Hacia los Papas
Así que se equivocan todos quienes, basándose en tomas de posturas distintas en determinados temas, deducen arbitrariamente que hubo una oposición radical de Pío XII hacia De Gasperi
Giulio Andreotti

Alcide De Gasperi en el Vaticano el 11 de febrero de 1949, en el 20 aniversario de los Pactos Lateranenses
Ambos, en su ámbito, tenían sin lugar a dudas diversidad de posiciones sobre cada tema. Y el punto máximo de diferenciación lo colocaría yo en la actitud hacia los comunistas: debido a dos violentos episodios protagonizados por los comunistas, respectivamente en las nunciaturas de Múnich y de Berlín, el Pontífice mantenía una oposición instintiva y fuerte. Y cuando el cenáculo de Franco Rodano, inspirado por el padre jesuita Prosperini, superó lo razonable, la respuesta del Pontífice fue durísima. Ya he recordado otra vez una iniciativa que tomé, quizá rozando el límite de la prudencia: en 1943, habiendo sido anunciado un discurso del Papa precisamente sobre la relación entre católicos y comunistas, me permití escribirle rogándole que no citara a nuestros amigos (que estaban en la cárcel). No los citó y algunos días después, en una audiencia de grupo me preguntó con tono severo: «¿Estuvo bien?».
A quienes no han vivido estos períodos les cuesta comprender las dificultades que había, incluso entre militantes católicos, para no dejarse desorientar por los puntos de vista tan distintos que había en nuestro interior. Los de la FUCI, por ejemplo, prestábamos mucha atención a la hora de distinguirnos de la contraposición política con el comunismo, de ahí la dificultad del Papa de comprender quién de nosotros hacía política y, específicamente, a De Gasperi. Por lo demás, no faltaban ni mucho menos quienes no perdían ocasión para recalcar la no obediencia de De Gasperi.
En aquel período, el Presidente, pese a ser ajeno a fáciles críticas, no escapó de la de quienes, confundiendo como ya he dicho áreas distintas, iba por ahí expresando condenas y reservas.
El propio De Gasperi veía en la colaboración política de los comunistas con nosotros, los católicos, un medio de trabajo de apostolado. Por desgracia otros la rechazaban como herejía, o, en la acepción común, como tibieza de posiciones. La máxima de que quien ama al Señor aporta siempre algo bueno no es fácil de aceptar.
![Benedicto XVI con Giulio Andreotti, presidente de la Fundación Alcide De Gasperi, Sala Regia, el 20 de junio
de 2009 [© Osservatore Romano]](/upload/articoli_immagini_interne/1248094794733.jpg)
Benedicto XVI con Giulio Andreotti, presidente de la Fundación Alcide De Gasperi, Sala Regia, el 20 de junio de 2009 [© Osservatore Romano]
Todo esto parece muy lejos de la realidad actual; y quizá lo sea. Sin embargo, fueron fases de decisiones difíciles y de malestar especial a la hora de llegar a acuerdos. Y de todos modos, es especialmente positivo constatar que –ahora como entonces– se valoran en clave positiva, a veces incluso ejemplar, ciertas expresiones diferenciadas.
He creído ver una invitación a estas reflexiones también en las palabras con las que el Papa Benedicto XVI recibió hace poco el homenaje de nuestro grupo de indomables degasperianos.
Muchas cosas han cambiado (y no precisamente marginales), pero hay realidades y caminos que tienen solo una posible actualización evolutiva. Quizá hoy más que nunca, entre tantas incertezas y tanto malestar, la imagen de De Gasperi nos ayuda y nos orienta. Nuestra misión es hacer que los jóvenes comprendan bien esto.