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PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA
Sacado del n. 05 - 2009

BENEDICTO XVI. Imágenes, recuerdos y balance de su peregrinación

«... Y del fuerte salió dulzura»


El embajador de Israel ante la Santa Sede compara la visita del papa Benedicto XVI a Tierra Santa con la de Pablo VI en 1964 y la de Juan Pablo II en 2000. Y cita una frase del Libro de los Jueces para explicar las relaciones actuales entre el Estado judío y Roma


por Mordechay Lewy


Benedicto XVI, con el presidente israelí Simon Peres, planta un olivo en el jardín de la residencia presidencial de Jerusalén, el 11 de mayo de 2009 [© Osservatore Romano]

Benedicto XVI, con el presidente israelí Simon Peres, planta un olivo en el jardín de la residencia presidencial de Jerusalén, el 11 de mayo de 2009 [© Osservatore Romano]

Es útil y gratificante hacer una comparación de las tres visitas papales a Tierra Santa, dado que de ellas podemos sacar conclusiones sobre el estado de las relaciones bilaterales entre Israel y la Santa Sede.
En 1964 la visita de Pablo VI fue la clara expresión de una política de no reconocimiento. La Nostra aetate no había sido promulgada todavía y el objetivo de la visita, más allá de la peregrinación, fue el encuentro con el patriarca ecuménico greco-ortodoxo Athenágoras en Jerusalén. El resultado, un año después, fue la eliminación de la histórica excomunión contra la Iglesia greco-ortodoxa. La visita de Juan Pablo II en 2000, por otro lado, estaba inserta en el marco de las celebraciones del Jubileo. La visita del Papa, anunciada mucho tiempo antes, tuvo lugar sin que hubiera habido una invitación formal. Fue como si el papa Wojtyla se hubiera puesto en marcha por su cuenta y solo después, al llamar a la puerta de Israel, anunciara: «Que llego, ¿estáis en casa?». El deseo personal del Papa había anulado toda objeción por parte de sus consejeros y de la Iglesia local. El programa incluía no solo hechos de reconocimiento político a través de la visita al presidente de Israel en su residencia oficial en Jerusalén, sino que además su afecto personal hacia los judíos quedó patente cuando se quedó más de lo previsto por el protocolo en Yad Vashem, hablando con los judíos de Cracovia que habían sobrevivido al Holocausto. Su gesto sensacional de pedir perdón a Dios frente al Muro de las Lamentaciones configuró de manera indeleble el impacto que su histórica visita iba a tener en el futuro. Al mismo tiempo no todos estaban contentos en el Vaticano por este gesto suyo que, en sus mentes, tenía demasiadas y amplias implicaciones teológicas. Los primeros pasos operativos para cumplir el deseo del papa Benedicto, largamente estudiado, de seguir las huellas de su predecesor y realizar una visita pastoral y una peregrinación a Tierra Santa, fueron realizados en noviembre de 2008.
Una de las primeras peticiones del Papa, después de haber sido tantas veces verbalmente invitado a ir, fue recibir una invitación formal por parte de todos los jefes de Estado interesados (es decir, el rey de Jordania, el presidente de Israel y el presidente de la Autoridad Palestina). Con estas invitaciones en el bolsillo estaba dando a su visita también una dimensión política , habiendo sido invitado precisamente por sus colegas –los jefes de Estado–. Ello sirvió principalmente como enésima confirmación de la costumbre de la Santa Sede de asumir una posición especial como actor político. También gestos posteriores que podían significar una mejora de las relaciones bilaterales con Israel fueron tomados en consideración.
Benedicto XVI saluda al embajador israelí ante la Santa Sede, Mordechay Lewy, Jerusalén, 12 de mayo de 2009 [© Osservatore Romano]

Benedicto XVI saluda al embajador israelí ante la Santa Sede, Mordechay Lewy, Jerusalén, 12 de mayo de 2009 [© Osservatore Romano]

Desde luego la visita de 2000 funcionó como modelo para el programa del Papa en 2009. Los ligeros cambios introducidos fueron de naturaleza no política sino más bien debidos a consideraciones logísticas. Ni la “operación plomo fundido”, ni el affaire Williamson, ni las elecciones en Israel o la histórica disputa sobre Pío XII pusieron en ningún momento en peligro el viaje del papa Benedicto. Las minas potenciales, como la visita a la exposición sobre Pío XII en el museo Yad Vashem, fueron eliminadas anticipadamente. Una iniciativa fuera de control del rabino responsable del Muro de las Lamentaciones, que pretendía impedir llevar cruces durante la visita del Papa, fue erradicada en sus comienzos. Como pasó en el pasado, al principio los católicos locales eran los menos entusiastas de esta visita. El patriarca latino de Jerusalén, Fouad Twal, tuvo que hacer una campaña a favor. Por otra parte, el mundo judío se mostró colaborador y se unió a Israel a la hora de aceptar las explicaciones dadas por el secretario de Estado Bertone sobre la negación del Holocausto pronunciada por el obispo Williamson. En su excepcional Carta a los obispos, Benedicto XVI expresaba su agradecimiento a sus amigos judíos por la comprensión demostrada, una actitud que, según él, muchos católicos no estaban preparados para manifestar. Numerosos críticos desde dentro de la Iglesia y del mundo de los medios de comunicación escrutaron cada movimiento del papa Benedicto para poder “celebrar” otro posible incidente. Con este escenario en mente el éxito general de la visita del Papa cuenta incluso más. La diplomacia vaticana durante el viaje voló alto. La Secretaría de Estado intentó en lo que pudo conjugar la sensibilidad de jordanos, israelíes y palestinos, cada cual según sus méritos. Solo las peticiones que ponían en peligro los intereses específicos del Vaticano fueron rechazadas de lleno.
Para Israel la visita de Benedicto XVI tuvo una importancia histórica, y no simplemente porque ésta tuviera lugar. Israel tiene al actual Papa en gran consideración como verdadero amigo de los judíos, así como también estima el diálogo entre las religiones que junto a nosotros promueve el Papa. Nos parece que su visita ha inaugurado una tradición gracias a la cual cualquier pontífice en el futuro podrá visitar Tierra Santa e Israel. El programa de Juan Pablo II probablemente seguirá siendo el modelo para las visitas que vengan. Pero las declaraciones del papa Benedicto durante su permanencia alimentarán nuestras relaciones futuras durante largo tiempo. Sus claras palabras contra la negación del Holocausto y a favor de la lucha contra el antisemitismo, pero aún más su compromiso por el diálogo con el “hermano mayor” en el espíritu de la Nostra aetate, nosotros esperamos que alcancen también a las comunidades católicas en el Tercer Mundo.
De este modo, teniendo en cuenta todo lo que ha sucedido en el último año, podemos explicar el estado actual de nuestras relaciones bilaterales con la adivinanza de Sansón sacado del Libro de los Jueces (14, 14): «...Y del fuerte salió dulzura».


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