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ESTADOS UNIDOS
Sacado del n. 12 - 2008

Si el realismo de Niebuhr llega a la Casa Blanca


El presidente Obama ha indicado a Reinhold Niebuhr como uno de sus autores preferidos. La actualidad de un teólogo protestante que, releyendo a san Agustín, puso en guardia a los Estados Unidos contra el mesianismo político


por Gianni Dessì


Reinhold Niebuhr durante una lección en el Union Theological Seminary 
de Nueva York, en una foto de 1952  [© Getty images/Laura Ronchi]

Reinhold Niebuhr durante una lección en el Union Theological Seminary de Nueva York, en una foto de 1952 [© Getty images/Laura Ronchi]

En una charla de hace algún tiempo con David Brooks, uno de los más conocidos comentaristas políticos conservadores de The New York Times, el presidente Obama recordó a Reinhold Niebuhr como uno de sus autores preferidos1.
Niebuhr, figura poco conocida en Italia, fue un teólogo protestante, profesor de Ética social en la Columbia University de Nueva York, que tuvo gran influencia en la cultura política norteamericana por lo menos a partir de 1932, año en que publicó Moral Man and Immoral Society (El hombre moral y la sociedad inmoral), hasta 1971, año de su muerte. A su realismo político han hecho referencia intelectuales y políticos, conservadores y liberales.
Hans Morgenthau y George Kennan, los más famosos de entre los liberales conservadores que en la inmediata posguerra elaboraron ese conjunto de motivaciones que constituirían la referencia intelectual de muchos americanos en los años de la guerra fría, de la contraposición al bloque soviético, se refirieron explícitamente a Niebuhr y a su realismo político2.
Por otra parte también Martin Luther King, que no era ciertamente un conservador, prestó especial atención a las criticas de Niebuhr contra el optimismo de la cultura liberal y contra la idea de que se pudiera realizar la justicia mediante exhortaciones morales: reconoció que le debía a Niebuhr el conocimiento de la profundidad y de la persistencia del mal en la vida humana3.
Obama, en la entrevista con Brooks, afirmaba que le debía a Niebuhr «la idea irrefutable que existe el mal verdadero, el sufrimiento y el dolor en el mundo. Tendremos que ser humildes y modestos en nuestra creencia de que podemos eliminar estas cosas. Pero no deberemos usarlo como excusa para el cinismo y la inactividad».
En pocas frases se subrayan algunos aspectos esenciales de las posturas de Niebuhr. La idea de que se pueden eliminar del mundo «el mal verdadero, el sufrimiento, el dolor» remite a la crítica de Niebuhr contra el optimismo que él consideraba como uno de los rasgos constitutivos del pensamiento religioso y social americano; así la idea de que también aquel que actuando políticamente tenga que luchar contra la presencia de la injusticia y del mal ha de ser “humilde” remite a la conciencia de que no es posible eliminar el mal de la historia y es una ilusión peligrosa creerlo.
Por otra parte, esta persistencia del mal no puede ser excusa para «el cinismo y la inactividad». Se perfila una postura que quiere evitar tanto “el idealismo ingenuo” como el “realismo amargo” (en el lenguaje de Niebuhr: tanto el sentimentalismo como el cinismo).
¿Cómo se define esta perspectiva en las obras de Niebuhr?, ¿cuáles son sus referencias históricas y culturales?
En Italia, Luigi Giussani había captado ya en los años sesenta la importancia del realismo de Niebuhr en el pensamiento teológico y, más en general, en la cultura estadounidense.
Giussani recordaba que el existencialismo teológico europeo había desempeñado por supuesto un papel en la formación del pastor protestante, pero también que una «clara originalidad marca desde los comienzos su producción, cuya inspiración y tendencias clave se forman y perfilan en la experiencia vivida como pastor de la luterana Bethel Evangelical Church de Detroit»4.
El presidente Barack Obama con su mujer Michelle y sus hijas Malia y Sasha en el palco del Grant Park de Chicago la noche del 4 de noviembre de 2008 [© Getty images/Laura Ronchi]

El presidente Barack Obama con su mujer Michelle y sus hijas Malia y Sasha en el palco del Grant Park de Chicago la noche del 4 de noviembre de 2008 [© Getty images/Laura Ronchi]

