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REPORTAJE DESDE LA...
Sacado del n. 03 - 2009

Globalizar la caridad


Entrevista con François Xavier Maroy Rusengo, arzobispo de Bukavu


Entrevista a François Xavier Maroy Rusengo por Davide Malacaria


29 de junio de 2006: Benedicto XVI impone el palio a monseñor François Xavier Maroy Rusengo [© Osservatore Romano]

29 de junio de 2006: Benedicto XVI impone el palio a monseñor François Xavier Maroy Rusengo [© Osservatore Romano]

¿Cómo vivió la guerra y qué recuerdo conserva de ella?
FRANÇOIS XAVIER MAROY RUSENGO: La guerra que se le ha impuesto a nuestro país, y especialmente a la población de esta parte del Este donde está situada nuestra diócesis, ha sido una dura prueba para todos. Nos hemos sentido traicionados, abandonados por todos y víctimas de un complot internacional. Estábamos convencidos de que era una guerra injusta, importada e impuesta. Y sobre todo que el pueblo congoleño no se merece este trato. Una “respuesta”, en efecto, incomprensible a la generosidad y la hospitalidad ofrecidas a los refugiados ruandeses que habían llegado en masa a partir de abril de 1994 por decisión de la comunidad internacional, mediante la “Opération Turquoise”. Pese a todo ello, seguimos creyendo que Cristo está siempre al lado de quienes sufren injustamente. Además, tras el asesinato de monseñor Christophe Munzihirwa, entonces arzobispo de Bukavu, sentimos el apoyo y el consuelo de la Santa Sede y de todas las Iglesias. Es importante también añadir que podíamos compartir nuestro sufrimiento y nuestra visión con los hermanos de la ACEAC (Asociación de las Conferencias Episcopales de África Central). Y esto ha reforzado nuestra fe.
¿Posee un recuerdo especial de los predecesores suyos que guiaron la diócesis durante el conflicto?
MAROY RUSENGO: Oh, sí, he conservado un precioso recuerdo del trabajo desarrollado con cada uno de ellos. Los monseñores Aloys Mulindwa, Christophe Munzihirwa, Emmanuel Kataliko y Charles Mbogha fueron buenos pastores. Me enseñaron a seguir al lado del pueblo durante el sufrimiento. Fueron la voz de un pueblo obligado al silencio y la llama de la esperanza y del valor en medio de la desolación. Ni la Iglesia de Bukavu ni yo olvidaremos a estos pastores comprometidos con los débiles y los oprimidos, de cualquier origen o estado social. Murieron porque tuvieron el valor de hablar. Ese es el precio que se paga por seguir a Cristo, aquí y en otras partes.
Se suele decir que la causa de estas guerras hay que buscarlas en los recursos naturales que hay en la región…
MAROY RUSENGO: Sí, es cierto que la República Democrática del Congo tiene la desgracia de ser un país escandalosamente rico al lado de vecinos pobres. Es igualmente verdad que todos los recursos naturales son un buen botín para las grandes sociedades multinacionales. Sin embargo, es deshonesta su voluntad de adueñarse de ellos asesinando a sus legítimos propietarios, que son el pueblo y el gobierno de Congo. Si alguien necesita una materia prima que existe en el extranjero, tiene a su disposición una serie de instrumentos legales para hacerlo. En pleno siglo XXI no puede seguir ejerciéndose la ley del más fuerte en lugar de la del derecho, sobre todo si al mismo tiempo se alardea de pertenecer a las naciones civilizadas. África no ha de ser una vaca que ordeñar para alimentar a los hijos ajenos en vez de a los suyos propios.
¿Qué desea para su país y cómo piensa que puede construirse una paz duradera?
MAROY RUSENGO: Mi deseo es que nuestro país vuelva a encontrar rápidamente la paz interior y vuelva a instaurar relaciones diplomáticas armoniosas con todos. Y que todos los congoleños, dondequiera que estén, se pongan a trabajar para producir, no solo para ellos mismos, sino para toda nuestra nación. En fin, que todos quienes aman al Congo consigan amarlo dejando que los congoleños administren sus riquezas. Riquezas que han de utilizarse a favor de toda la comunidad, porque la riqueza no puede ser una finalidad en sí misma.
La Iglesia ha estado en primera línea a la hora de construir la paz, ha trabajado para que naciera una sociedad civil y un Estado democrático. ¿Piensa que hoy debe cambiar su papel?
MAROY RUSENGO: Una vez celebradas las elecciones democráticas, libres y transparentes, y tras la consiguiente toma de poder de las instituciones, la Iglesia trabaja hoy en dos planos distintos: en el superior, es decir, sobre los dirigentes, y en el inferior, es decir, en las personas que dependen de ellos. El objetivo es llevarlos a todos, a la luz del Evangelio, a trabajar por un nuevo Congo. La Iglesia respira al ritmo de sus fieles. Mientras el Estado de derecho que nosotros buscamos firmemente no quede realmente restablecido y las aspiraciones legítimas de la población no se tengan debidamente en cuenta, la Iglesia no podrá callar. Así pues pensamos que el compromiso de la Iglesia es continuar hasta que las cosas no estén nuevamente en su lugar. ¿Acaso no es verdad que la gloria de Dios es el hombre vivo? La verdadera lucha consistirá en transformar nuestras mentalidades, levantar nuestras cabezas, agachadas durante mucho tiempo, para reconstruir juntos nuestra nación.
África para los africanos… ¿sigue siendo actual este deseo? ¿Qué puede dar la Iglesia africana a la Iglesia universal y qué puede recibir de ésta?
MAROY RUSENGO: Este deseo es hoy más importante que nunca. Es primordial que la Iglesia africana desarrolle mecanismos para seguir creciendo y hacerse cargo de sí misma mediante sus propios fieles, en vez de depender eternamente de la generosidad de la Iglesia occidental. Para conseguir esta meta es necesario adaptar la acción pastoral. En cuanto a la aportación de la Iglesia africana a la universal, están sobre todo la vida familiar, los valores culturales africanos, tan profundamente cercanos a los de la fe cristiana, que hemos de saber conservar y transmitir a la Iglesia universal. Nuestra solidaridad con las Iglesias hermanas del mundo occidental deberá seguir siendo intensa sobre todo en esta hora de mundialización y globalización. Hemos de globalizar la caridad y todos nuestros valores cristianos, desde luego no las guerras ni el capitalismo agresivo ni la liberalización de los mercados, que flagelan gravemente a África. Estamos todos en la misma barca, siguiendo a Cristo, y hemos de sentirnos realmente hermanos y hermanas compartiendo los gozos y los sufrimientos. Solamente de este modo seremos creíbles en este mundo en plena mutación. Solamente así seremos la voz de los que no tienen voz.


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