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ECCLESIAM SUAM
Sacado del n. 03 - 2009

La humildad y el respeto forman parte de la novedad del anuncio


La cosa más elemental que se ha de reconocer es justamente esta: la Iglesia es Suya.
Comienza desde este número la colaboración del cardenal Georges Cottier con nuestra revista. El teólogo emérito de la Casa Pontificia se encargará de una sección de reflexiones sobre el misterio y la vida de la Iglesia


por el cardenal Georges Cottier, op


Cardenal Georges Cottier

Cardenal Georges Cottier

También a mí me ha tocado reflexionar en estos tiempos sobre los malentendidos que han surgido acerca de algunos gestos y palabras del Papa, sobre la carta que Benedicto XVI ha enviado a los obispos en relación al levantamiento de la excomunión a los obispos lefebvrianos y sobre las polémicas en torno a asuntos que de alguna manera involucraban a la Iglesia, como el hecho tan doloroso de Brasil.
¿Qué puede significar todo esto para nosotros?
La primera impresión es que muchos, incluso entre los cristianos, ya no saben qué es la Iglesia. Es una paradoja: el misterio de la Iglesia como objeto de fe fue el tema central del Concilio Vaticano II, y ahora se manifiesta una crisis precisamente en este punto. Es una paradoja que nos invita a reflexionar sobre cómo guía Dios a su Iglesia.
La cosa más elemental que se ha de reconocer es justamente esta: la Iglesia es suya. Ecclesiam Suam, es el título de la primera encíclica de Pablo VI. En el Credo, confesamos la Iglesia como misterio de fe. Quiere decir que estamos en el ámbito de la gracia. Quiere decir que la Iglesia es don de Dios y no creación del hombre. Quiere decir que la Iglesia no es propiedad nuestra, sino que es la Iglesia de Jesucristo. Él es quien la guía y la hace vivir con la palabra, la gracia sacramental y con esa savia que circula y que se llama caridad. Estamos en la Iglesia porque recibimos el don de Cristo. Él es quien nos une. Si la Iglesia es un hecho de gracia, don que nada exige en la criatura, podemos vivir este misterio solo mediante los caminos que el Señor nos ha dado. Y el primer camino es la oración. Por eso me confortó mucho el papa Benedicto, cuando durante el Ángelus pidió a los fieles que rezaran por él. Es la prière de demande, la señal de que el corazón está abierto a recibir el don de Dios. Si somos nosotros los que queremos construir o guiar la Iglesia, cometemos errores o hacemos cosas inútiles. Me impresiona la inmensidad de proyectos llevados a cabo por cristianos, que a menudo dan muy pocos frutos. Cuando la Iglesia decidió señalar un patrono para la obra de las misiones, no optó por un gran evangelizador. Eligió a Teresita del Niño Jesús, que decía de sí misma: «Cuando soy caritativa, es Jesús únicamente quien obra en mí».
Este es el misterio de la Iglesia, que aflora también en la manera en que tiene lugar el testimonio de Jesús resucitado. Quienes experimentan la liberación interior que da el Espíritu Santo difunde gratuitamente a los demás este don. El testimonio no es el resultado de nuestra capacidad o aplicación. Por eso el testimonio más claro y conmovedor es el que dan los testigos sin darse cuenta. Mientras que los que insisten demasiado en su actividad de testigos, como si fuera un papel que hay que desempeñar, a menudo pretenden solamente construirse un personaje.
La primera impresión es que muchos, incluso entre los cristianos, ya no saben qué es la Iglesia. Es una paradoja: el misterio de la Iglesia como objeto de fe fue el tema central del Concilio Vaticano II, y ahora se manifiesta una crisis precisamente en este punto. Es una paradoja que nos invita a reflexionar sobre cómo guía Dios a su Iglesia
San Pablo, en la Carta a los Romanos y en la Primera a los Corintios, nos dice que el anuncio evangélico no estriba en la sabiduría de las palabras y al mismo tiempo está atento a la condición concreta de los destinatarios a los que se dirige. Escribe a los Corintios: si alguno puede sentirse turbado o extraviado al ver que su hermano come la carne inmolada a los ídolos en los templos paganos, es oportuno evitar dicha práctica, si bien el Espíritu Santo ha destruido toda superstición y está claro que esa carne es como cualquier otra. Este discernimiento, esta atención respetuosa de las condiciones establecidas es connatural al testimonio cristiano. No hay que equivocar la invitación del mismo san Pablo a anunciar la Palabra «opportune et importune» como hacen ciertas sectas protestantes que no buscan la verdadera oportunidad, sino que se complacen con sus propias provocaciones extremistas y así crean problemas para todos, sobre todo en los países de mayoría musulmana o en las tierras de misión.
