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REPORTAJE SOBRE EL...
Sacado del n. 01/02 - 2009

Si todo se vuelve sencillo como una oración


París, Lyon, Rennes, Ars. Viaje al catolicismo de Francia


por Gianni Valente


Niños escuchando la misa de Navidad en la iglesia de Notre-Dame Saint-Vincent, en Lyon, el 24 de diciembre de 2008 [© Ciric]

Niños escuchando la misa de Navidad en la iglesia de Notre-Dame Saint-Vincent, en Lyon, el 24 de diciembre de 2008 [© Ciric]

Un viento helado de nieve quita la respiración incluso a los muchachos más revoltosos, los que se empeñan en surcar sobre sus skates la plaza frente a Saint-Denis. Los últimos turistas, enfundándose la bufanda y el abrigo, abandonan rápidamente la catedral-museo que guarda los restos mortales de los reyes de Francia: por hoy se cierra, señores, se terminaron las visitas guiadas que cuentan entre las naves mil años de historia de la Francia cristiana, cuando las dinastías de derecho divino se sucedían en el reino, bajo la protección del santo. Había sido él quien había salvado el alma de Dagoberto del infierno. Y todos los reyes creían que era Denis quien les mantenía en buena salud a ellos y a sus familias. Durante siglos hicieron de la abadía uno de los centros neurálgicos del Occidente cristiano. Allí fueron consagrados y allí quisieron que se conservaran sus restos. Pepino el Breve se formó en la escuela monástica de Saint-Denis. Allí tomó el estandarte san Luis, antes de partir hacia las cruzadas, allí Juana de Arco llevó como ex voto las armas con las que había liberado Orléans. El complejo monástico, cubierto de privilegios por Carlomagno y sus sucesores, gozaba de la independencia del arzobispo de París. Sus tierras libres, inmensas, atraían a los mercaderes, los campesinos, los artesanos. Ahora, en esas mismas tierras, surgen los barrios más inquietos de la banlieue parisina. Los que en 2005 se inflamaron con las llamas de los coches ardiendo, en la revuelta social más extendida y preocupante que haya ocurrido recientemente en un país occidental. En aquella franja de Francia justo al norte de París, los cristianos son también numéricamente una minoría, superados por los emigrantes y los franceses seguidores de Mahoma.
«La fe», le hace decir a Dios Charles Péguy en su Misterio de los Santos Inocentes, «es una iglesia, es una catedral arraigada en el suelo de Francia... Pero sin Esperanza todo esto no sería más que un cementerio». La Catedral desierta parece una inmensa reliquia lista para caer, con toda su historia, sobre la noche fría que se acerca. Pero luego llega Pierre, que tiene la piel oscura y se coloca frente al altar a susurrar los Ave María de su rosario. De rodillas, precisamente como la estatua del rey que detrás de él apenas se entrevé, en la oscuridad de la nave. («Todas las prosternaciones del mundo», dice Dios según Péguy, «no valen la hermosa acción de arrodillarse derecho de un hombre libre... Cuando San Luis cae sobre las losas del suelo de la Sainte-Chapelle de Notre-Dame, es un hombre que cae de rodillas, no es un trapo, un amedrentado esclavo de Oriente»). Después de él llegan otros: diez, veinte, cien. Rápidas y silenciosas señales de la cruz, alguna oración antes de la misa de la noche celebrada por el padre Jean Baptiste, el vietnamita. Muchos son emigrantes “negros” de la banlieue. Son pocos, pero ahí están. Y nadie los ha “movilizado”. Vienen solos. Individuos sin amo.

Jesús con tres apóstoles, vidriera de la Catedral de Chartres [© Ciric]

Jesús con tres apóstoles, vidriera de la Catedral de Chartres [© Ciric]