A Niebuhr, jovencísimo, le tocó ser pastor de una pequeña comunidad de Detroit en los años de desarrollo de la casa automovilística Ford y de la Primera Guerra Mundial, entre 1915 y 1928. De formación liberal, experimentó la incapacidad del optimismo antropológico de dicha concepción y de su derivación social, la del movimiento del Social Gospel, al comprender la persistencia del mal individual y de la injusticia. Fueron los años de la autocrítica a sus propias convicciones liberales y optimistas. Frente a las esperanzas de una moralización de la sociedad mediante la predicación religiosa constataba, en unos apuntes de 1927, que «una ciudad construida entorno a un proceso productivo y que sólo casualmente piensa y ofrece una atención casual a sus problemas es realmente una especie de infierno»5. Expresó plenamente esta autocrítica en su libro El hombre moral y la sociedad inmoral. En él, como escribe Giussani, la «realidad inevitable del mal […] queda afirmada y documentada contra todo optimismo que no vea la imposibilidad existencial de pasar de la conciencia del bien, que posee el individuo, a la realización del bien, imposibilidad que especialmente en la esfera de lo colectivo se denota de modo inexorable»6. El libro, de 1932, escrito durante los años en que Niebuhr sufrió el influjo del marxismo, representó en los Estados Unidos de los años treinta la denuncia quizás más aguda del optimismo y del moralismo, por una parte, y de la indiferencia y del cinismo, por otra, que había caracterizado a la sociedad americana en los años sucesivos a la Primera Guerra Mundial. En el breve periodo que va desde 1917, el año en que América entró en guerra, a 1919, el año de los tratados de paz que perjudicaron fuertemente a las naciones derrotadas, se consumió el idealismo del movimiento progresista y del presidente Wilson. Las motivaciones morales que Wilson y muchos intelectuales progresistas habían indicado como razones de la participación de los americanos en la guerra quedaban contradichas por el exasperado realismo de los tratados de paz, que expresaban de modo evidente la aprobación de las nuevas relaciones de fuerza entre las potencias vencedoras y las derrotadas.
En la América de los años veinte, precisamente como reacción a las cruzadas ideales de Wilson, se afirmó una exigencia de vuelta a la normalidad, que desembocó en la elección de Warren Harding que en este ideal había inspirado su campaña electoral.
En realidad la sociedad americana de aquellos años conoció un desarrollo económico nunca visto, la difusión de la publicidad y del consumo de masas, junto con una fuerte polarización entre ricos y pobres.
Para un atento observador como Niebuhr esta sociedad era la negación, o la reducción a retórica, de toda forma de moralismo y estaba caracterizada por el surgimiento de actitudes En aquellos años Niebuhr pensaba que una sociedad más justa no sería la consecuencia de exhortaciones morales o religiosas, sino de iniciativas históricas y políticas concretas, que precisamente en cuanto tales se deberían confrontar con realidades poco elevadas.
Niebuhr, que en 1928 había dejado Detroit y había comenzado a enseñar en la Columbia University de Nueva York, recordará que fueron precisamente las exigencias de la enseñanza lo que lo llevaron a profundizar en su conocimiento de san Agustín. Afirmaba en una entrevista de 1956: «Me sorprende, en un examen retrospectivo, notar lo tarde que comencé el estudio detenido de Agustín. Lo cual es aún más sorprendente, si se tiene en cuenta que el pensamiento de ese teólogo iba a responder a muchas preguntas que aún no había resuelto y liberarme por fin de la noción que la fe cristiana era de algún modo idéntica al idealismo moral del siglo pasado»7.
San Agustín en un fresco del siglo VI, Laterano, Roma

