Después de la Carta del Papa
Los caminos abiertos del Imperio Celeste
Viaje a las iglesias de Pekín y Shangai. Donde también los cristianos tienen que vérselas con el nuevo marco de un país lanzado hacia el futuro y que ha de afrontar la recesión global. Entre incertidumbres, nuevas ocasiones e inesperadas afinidades
por Gianni Valente
![Una mujer con su hijo rezando en una iglesia católica<BR> [© Reuters/Contrasto]](/upload/articoli_immagini_interne/1230631755525.jpg)
Una mujer con su hijo rezando en una iglesia católica
[© Reuters/Contrasto]
Cerca del primer ministro vive también el padre Juan. La iglesia de San Miguel, donde es párroco, está a pocos metros del compound que aloja a su importante vecino. A veces también él tiene que serpear por entre bicicletas y vigilantes cuando vuelve a casa arrastrado como los demás por el ajetreo anónimo de la noche, uno de tantos. Y sin embargo un día, hace algunos meses, todos los ojos de China, durante unos instantes, estaban clavados metafóricamente en él. La llama olímpica había llegado a la capital del Imperio, y él era uno de los últimos en llevarla. Cuando le tocó a él, sin pensárselo dos veces, atrapó la ocasión al vuelo. Levantó la llama frente a la ciudad en fiestas, y con aquel utensilio-símbolo de la nueva grandeza china, sin énfasis, trazó velozmente en el aire la señal de la Cruz. El gesto más sencillo que se le ocurrió para expresar toda su simpatía por el inmenso trozo de mundo que se abarrotaba a su alrededor durante su breve recorrido.
Hace cuatrocientos años, ya el gran jesuita Matteo Ricci se había quedado impresionado por la grandeza humana del diseño político que sostenía el Imperio Celeste. También él, mirando a la China de su tiempo, buscaba un punto de unión, una afinidad mínima, una resonancia familiar por lejana que fuera de la que partir para que la semilla cristiana quedara esparcida en aquella tierra, sin por ello ser rechazado de inmediato como un cuerpo extraño.
Como entonces, también hoy en la gran mutación que está viviendo China, la aventura de los cristianos esparcidos por el gran país conoce a veces estas afinidades ocasionales. Momentos de simpatía gratuita que Dios puede despertar entre los campesinos de Sichuan y los ejecutivos de Shangai, los estudiantes universitarios con sus ropas de marca y los pescadores de Fuzhou. Y también entre quienes tienen el poder.
![Una procesión delante de la estatua
de Matteo Ricci en Pekín [© Associated Press/LaPresse]](/upload/articoli_immagini_interne/1230631912853.jpg)
Una procesión delante de la estatua de Matteo Ricci en Pekín [© Associated Press/LaPresse]
En el seminario nacional de Pekín, el pergamino con la bendición de Benedicto XVI está colgado en la pared en una posición no central pero estratégica. Se ve solo bajando las escaleras que desde la iglesia llevan a la cripta. Pero por allí, por lo menos una vez al día, pasan todos. Los casi ochenta seminaristas, los cuarenta sacerdotes y las quince monjas llevan una vida marcada con horarios y disciplina de seminario modelo: se despiertan a las cinco y media, una hora de oración, misa, desayuno, mañana de estudio, gimnasia, lecturas espirituales durante las comidas, hasta la meditación de la tarde sobre los Evangelios y los Padres realizada en silencio, todos juntos, en la iglesia. La vida que transcurre en el seminario es un conglomerado de todas las paradojas que marcan los acontecimientos anómalos de la catolicidad china. En los folletos se repite que el seminario está financiado por el gobierno y está bajo la protección de la Asociación Patriótica de los católicos chinos, el instrumento con que el régimen quiere asegurarse la total subordinación de la Iglesia a su liderazgo político, interfiriendo incluso en la selección de los obispos. Pero luego, los curas y los seminaristas estudian sin censuras el Código de Derecho Canónico, incluidos los cánones donde está escrito que solo el Papa «nombra libremente a los obispos, o bien confirma a los que han sido legítimamente elegidos». Y si se recibe la visita en el seminario de alguno de los pocos obispos chinos consagrados sin mandato pontificio, le hacen el vacío y ninguno de los curas baja a la capilla a decir misa con él.
