EL PONTIFICIO COLEGIO PÍO BRASILEÑO
El vivero de los obispos de Brasil
En setenta y cinco años de historia, por el Pontificio Colegio Pío Brasileño, han pasado casi dos mil estudiantes. Entre ellos, más de cien fueron nombrados obispos. Aquí vivió dom Luciano Mendes de Almeida los años que pasó en Roma. Y aquí se vino a vivir Agostino Bea en 1959, año de su nombramiento a cardenal. Encuentro con los actuales huéspedes del Pío Brasileño
por Pina Baglioni
![Educadores y alumnos del Colegio Brasileño el día de la inauguración,
el 3 de abril de 1934 [© Pontificio Colegio Pío Brasileño]](/upload/articoli_immagini_interne/1249640997720.jpg)
Educadores y alumnos del Colegio Brasileño el día de la inauguración, el 3 de abril de 1934 [© Pontificio Colegio Pío Brasileño]
Son innumerables los ex alumnos del Brasileño a los que el anciano padre jesuita ha asistido, encaminado, aconsejado, y que luego han conquistado las más altas esferas de la jerarquia eclesiástica: el cardenal Geraldo Majella Agnelo, arzobispo de São Salvador de Bahia y primado de Brasil, por poner solo un ejemplo. O bien el cardenal Odilo Pedro Scherer, arzobispo metropolitano de la archidiócesis de São Paulo, que el pasado 17 de marzo vino a Roma a celebrar misa, en una de las muchas celebraciones eucarísticas con motivo del setenta y cinco aniversario de la fundación del Colegio. Sin contar con que también el presidente, vicepresidente y secretario de la Conferencia nacional de los obispos brasileños (CNBB) son ex alumnos. «Yo también he puesto mi granito de arena», admite el padre Pastor, enumerando otros nombres excelentes que vivieron aquí: Agnelo Rossi, por ejemplo, creado cardenal por Pablo VI, y luego prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Pero también el cardenal Serafim Fernandes de Araújo, arzobispo emérito de Belo Horizonte, y el cardenal Lucas Moreira Neves, que fue prefecto de la Congregación para los Obispos. Aunque el recuerdo más afectuoso lo guarda para el jesuita Luciano Pedro Mendes de Almeida, fallecido hace dos años, arzobispo metropolitano de Mariana y presidente de la CNBB. «Trabajó con nosotros algunos años: era realmente un gran hombre. El senador Andreotti venía a menudo a escuchar misa aquí para estar con él. Recuerdo que se pasaban las horas charlando». En una de las decenas de habitaciones diseminadas por este enorme edificio, hay colgado un cuadro al óleo que representa La última cena, pintado por algunos detenidos de la cárcel romana de Regina Coeli: un pequeño homenaje a dom Luciano, que se había ocupado mucho de ellos en sus años romanos. Pero la larga galería de personalidades destacadas incluye también al jesuita alemán Agostino Bea. El día de su nombramiento a cardenal, en 1959, decidió venirse a vivir aquí por el gran cariño que sentía por Brasil, ya desde los tiempos de la misión alemana en el sur del país. «Pero este Colegio le ha ofrecido a la Iglesia más de cien obispos, muchos párrocos y profesores destinados a los seminarios y las facultades teológicas de Brasil».
Desde el 3 de abril de 1934, día de su fundación, hasta hoy, 1.900 estudiantes han atravesado los umbrales del Pío Brasileño.
Cuando nació eran 34, luego se redujeron a 12 durante la Segunda Guerra Mundial, y posteriormente creció hasta batir el récord de presencias en el año académico 1954-1955, con 130 huéspedes, de los cuales 102 eran seminaristas y 28 sacerdotes. Durante los primeros veinticinco años el Colegio alojó casi solo a seminaristas. Pero entre 1959 y 1968, es decir, los años del Concilio y el posconcilio, «se pasó del entusiasmo a la confusión, hasta llegar, en 1978, a 6 seminaristas y 47 sacerdotes», puntualiza el anciano profesor. «Además de la crisis de vocaciones, otro motivo de la caída fue que los obispos brasileños decidieron no seguir mandando a seminaristas a Roma porque había surgido en Brasil una discreta red de seminarios diocesanos, donde estaba vigente lo que entonces se definía el “sistema brasileño”, basado en criterios considerados más democráticos. Desde entonces, aquí se decidió dar alojamiento sobre todo a jóvenes ya ordenados sacerdotes que venían a Roma para ampliar los estudios».
Durante el Concilio, por el Brasileño pasaron teólogos del calibre de Hans Küng, Karl Rahner, Joseph Ratzinger, Yves Congar, Marie-Dominique Chenu, Edward Schillebeeckx para dar conferencias concurridísimas. Había en Roma durante el Concilio más de trescientos obispos brasileños, y muchos de ellos se alojaban en el Colegio. En fin, un momento de extraordinaria vivacidad. «Luego vino el largo pontificado de Juan Pablo II, considerado el momento de la gran restauración», sigue recordando el padre Pastor, «donde las tupidas nieblas parecieron difuminarse. Aunque muchas vocaciones, en aquel período, resultaron ser poco consistentes. En efecto, muchos colgaron los hábitos».

