Se deja ver y tocar para que reconozcan la realidad de Su carne
En los sermones del periodo pascual Agustín repite muchas veces que fue el propio Cristo quien quiso despejar toda duda de los apóstoles acerca de la realidad de su resurrección. Entrevista a Nello Cipriani, profesor ordinario del Instituto Patrístico Augustinianum
Entrevista a Nello Cipriani por Lorenzo Cappelletti

La incredulidad de Tomás, Caravaggio, Bildergalerie, Potsdam-Sanssouci
sicut apostoli,
suis etiam sensibus,
probaverunt»
(Agustín, De civitate Dei XVIII, 54, 1)
En estos días de Pascua hemos hablado con el padre Nello Cipriani de cómo, dejándose ver y tocar, el propio Jesús quiso dar testimonio a los apóstoles de la realidad de su resurrección.
¿En qué obras de Agustín se halla comentada con mayor amplitud la resurrección del Señor en su verdadero cuerpo?
NELLO CIPRIANI: Habla de ello en muchos sitios, pero sobre todo en los numerosos sermones del periodo pascual, periodo durante el cual Agustín predicaba todos los días. Estos sermones tratan varios aspectos del misterio de la resurrección de entre los muertos. Lo que más llama la atención es que Agustín trata de hacer comprender a los fieles que es Cristo mismo el que quiso eliminar las dudas de los apóstoles, los cuales creían que estaban viendo a un fantasma: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies, palpadme y ved», dice el Señor (Lc 24, 38s). Y Agustín, casi in persona Christi, comenta en el Sermón 237: «Si el ver es poco para vosotros, introducid las manos; si es poco el ver y no os basta tocar, palpad. No dijo solo que lo tocaran, sino también que lo palparan una y otra vez. Que vuestras manos os aporten la prueba de si vuestros ojos mienten. Palpad y ved: poned los ojos en las manos. ¿Por qué palpad y ved? ¿Por qué? Porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. Estabas [Agustín usa aquí un “tú” genérico] en el mismo error de los discípulos; corrígete con ellos. Es cosa humana, estoy de acuerdo. Pensaste que Cristo era un espíritu; también lo pensó Pedro y los restantes apóstoles: pensaron que estaban viendo un espíritu; pero no se quedaron en el error. Para que sepas que era falso lo que albergaban sus corazones, el médico no los dejó como estaban. Se les acercó, les aplicó la medicina; veía las heridas de sus corazones y llevaba en su cuerpo las cicatrices con que curarles».
Son palabras que hacen comprende mejor que muchos razonamientos que es el Señor mismo, dejándose ver y tocar, quien constituye a los apóstoles en testigos de su resurrección.
CIPRIANI: En otro sermón (Sermón 242) Agustín responde a una crítica de Porfirio, el filósofo neoplatónico del siglo III autor de Contra los cristianos. Éste, entre los muchos argumentos contra el cristianismo, planteaba también uno contra la resurrección de los cuerpos, que para un neoplatónico es absolutamente inaceptable. Porfirio criticaba también la narración evangélica de Lucas, proponiendo una especie de dilema: o Cristo resucitado pide de comer porque tenía necesidad de comer y entonces no posee un cuerpo incorruptible, o, si no tenía necesidad de comer, ¿por qué lo pide? Agustín responde citando ante todo las palabras de Jesús resucitado: «“¿Tenéis aquí algo de comer? Y le ofrecieron un trozo de pez asado y un panal de miel; él comió de ello y les dio lo sobrante [así sonaba el texto latino en manos de Agustín]” (cf. Lc 24, 41s). Se nos dice, pues: “Si esa fragilidad no existe después de la resurrección, ¿por qué comió Cristo el Señor? Habéis leído que comió; pero ¿leísteis acaso que tuviera hambre? Si comió fue porque quiso, no porque tuviera necesidad. Comer fue un gesto demostrativo de su poder, no de que tuviera necesidad de algo». Y más adelante, a la objeción de que, si no se resucita con los defectos, no se entiende por qué entonces el Señor conservó las cicatrices de las heridas, Agustín responde de nuevo que el del Señor «fue un gesto de poder, no de necesidad alguna. Así quiso resucitar y así quiso mostrarse a algunos que dudaban [sic resurgere voluit, sic se voluit quibusdam dubitantibus exhibere]. La cicatriz de la herida en aquella carne curó la herida de la incredulidad».