Después de más de un año de su publicación, también la Carta del Papa a los católicos chinos provoca reacciones ambivalentes y paradójicas. «Para todos nosotros», dice el padre José Jinde Lin, uno de los asistentes espirituales del seminario, «el Papa ha dicho la palabra definitiva sobre muchas cuestiones que eran controvertidas desde hacía decenios. La Carta nos dice que no es necesario oponerse a quienes nos gobiernan: ahora nadie puede decir que quien dialoga con el gobierno deja de ser por ello un buen cristiano». Son ya unos diez –y las peticiones de este tipo siguen creciendo– los seminaristas procedentes de comunidades no registradas en los organismos gubernamentales que han pedido continuar su formación en el Seminario nacional de Pekín, saliendo de la situación de clandestinidad más o menos tolerada en la que había crecido su vocación sacerdotal: una de las muchas señales de la silenciosa reconciliación que dentro de la catolicidad china está curando lentamente las heridas y disipando los rencores entre quienes habían aceptado ya la colaboración con la política religiosa del régimen y quienes se oponían a su control de la vida de la Iglesia. Las reacciones menos entusiastas frente a las indicaciones y sugerencias contenidas en la Carta del Papa proceden –enésima paradoja– de algunos elementos aislados del área clandestina, que quizá durante decenios habían hecho de la obediencia al Papa la bandera de su fidelidad sin compromisos a la Sede apostólica. Una rigidez no siempre motivada por razones ideales. Algunos de los curas llamados “clandestinos” viven en una situación de privilegio paradójico: administran sin control las ofrendas para las misas que reciben de los fieles, gozan de las donaciones de las organizaciones americanas que están contra el gobierno chino, se mueven de diócesis en diócesis sin demasiados vínculos por parte de los superiores. Pero se trata –reafirman también en el Seminario de Pekín– de pocas excepciones, elementos individuales que meten mucho ruido con sus intervenciones destempladas en blogs, donde escriben incluso que el Papa se ha equivocado o que le han engañado. «La reconciliación de los corazones, que es la que cuenta, ha empezado ya», asegura el padre Juan Tian de la iglesia de San Pedro de Shangai. «También los clandestinos reconocen ahora que existe plena comunión de fe con los católicos que van a las iglesias “abiertas”. A menudo se trata de personas ancianas, que desde luego no van a chatear por internet para criticar al Papa, por quien sienten devoción. También con ellos hay que ser comprensivos y misericordiosos. Las cosas se resolverán con el tiempo y la paciencia. Si no existe el perdón, los otros no pueden darse cuenta de que entre nosotros está Jesús». Mientras tanto, en la parroquia de don Juan hay gran agitación por los trabajos de restauración. Pero en la pequeña sala que hace de capilla está siempre Los gurús del Fondo Monetario Internacional van a Hong Kong y dicen que hay que estar tranquilos, que China, con sus robustas reservas monetarias, será un punto estable para el mundo entero en el huracán de la recesión global que se desencadenará en los dos próximos años. Pero en Pekín no se fían demasiado de los alquimistas financieros del otro lado del Océano. En el Guangdong, ya a finales de octubre, comenzó el cierre de las fábricas de juguetes. Cierran a decenas, una tras otra, y a los trabajadores se les manda a casa. «Aumentan los factores contra la estabilidad social», pronosticaba precisamente Wen Jiabao, ya a principios de noviembre.
China es una locomotora lanzada a todo gas hacia el futuro. En los últimos años los índices globales de crecimiento económico del país eran siempre de dos cifras. Si ahora descarrilase en plena marcha –todos lo saben– las consecuencias serían desastrosas en todos los rincones del planeta. Los líderes chinos tienen frente a sí problemas de dimensiones ciclópeas, y es mejor tenerlas en cuenta, incluso cuando se observan los acontecimientos de la pequeña grey de los católicos chinos –entre diez y doce millones, una gota en un mar de mil millones trescientas mil almas.