París después de Lustiger
Dicen: en Francia se acabó. La Iglesia se encuentra en estado de descomposición, el cristianismo en vías de extinción. Sesudos intelectuales católicos lo escribieron incluso antes de que llegara el Papa el pasado mes de septiembre. Y sin embargo, si entras el domingo en la iglesia de los Lazaristas, donde está el cuerpo de san Vicente de Paúl, encuentras a cientos de personas que se colocan en fila para recibir la comunión, y muchos suben las escaleras para ir a rezar ante el santo que “pasó haciendo el bien”, como reza la inscripción latina del arco que está encima del altar. La cercana capilla de Notre-Dame de la Médaille miraculeuse, llevada por las hermanas de San Vicente, está cerrada por reformas hasta abril. Cuando la abran, volverá el flujo silencioso de peregrinos y penitentes que pueblan constantemente las aceras de la rue du Bac. Hasta Saint-Ignace, en la rue de Sèvres –altar en el centro y sillas colocadas alrededor, en plena sintonía con los clichés estilísticos posconciliares– las doctas liturgias eucarísticas de los jesuitas reciben cada misa cientos de fieles. «En París se siguen inaugurando nuevas parroquias: por lo menos diez, intra moenia, en los últimos años», explica el padre William Jean, párroco de la Basílica de Saint-Séverin, en el centro de una maraña de callejuelas y restaurantes para turistas del Barrio Latino. Él habla con satisfacción de su iglesia, siempre llena de gente: 1.500 fieles asisten a las misas dominicales, con música sagrada barroca y todo; ambiente intelectual mediano-alto, por lo menos cincuenta feligreses van a misa todos los días. Y cada día, de 5 a 7 de la tarde, en la iglesia hay algún cura para confesar, «y viene siempre gente, de todo tipo, incluidos los sans-papiers que trabajan en los restaurantes de por aquí». En Saint-Séverin se sintieron los síntomas de la reforma litúrgica conciliar, con las primeras misas en francés celebradas ad experimentum ya en 1954; en Saint-Séverin se recibió a los feligreses “huidos” de Saint-Nicolas, cuando en 1977 aquella iglesia “hermana” (juntas eran parroquia) fue tomada manu militari por los tradicionalistas lefebvrianos. Hubo enfrentamientos físicos, algunos terminaron en el hospital. «Temía que la revocación del decreto de excomunión pudiera abrir aquí viejas heridas y que estallaran de nuevo los enfrentamientos. En cambio», asegura el padre William, «muchos feligreses acogieron bien las decisiones del Papa. Me repiten que para ellos ahora el diálogo y la reconciliación son posibles». Pero es en las grandes parroquias populares y de las áreas suburbanas de los arrondissements periféricos repletos de emigrantes donde el dominico Jean-Miguel Garrigues –observador lúcido y no conformista de los acontecimientos eclesiales franceses– ve las cosas más interesantes: «Hay un pueblo que tiene una fe muy sencilla y a menudo queda fuera incluso de las organizaciones parroquiales: va a los lugares de peregrinación, se enamora de los santos franceses, entra en la iglesia para rezar, pero luego quizá no participa en las misas y no escucha las homilías, las encuentra demasiado complicadas. Quizá la Iglesia francesa en los últimos decenios ha sacrificado este cristianismo popular, cuando todos buscaban el “cristianismo adulto”. Pero hoy mucha de esta gente viene de la mundialización. Son muchos, aumentan, e incluso cuando se convierten en franceses conservan su sensibilidad peculiar. Esto tendrá consecuencias andando el tiempo».
Como cada tarde, frente a la parroquia de los oratorianos, cerca del Beaubourg, los miserables de París se colocan en fila para tomar su Soupe Saint-Eustache. Son cientos, entre clochards y borrachos, pero no solo ellos. Hay también grupos de jóvenes emigrantes, viejecitas, familias enteras. Y con la crisis –dicen los voluntarios– el aumento de la comida repartida se ha notado ya. Aire de nieve. La punta de la Tour está envuelta en las nubes bajas. Por el Sena pasan embarcaciones con sal. «La Caridad», escribe Péguy, «es un hospital, un refugio que recoge todas las miserias del mundo».