San Agustín en un fresco del siglo VI, Laterano, Roma

La referencia a san Agustín fue central tanto por lo que concierne al conocimiento de las razones que distinguen la fe del idealismo, como para superar algunas aporías que Niebuhr había elaborado en los primeros años de su reflexión.
El joven Niebuhr ve el cristianismo marcado por un aspecto, el de la absoluta gratuidad, que se coloca más allá de cualquier intento humano de realizar los ideales éticos. El hombre puede, con gran sinceridad, trabajar para realizar esferas de convivencia caracterizadas por lo que Niebuhr llama «mutual love», amor basado en la reciprocidad: Cristo, en cambio, es testigo de otro tipo de amor, definido «sacrificial love». En An Interpretation of Christian Ethics de 1935 había evocado explícitamente esta diferencia radical escribiendo: «Las exigencias éticas planteadas por Jesús son imposibles de cumplir en la existencia presente del hombre […]. En la vida humana, cualquier cosa menor del amor perfecto es destructivo de la vida. Toda vida humana está bajo un desastre inminente porque no vive la ley del amor»8.
En 1940, retomando algunas de estas reflexiones y refiriéndolas al ámbito político, sostenía que una concepción «que había simple y sentimentalmente transformado el ideal de perfección del Evangelio en una simple posibilidad histórica» había producido una «mala religión» y una «mala política», una religión en contraposición con el dato esencial de la fe cristiana y una política irrealista, que hacía las naciones democráticas cada vez más débiles9.
Por otra parte, aun criticando el sentimentalismo y el optimismo de la cultura liberal, constataba la ineliminable presencia de la certeza del significado de la existencia, de su positividad, como rasgo característico de una existencia sana. Esta certeza, escribe, «no es algo que resulte de un análisis sofisticado de las fuerzas y de los hechos que rodean la experiencia humana. Es algo que se reconoce en toda vida sana […]. Los hombres pueden no ser capaces de definir el significado de la vida y a pesar de ello vivir mediante la fe sencilla la certeza de que ella tiene significado»10.
La obra en la que estas distintas sugestiones encuentran una síntesis es The Nature and Destiny of Man, publicada en dos volúmenes entre 1941 y 1943. Se lee en dicha obra: «Según la concepción bíblica, el hombre es una existencia creada y finita tanto en el cuerpo como en el espíritu »11.
La clave para comprender la naturaleza humana es, por una parte, el reconocimiento de la creación: el optimismo esencial que caracteriza una existencia sana está ligado a la percepción de ser creado, querido por Dios. Por la otra, la libertad humana, que, como señal puesta por Dios en el corazón del hombre, como posibilidad de adherirse a esta intuición o de rechazarla, se vuelve absolutamente central. El hombre puede (y Niebuhr parece decir “inevitablemente”) buscar satisfacción en los bienes creados y no en Dios. El mal nace cuando el hombre le asigna a un bien particular un valor absoluto: es el uso erróneo de la libertad –el pecado– que genera el mal, no la sensibilidad o la materialidad.
La presencia de Agustín en esta que es la obra mayor y más sistemática de Niebuhr es evidente y constante: la concepción realista de la naturaleza humana que propone Niebuhr remite explícitamente a la concepción bíblica y a los textos agustinianos.
En un ensayo de 1953, Augustine’s Political Realism, incluido en el volumen del mismo año Christian Realism and Political Problems, Niebuhr reconoce explícitamente su deuda con san Agustín y puntualiza en qué sentido hay que considerar al santo como el primer gran realista del pensamiento occidental y por qué le parece actual su perspectiva
En un ensayo de 1953, Augustine’s Political Realism, incluido en el volumen del mismo año Christian Realism and Political Problems, Niebuhr reconoce explícitamente su deuda con san Agustín y puntualiza en qué sentido hay que considerar al santo como el primer gran realista del pensamiento occidental y por qué le parece actual su perspectiva.
Niebuhr comienza este ensayo dando una definición esquemática del término realismo, que «denota la disposición a tomar en consideración todos los factores que en una situación política y social se oponen a las normas establecidas, especialmente los factores de interés personal y de poder». Al contrario, el idealismo, para sus partidarios, está «caracterizado por la fidelidad a los ideales y a las normas morales, antes que al interés propio»; para sus críticos, da «una disposición a ignorar o a ser indiferentes a las fuerzas que, en la vida humana, se oponen a los ideales y a las normas universales»12. Niebuhr puntualiza que idealismo y realismo en política son disposiciones, más que teorías. En otros términos, incluso el más idealista de los individuos tendrá inevitablemente que confrontarse con los hechos, con la fuerza de lo que existe; al igual que el más realista tendrá que confrontarse con la tendencia humana de dirigir la acción hacia valores ideales, a lo que debe ser13. Niebuhr considera que san Agustín es «por reconocimiento universal el primer gran realista de la historia occidental. Se ha merecido este reconocimiento porque la imagen de la realidad social en su Civitas Dei ofrece una adecuada consideración de las fuerzas sociales, de las tensiones y competiciones que sabemos que son casi universales a cualquier nivel de comunidad»14. Para el teólogo protestante el realismo de san Agustín está vinculado a su concepción de la naturaleza humana, y de modo especial al juicio sobre la presencia del mal en la historia. Efectivamente, para san Agustín «la fuente del mal es el amor propio, más que un impulso natural residuo que la razón no ha dominado aún». El mal no deriva, pues, ni de la sensibilidad ni de la materialidad, que no se contraponen a lo espiritual. Hacer de nuestros intereses materiales o ideales un fin último es una característica humana que tiene que ver con la libertad y que se expresa en todos los niveles de la existencia humana y colectiva, desde la familia a la nación y a la hipotética comunidad mundial.
Reinhold Niebuhr en su despacho en una foto de 1955<BR> [© Getty images/Laura Ronchi]