En los últimos dos años, con la gradualidad ritual que les distingue, los dirigentes chinos habían realizado pasos teóricos interesantes con respecto a la cuestión religiosa. En 2007, en el último congreso del Partido Comunista Chino, la palabra “religión” se había incluido en la constitución del PCC. Por primera vez, en la historia de la China comunista, también la planificación teórica de las estrategias políticas los sujetos religiosos practicantes quedaban reconocidos como componente social compatible con el modelo de desarrollo del país, así como las minorías étnicas. Luego, a finales de 2007, el propio Hu Jintao confirmaba que las religiones pueden demostrarse útiles a la hora de construir la sociedad armoniosa, fórmula-clave en el léxico reciente del poder chino: «Hemos de unir bien a los creyentes y las figuras religiosas presentes en las masas entorno al partido y al gobierno, y luchar junto a ellos para construir todos una sociedad próspera, mientras se arrecia el paso hacia la modernización del socialismo», había dicho el presidente chino en la clausura de una sesión de estudio del Politburó dedicada a la cuestión religiosa. Por ello, antes de las Olimpíadas, parecía que el nuevo escenario teórico elaborado por las altas esferas de la nomenklatura china podía por el efecto dominó hacer avanzar en algo la marcha extenuante por la normalización de las complejas relaciones entre el gobierno comunista, la Iglesia católica china y la Santa Sede. Luego, pasado el ardor olímpico, las señales procedentes del otro lado de la Gran Muralla han vuelto a ser escasas y enigmáticas (véase recuadro). Reaparecen las viejas diatribas aún no resueltas, como la pretensión de los organismos gubernamentales de controlar los nombramientos de los obispos. Pero el contexto ha cambiado, y a todos les conviene tenerlo en cuenta para comprender realmente cuál es la situación actual.
La relación entre la Iglesia y el Imperio Celeste siempre ha tenido sus complicaciones específicas. Mucho antes de Mao, quien tiene el poder en China siempre ha encontrado dificultades a la hora de reconocer que el obispo de Roma no es una especie de monarca espiritual universal, y los obispos esparcidos por el mundo no son sus mandarines. Ahora, como un factor más de complicación, la “cuestión católica” es encuadrada por los funcionarios chinos en el multiforme revival religioso por el que atraviesa el país: fenómeno articulado, mantenido bajo control por el régimen, que en los últimos años, junto a las tradicionales “áreas críticas” –como la cuestión tibetana o la de los uyguri, la inquieta población musulmana de Xinjiang– concentra su atención también en la impresionante escalada de la fluida galaxia evangélico-protestante. Las comunidades evangélicas militantes, ligadas de manera más o menos directa a las Iglesias libres de corte norteamericano, con su milagrismo emocional expanden su red de “iglesias domésticas” con ritmo y métodos que son difíciles de controlar. Su proliferación bajo cuerda ha superado sin duda la cifra de los 16 millones de fieles que las estadísticas del régimen atribuyen a las comunidades protestantes “históricas” (luteranos, calvinistas, reformados). Un crecimiento exponencial celebrado como una victoria por las centrales de información activas en los Estados Unidos, como la China Aid Association, que acredita una cifra de 130 millones de chinos ya convertidos a “cristianos renacidos” en las combativas house churches, presentándolos a todos como potenciales activistas de batallas antigubernamentales en nombre de la libertad religiosa y de los derechos humanos.
Por ahora, el regreso del “factor religioso” como fenómeno sociológicamente relevante está siendo observado por las altas esferas del poder chino con cautela. Los organismos culturales filogubernamentales, como la Academia de las Ciencias Sociales, han recibido desde lo alto el input explícito de estudiar el fenómeno. Si el criterio-guía del gobierno es la estabilidad política y la cohesión social, las luces de alarma están dispuestas a saltar frente a toda realidad religiosa que pretenda un impacto sociopolítico no asimilable a las nuevas consignas sobre la “sociedad armoniosa” y que se perciba como fuerza antagonista. Y el nivel de alerta no puede más que aumentar, con la recesión global que amenaza incluso el milagro económico chino.
No es una casualidad que en los últimos tiempos la escurridiza red de las iglesias domésticas evangélicas haya entrado establemente en el punto de mira de los controles por parte de los aparatos de policía. Y en parte las incertidumbres del momento podrían explicar también el temporal décalage de comunicación en las relaciones sino-vaticanas, en las que el punto más controvertido sigue siendo el de los nombramientos de los obispos, con los funcionarios chinos que se toman su tiempo y evitan las soluciones de compromiso aceptables también para la Santa Sede. «Si el gobierno no ceja», explica a 30Días un joven cura chino, «es también porque están acostumbrados a considerar al obispo como un hombre de poder, capaz de dictar la línea política a los demás bautizados». De este modo, incluso en una situación anómala y compleja como la china, la atención concentrada hasta el paroxismo en el problema de los nombramientos episcopales produce a la larga efectos deformantes. Con jóvenes curas contagiados paradójicamente por un ansia de hacer carrera, «que pasan el tiempo uniéndose en consorcios y buscando apoyos eclesiásticos e incluso políticos para llegar a obispos. Perdiendo así de vista todo lo demás».