la capilla más cercana, se confesaban con el cura y luego se perdonaban mutuamente incluso las ofensas y desventuras recíprocas en las que habían tropezado. Las diócesis bretonas también habían salido destrozadas de la deforestación forzada de la memoria cristiana que siguió a la Revolución. Pero luego, la “civilización parroquial” de Bretaña había vuelto a florecer más robusta que antes, embebida de la devoción al Corazón de Jesús y al de María, llenos de bondad y misericordia por los pecadores, como recordaba siempre el santo bretón Luis Grignon de Montfort. Hasta mediados del siglo pasado se había hecho de todo: palabras y obras, misiones cuaresmales para despertar los corazones entibiados y semanas sociales para no perder contacto con las masas campesinas. Congresos marianos y bendiciones del mar. Seminarios, iglesias y escuelas católicas levantadas con un empuje potenciado por el sentimiento de revancha frente al Estado “padrastro”, que con la Ley de separación de 1905 había recortado las ayudas económicas a las actividades eclesiales y había metido mano a los bienes eclesiásticos. Hasta que, al cabo de pocos lustros, todo pareció desvanecerse. Y sin embargo en Francia antes que en otras partes, ya entre las dos guerras mundiales se habían dado cuenta de que las antiguas tierras cristianas de Europa habían vuelto a ser tierra de misión. Y ya desde mediados del siglo pasado, todas las experiencias eclesiales –desde la Action catholique a Jeunesse Ouvrière Chrétienne (JOC) o los curas obreros- estaban marcadas por el intento –generoso, por lo menos como empuje inicial- de atestiguar a Cristo en un mundo en efervescencia.
Hoy la trayectoria de la gran mutación se mide también en Bretaña con datos numéricos de vértigo. A la región de Léon y Quimper la llamaban la Terre des prêtes, la tierra de los curas. Todavía en los años sesenta, las diócesis de Bretaña tenían más de mil, y otros mil sacerdotes bretones estaban diseminados por Francia y por todo el mundo, en las tierras de misión. Hoy el clero de Bretaña cuenta en total con 307 sacerdotes, en su mayoría de más se sesenta años, y con una media de cinco seminaristas por diócesis. También aquí, como en toda Francia, agrupaciones de parroquias, dirigidas por párrocos “itinerantes” que comparten tiempo y energía entre las distintas comunidades parroquiales.
En el seminario Saint-Yves de Rennes el rector Gérard Le Stang ocupa una posición privilegiada para captar con su mirada lúcida cosas antiguas y cosas nuevas. No quita importancia ni censura lo que ha ido mal, el naufragio de las buenas intenciones, los efectos de aquella «amnesia colectiva» («en cierto sentido sigue siendo un misterio») que en pocos años ha convertido en oropeles del pasado los viejos eslóganes en bretón que fundían en una sola cosa Feiz ha Breiz, Fe y Bretaña. Pero registra tranquilamente y sin triunfalismos también lo que se mueve con discreción en la trama ordinaria de las circunstancias dadas. Hechos imprevisibles que precisamente naciendo en tierra árida muestran con mayor evidencia un rasgo gratuito y germinal. Habla de los curas más ancianos, «crecidos siguiendo el modelo algo cerebral de ver-juzgar-actuar de los movimientos de Acción católica, que en los años setenta se sentían la vanguardia de lo nuevo, y ahora reciben como premio la fe sencilla de los feligreses emigrantes que tiene por parroquianos». Habla de capillas desiertas, en barrios envejecidos, que de repente se ponen a organizar cursos de catecismo para decenas de jóvenes adultos que piden el bautismo. De «jornadas de perdón» que se organizan en las parroquias a la manera de los antiguos Perdones, «después de que tras largo tiempo el sacramento de la confesión había casi desaparecido». Y sobre todo, trata de imaginarse el futuro mirando a los muchachos de su seminario. Si en el siglo pasado las legiones de curas bretones eran en su mayoría hijos de campesinos, ahora los 34 seminaristas de Saint-Yves son una imagen del nuevo mosaico francés: ex comunistas junto a miembros de las nuevas comunidades carismáticas; jóvenes que han encontrado la fe descubriendo las tradicionales peregrinaciones a las 7 catedrales de Bretaña, junto a haitianos y vietnamitas que serán párrocos en los pueblecitos de los que antiguamente salían los misioneros franceses para ir a las tierras de Ultramar: gente que procede de sólidas familias católicas tradicionales, junto a hijos de los divorciados o de los que hace tiempo que le dieron la espalda a la Iglesia, y sufren como una desgracia la circunstancia de tener un hijo cura. «En muchos de ellos», dice el rector Le Stang, «existe una necesidad casi física de seguir siendo sencillos. Ser y llamarse cristianos es ya un milagro, no es necesario inventarse nada más. Advierten una consonancia instintiva con todo lo que es elementalmente Iglesia, con la condición descrita en los Hechos de los Apóstoles. Si piensan en su futuro, no se imaginan como líderes aplaudidos de superparroquias. Tienen una esperanza interior de hacer cosas sencillas: rezos, misas, sacramentos, enseñar la fe de los apóstoles. Incluso como curas “itinerantes” no quieren que su entrega se pierda en humanismo vago y lejano». Tampoco la decisión del Papa de revocar la excomunión a los obispos lefebvrianos, recibida en otras partes con perplejidad y polémicas, ha turbado a los muchachos que en Rennes se preparan para hacerse curas. «Para ellos», cuenta el rector, «el deseo de unidad del Papa es una cosa buena. Y de todos modos la ven como el final de una historia pasada, que ya no les afecta demasiado. No consideran el Concilio Vaticano II como el acontecimiento central de su vida cristiana. En la Iglesia del posconcilio nacieron y crecieron, y no consideran toda la historia de antes como un esqueleto que esconder en el armario…». Al otro lado, en la cocina del refectorio, Tanguy, Jean y los demás muchachos de los que habla el padre Gérard lavan y secan de prisa platos y cubiertos de la comida. Antes de repartirse por las parroquias de Rennes, como cada sábado por la tarde.

