Los obispos de Bukavu
Munzihirwa asesinado, Kataliko, exiliado, a Mbogha le dio un ictus el día de su toma de posesión. La historia de los últimos tres pastores de la archidiócesis de Bukavu
por Davide Malacaria
![La Catedral de Bukavu. En primer plano, la tumba de monseñor Christophe Munzihirwa [© Reuters/Contrasto]](/upload/articoli_immagini_interne/1241605568970.jpg)
La Catedral de Bukavu. En primer plano, la tumba de monseñor Christophe Munzihirwa [© Reuters/Contrasto]
En octubre de 1996 la tensión estaba a punto de estallar, explica el padre Sebastiano Amato, entonces ecónomo de la diócesis de Bukavu. Monseñor Christophe Munzihirwa trataba de todas las maneras de aplacar los ánimos, tranquilizar, poner en salvo a personas amenazadas. Además de denunciar públicamente la trama que estaba llevando a Congo a una guerra que se anunciaba sangrienta. Había habido bombardeos intensivos aquel día, que siguieron durante la noche. Y pese a esto, monseñor no se había quedado quieto. Entre otras cosas había conseguido salvar a algunas monjas tutsis, que estaban en peligro. La mañana del 29 de octubre los ruandeses habían tomado Bukavu. Monseñor Munzihirwa estaba como de costumbre por la calle, confortando a los suyos. Detuvieron su coche en un puesto de control y él bajó, con el crucifijo en la mano. Los soldados tardaban en decidir. Testigos oculares cuentan que uno de ellos hablaba por radio, como pidiendo instrucciones. Luego el obispo fue obligado a colocarse al lado de un cancel, y tras obligarle a arrodillarse, lo mataron de un disparo en la cabeza. Todavía existe aquel cancel, en un rincón de aquella plaza que ahora ha sido llamada plaza Munzihirwa, con una hermosa foto de monseñor que sonríe contento.
En mayo del 97, fue llamado Emmanuel Kataliko para cubrir la plaza de arzobispo de Bukavu. Cuando llegó la guerra estaba en su punto álgido. Monseñor grita fuerte, tratando de que su voz sea más alta que el ruido de las armas, para que al mundo le lleguen noticias de las atrocidades que están aniquilando a su pueblo. Sus cartas en especial son puntuales acusaciones a los poderosos de la tierra, peticiones de ayuda, exhortaciones a los suyos a que le recen a Jesús, a que confíen en Él. Uno de los temas constantes de sus escritos es la denuncia del uso ideológico del genocidio ruandés, utilizado para justificar lo que se estaba perpetrando en Congo. En una carta dirigida al episcopado de los Estados Unidos, escrita en las Navidades de 1998, dice: «El régimen de Kigali capitaliza sin parar el genocidio [ruandés, n. de la r.] recordando continuamente a los occidentales su apatía y su no intervención en ese acontecimiento». Sigue diciendo: «Nos preguntamos: ¿sólo los vencedores pueden reclamar para sí la calificación de víctimas de genocidio? ¿O también los vencidos pueden tener el derecho a recurrir contra estas violaciones? ¿Hemos de esperar que la masacre termine para que se hable de genocidio? Pero dado que el genocidio de los tutsis es el que se considera cómo único importante, entre nosotros habrá que establecer objetivamente por lo menos las responsabilidades directas e indirectas, internas y externas antes de apoyar al grupo que reivindica lo exclusivo del genocidio. Hay que recordar que aquel fue el genocidio de los ruandeses, hutus y tutsis. En general la comunidad internacional debería poder evitar que el genocidio, que se vende muy bien hoy, no sea a veces planificado o tolerado con vistas a las ganancias». Y, en otra parte, se queja de la sordera de la comunidad internacional: «El mundo se tapa los oídos porque una ideología más grande ha sido puesta en circulación, frente a la que todo el resto es relativo. El genocidio se ha convertido en “ideológico” y funciona, pues, como un cheque en blanco que la actual administración de los Estados Unidos ha girado a Ruanda y Uganda para que hagan todo lo que quieran a todas las comunidades de los alrededores con total impunidad».
