Archivo de 30Días
«¡Oh Timoteo!, guarda el depósito»
Las cartas pastorales de san Pablo muestran que la conservación del depositum fidei está garantizada por la acción del Espíritu Santo, mediante la gracia de la imposición de las manosy la gracia que resplandece en las obras buenas.Y, sin embargo, precisamente estas Cartas, que son el fundamentode la Iglesia-institución, «no aíslan más a la Iglesia del mundo profano, sino que, por el contrario, la implantan en él con un optimismo y seguridad notables». Ofrecemos algunas páginas del comentario de Ceslas Spicq a las Cartas pastorales
por Lorenzo Cappelletti

Mosaico del siglo XIII de la catedral de Monreale, Palermo. Ananías bautiza a Pablo
Quizás no sea una casualidad la reciente actualidad de las llamadas Cartas pastorales (nombre que comprende las dos a Timoteo y la carta a Tito). A ellas se les dedicó el simposio de la Asociación Bíblica Italiana celebrado el pasado septiembre [de 1997] en Termoli, la ciudad del sur de Italia que conserva en su encantadora catedral las reliquias de Timoteo. En espera de la publicación de las actas del simposio nos vamos a dejar acompañar en la lectura de algunos fragmentos de estas cartas por el gran exégeta dominico Ceslas Spicq. Suyo es el comentario, aparecido en su tercera edición justo hace cincuenta años (Saint Paul.Les Épîtres pastorales, París, Ed. Gabalda, 1947), que los eminentes estudiosos que han venido después de él no pueden dejar de tomar como modelo.
El depósito
«¡OhTimoteo!, guarda el depósito, evitando las palabrerías vanas y las objeciones de la falsa ciencia que algunos profesan, extraviándose de la fe». (1Tim 6, 20).
En primer lugar puede sernos de ayuda comprender qué es la institución jurídica del depósito en el que se inspira san Pablo. «En Roma “hay depósito cuando se pone una cosa al seguro entregándola a una persona que se compromete a guardarla y a devolverla cuando se le pida”. A diferencia de la cesión fiduciaria, donde se da una verdadera transferencia de propiedad, en el depósito no hay más que una cesión provisional de posesión. El depositario no posee para sí mismo sino para el depositante; no es más que un custodio y conserva los bienes a disposición del tradens, que conserva los derechos legales de la propiedad. Por lo demás, al igual que el contrato de confianza, el depósito se hace ante un amigo que lo conserva gratuitamente. Por largo tiempo el depósito efectuado mediante la simple entrega (traditio), careció de eficacia jurídica, pues era un acto sin forma» (pág. 331).
A san Pablo evidentemente le llamó la atención las características de esta institución, que como contrato «era una novedad [se remontaba sólo a la época del triunvirato de Octaviano] y una novedad muy sorprendente porque es uno de los primeros contratos no solemnes» (pág. 329), y por eso lo adopta justamente en el momento de mayor peligro para la fe. «Hasta ese momento el Apóstol había insistido sobre todo en la fidelidad a su ministerio, en la lealtad hacia sus discípulos; ahora el peligro de las nacientes herejías le llevaban a considerar la integridad de la doctrina por sí misma, de la que ha sido nombrado “heraldo, apóstol y maestro”. La ha recibido con el encargo de transmitirla, no le pertenece. Presintiendo su fin cercano, Pablo percibe más viva aún la responsabilidad que le incumbe de guardar intacto este tesoro; hasta el término fijado debe preservar la palabra de Dios (1Tim 4, 6) de todo error y corrupción. En efecto, es un depósito que Dios le ha confiado y se acerca el día en que el divino acreedor le pedirá cuentas. Pablo ha recibido este depósito de Dios, y más concretamente de Cristo, en el camino de Damasco. Visto que en su origen y por el modo en que se estableció este contrato real presuponía una simple devolución de la posesión de los bienes, es en el momento de este encuentro inicial entre el Señor y su apóstol cuando nació, por tanto, este acuerdo –acuerdo de sus dos voluntades– generador de obligaciones ya desde el momento de la transmisión del objeto confiado. El contenido de este depósito es el Evangelio. Salvo estipulaciones contrarias, la ley no autorizaba ningún uso de los bienes confiados. Ahora bien, el Apóstol siempre se consideró como un administrador, un distribuidor, de los misterios divinos (1Cor 4, 1). A diferencia de los maestros que enseñan una doctrina original, fruto de sus especulaciones, él no es más que un delegado. Lo que predica no lo inventa, no lo transforma, lo ha aprehendido y recibido y debe transmitir intacto –como un depósito– ese tesoro que es la palabra divina, o sea, el objeto de la fe […]. Ha dejado de correr, el momento de su partida ha llegado (2Tim 4, 6-8); exhorta a Timoteo a velar por el depósito que le transmite; ha llegado la hora en que va a comparecer ante Dios, que juzgará a su fiel depositario» (págs. 332-333).

