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ENCUENTROS
Sacado del n. 11 - 2008

A treinta años de la muerte de Heinrich Schlier

No tener morada en este mundo


Entrevista a Veronika Kubina-Schlier, hija del gran exegeta alemán fallecido el 26 de diciembre de hace treinta años


Entrevista a Veronika Kubina-Schlier por Lorenzo Cappelletti


Heinrich Schlier

Heinrich Schlier

Con ocasión del 30 aniversario de la muerte de Heinrich Schlier, el gran exegeta luterano que se convirtió al catolicismo en 1953, 30Días quiere recordarlo mediante una entrevista a Veronika Kubina-Schlier, la más joven de sus cuatro hijos. Amablemente la profesora Veronika Kubina-Schlier, que se convirtió al catolicismo al terminar la enseñanza media, ha aceptado hablar de algunos momentos de la vida de su familia de origen que ilustran aún más, si fuera necesario, el testimonio cristiano de Heinrich Schlier.

¿Puede decirnos algo sobre la historia de su familia? ¿Ha seguido alguno de ustedes el camino de los estudios teológicos y exegéticos emprendido por su padre?
VERONIKA KUBINA-SCHLIER: De la historia de nuestra familia no se sabe mucho. Mi padre procedía de una familia de médicos y mi madre de una de comerciantes. Somos cuatro hermanos que hemos elegido profesiones muy distintas: uno es físico, otro es experto en economía política, otra es profesora y periodista; solamente yo, la pequeña, he seguido de alguna manera las huellas de mi padre y las de mi madre, una teóloga evangélica de la primera hora. Completé mis estudios de Teología en Friburgo de Brisgovia en 1974 con un doctorado sobre el Libro de Job con el profesor A. Deissler, y sigo trabajando como teóloga.
¿Qué eco tenían en su familia las investigaciones, hallazgos, profundizaciones realizados por su padre en ámbito exegético y teológico, y el diálogo que mantuvo con otros grandes estudiosos como Karl Barth, Rudolf Bultmann, Hans-Georg Gadamer, Martin Heidegger, Erik Peterson y otros más? ¿Conoció personalmente a alguno de ellos?
KUBINA-SCHLIER: Mi madre estimaba mucho el trabajo de mi padre, y lo acompañó a lo largo de los años de modo competente y crítico. Mi padre hablaba raramente en familia de su diálogo con los que usted llama “otros grandes estudiosos”; y hay que decir que no había muchas ocasiones para hacerlo, visto que sobre nuestra vida familiar pesaban, aún en los años de la posguerra, las estrecheces de aquellos tiempos; los peligros que mi padre había corrido; la destrucción de nuestra casa en Elberfeld y la consiguiente separación de los lugares de residencia de mis padres. Rudolf Bultmann, Günther Bornkamm y Peter Brunner estaban ligados a nosotros porque eran nuestros padrinos; Erik Peterson nos venía a ver a Bonn de vez en cuando. Por lo que me contaba mi madre supe muchas cosas acerca de los años de sus estudios y sobre sus grandes maestros; y, en los años sucesivos, también por lo que me decía mi padre, con quien, en una atmosfera más relajada, pude charlar placenteramente sobre esto.
Un momento especialmente significativo no sólo de la biografía sino también de la evolución del pensamiento de su padre parece ser la oposición contra los Deutsche Christen (los cristianos evangélicos nacionalistas) durante los años del nazismo. ¿Recuerda algo, quizá de cómo hablaba de ello a posteriori?
KUBINA-SCHLIER: El periodo nazi no fue para mi padre ni un momento ni un episodio: su vida y su pensamiento teológico estuvieron decididamente marcados por la ideología de los nazis y por los hechos político-eclesiales. Como cristiano y como hombre de claras ideas políticas, mi padre (al igual que mi madre) supo dar desde el principio un juicio lúcido sobre el movimiento de los camisas marrones, oponiendo resistencia donde fue posible: como personalidad puntera de la Iglesia confesante (Bekennende Kirche), por ejemplo, contribuyó con decisión a la fundación del Ateneo teológico de Elberfeld y fue su director clandestino. Cuando el Estado, inmediatamente después de su inauguración, en 1935, prohibió el Ateneo, mi padre no dudó en devolver, ese mismo año, su venia legendi [el permiso de enseñar, n. de la r.] para Marburg, explicando este gesto con su rechazo por principio a seguir en un «cargo de enseñanza otorgado por el Estado». La grave amenaza del Estado nazi contra su vida (y también contra la nuestra) determinó, entre otras cosas, esa trágica separación de nuestra familia que se hizo sentir durante muchos años incluso después de acabar la guerra. Mi padre no hablaba mucho de esos años, era mi madre la que mantenía vivo el recuerdo para nosotros.
El libro de Heinrich Schlier, <I>Sobre la resurrección de Jesucristo</I>, 
reeditado por <I>30Giorni</I>, en italiano, español, portugués, francés, alemán, inglés con un prólogo de Joseph Ratzinger

