ITINERARIOS
Sacado del n. 12 - 2008

Las tumbas de los apóstoles

San Juan


Aunque parezca un Cordero débil, él es el vencedor


por Lorenzo Bianchi


San Juan

San Juan

Según lo que refieren las fuentes antiguas, Juan, el predilecto de Jesús y hermano de Santiago el Mayor, fue el único de los apóstoles que no murió por martirio, sino de muerte natural, en venerable edad. Después de la resurrección de Jesús fue el primero, con Pedro, que oyó de María Magdalena la noticia del sepulcro vacío, y fue el primero en llegar, aunque luego entró después de Pedro. Después de la ascensión al cielo de Jesús, los Hechos de los Apóstoles nos lo señalan al lado de Pedro cuando éste curó al tullido en el templo de Jerusalén y luego durante el discurso ante el Sanedrín, tras el que fue capturado y luego encarcelado con Pedro. Siempre con Pedro va a Samaria. En el 53 Juan está aún en Jerusalén: Pablo lo nombra (Gal 2, 9) con Pedro y Santiago como una de las «columnas» de la Iglesia. Pero hacia el año 57 Pablo nombra en Jerusalén sólo a Santiago el Menor: Juan, por tanto, ya no está, se ha trasladado a Éfeso, como concordemente atestiguan las fuentes antiguas, entre las que basta citar una, Ireneo (Adversus haereses, III, 3, 4): «La Iglesia de Éfeso, que Pablo fundó y en la cual Juan permaneció hasta el tiempo de Trajano, es también testigo de la tradición apostólica verdadera».
La estancia de Juan en Éfeso, donde escribe el Evangelio (según lo que afirma Ireneo), se interrumpe, como nos dicen las mismas fuentes antiguas, probablemente hacia el año 95 con la persecución de Domiciano (emperador desde el 81 hasta el 96). Se inserta aquí la tradición, referida también por muchos autores antiguos, de su viaje a Roma y de que fue condenado a morir en una olla de barro llena de aceite hirviendo, de la que salió ileso por milagro. La fuente más antigua que nos habla de esto es Tertuliano, en torno al año 200: « Si luego vas a Italia, tienes Roma, cuya autoridad también a nosotros nos apoya. Cuán dichosa es esta Iglesia, en la que los apóstoles derramaron toda su doctrina juntamente con su sangre, donde Pedro sufrió una pasión semejante a la del Señor, donde Pablo fue coronado con un martirio semejante al de Juan Bautista, donde el apóstol Juan fue sumergido en aceite ardiente sin sufrir daño alguno, para ser luego relegado a una isla» (La prescripción de los herejes, 36). Otro testimonio es el de san Jerónimo, que a finales del siglo IV escribe: «Juan murió de muerte natural; pero leemos en las historias eclesiásticas que Juan fue arrojado a una caldera de aceite hirviendo, de la que salió, cual atleta, para recibir la corona de Cristo, y luego fue desterrado a la isla de Patmos. Por consiguiente, nada le faltó del valor del martirio y bebió el cáliz del confesor, igual al que bebieron los tres jóvenes echados al horno de fuego, aunque su perseguidor no derramó su sangre» (Comentario al Evangelio de san Mateo, 20, 22). A las antiguas fuentes cristianas sobre el martirio de Juan en Roma podemos ahora añadir con buena fidelidad (gracias a uno estudio de Ilaria Ramelli) también la alusión del pagano Juvenal (principios el siglo II), que, en la IV Sátira, critica a Domiciano narrando el episodio de la convocación del Senado para decidir qué hacer con un pez enorme, venido de lejos y llevado al emperador, que es destinado a ser guisado en una sartén honda. En Roma, en el lugar en que según la tradición tuvo lugar el martirio, junto a Porta Latina, dentro de las Murallas Aurelianas, se encuentra el Templete de planta octogonal de San Juan en Oleo, cuyas estructuras actuales se remontan al año 1509 pero que debía existir (no sabemos si con esta forma, y si originalmente estuvo dedicado al culto pagano de Diana) ya antes de la construcción de la cercana iglesia de San Juan en Porta Latina, que es de la época del papa Gelasio I (492-496).
Ruinas de la Basílica de San Juan, Éfeso

Ruinas de la Basílica de San Juan, Éfeso

Eusebio nos dice que Juan «fue condenado a residir en la isla de Patmos por su testimonio del Verbo Divino» por Domiciano (Historia eclesiástica, III, 18, 1), y toma esta noticia de las palabras del propio Juan en el Apocalipsis, donde el apóstol dice de sí mismo que fue deportado «a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús» (Ap 1, 9). Allí, en esta isla de las Espórades a unos setenta kilómetros de Éfeso, Juan escribe el Apocalipsis. Después de la muerte de Domiciano en el 96, el apóstol regresa a Éfeso, como afirma Eusebio: «Por entonces, el apóstol y evangelista Juan, aquel a quien Jesús amaba, todavía estaba con vida en Asia y continuaba allí cuidando de la iglesia tras volver del destierro de la isla, una vez que hubo muerto Domiciano» (Historia eclesiástica, III, 23, 1). Juan muere en Éfeso quizás en el 104, y allí fue enterrado. Alrededor del 190 Polícrates, obispo de Éfeso, dice en una carta dirigida al papa Víctor: «También Juan, que reclinó sobre el pecho del Señor, que fue sacerdote y llevó la insignia, mártir [aquí quizá en el sentido de testigo] y maestro, duerme en Éfeso» (Eusebio cita este fragmento en Historia eclesiástica, V, 24, 2). Su tumba, aún visible, se halla en una cámara funeraria subterránea en la cima de la colina de Ayasuluk, a un kilómetro y medio de la antigua Éfeso. A principios del siglo IV se construyó encima un martyrion cuadrangular de unos 20 x 19 metros, nombrado en el Itinerario de Egeria; en torno a él se construyó, un siglo después más o menos, una iglesia cruciforme, que el emperador Justiniano mandó derribar en el siglo VI y en cuyo lugar hizo construir para los numerosos peregrinos una grandiosa Basílica, consagrada al apóstol, de tres naves, de 110 metros de longitud y la mitad de ancha. La tumba de Juan se halla en la cripta debajo del altar. Toda la colina fue rodeada por una muralla con el fin de proteger el santuario y sus dependencias. Destruida la Basílica por terremotos y saqueos, sus imponentes ruinas, objeto de varias excavaciones arqueológicas y restauraciones, han sido parcialmente levantadas recientemente.


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