Pablo entrega las cartas a Timoteo
Pero, ¿será suficiente la exhortación de Pablo para que el joven Timoteo, tímido por naturaleza, pueda conservar el depósito?
«Con la orden de conservar el depósito, Pablo indica el medio para ser fiel. La tarea no es fácil. Muchos han abandonado la fe y el Apóstol está a punto de irse, pero el Espíritu Santo habita en la Iglesia e iluminará y fortalecerá a sus ministros (cf. 2Tim 1, 7). SanPablo no tiene dudas (cf. 2Tim 1, 12). Estos dos últimos versículos fundamentan la enseñanza católica relativa a la tradición. Los apóstoles han recibido del Señor la verdad cristiana: ellos mismos la han transmitido oralmente, de modo especial a sus colaboradores y a sus sucesores en el ministerio; pero estos últimos tienen el deber de conservarla en la integridad de su pureza y de comunicarla a su vez a hombres de fiar y capaces de asegurar una nueva transmisión (cf. 2Tim 2, 2). Ahora bien, el esfuerzo humano no puede garantizar suficientemente esta conservación y transmisión. Es el por la imposición de mis manos; 7que no nos ha dado Dios espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de templanza. 8No te avergüences jamás de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, que estoy en la cárcel por él.
Al contrario, sufre conmigo por el evangelio, con la ayuda del poder de Dios, 9que nos salvó y nos llamó con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su propósito y de la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos eternos, 10 y manifestada ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que aniquiló la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio, 11del cual yo he sido hecho heraldo, apóstol y maestro. 12Por esta causa sufro, pero no me avergüenzo, porque sé a quién me he confiado, y estoy seguro de que puede guardar mi depósito para aquel día. 13Retén la forma de los sanos discursos que de mí oíste, inspirados en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. 14Guarda el buen depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros». (2Tim 1, 6-14).
En este pasaje, como en el otro (1Tim 4, 14) en que recuerda a Timoteo la imposición de las manos, «san Pablo designa el don divino así comunicado con la misma palabra. En las Cartas pastorales la emplea sólo en estos dos textos sobre la ordenación. Como en la cartas anteriores, esta palabra designa una especie particular de gracia, que pone de relieve un aspecto de su gratuidad; y no se da tanto para beneficio del sujeto como para el bien de la comunidad cristiana, “el bien común” (1Cor 12, 7), para edificar la Iglesia (1Cor 14, 12)» (pág. 325). En relación con esto, Spicq cita en nota al padre Lemonnyer, autor del artículo Carismas en el Supplémente au Dictionnaire de la Bible: «Este carisma, cuya recepción ha hecho de Timoteo el personaje oficial que es, es el carácter sacramental del Orden. El sacramento del Orden, generador de la jerarquía eclesiástica, y el sacramento de la Confirmación, que nos hace milites Christi, son esencialmente sacramentos carismáticos. La jerarquía sagrada está hecha de autoridad y de capacidad igualmente sobrenaturales. Esta capacidad siempre fue identificada ante todo con el carácter que imprime el Orden a todos los que lo reciben, en cualquier grado, y que según santo Tomás es una potentia, casi una facultad sobrenatural, un carisma de rango más elevado que habilita a los miembros de la jerarquía a todas las funciones de su oficio. Al cual eventualmente se añade la concesión extra-sacramental de carismas complementarios: apóstoles, doctores, predicadores, pastores, etc. Lejos de estar basada en la desaparición de los carismas, la jerarquía desde siempre está basada en los carismas» (pág. 325, nota 1).