El libro de Heinrich Schlier, Sobre la resurrección de Jesucristo, reeditado por 30Giorni, en italiano, español, portugués, francés, alemán, inglés con un prólogo de Joseph Ratzinger

En la breve crónica en latín que fue redactada en el momento de acoger a su padre en la Iglesia católica, se le describe como «hombre profundamente religioso, de gran ingenio, muy educado, humilde y reservado». ¿Considera apropiados estos adjetivos? ¿Qué otros cree que sería necesario añadir para delinear la personalidad de su padre?
KUBINA-SCHLIER: No creo que una lista de adjetivos pueda hacer justicia a mi padre. Testimonios biográficos referidos por otros y también por él mismo, por ejemplo en sus cartas, nos dan una imagen mucho más viva. De todos modos, si tuviera que añadir algo a la lista de cualidades que señala la crónica de la conversión de mi padre, diría: vulnerable, cordial, crítico, simpático, generoso…
¿Cómo acogió su familia y el ambiente que les rodeaba la conversión de su padre al catolicismo? Su padre no era un fiel de a pie, era un profesor y un pastor evangélico.
KUBINA-SCHLIER: Al tener lugar en Roma, mi familia percibió la conversión de mi padre desde lejos; y la aceptamos sin problemas. Gracias al carácter abierto y tolerante de mis padres, las palabras “evangélico” y “católico” no eran para nosotros términos de batalla. Las reacciones de nuestro ambiente fueron, como era previsible, muy distintas, yendo desde el júbilo manifiesto (por parte católica) a una aceptación amistosa y llena de comprensión, pasando por la incomprensión y las agresiones encubiertas y malignas. Muchos amigos y colaboradores de los años difíciles mantuvieron su amistad con mi padre, a veces incluso a pesar de las serias divergencias que tenían sobre algunas cuestiones. Al respecto quisiera citar sólo algunos nombres de entre muchos: Ernst Bizer, Helmut Gollwitzer, Hans-Georg Gadamer, Günther Bornkamm y Peter Brunner.
El año que murió su padre fue un año crucial para la Iglesia católica, el año de los tres papas: de la muerte de Pablo VI, de la elección y de la improvisa muerte del papa Luciani a la que siguió la elección de Juan Pablo II. ¿Recuerda cuáles eran los sentimientos de su padre hacia estos pontífices?
KUBINA-SCHLIER: No sé qué relación tuvo mi padre con estos papas. Pese a su obediencia a la jerarquía, prefería mantener las distancias de “Roma”. A veces citaba una frase de Erik Peterson: «Quien se convierte habiendo conocido “Roma” tiene que sentir un amor profundo por la Iglesia». eología?
KUBINA-SCHLIER: Con Joseph Ratzinger mi padre trabajó con gusto en varias comisiones y en diferentes ocasiones: lo apreciaba como teólogo dogmático, pero a veces lamentaba su escasa comprensión por la teología bíblica y por un pensamiento modelado en la Biblia. «¡Es de verdad un teólogo dogmático!», dijo una vez después de una semana de trabajo común en un seminario de estudios. No sabía nada de la referencia hecha por el cardenal Ratzinger a una conferencia de mi padre de 1936, pero, vista la predilección del Pontífice actual por las citas de conocidos estudiosos del pasado, no me sorprende.
Heinrich Schlier, <I>Breve rendiconto. 
Il racconto autobiografico della conversione al cattolicesimo 
di uno dei  più grandi esegeti 
del XX secolo</I>, Òmicron – 30Giorni, Roma 1999, 64 pp.

Heinrich Schlier, Breve rendiconto. Il racconto autobiografico della conversione al cattolicesimo di uno dei più grandi esegeti del XX secolo, Òmicron – 30Giorni, Roma 1999, 64 pp.