Son acusaciones puntuales, y el prelado pide varias veces que se aclare lo que pasó realmente en Ruanda, recordando, entre otras cosas, que fueron los Estados Unidos los que influyeron en la resolución del 27 de abril de 1994 que, en la práctica, puso fin a la misión de la ONU, dejándoles a los carniceros hutus la plena libertad de actuar. Y en octubre del 99, igualmente referido a las responsabilidades reales de la matanza ruandesa, escribe: «Nadie puede justificar el genocidio que tuvo lugar en Ruanda en 1994. Todavía ahora los verdaderos responsables siguen sin ser encontrados. Nadie quiere decir quién ha aplicado el fuego a la mecha: quién mató a Habyarimana [el presidente ruandés asesinado el 6 de abril de 1994, n. de la r.]». Sobre este aspecto, y pasamos de las cartas de Kataliko a los tribunales penales, la magistratura francesa ha arrestado recientemente por este atentado a Rose Kabuye, una estrecha colaboradora del presidente ruandés Paul Kagame.
Otro tema constante en las denuncias de Kataliko son los intereses extranjeros que están detrás de la guerra, especialmente los estadounidenses. Y la expoliación de las riquezas naturales en beneficio de las multinacionales. Antes de la Navidad de 1999 escribe: «Poderes extranjeros, con la colaboración de algunos hermanos congoleños, organizan guerras con los recursos de nuestro país. Estos recursos, que deberían utilizarse para nuestro desarrollo, en la educación de nuestros hijos, para curar a nuestros enfermos, en resumidas cuentas, para que podamos vivir de una manera más humana, se usan para matarnos».
Cada vez más alarmado por las matanzas de hombres de la Iglesia, en mayo del 99 escribe que la Iglesia se ha convertido ya en un «blanco», y que en el país se está poniendo en práctica una «estrategia que pretende destruir todo lo que el pueblo considera sagrado». Una constatación que volvemos a encontrar en su carta más dramática, la que escribe antes de la Navidad del 99: «Nuestra Iglesia no ha quedado fuera. Numerosas parroquias, presbiterios, conventos han sido saqueados. Curas, religiosos y religiosas son pegados, torturados y asesinados porque denuncian la injusticia flagrante en que se encuentra nuestro pueblo, condenan la guerra y promueven la reconciliación, el perdón y la no violencia». Sigue diciendo, hacia el final: «Nosotros nos comprometemos con valor, con espíritu firme, fe segura, a estar cerca de todos los oprimidos, y si es necesario, hasta derramar nuestra sangre […]. Que el Evangelio nos lleve a rechazar el camino de las armas y de la violencia para salir de los conflictos. Pagando el precio de nuestros sufrimientos y nuestras oraciones libraremos la batalla de la libertad y conduciremos a nuestros opresores hasta la razón y la libertad interior». Un testimonio de fe inequívoca y conmovedora, que, en las manos de los profesionales de la manipulación, se convierte en algo completamente distinto: monseñor Kataliko es acusado de fomentar el odio e instigar a un nuevo genocidio. Por eso las autoridades del RCD lo declaran persona non grata. El 12 de febrero de 2000 el obispo se exilia.
![Los funerales de monseñor
Emmanuel Kataliko [© Associated Press/LaPresse]](/upload/articoli_immagini_interne/1241605569032.jpg)
Los funerales de monseñor Emmanuel Kataliko [© Associated Press/LaPresse]
Lo mismo se hace con monseñor Charles Mbogha Kambale, quien en marzo de 2001 fue llamado a sustituir a Kataliko. Por algún capricho del destino, el día de su ingreso en la diócesis de Bukavu, el prelado tuvo un ictus. Una enfermedad que lo mantiene alejado de sus fieles prácticamente hasta su muerte, que ocurrió en octubre de 2005.
Historias que hablan de un destino malo, según el punto de vista del mundo; de una predilección especial, según los designios de Dios, que, como dice el padre Brentegani, no son los nuestros.