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LIBROS
Sacado del n. 10 - 2008

La larga noche del 78


Un libro sobre la última y atormentada parte del pontificado de Montini y sobre el secuestro y el asesinato de Aldo Moro. Obra de fantasía, pero digna de mención


por Davide Malacaria


Pablo VI recibe en audiencia a Aldo Moro, presidente del Gobierno, el 20 de enero de 1964

Pablo VI recibe en audiencia a Aldo Moro, presidente del Gobierno, el 20 de enero de 1964

Son muchas las rememoraciones al cumplirse los treinta años de la tragedia de que fue víctima Aldo Moro en aquel terrible 1978, a través de entrevistas, artículos y libros. El volumen Adesso viene la notte, de Ferruccio Parazzoli, no nace de un análisis de los escritos que Moro escribió en la cárcel brigadista ni de un atento estudio del fenómeno del “terrorismo”, sin embargo tiene algo que empuja a leerlo. Está pensado como un drama teatral, arranca de lo que ocurrió en aquellos terribles cincuenta y cinco días para intentar imaginar el tormento que consumió los últimos meses del pontificado de Pablo VI. De este modo, en las manos del autor, el asesinato de la escolta del estadista, su secuestro y su homicidio se convierten en uno de los muchos e insistentes desafíos lanzados por Satanás a Dios, para corroer la fe del Santo Padre.
Para promover su desafío, Satanás porfía con Dios sobre los males que afligen al mundo, sobre el vacío que atenaza al corazón de los hombres. La causa de todo esto, explica el demonio, no es tanto la «pérdida de Dios», su lejanía de los acontecimientos humanos, sino que más bien «es el no haber venido el Reino de Dios lo que causa la pérdida total de todo sentido», de modo que desaparece toda «expectativa», todo se hace anónimo, indiferente y «el acto de torturar y el de cuidar amorosamente se vuelven cada vez más indistinguibles».
Que Pablo VI tenía bien presente los peligros que derivan de la actuación del diablo es cosa bien sabida. El autor reproduce el discurso pronunciado en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo de 1972 –a los cuatro años de la enunciación cargada de esperanza del Credo del pueblo de Dios– cuando el Santo Padre decía: «Tengo la sensación de que por alguna rendija ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios». Parazzoli imagina que esta denuncia responde a un íntimo tormento que el Papa sufriría por obra del padre de la mentira, aquellas obsesiones externas de que en realidad fue víctima san Pío de Pietrelcina. Molestias que, sin embargo, no hacen mella en la fe del Santo Padre. Es entonces cuando nace en el diablo la idea del gran desafío. Pablo VI sufrirá la tentación suprema: el Reino de Dios aquí, en esta tierra, es una mera abstracción; el Señor es sordo a las oraciones de los hombres. De ahí el secuestro de Aldo Moro. «La incansable acción del demonio no va dirigida contra mí, yo no soy nada, soy solo una pieza del juego», dirá el estadista a Pablo VI en una de aquellas espectrales apariciones que el autor imagina que atormentan a Montini en los terribles días del secuestro. De este modo también los otros políticos no son en la narración más que el fondo, el escenario del teatro en que se consuma este drama infernal.
El único personaje real de este drama, además de Montini, es una militante del movimiento brigadista, que el autor imagina que llega a contactar a Montini para instaurar unas conversaciones con el fin de dejar libre al secuestrado. Intento que, sin embargo, naufraga trágicamente cuando un jadeante don Macchi le lleva al Santo Padre la noticia de que el cadáver de la muchacha ha sido hallado en un lago helado. Una referencia a todo lo que realmente ocurrió en aquellos terribles días: el misterio del comunicado de las BR que anunciaba la muerte de Moro (era el 18 de abril de 1978, aniversario de los treinta años de la histórica victoria de la Democracia Cristiana en las primeras elecciones que se desarrollaron en la Italia de la posguerra) y que su cuerpo había sido ocultado en las profundidades del lago de la Duquesa. Comunicado que resultará obra de un extraño falsario, cierto Tony Chicchiarelli, pero esta es otra historia.
Pablo VI preside el rito fúnebre en sufragio de Aldo Moro en la Basílica de San Juan de Letrán, el 13 de mayo de 1978

Pablo VI preside el rito fúnebre en sufragio de Aldo Moro en la Basílica de San Juan de Letrán, el 13 de mayo de 1978

El funesto epílogo del secuestro marca la aparente victoria de Satanás. El Papa parece ceder y, como Jesús, repite: «Eloí eloí, lemá sabactáni?», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Aún más dramáticamente las palabras de la homilía pronunciada en el funeral del estadista, cuando, según el autor, Montini parece recriminar a Dios: «Tú no has escuchado nuestra súplica por la incolumidad de Aldo Moro». Y, sin embargo, y pese a todo, el desafío del diablo ha perdido. Pablo VI, dice Dios, ha muerto conservando la fe. Al siervo fiel se le reserva una muerte serena, coincidiendo con el sonido de un despertador, una «llamada materna, como las madres llaman a sus niños al final del día. Es la hora, ven, vuelve a casa». Serenidad que, sin embargo, contrasta con las últimas palabras que el autor pone en boca del Papa moribundo, casi un último legado de su vida mortal: «Ahora viene la noche».
Es bastante difícil intuir en los rasgos del Dios de este libro el dulce rostro del Dios cristiano, como también colocar los acontecimientos reales de aquel 78 en la obsesiva pesadilla infernal diseñada por Parazzoli. Pero desde luego el parecido entre el símbolo de las BR y el Pentáculo usado en los ritos satánicos habrá despertado la curiosidad del demonio, sin duda alguna no extraño a lo ocurrido en aquel funesto año.
«Venga tu Reino... así en el cielo como en la tierra», nos enseñó a pedir Jesús. Y el desafío del diablo, en el fondo, consiste en esto.


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