Hay que subrayar que el don de Dios… en ti… Dios nos ha dado unEspíritu (2 Tim 1, 6.7) no carece de relación con la depósito cuya conservación se hace a través del Espíritu Santo que habita en nosotros (2 Tim 1, 14). […] Quiere decir que la ordenación asegura la perpetuidad de la doctrina ortodoxa; ésta es un legado santo, un “depósito”. Sin duda su integridad depende en parte de la docilidad y fidelidad de los predicadores, no enseñarás doctrinas diferentes (1Tim 1, 3); pero al final el Espíritu Santo es el primer custodio y sólo él puede preservar a los ministros cristianos del error. Por tanto, con todo derecho podemos identificar de alguna manera la gracia transmitida por medio de la imposición de manos con la acción inmanente del Espíritu Santo que salvaguarda el depósito de la fe de todo peligro de alteración. Los pastores y predicadores, habiendo recibido el carisma de la ordenación, gozan de la asistencia del Espíritu Santo en la difusión y conservación de la verdad evangélica: Iglesia de Dios vivo, columna y base de la verdad (1Tim 3, 15). Esta es la base de la doctrina católica sobre la tradición oral como norma de la fe. Habiendo recibido la imposición de las manos, Timoteo tiene la seguridad de poseer siempre la fuerza y la aptitud sobrenaturales para cumplir dignamente su oficio evangélico» (págs. 325-326). Spicq aclara ulteriormente: «No se trata tanto de esfuerzos ascéticos para adquirir una energía humana, una fuerza de carácter, cuanto de la fidelidad a la gracia de la ordenación (2Tim 1, 6.7.8.12). Timoteo deberá poner en práctica los poderes y la fuerza sobrenaturales que ha recibido, ejercerlos a la perfección, a pesar de los sufrimientos y fatigas penosas que comporta su ministerio; pero para el Apóstol con la gracia se puede todo» (pág. 340).
Ecumenismo
Las Cartas pastorales muestran, pues, que la conservación del depósito está garantizada por el carácter sacramental de la institución eclesiástica. Y, sin embargo, estas cartas que precisamente son la base de la Iglesia-institución (parece una paradoja) «no aíslan más a la Iglesia del mundo profano, al contrario, la implantan en él con un optimismo y una seguridad notables. La experiencia ha demostrado que todo cristiano está llamado a vivir entre sus viejos compañeros del error y del pecado. Lejos de despreciarlos y combatirlos, estará ante ellos como un hombre transformado por la gracia» (pág. CXCVIII). En las Cartas pastorales se expresa en el más alto grado el ecumenismo de Pablo. Como aparece en particular en 1Tim 2, 1-5:
«1Ante todo te ruego que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, 2por los reyes y todos los que ocupan altos cargos, a fin de que gocemos de vida tranquila y quieta con toda piedad y decencia. 3Esto es bueno y grato ante Dios, nuestro Salvador, 4el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. 5Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, 6que se entregó a sí mismo para redención de todos».
Comenta Spicq citando a san Juan Crisóstomo: «Hay que dar gracias a Dios también por los bienes que otorga a los demás, por ejemplo que haga resplandecer su sol sobre los malos y los buenos, que haga llover sobre los justos y los injustos. Mira cómo el Apóstol no sólo con las súplicas sino también con la acción de gracias nos une y nos ata juntos» (pág. 53). Y prosigue: «Todas estas oraciones no están limitadas a intereses personales ni a un círculo restringido de fieles; miran al prójimo y tendrán una aplicación universal “para todos los hombres”. Este universalismo es una característica del culto “católico”. La oración tiene la misma extensión que la caridad; la una y la otra el mismo universalismo que la salvación (cf. 1Tim 1, 15; Tit 2, 11). No existe nadie, sea de la nación o religión que sea, por el que la Iglesia no deba rezar, nadie, ni siquiera un excomulgado cuya existencia por lo menos no sea un motivo para dar gracias a Dios» (pág. 53). Comentando luego el versículo 3 («Esto es bueno y grato ante Dios»), Spicq añade: «esta intercesión que el pueblo cristiano cumple como un sacerdocio regio en favor de todos los hombres es al mismo tiempo algo moralmente bueno, excelente por sí mismo, como una obra eminente de caridad, y buena y grata ante Dios (–hapax en el NT– puede ser considerado como explicativo de, es decir “agradable”), porque es la mejor cooperación que existe en el plan divino de salvar a los hombres» (pág. 57).

