La civilización suave
La increíble experiencia de evangelización y de civilización que supuso la fundación por parte de los jesuitas de verdaderas ciudades en el corazón de América Latina entre los siglos XVII y XVIII
por Lorenzo Cappelletti

Gianpaolo Romanato, Gesuiti, guaranì ed emigranti nelle Riduzioni del Paraguay, Regione del Veneto – Longo Editore, Ravenna 2008, 104 págs., 13,00 euros
Romanato, profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Padua y recientemente incluido en el Pontificio Comité de Ciencias Históricas, tiene en su haber numerosas publicaciones de historia contemporánea sobre el territorio véneto y los vénetos. Y precisamente por estas competencias se acercó al tema en cuestión, aparentemente lejano de éstas en el espacio y el tiempo. En realidad, leyendo las páginas de su trabajo –cada vez con mayor atención, hemos de decir– se descubre que la historia de aquel territorio, que va mucho más allá del sur del actual Paraguay, comprendiendo también la provincia de Misiones en el nordeste de Argentina y buena parte del Estado brasileño de Rio Grande do Sul (casi tan grande como Italia), está ligada estrechamente a los italianos, y en tiempos recientes sobre todo a los vénetos (lato sensu) que, con una epopeya que no desmerece si la comparamos con la de los primeros jesuitas, volvieron a poblar y civilizar aquellas tierras entre los siglos XIX y XX. Pero ya desde el principio fueron muy numerosos los italianos que actuaban en aquella región. Empezando por su primera evangelización y su primera historiografía. A los padres jesuitas Giuseppe Cataldini (1653) y Simone Mascetta (1658) hace remontar la tradición de la Orden la fundación de la primera Reducción dedicada a san Ignacio. Como también fue un italiano quien trazó una primera historia de las Reducciones, sobre la base de cartas de su conciudadano jesuita Gaetano Cattaneo: el modenés Ludovico Antonio Muratori, que en su Del cristianesimo felice nelle missioni dei Padri della Compagnia di Gesù nel Paraguay, aparecido en Venecia en 1743, en plena polémica antijesuita, da prueba de esa independencia de juicio y de esa intuición que caracterizan al verdadero historiador cuando escribe que la verdadera Iglesia está a punto de «llenar y santificar una parte del mundo que es mayor que la propia Europa», porque en aquellas tierras «reaparece el espíritu de los primeros cristianos» y «habita la humildad» (cfr. págs. 57-58). A propósito de humildad, se debería hablar entre otros también del músico de Prato Domenico Zipoli, que, frente a una brillante carrera como organista de la iglesia delGesù de Roma, en 1717 se fue como misionero (muriendo de tuberculosis antes de haber cumplido los cuarenta) y cuya importancia solo hoy nos es dado conocer gracias al descubrimiento fortuito de sus manuscritos en Bolivia.

Panorama de las construcciones conservadas en la Reducción de Trinidad, Paraguay
Pero, incluso prescindiendo del plano académico, el libro de Romanato puede constituir una primera lectura aconsejable a quienquiera que no tuviera más que la película Mission (por lo demás muy hermosa y varias veces citada por el propio Romanato) como fuente de conocimiento de la historia moderna y contemporánea de aquel núcleo privilegiado del mundo no solo sudamericano que fue y sigue siendo la región del Paraná, de Uruguay y del Iguazú. Conocimiento interesante para quien desee comprender el pasado para comprender y amar el presente.