos el camino de la salvación, qué es necesario para vivir rectamente y salvarse. Cuando la Escritura habla del cielo, de la tierra, de la creación no hay que leerla como si quisiera substituir a la ciencia. Me parece una lección muy importante. Habría sido muy útil, en el siglo XVII, que los teólogos o los que condenaron a Galileo hubieran tenido presente esta lección. Pero es útil también para nosotros hoy que vivimos aún en esta crisis entre ciencia y Escritura, entre ciencia y fe, a propósito por ejemplo de la teoría de la evolución. Yo creo que Agustín tendría una actitud de diálogo, no de rechazo apriorístico de esta teoría.


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