En los textos de numerosos colegas e intérpretes de la obra de su padre se lee que ya en los años inmediatamente sucesivos al Concilio Vaticano II estaba bastante aislado, casi se realizaba en los hechos lo que él mismo escribía al final de su pequeña obra autobiográfica Kurze Rechenschaft (Breve relación), es decir, que la tierra en la que había encontrado su patria era de todos modos una tierra extranjera. ¿Es verdad? ¿Por qué?
KUBINA-SCHLIER: No sé qué decirle de una relativa marginación de mi padre en el inmediato postconcilio. Tanto en el ámbito científico como en el de la interpretación espiritual de la Escritura fue muy estimado hasta su muerte, como demuestran las palabras de Karl Rahner y Günther Bornkamm: «… un carismático del pensamiento teológico»; o las de Rudolf Schnackenburg: «… un maestro de la interpretación del Nuevo Testamento». Son opiniones que no proceden de gente… extravagante. Por lo demás, sus comentarios científicos forman parte de los textos aconsejados en las Facultades teológicas, lo que no excluye, al contrario incluye posibles críticas; sus pequeños escritos eran muy demandados en diferentes ámbitos; numerosas comisiones eclesiales solicitaron sus consejos, fue activo en los diversos niveles de la mediación eclesial, en el consejo parroquial de Sankt Michael, en Bonn, y en la Comisión para la Fe y la moral de la Conferencia episcopal alemana, de la que fue consultor. No hay que sorprenderse de que, debido a la proliferación de las corrientes teológicas después del Concilio Vaticano II, haya habido también opiniones de otro tipo. Respecto a la pregunta sobre lo que quiso decir mi padre con esa frase sacada de su Kurze Rechenschaft, sería precisa una respuesta mucho más articulada. Personalmente creo que nace de un profundo sentimiento de no tener morada en este mundo, de un modo de percibir la vida tomado de varias fuentes. A veces lo que marginó a mi padre fue la envidia y los celos de sus colegas católicos. Un ejemplo: cuando iba a ser llamado a Munich –si mal no recuerdo la cátedra vacante era la de Romano Guardini– “se las ingeniaron” para impedirlo, exhumando una antigua disposición que prohibía que un laico enseñara en una cátedra católica. Constatar estos fuertes celos, casi “un envidiarse el pan”, hirió profundamente a mi padre, pero como era un señor, prefirió no hablar de ello. Había aprendido a no depender de los éxitos exteriores y a no buscar la realización de su vida en los honores. Bien sabía los obstáculos que le habían puesto a sus proyectos profesionales en Marburg, Königsberg y también en Halle, a causa de su compromiso con la Iglesia confesante (la Bekennende Kirche).
¿Sabe usted si en estos treinta años después de la muerte de su padre ha crecido o disminuido el interés por su obra y su testimonio? ¿Cómo y de dónde ha surgido este interés? Sabe que en 2005 30Giorni regaló a todos sus lectores una reedición en italiano (con prólogo del cardenal Ratzinger) y este año hizo lo mismo con nuevas traducciones al español, francés, inglés y portugués, del libro Sobre la resurrección de Jesucristo que han suscitado mucho interés?
KUBINA-SCHLIER: Me alegra la gran resonancia que han tenido las traducciones del librito Sobre la resurrección de Jesucristo publicadas como suplemento de su revista. En estos treinta años desde la muerte de mi padre el interés por su obra ha conocido un declive creciente; y también en este caso hay muchas razones: la exégesis ha desarrollado nuevos métodos, ha adquirido nuevos conocimientos, plantea nuevas preguntas. El lenguaje esmerado, pero a menudo caracterizado en sentido biblicista y existencial, hoy es comprendido casi solamente por los expertos en la materia. Así pues, siguen suscitando interés sobre todo los escritos espirituales de mi padre. Raramente se estudian sus grandes comentarios por parte de expertos que quieren beber del rico tesoro de la “explicación del contexto”. Los temas en los que se había focalizado el pensamiento de mi padre, la Iglesia, el ministerio, el ministerio sacerdotal, son inagotables; pero, por lo que veo, actualmente no son objeto de debate abierto y de controversia, y las razones no son necesariamente de mérito. Si bien las interpretaciones que diera mi padre pueden haber sido unilaterales y estar ligadas a la situación del momento –cosa que vale para cualquier obra científica– el debate en el futuro tendrá que afrontar su análisis textual.


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