El abrazo entre Pedro y Pablo
El adjetivo “bello” es el vocablo que más caracteriza las Pastorales. De las 44 veces que se encuentra en el corpus paolinum, 24 veces (más de la mitad) aparece en las Pastorales. Spicq se maravilla de que precisamente en edad avanzada «esta belleza parece convertirse para san Pablo en una nota distintiva de la vida cristiana, una expresión de la nueva fe; todas las edades, condiciones, sexos, están como revestidos de hermosura» (pág. 290). Y esto es aún más notable ya que «Aristóteles considera que los viejos ya no viven para lo hermoso (cf. Retórica II, 13, 1389b, 36); es una señal de la fuerza de renovación y rejuvenecimiento de la gracia en el alma del Apóstol» (pág 290 nota 1). Es «la prueba estética de la esperanza», escribía Massimo Borghesi en el pasado número de 30Días (n. 123 de la edición española; n.12 de la edición latinoamericana, pág. 56), que se revela, como hemos visto arriba, en la oración, como primera obra de caridad, y en la caridad en sentido estricto, es decir, en esas buenas obras a las que precisamente «las Cartas pastorales han dado el sentido técnico que la tradición cristiana ha conservado […] identificándolas justamente con las obras de misericordia» (págs. 294 y 282), escribe Spicq comentando la carta a Tito 3, 3-8:
«3Porque antes también nosotros con nuestra insensatez y obstinación íbamos fuera de camino: éramos esclavos de pasiones y placeres de todo tipo, nos pasábamos la vida haciendo daño y comidos por la envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros. 4Pero se hizo visible la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor por los hombres, 5y entonces, no según las buenas obras que hubiéramos hecho, sino por su misericordia, nos salvó con el baño regenerador y renovador, con el Espíritu Santo, 6que Dios derramó copiosamente sobre nosotros por medio de nuestro Salvador, Jesucristo.
7Así rehabilitados por Dios por pura generosidad, somos herederos, con esperanza de una vida eterna. 8Esto es mucha verdad y en ello quiero que seas categórico, para que los que ya creen en Dios pongan empeño en destacar en hacer el bien. Eso es lo bueno y lo útil para los demás».
Tito, que era de origen pagano, conocía por experiencia el valor de estas palabras. Spicq, en su comentario a este fragmento se pregunta: «¿Cómo es posible hacer de un pagano un cristiano? Es la obra de la sola gracia, gratis et gratiose. El versículo Tit 3, 4, es paralelo al Tit 2, 11. Al igual que los deberes recíprocos de los cristianos estaban basados en la iniciativa y fuerza educadora [Spicq más adelante hablará, en contraposición con la pretensión pelagiana, de una «paideia de la gracia» (pág. 282)] de la gracia de Dios en Cristo, así los deberes de los cristianos frente al mundo están basados en la bondad y el amor de Dios por los hombres […]. El amor de Dios por los hombres es la causa de la conversión de los paganos ciegos y pecadores a una vida santa. Este amor se ha manifestado concretamente en un momento histórico y bajo una doble forma que contrasta con el odio y la envidia de los hombres hacia sus semejantes; mientras ellos se odiaban, Dios los amaba a todos tiernamente y les quería. Ante todo la benignidad. Según la etimología, “eso de lo que uno puede servirse” y se emplea especialmente para los alimentos de buena calidad […]. La es, pues, una delicada amabilidad, pero implica también liberalidad» (pág. 275). Y luego la, es decir, «una simpatía eficaz; equivale al latín humanitas, que significa respeto por el hombre en cuanto hombre […]. Así pues, un sinónimo de pero acentuando la universalidad de este favor» (pág 276).
Oración, benignidad, respeto por el hombre en cuanto hombre: cosas hermosas, es decir, buenas, y gratas ante Dios.