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ANIVERSARIOS
Sacado del n. 10 - 2008

Vitalidad, sensibilidad y trascendencia de los derechos humanos


La actualidad de la Declaración universal de los derechos humanos sesenta años después de su proclamación. Un artículo del Embajador de Chile ante la Santa Sede


por Pablo Cabrera Gaete


Ann Eleanor Roosevelt, en una foto de 1948, muestra el cartel de la Declaración de los derechos del hombre

Ann Eleanor Roosevelt, en una foto de 1948, muestra el cartel de la Declaración de los derechos del hombre

La velocidad con que se suceden los acontecimientos no deja muchas veces espacio para el análisis de tantas ideas, hechos y teorías que merecen una detenida evaluación cuando la comunidad mundial está inmersa en un proceso de Globalización devorador de expectativas y mezquino para atender las demandas que se multiplican cotidianamente. Una necesaria reflexión al respecto implica compartir el desafío moral de unificar criterios y diseñar mecanismos capaces de otorgar un rostro más amable a un panorama global que reclama mejores condiciones políticas, económicas, sociales y humanitarias. En otras palabras, corresponde pensar en grande y con sentido innovador, asumiendo que el punto neurálgico de convergencia para impulsar cualquier acción es la dignidad de la persona humana. A los efectos, no basta ensayar una mera gestión correctiva de horizontes reducidos o actuar conforme intereses específicos o particulares, sino que cabe desarrollar una estrategia sólida y coherente para enfrentar convenientemente la crisis que el sistema internacional esboza.
Aquella frase que reza: la historia es la que empuja el cambio, puede ser inspiradora para abordar este reto contemporáneo. El nuevo catálogo de derechos y obligaciones que emerge en el contexto de la Globalización y que busca asimilación en el patrimonio de valores que la historia ha legado a la sociedad, debe ser asumido, respetado y, también, protegido en el contexto de la nueva y diversa realidad que se ha ido estructurando a nivel planetario. A través de una la lectura hermenéutica de lo que ha ocurrido en los últimos sesenta años que incluya, igualmente, tanto los éxitos como los fracasos, lo bueno y lo malo, los aciertos y los sinsabores, así como los yerros y los aciertos, se podrá concurrir responsablemente a un necesario ordenamiento global que resulte válido para superar la desigualdad social, el deterioro en la convivencia y la creciente degradación ecológica que constatamos.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo sexagésimo aniversario se conmemora este año, se presenta como un buen referente para aunar voluntades en beneficio de vencer las inconsistencias que están impidiendo el desarrollo integral y justo que la comunidad mundial reclama con urgencia. Tan magna expresión de voluntades ha germinado un patrón cultural donde los derechos de las personas son inequívocamente reconocidos como superiores al de los Estados y como pertenecientes a la humanidad entera. Además, ha dado cauce y dimensión a los valores de la libertad, igualdad y fraternidad hacia todos los confines de la tierra. Asumir, en consecuencia, que los problemas que irradia la Globalización son comunes y que su solución corresponde a todos, significa honrar y fortalecer la vigencia de la Declaración que, por lo demás, resulta idónea para implementar el cambio que se precisa. Si bien la centralidad de los Derechos Humanos no ha alcanzado aún suficiente arraigo en la formulación de políticas por parte de los Estados, es propio asentir que el contenido del documento en cuestión aparece como una señal potente en la configuración de una cultura de paz y armonía capaz de aligerar en las nuevas generaciones el peso de la transformación hacia un sistema mundial más solidario.
En efecto, la Declaración de 1948 conlleva el compromiso de impulsar un cambio en la conducta de los Estados. No fue concebida como una simple constatación o como un acto puramente testimonial, sino como una suerte de correspondencia institucional para el contexto histórico que surgía de la Segunda Guerra Mundial. La sintonía entre el poder y la autoridad moral que operó entonces para el diseño de una agenda de contenido ético fue un hecho de la causa y constituyó un desafío para la humanidad. Hoy, se ubica de nuevo como la fórmula adecuada para atizar los esquemas de cooperación y poder revertir la tendencia negativa que los mismos actualmente presentan. Aparece, a su vez, como neurálgica dentro de una sumatoria de iniciativas encaminadas a superar las debilidades sistémicas que devela el proceso de Globalización imperante, que está afectando la dignidad de las personas en áreas antes impensadas y que interactúan haciendo más evidente su propia vulnerabilidad. Los estragos del terrorismo, la apuesta de la biotecnología, las consecuencias de la ecuación informática / privacidad, la búsqueda del desarrollo sustentable, el drama de las migraciones, son solamente algunos de los retos que ponen a prueba los cánones morales existentes y que dimensionan aquel importante texto como un referente para contrarrestar la sobre exposición a que está sometida la humanidad por factores nuevos e, inclusive, ajenos a su propia naturaleza y estructura.
La lucha contra el hambre, la sed y la pobreza resulta clave para enfrentar la saga de la Globalización, cuyo desafío más dramático quizás provenga del fenómeno de la Migración conforme su vertiente negativa genera marginalización e incuba violencia. Todo esto configura un cuadro de emergencia humanitaria. Insertos en este cuadro, los Derechos Humanos, como sustrato ético de las relaciones internacionales, conllevan la obligación de crear y consensuar acciones que pongan orden a la relación de las personas con su entorno natural. Más de cien millones sufren hoy por una crisis alimenticia de proporciones, sumándose a otros tantos que no han contado nunca con lo suficiente para comer. Las causas son variadas y, a veces, provienen hasta de malas prácticas que requieren tratamiento específico; aunque corresponde reconocer que un buen número que sólo conocía la miseria ha mejorado su calidad de vida en países emergentes y con tasas de desarrollo importantes, gracias al grado de reconocimiento que han alcanzado los derechos fundamentales, formando una conciencia universal. Con todo, los esfuerzos no han sido bastantes para lograr la configuración de un hábitat común y solidario para el mundo desarrollado y aquél en vías de desarrollo. Por ende, alentar y expandir la creatividad y promover el trabajo interdisciplinario para cubrir el déficit que la situación global presenta, debe ser parte de la estrategia a desplegar por la diplomacia mundial para erradicar la inequidad que desdibuja cualquier proceso de integración, cohesión e inclusión social.
La reanudación de los combates en Kivu Norte, la provincia oriental de la República Democrática del Congo, ha obligado a unas 250.000 personas a abandonar sus aldeas<BR> [© Associated Press/LaPresse]

