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FRANCIA
Sacado del n. 04 - 2009

Breve biografía

Un pastor para París



por Stefania Falasca


André Vingt-Trois es un auténtico parisien de souche, un «muchacho de la Montagne Sainte-Geneviève», la colina de la Rive gauche donde de joven frecuentó en los años cincuenta el prestigioso Lycée Henry IV, el mismo en el que habían estudiado también Jacques Maritain y Jean-Paul Sartre. De los años intensos transcurridos en el gran liceo público, en el libro entrevista La liberté dans la foi, el cardenal recuerda bien los muchos «compañeros no cristianos o sin religión: pequeños franceses, que me hicieron sentir que ser católico era una particularidad». De los años de infancia y de la adolescencia recuerda también «el encuentro concreto y regular con cristianos y cristianas: gente sencilla que no tenía más particularidad cultural que la práctica cotidiana de la fe de la Iglesia».
En 1962, después de un año en la Universidad de la Sorbona, el veinteañero André entra en el seminario de Saint-Sulpice, en Issy-les-Moulineaux. Es ordenado sacerdote el 28 de junio de 1969, y enseguida lo mandan como vicario parroquial a Saint Jeanne de Chantal, iglesia del XVI arrondissement , cerca de Porte de Saint-Cloud. Algunas semanas después, a aquella misma iglesia llega el nuevo párroco. Se llama Jean-Marie Lustiger. Los dos sacerdotes transcurrirán juntos en la parroquia los años controvertidos de después del 68. Un período de prueba que consolida entre los dos una relación destinada a durar. Cuando en 1981 Wojtyla lo nombra arzobispo de París, Lustiger llama enseguida a su lado a Vingt-Trois, que mientras tanto se ha convertido en profesor y asistente espiritual de su viejo seminario en Issy-les-Moulineaux. Y en 1988 se convierte en obispo auxiliar de París.
Los dos se parecen poco. Lustiger, el joven judío convertido en príncipe de la Iglesia, marca durante más de dos decenios el escenario eclesial francés con su personalidad destacada, excepcional. Sofisticado, impaciente, de apariencia usualmente contraída. Vingt-Trois es plácido, realista, de trato indolente y tranquilo, de índole bondadossa. Alguien que trabaja duro pero que sabe tomarse su tiempo. Y de vez en cuando sabe estallar en una de sus proverbiales ruidosas carcajadas.
Durante los años de la nouvelle vague lustigeriana, Vingt-Trois es el factotum discreto de iniciativas que dan el tono al episcopado de su ex párroco, repitiendo en clave francesa los eslóganes wojtylianos de la Nueva Evangelización: el relanzamiento de la École cathédrale para la formación teológica de los laicos; el comienzo de Radio Notre-Dame; movilizaciones como la Guerre scolaire de 1984, cuando Lustiger y otros obispos franceses se oponen públicamente al proyecto de ley Savary, que pretendía unificar bajo el control del Estado todo el sistema escolar.
En 1999, Vingt-Trois es nombrado arzobispo de Tours. Pero todos saben que Lustiger lo imagina como su sucesor al frente de una de las diócesis más importantes del mundo. El 11 de febrero de 2005, al final del pontificado wojtyliano, se publica el nombramiento de Vingt-Trois como arzobispo de París. Benedicto XVI lo crea cardenal en noviembre de 2007. Al comienzo de aquel mismo mes, los obispos franceses le habían elegido presidente de la Conferencia Episcopal Francesa.
«No soy alguien que se exalte fácilmente», dice de sí mismo Vingt-Trois. Pero la multitud que abarrota Notre-Dame el domingo por la tarde, cuando generalmente él celebra misa, es también una respuesta silenciosa a las malas lenguas que se preguntaban si “iba a estar a la altura” de su predecesor sui generis. Quizá contribuye a abrir las puertas precisamente su ordinaria medietas de cura francés de la época. La franqueza a la hora de decir lo que piensa, con libertad y sin animosidad. Y la impresión de que su mesura cordial tiene que ver con la noticia que eligió como lema episcopal: «Dieu a tant aimé le monde».


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