![Niños chinos rezando [© Associated Press/LaPresse]](/upload/articoli_immagini_interne/1230632291494.jpg)
Niños chinos rezando [© Associated Press/LaPresse]
José Xing debe estar cansado, pues se queda dormido como un niño durante el breve trayecto que lo lleva a Jiading, a cuarenta kilómetros de Shangai. El huso horario se hace sentir: acaba de volver de Tierra Santa, una peregrinación que ha hecho en compañía de funcionarios de la Oficina de Asuntos religiosos. Pero en la pequeña ciudad del extrarradio de Shangai le están esperando: ha de celebrar más de cien confirmaciones, y él –todos lo saben– nunca faltaría a una cita de este tipo. En fila, para recibir la unción en la frente, hay abuelas jorobadas por los años, hombres sobre los cincuenta engalanados con sus mejores ropas, madres de familia con sus hijos en brazo. Y muchos chicos y chicas, que se acercan hasta el altar con aire leve y corazón joven, como el de la China urbana y moderna de la que son hijos.
Nadie aquí se toma en serio las fantásticas teorías de algún que otro intelectual norteamericano, que ve en el horizonte la conversión acelerada al cristianismo de la mitad del pueblo chino por vía “cultural”. Pero es un hecho que en Pekín, Shangai y en alguna que otra megalópolis china son miles los bautizos de jóvenes y adultos que se imparten cada año en las iglesias católicas. Algunos de ellos se asoman a la vida cristiana por casualidad, atraídos por las llamadas más fortuitas y aparentes: las luces que adornan las iglesias en Navidad, la música del órgano y los cantos litúrgicos que escuchan pasando por casualidad por delante de alguna parroquia; o incluso por la curiosidad de comprender bien quién será ese san Valentín que celebran los enamorados de todo el mundo el 14 de febrero.
No se explican, no consiguen exteriorizar qué es lo que les atrae. Para muchos es al principio solo la emoción de haber escuchado palabras de promesa y esperanza que les han llegado al corazón, la misma emoción que aprovechan los evangelistas de importación. «Una vez que entran en la iglesia», añade el padre Juan, «hay otras cosas que misteriosamente entran en función: la liturgia, las historias de Jesús que escuchan durante la misa, el ver a la gente que reza en silencio, en absoluta calma». No saben nada de la gran historia de testimonio y martirio que ha guardado en tierra china el don de la fe, el que podría llegar hasta ellos sin esfuerzo y sin ninguna tensión. También por esto, para no escandalizar su inconsciente simpatía de principiantes –repiten todos–, es hora de dejar a un lado las escorias tóxicas de los conflictos eclesiales del pasado, y el afán de nuevo cuño de hacer carrera que aún siguen alimentándolos.
Por lo demás, el pelotón de curas y obispos sobre los cuarenta años que están haciéndose cargo de las responsabilidades en la Iglesia de China no saben muy bien con qué carta quedarse. Y los condicionamientos perdurables a los que está sometido el vínculo de comunión con el Papa son solo una parte del jeroglífico que tienen ante sí. «Antes o después, de una manera o de otra», sigue diciendo el padre Juan, «la normalización de las relaciones entre Pekín y el Vaticano llegará. Pero mientras tanto aquí todo está cambiando demasiado deprisa. Los viejos testigos se están yendo, nosotros tenemos delante un mundo en continuo movimiento. No sabemos bien qué hacer». La asimilación china de la posmodernidad global está cambiando todos los paradigmas sociales y culturales del pasado. Y a ellos les ha tocado en suerte llevar el nombre de Cristo por toda la inmensa China, precisamente mientras el gran Dragón está cambiando de piel nuevamente. Con la tentación de estar a la altura, elucubrar estrategias que sean adecuadas para el momento. Y con la oportunidad de no percatarse de que también ahora, como siempre, para aprovechar la ocasión, es suficiente con que la Iglesia sea ella misma.
A su manera, es esto lo que el viejo vicario general Ai Zuzhang quisiera sugerirles a los jóvenes curas de Shangai. Lo hace con delicadeza, aludiendo de nuevo a su historia, mientras celebra con ellos una misa para recordar los cuatrocientos años de la diócesis de Shangai: «Yo era rico», dice, «tan rico que mi familia pagaba a los criados que me cuidaban incluso después de hacerme cura. Tenía problemas de salud, no sabía hacer nada, no sabía qué significaba trabajar. Cuando acabé en los campos de reeducación, me preguntaba: ¿cómo voy a poder resistir? Y sin embargo, luego, fue el don de Dios el que hizo todo por mí. También mejoró mi salud... Lo mismo podría pasaros también a vosotros, frente a la tarea que os espera. En el futuro que tenéis por delante pondrá sus manos el Señor».