La novedad del anuncio cristiano hay que ofrecerla siempre de manera humilde y respetuosa para con los destinatarios del anuncio. No es una cuestión de oportunismo táctico-estratégico. Es una consecuencia propia de que la verdad que anuncian los cristianos es un don, no es una posesión suya. Y si este don no ilumina la manera misma de anunciarlo, se queda en mero pretexto para soltar discursos. No olvidaré nunca las observaciones de una señora de un país del Este que había venido a Roma después de la caída del comunismo y había encontrado la fe. Era una persona culta. Para ayudarla, le había sugerido que asistiera a unos cursos de teología de cierto nivel. Un día me dijo que algunos profesores le recordaban los del ambiente comunista donde había vivido: gente que hablaba de cosas en las que evidentemente ya no creía. El cardenal Charles Journet, mi padre y maestro, repetía siempre que la frontera de la Iglesia atraviesa nuestros corazones. La pretensión de demostrar con nuestros argumentos la verdad de la fe, cuando la caridad no vive en el corazón, puede suscitar escándalo y objeciones. Se percibe un alejamiento, un aislamiento del corazón que rechaza y aleja a los demás más que nuestros pecados y nuestras infidelidades.
En estos meses se ha hablado también de la soledad del Papa, de la incapacidad de sus colaboradores, de los límites surgidos en la acción de la Sede apostólica. También en estos temas el debate se ha visto condicionado por muchos equívocos de fondo.
Un cierto “límite” es connatural a la Iglesia. Cuando Jesús sube al Cielo dejando a los apóstoles encabezados por Pedro como sus testigos, sabe muy bien que Pedro es un hombre con todos sus límites, que las páginas de los Evangelios no esconden nunca. Los papas en la historia no han sido todos unos genios y mucho menos unos santos. Pero también esto nos muestra que la Iglesia es obra de Dios. Que en la pequeña barca, llena de pecadores, está el Señor. Él es quien puede calmar las tempestades y tranquilizar a los que tienen miedo. Hace tiempo leí un relato de viaje de un protestante ginebrino que había venido a Roma en 1840. Describe los rebaños de ovejas que pacían en la plaza de San Pedro, y cómo todo parecía en ruinas. La Basílica parecía un monumento del pasado, como el Coliseo. Si la Iglesia fuese obra de los hombres que la guían, ya habría acabado hace tiempo. Por lo demás, la Iglesia ha huido siempre de la tentación de considerarse una ciudadela de los puros y de los santos.
La novedad del anuncio cristiano hay que ofrecerla siempre de manera humilde y respetuosa para con los destinatarios del anuncio. No es una cuestión de oportunismo táctico-estratégico. Es una consecuencia propia de que la verdad que anuncian los cristianos es un don, no es una posesión suya. Y si este don no ilumina la manera misma de anunciarlo, se queda en mero pretexto para soltar discursos
He leído en un periódico francés que el levantamiento de la excomunión a los obispos lefebvrianos es la demostración de que tampoco la Iglesia católica es infalible, porque el Papa actual ha revocado una disposición de su predecesor. Una banalidad, pero que nos da la medida de la confusión que reina respecto a estas cosas. El carisma de la infalibilidad, que es el de la propia Iglesia, reside a título singular en el Papa en cuanto sucesor de Pedro, cuando proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres (cf. Lumen Gentium 25). En el gobierno ordinario de la Iglesia un papa puede equivocarse, y no es un desastre, es humano.
Respecto a las circunstancias presentes, en los a vaticana, respecto a muchas cosas, piensan todos del mismo modo. Nadie en la Iglesia puede tener como ideal un sistema totalitario donde hay uno que piensa por todos y los demás se afanan en buscar la manera de no decir nada. Es siempre útil confrontar los distintos modos de ver las cosas, es señal de vitalidad. Si no se reconoce esto, al final se termina firmando declaraciones de apoyo o de disentimiento con el Papa, o se comienza el juego de contraponer los “fidelísimos” a los adversarios. Como si en la Iglesia pudiera haber partidos “pro” o “contra” el Papa.
No somos los “fans” del Papa. Él es el sucesor de Pedro, la divina Providencia lo ha querido tal y como es. Y lo amamos tal y como es, porque detrás de él vemos a Jesús. Esto quiere decir ser católicos.


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