Reflexiones sobre la televisión
La cuestión de que si en los discursos hay que hablar más a las mentes que a los corazones está mal planteada. Lo esencial es no cansar y dejar en los presentes el estímulo a meditar sobre uno, o como mucho, dos conceptos fáciles
Giulio Andreotti

Giulio Andreotti durante un debate político en televisión, en los años setenta
Sin embargo, existe el riesgo del exceso de luz: no ilumina sino que deslumbra.
Además, es necesario estudiar bien la coordinación entre la instrucción escolar y esta formación, por así decir, a domicilio. En la escuela se nos adoctrina con la reflexión, mientras que en la pantalla la continua sucesión de impulsos desde luego no facilita el aprendizaje.
Aún más si consideramos que a menudo vemos y escuchamos no en la silenciosa tranquilidad de nuestra casa, sino en los locales públicos o, en el caso de la radio, conduciendo el coche.
Que se trate de un progreso es, sin embargo, indiscutible, y, despojándonos de todo prejuicio inútil, hay que sacarle el mejor partido posible. No sé, por ejemplo, si tiene muchos seguidores, pero la hora de catecismo retransmitida en Italia el sábado por la tarde tiene sin duda alguna un impacto potencial extraordinario. Naturalmente cuenta mucho la técnica de la exposición, además de los contenidos.
Recuerdo el comentario que hacía sobre este tema el cardenal Spellman subrayando la enorme posibilidad, por así decir, catequística, de este “catecismo a domicilio”. En los primeros años de la posguerra alcanzó gran popularidad en la televisión el padre Mariano con sus conversaciones tan vivaces y atractivas.
Además de la importancia preponderante de lo que se dice ante los micrófonos, tiene importancia el modo de decirlo.
Otras veces he recordado el perfeccionismo de Giancarlo Pajetta en el uso del cuarto de hora radiofónico asignado a cada partido. Él había ido a la escuela de dicción, lo cual nos parecía a nosotros erróneamente que era casi desmitificador.
Sin duda los tiempos cambian. Las técnicas oratorias que persiguen conmover al auditorio se han abandonado. Es justo que ahora se pretenda la difusión de ideas esenciales, fácilmente perceptibles. A mí personalmente me cuesta trabajo aceptar este concepto mercantil de nuestros mensajes políticos. Pero es innegable que es así.
En la época de mis primeros escarceos políticos aprendí que en los mítines había que prepararse bien algunas frases tanto de apertura como de conclusión. Habíamos ido para ello a la escuela de un orador sagrado que gozaba de gran crédito: el cardenal Carlo Salotti. Quien no había tenido esta humildad a la hora de aprender no conseguía ganarse la atención del público. Se dice, aunque no sé si era verdad, que algunos oradores tenían entre los asistentes a un “compadre” que si advertía que los presentes se cansaban tenía que hacer alguna interrupción para despertar al público.
Por lo demás también en las iglesias había gran variedad de predicadores. Lo importante no era el contenido sino la modulación de la voz y la técnica para mantener la atención. El predicador más conocido de los años 30 fue el padre jesuita Galileo Venturini. Conseguía encantar con su modo de exponer, pero lo que contaba más era que la gente salía con una o dos ideas básicas que llevaban a reflexionar largo tiempo.
La musicalidad de la oratoria casi teatral de algunos predicadores pasó de moda. Un predicador fascinante me dijo un día que había que hablar no solo a la mente sino al corazón de la gente.
Problemas de este tipo se me plantearon a comienzos de la vida posbélica de los partidos. Era muy distinto del contacto con los estudiantes desde mi pequeño palco de presidente de la Federación Universitaria Católica (la FUCI). Lo comprobé inmediatamente y sentí agradecimiento por esta llamada esencial a la diversidad.
La cuestión de que si en los discursos hay que hablar más a las mentes que a los corazones está mal planteada. Lo esencial es no cansar y dejar en los presentes el estímulo a meditar sobre uno o, como mucho, dos conceptos fáciles.