Agustín refuta a los herejes. Episodio de las “Historias de san Agustín” de Ottaviano Nelli, fresco de la segunda mitad del siglo XIV, iglesia de San Agustín, Gubbio, Perusa
CIPRIANI: Sí, el cuerpo resucitado ya no necesita comer, es espiritual; el resucitado ya no tiene hambre. Pero Cristo quiso dar esta prueba para convencer a los discípulos de la realidad de la resurrección. Hay otro sermón, el Sermón 246, que se parece un poco al Sermón 237. Como veíamos antes, en el Evangelio de Lucas (Lc 24, 38s) dice Cristo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies, palpadme y ved». Y Agustín comenta: «¿Acaso había subido ya al cielo cuando les decía: “Palpad y ved”, prestándose a que lo tocasen sus discípulos; y no solo a que lo tocasen, sino también a que lo palpasen, para ofrecer una prueba a la fe en la realidad de su carne y de su cuerpo [ut fides fiat verae carnis veri corporis], para mostrar incluso al tacto humano la solidez de la verdad? [ut exhibeatur etiam tactibus humanis soliditas veritatis]. Se presta a que lo palpen las manos de los discípulos». Luego, refiriéndose a la mujer a la que el Señor, en cambio, le dice que no lo toque porque aún no ha subido al cielo, Agustín comenta: «¿Qué quiere decir esto? Los varones no pudieron tocarlo sino en la tierra, y las mujeres tenían que tocarlo en el cielo, “pues aún no he subido a mi Padre”? ¿Qué es, pues, tocar sino creer? A Cristo lo tocamos con la fe, y es preferible no tocarlo con las manos y Me vienen a la mente esos párrafos de la Ciudad de Dios al final del libro XVIII en los que Agustín examina la fábula, que los doctos (sobre los que ironiza Agustín) hicieron suya, según la cual las artes mágicas de Pedro fueron las que permitieron el desarrollo y el progreso del cristianismo.
CIPRIANI: Ante la objeción de que el cristianismo no es más que el fruto de la magia, Agustín responde que el cristianismo nació y se desarrolló por gracia divina: illa superna gratia factum esse (cf. De civitate Dei XVIII, 53, 2). Al respecto, en el Sermón 247, igualmente del periodo pascual, en el que comenta la aparición del Señor a los discípulos al atardecer del día de Pascua, estando cerradas las puertas (cf. Jn 20, 19ss), dice Agustín: «Hay algunos a los que les perturba tanto este hecho que están a punto casi de vacilar y ponen muchas dificultades al respecto, aduciendo contra los milagros del Señor los prejuicios de sus razonamientos [afferentes contra miracula divina praeiudicia ratiocinationum suarum]. Así argumentan: “Si tenía cuerpo, si tenía carne y huesos, si lo que resucitó del sepulcro fue lo mismo que colgó del madero, ¿cómo pudo entrar estando cerradas las puertas? Si no pudo, dicen, no tuvo lugar; si pudo, ¿cómo pudo? Si comprendes el cómo, deja de ser milagro, y, si no crees que se trata de un milagro, estás muy cerca de negar también su resurrección del sepulcro. Examina los milagros hechos por el Señor ya desde el comienzo y dame la explicación de cada uno de ellos. Sin contacto de varón, una doncella concibe. Explica cómo sin varón ha concebido una doncella. Donde falla la explicación, allí se levanta la fe. Ya tienes un milagro en la misma concepción del Señor; escucha otro referido al parto: una doncella da a luz y permanece virgen. Ya entonces, antes de resucitar, pasó el Señor a través de puertas cerradas». En fin, es la potencia divina la causa verdadera de la resurrección. Si se prescinde de la potencia y de la acción de Dios, todos los milagros son inconcebibles, aún más la resurrección del Señor.