La iglesia de Saint-Eustache en el barrio parisino de Les Halles [© Ciric]

La iglesia de Saint-Eustache en el barrio parisino de Les Halles [© Ciric]

Espejismos que se esfuman
En 1948 los sacerdotes franceses eran más de 42.000. En 2007 habían bajado a menos de veinte mil, con una edad media superior a los 60 años. En 1996 los seminaristas en toda Francia eran 1.050, hoy son 741. Las nuevas entradas en el seminario marcaron el dato más bajo (116) en 2002, cuando en la Iglesia universal acababa de pasar la oleada eufórica del Gran Jubileo; en 2008 fueron 139. En 2007, en 50 diócesis de Francia no hubo ninguna ordenación sacerdotal, y en 24 diócesis hubo una sola.
Hay quienes han recibido este décalage numérico como una oportunidad para caminar “hacia un nuevo rostro de la Iglesia”. Así se titulan los libros en los que el arzobispo Albert Rouet y sus colaboradores celebran el “modelo Poitiers”: el experimentado desde hace 12 años en la diócesis de san Hilario, dedicado completamente a la «organización de comunidades locales» en las que «los laicos toman gran parte» y «el cura deja de ser un agente centralizador, para convertirse en fuente de confianza». Un plan de trabajo inspirado en la constatación plausible de cómo es hoy más evidente en Francia la vieja máxima de Tertuliano según la cual «cristiano no se nace, uno se hace» y la fe –como dice el vicario episcopal Jean-Paul Russeil- «no pertenece al orden de una posesión descontada, de una ventaja adquirida». Pero esta constatación de las circunstancias dadas, en vez de sugerir una simplificación liberadora, soluciones elásticas y provisionales favorecidas por los tiempos de penuria, parece complicarse en un dédalo de nuevas competencias que distribuir entre los equipos de laicos «profesionalizados»: equipos y Consejos pastorales, sectores, escuadras de animadores, elecciones de representantes, donde la vida de los cristianos parece de todos modos significar estar ocupados, una ocupación para gente enterada. Cuestión de técnica, de ingeniería genética aplicada a los métodos pastorales, para seleccionar nuevas nomenclaturas laicas y democráticas en lugar de las clericales jerárquicas. Un planteamiento que no deja de suscitar voces críticas: «Afrontan la crisis de las vocaciones sacerdotales siguiendo criterios solo racionales y funcionales, y corren el riesgo de pecar contra la esperanza: es el Señor quien construye la Iglesia, no nosotros con nuestros programas» observa Marc Aillet, joven obispo de Bayona. Mientras tanto en Francia también otro cliché parece destinado a eclipsarse: el inaugurado a mediados de los ochenta, según el cual la única respuesta eficaz al desierto de la descristianización eran los nuevos movimientos y las nuevas comunidades. «Pequeñas islas de Iglesia perfecta, y alrededor el cristianismo se va, desaparece», dice tajante Gérard Le Stang. Mientras que el dominico Garrigues nota que las nuevas comunidades «siguen siendo una parte mínima de la Iglesia»; dice que empieza a no soportar «los anuncios repetidos de primaveras eclesiales confiadas a las vanguardias militantes» que han venido repitiéndose en los últimos decenios, o cierta retórica de la Nueva Evangelización que se ha quedado en «gusto por lo sensacional y lo espectacular», o en «explotación de las técnicas de presión mundana para condicionar a los fieles». Hasta constatar que «es la formación rígida y tradicionalista de antes del Concilio lo que creó a los curas contestatarios del 68, y ahora todo indica la dirección opuesta, inspirando nuevos conformismos, en una atmósfera que me recuerda el desfile felliniano de cardenales y prelados en la película Roma». También los obispos más abiertos hacia las nuevas comunidades expresan con sobriedad sus simpatías: «En la Iglesia» dice monseñor Aillet, «todo carisma puede encontrar su lugar. Los movimientos y las nuevas comunidades son una respuesta transitoria, que puede dar su aportación a las parroquias donde se reúne ordinariamente el pueblo de Dios». Concuerda Guy-Marie Bagnard, obispo de Belley-Ars: «No es que no sirvan los movimientos. Pero si hoy en Francia dejara de existir todo lo que ocurre ordinariamente, sin ruidos, en las parroquias, desaparecería el cristianismo».

