NOVA ET VETERA
Sacado del n. 01/02 - 2009

Archivo de 30Días

Introducción



por Paolo Mattei


Con la republicación de «¡Oh Timoteo, guarda el depósito» de Lorenzo Cappelletti abrimos la nueva sección de 30Días “Nova et vetera”, en la que queremos proponer de nuevo algunos artículos significativos ya publicados en nuestra revista.
No se trata de ese gusto rétro, bastante difundido hoy y que no nos pertenece, de revisitar con nostalgia el pasado reciente. Todo lo contrario, nos impulsa a hacerlo una exigencia nueva, el deseo de responder a las solicitudes de profesores, formadores, seminaristas y novicios que nos escriben para comunicarnos cuánto es útil 30Días para la formación teológica. Si como los que nos escriben son a menudo nuevos suscriptores, que no han podido leer algunos textos de hace diez años o más, queremos proponer de nuevo algunos de estos artículos.
Desmiente todo intento autocelebrativo el hecho de que los artículos que vamos a proponer son la pura y simple valoración de obras prestigiosas y autorizadas que corren el peligro de ser arrolladas por una producción a menudo crecida en extensión pero no en calidad.
El artículo que inaugura esta nueva sección, por ejemplo, simplemente vuelve a proponer qué es el “depósito de la fe” a través del comentario del gran exegeta dominico Ceslas Spicq a las Cartas pastorales: es precisamente en esos escritos paulinos (las dos Cartas a Timoteo y la Carta a Tito) donde la expresión “depósito de la fe” aparece por primera vez.
En el desarrollo que Spicq hace del tema salen a la luz por lo menos tres observaciones cuya actualidad nos parece siempre viva e incluso mayor.
En primer lugar, la metáfora del depósito, sacada del ámbito jurídico, explica muy bien que lo que caracteriza la vida cristiana, in primis la de aquellos que más han recibido, es la sencillez de la tradición (la custodia y la devolución de algo que nos han sido entregado): en el depósito no hay transferencia de propiedad, el depositario debe sólo guardar y devolver íntegro lo que ha recibido. Sencillez para nada mecánica, podríamos añadir. Se requiere toda la alegría y la gratitud de una libertad abrazada por la gracia para vivir la sencillez de la tradición.
En segundo lugar, Spicq subraya que estas Cartas, que representan el fundamento bíblico de la constitución jerárquica de la Iglesia (y que precisamente por esto algunos las consideran tardías y no paulinas), invitan paradójicamente a una apertura universal y a una simpatía por el mundo, «no aíslan más a la Iglesia del mundo profano, sino que, por el contrario, la implantan en él con un optimismo y seguridad notables». Y escribía también Spicq, citando el comentario de san Juan Crisóstomo a estas Cartas: «Hay que dar gracias a Dios también por los bienes que otorga a los demás, por ejemplo que haga resplandecer su sol sobre los malos y los buenos, que haga llover sobre los justos y los injustos. Mira cómo el Apóstol no sólo con las súplicas sino también con la acción de gracias nos une y nos ata juntos». Vuelven a la memoria las palabras con las que Pablo VI clausuraba el Concilio Vaticano II, que precisamente por estar basadas en las Cartas pastorales no han de considerarse como una novedad escandalosa sino como palabras de tradición apostólica: «Sí, la Iglesia reunida en Concilio se ha ocupado mucho, además de sí misma y de la relación que la une a Dios, del hombre tal cual hoy en realidad se presenta: el hombre vivo, el hombre totalmente concentrado en sí mismo, el hombre que no sólo se convierte en el centro de todo interés, sino que se atreve a proclamarse principio y razón de toda la realidad […] El humanismo laico y profano apareció, finalmente, en toda su terrible estatura y, en cierto sentido, desafió al Concilio. La religión del Dios que se hizo hombre se encontró con la religión del hombre que se hace Dios. ¿Qué sucedió? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Podría haber ocurrido, pero no ocurrió. La antigua historia del Samaritano ha sido el paradigma de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa ha permeado todo el Concilio. […] Una corriente de afecto y admiración ha salido del Concilio hacia el mundo humano moderno. Se han rechazado los errores, como la caridad y la verdad exigen; pero para las personas sólo advertencia, respeto y amor».
Y esto nos lleva a la tercera sugerencia que nos ofrece el comentario de Spicq. Nos hace notar que más de la mitad (24 de 44) de las veces que el adjetivo bello (kalós) está presente en el corpus paolinum aparece precisamente en las Cartas pastorales. Y en particular, que la expresión “obras buenas” que se ha hecho tradicional, no es más que la justa traducción de kalà erga: la belleza de las obras buenas, obras en las que se refleja como en un espejo la belleza de la gracia. Hay una delicadeza de la caridad que no es solo forma sino sustancia de ella. También esto es actual.


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