La reanudación de los combates en Kivu Norte, la provincia oriental de la República Democrática del Congo, ha obligado a unas 250.000 personas a abandonar sus aldeas
[© Associated Press/LaPresse]

De ahí que una reflexión sobre el significado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, permita endilgar, pedagógica y principalmente, el sentido real de la solidaridad. Puede configurar una sinergia que marque la diferencia con respecto de lo logrado hasta ahora y que, de alguna manera, readecue la metodología para enfrentar positivamente la voracidad de la Globalización, facilitando el diseño de una agenda que revitalice la cooperación y reubique los Derechos Humanos. Se trata, entonces, de utilizar una herramienta para “extirpar las desigualdades y aumentar la seguridad”, como lo sugirió el Papa Benedicto XVI en su último discurso ante la Organización de las Naciones Unidas.
Cuando la nueva conformación del poder mundial se encuentra en plena ejecución y se postula la implementación de un “Multilateralismo Solidario”, aparece como mandato reafirmar la vitalidad, sensibilidad y trascendencia de los Derechos Humanos. Cabe recordar que una generación de diplomáticos latinoamericanos tuvo participación activa en la redacción de la Declaración Universal de 1948, cuyo alcance sobrepasó toda expectativa. No obstante que en esa época América Latina no se destacaba por tener mucha presencia en el circuito global de las ideas, su contribución se incorporó con un sello particular en la arquitectura de las Naciones Unidas y de otros mecanismos e instituciones trabajo diplomático porque su esencia se relaciona con la paz, la tolerancia, el diálogo y la comprensión mutua. En suma, con todo aquello que sólo puede desenvolverse en el marco de una cultura de respeto a valores fundamentales. Se vuelven un paradigma de convivencia y de acción concertada que, ciertamente, sirve de base para reivindicar los Objetivos del Milenio enunciados por la comunidad internacional en las Naciones Unidas el año 2000 y que hoy están siendo sometidos a una dura prueba conforme turbulencias financieras graves y desavenencias políticas serias acechan la estabilidad y el desarrollo en el planeta.
En definitiva, la reflexión que surge de este panorama global actual no puede moldearse en espacios reducidos ni ser formulada con criterios selectivos para evitar que confluya en un diagnóstico más de una situación que amenaza con expandirse peligrosamente. Al contrario, aquélla debe incluir una acertada y concertada interpretación de los hechos y, a la vez, entregar coordenadas y cursos de acción correctivos a implementar en un contexto global muy demandante y competitivo. El valor de la libertad, la democracia y el respeto de los Derechos Humanos son consustanciales al forjamiento de cualquier diálogo o negociación que se oriente al establecimiento de un mundo cada vez más fraterno y solidario; por ende, la concurrencia de una voluntad política de sustento cultural y moral sólido no admite que los derechos fundamentales de la persona tengan aplicación parcial o restrictiva bajo ninguna condición o circunstancia. En otras palabras, el contenido de la Declaración Universal de 1948 está vigente y es tarea de los formuladores de políticas públicas honrarlos en toda su dimensión.


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