La casa parroquial del cura de Ars [© Danièlle Bouteaud/Sanctuaire d’Ars]

La casa parroquial del cura de Ars [© Danièlle Bouteaud/Sanctuaire d’Ars]

Sin inventarse nada
Ars no es un lugar para reuniones. Pocas casas inmersas en el campo tranquilo, las carmelitas, el convento de las clarisas, la calle que rodea la iglesia del cura Jean-Marie Vianney, el santo patrón de los párrocos. Allí dentro hay casi siempre alguien. Van solos, en grupos pequeños y grandes. Un flujo continuo y discreto. Casi medio millón de peregrinos al año, «cada año un poco más, y, entre ellos, los sacerdotes son más de ocho mil», añade el padre Jean-Philippe Nault, joven rector del santuario. Un aumento registrado en los últimos tiempos, después de que durante lustros pareciera que el olvido había caído sobre san Juan María Vianney. En los años ochenta nació la Société Jean-Marie Vianney: curas que no pretenden ninguna espiritualidad particular que no sea la que procede de su propia ordenación sacerdotal para la salvación de las almas. Y este año, jubileo por los 150 años de la muerte del santo, el “programa” sigue siendo el mismo. Sin horario, uno puede confesarse y decir misa, «soltar el peso de los pecados y saborear un sorbo de misericordia. A cualquier hora, desde las seis y media de la mañana hasta la noche». Dentro de poco abrirán una capilla para la adoración perpetua del Santísimo Sacramento. Es algo que ha pedido la gente del pueblo. Hace diez años –confiesa el padre Nault– una cosa así no hubiera podido imaginarse.
Cuando llegó Jean-Marie, en febrero de 1818, la Iglesia de Francia salía de las ruinas de la Revolución. La parroquia de Ars era como una tierra desolada. «Y él hizo solo lo que todo sacerdote, ordinariamente, puede hacer: rezos, catecismo, confesar, celebrar la eucaristía, ayudar a los pequeños y los pobres», repite el obispo Bagnard. «Hasta el minúsculo agujero en el que había sido encerrado porque estaba incapacitado», escribe René Laurentin, «ha hecho que acuda la muchedumbre a escala nacional. Sin quererlo ha fundado un centro de peregrinación». Tampoco hoy hay necesidad de organizar nada. Vienen solos. «Es un santo pobre», repite el padre Nault, «y encontrar a un pobre no da miedo. Como Teresita. Como Bernadette. Ellos nos dicen: si tú eres pobre, yo lo soy más que tú. Somos pobres juntos, frente al Señor. Tú reza por mí, y yo por ti».
«Si el buen Dios hubiera encontrado un sacerdote más miserable que yo», repetía el cura de Ars, «a él le hubieran pasado todas estas cosas maravillosas». Quizá también el mundo, en Francia como en cualquier otra parte, siente nostalgia de una Iglesia así. Una Iglesia que no pretende dictar ley, no se queja de los tiempos malos. Deja solo que se asome al horizonte la esperanza del milagro. «Nos han contado tantas cosas, oh Reina de los apóstoles. Hemos perdido el gusto por los discursos. No tenemos ya altares si no los tuyos. No sabemos nada más que una sencilla oración» (Charles Péguy).


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