Reinhold Niebuhr en su despacho en una foto de 1955
[© Getty images/Laura Ronchi]

El realismo de Agustín permite además responder a la acusación que los liberales dirigen a los que sostienen una concepción no optimista de la naturaleza humana, es decir, a la acusación de considerar del mismo modo, y por tanto aprobar, cualquier forma de poder. «El realismo pesimista» escribe Niebuhr «condujo tanto a Hobbes como a Lutero a una incalificable aprobación del estado de poder; pero esto sólo porque no fueron bastante realistas. Los dos vieron el peligro de la anarquía en el egoísmo de los ciudadanos pero se equivocaron al no percibir el peligro de la tiranía en el egoísmo de los gobernantes»15.
En otros términos, el realismo de san Agustín no cede al cinismo ni a la indiferencia con respecto al poder porque «si bien el egoísmo es “natural”, en el sentido de que es universal, no es natural en el sentido de que no es conforme a la naturaleza del hombre». En efecto, «el realismo se vuelve moralmente cínico o nihilista cuando afirma que una característica universal de la conducta humana debe también considerarse normativa. La descripción bíblica de la conducta humana, en la que Agustín basa su pensamiento, puede rehuir tanto la ilusión como el cinismo porque reconoce que la corrupción de la libertad humana puede convertir en universal un modelo de conducta sin que se vuelva normativo»16.
La idea de un realismo que sea capaz de evitar la indiferencia, el cinismo y la aprobación incondicionada de cualquier forma de poder, así como el sentimentalismo, el idealismo y las ilusiones respecto a la política y a la existencia humana, surge con fuerza de esta relectura que Niebuhr propone de san Agustín: a esta perspectiva, que como recordaba Niebuhr expresa una disposición más que una teoría, parece referirse Obama.


Notas
1 C. Blake, Obama and Niebuhr, en The New Republic, 3 de mayo de 2007.
2 Cfr. R.C. Good, The National Interest and Political Realism: Niebuhr’s “Debate” with Morgenthau and Kennan, en The Journal of Politics, n. 4, 1960, pp. 597-619.
3 C. Carson, Martin Luther King, Jr., and the African-American Social Gospel, en Paul E. Johnson (ed.), African American Christianity, University of California Press, Berkeley 1994, pp. 168-170.
4 L. Giussani, Grandi linee della teologia protestante americana. Profilo storico dalle origini agli anni Cinquanta, Jaca Book, Milán, 1988 (I edición 1969), p. 131.
5 R. Niebuhr, Leaves from the Notebook of a Tamed Cynic, The World Publishing Company, Cleveland 1957 (I edición 1929), p. 169.
6 L. Giussani, Teologia protestante americana, cit., p. 132.
7 R. Niebuhr, tr.it., Una teologia per la prassi, Queriniana, Brescia, 1977, p. 55.
8 R. Niebuhr, An Interpretation of Christian Ethics, Scribner’s, Nueva York, 1935, p. 67.
9 R. Niebuhr, Christianity and Power Politics, Scribner’s, Nueva York, 1952 (I edición 1940), pp. IX-X.
10 Ibid., p. 178.
11 R. Niebuhr, The Nature and Destiny of Man. A Christian Interpretation, vol.I, Human Nature, Scribner’s, Nueva York, 1964 (I edición 1941), p. 12.
12 R. Niebuhr, tr.it., Il realismo politico di Agostino, en G. Dessì, Niebuhr. Antropologia cristiana e democrazia, Studium, Roma, 1993, pp. 77-78.
13 Tomo esta terminología de Alessandro Ferrara, La forza dell’esempio. Il paradigma del giudizio, Feltrinelli, Milán, 2008, pp. 17-33. La tercera gran fuerza, objeto del libro, es la de «lo que es como debería ser».
14 R. Niebuhr, tr.it., Il realismo politico di Agostino, cit., p. 79.
15 Ibid., p. 85.
16 Ibid., p. 88.


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