la fachada del Colegio
El gran edificio en forma de “H” está rodeado por los pinos seculares de la campiña romana, que, en un momento determinado tuvieron que dejar algo de espacio a las araucarias, los pinos de Brasil, algo más bajos que los romanos, y a los árboles de aguacate. En el huerto que crece detrás del Colegio asoman los chou-chou, puntiagudos calabacines subtropicales que, al parecer, se usan en las ensaladas. «Conseguimos que crezcan incluso los kiwis, y tenemos extraordinarias mimosas que el 8 de marzo regalamos a las monjas de la Congregación de las Hijas del Amor Divino, que colaboran con nosotros desde hace años». El padre Geraldo Antônio Coelho de Almeida enseña con cierto orgullo el parque del Colegio, ofrecido a la admiración de los huéspedes cada 7 de septiembre, día de la Independencia, y el 12 de octubre, fiesta de Nossa Senhora Aparecida, patrona de Brasil.
La fachada de la pequeña iglesia edificada en tiempos de Napoleón da a la vía Aurelia. Hace tiempo que está cerrada por falta de fondos para seguir con la restauración. No haber conseguido abrirla es uno de los sinsabores del padre Geraldo, que después de nueve años al frente del Pío Brasileño, el pasado 25 de marzo pasó el relevo al nuevo rector, el padre João Roque Rohr. El traspaso tuvo lugar durante una solemne concelebración presidida por el cardenal Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la Educación Católica, en presencia del embajador de la República Federal acute;rito”, en espera de volver a su país, deja un Colegio en buena salud: a principios del próximo año académico los huéspedes serán 115 en total, 12 más que el año recién transcurrido. «Llegan a Roma, con muchos años de experiencia a las espaldas: algunos de ellos han sido párrocos, otros directores de seminarios, otros jueces de tribunales eclesiásticos, coordinadores de pastoral, administradores diocesanos».
Proceden de 80 de las 170 diócesis de Brasil. Pero también de Angola, Madagascar, Panamá, Chile, Ecuador y Colombia. Están diseminados por todas las universidades pontificias, sobre todo la Gregoriana y la Lateranense, donde abarrotan los cursos de Teología y de Filosofía. Cincuenta y siete de ellos estudian para conseguir la licenciatura, treinta y nueve para el doctorado. Son pocos los que todavía tienen que conseguir el bachillerato. Los Estados de Brasil más representados en el Colegio son los del Sudeste, con São Paulo al frente, y los del Nordeste.
Frente a un inmenso mapa de Brasil, el padre Geraldo explica: «Los seminarios más fértiles, en estos últimos tiempos, son los de los Estados del Norte y del Nordeste». Frente a un discreto remonte de los sacerdotes diocesanos, que actualmente son 11.778, el padre Geraldo alude a una crisis de vocaciones entre los religiosos que hoy en Brasil tienen 7.313 sacerdotes. Diferencia que existe también en cuanto al número de seminaristas: 3.555 en los seminarios religiosos y 5.731 en los diocesanos.

El gran mosaico que representa a Nossa Senhora Aparecida, patrona de Brasil, en la entrada del Colegio
«Es un verdadero privilegio estudiar aquí, junto al Papa, conocer a los mejores profesores de teología del mundo. Para nosotros Roma es el lugar de la memoria cristiana y la ciudad universitaria por excelencia. Podemos comparar el planteamiento teológico que nos traemos de Brasil con el del centro del cristianismo». El padre Leandro de Carvalho Raimundo, de 31 años, sacerdote desde hace casi cinco, viene de Pouso Alegre, en el Estado de Minas Gerais, en el sureste de Brasil. Su objetivo es enseñar en una facultad teológica. Estudia el segundo año de doctorado en el Pontificio Ateneo San Anselmo y se está especializando en Teología de los sacramentos, en especial, en el sacramento de la Orden. «El estudio no es la única ocupación: cada mañana voy a decir misa fuera del Colegio, a las religiosas Crucificadas Adoratrices de la Eucaristía. Durante el año llegan peticiones de ayuda de muchos párrocos italianos y durante las vacaciones de verano voy a un pequeño pueblo de cuatrocientas almas cerca de Bérgamo para echar una mano. Allí todavía veo mucho apego a la Iglesia y a los sacramentos. Y para mí es muy útil conocer la situación de ustedes y compararla con la nuestra. Claro que los curas en Brasil son insuficientes en relación a los 180 millones de habitantes. Pero nuestras iglesias están abarrotadas de jóvenes, están repletas de gozo. Cosa que, por desgracia, ocurre menos en Italia, donde a las parroquias van en su mayoría personas adultas».
Además del estudio y la actividad pastoral, los estudiantes del Brasileño están directamente implicados en la administración del Colegio. Junto a la Dirección –formada por el rector, el vicerrector, el prefecto de los estudios, el director espiritual, el responsable ecónomo y de la manutención– se mueve el Consejo de los estudiantes, con su presidente, su vicepresidente y cinco responsables de departamentos: litúrgico, pastoral, social, cultural y recreativo-deportivo. Se ha creado el Comité de Estudiantes para las celebraciones del setenta y cinco aniversario de la fundación del Colegio, que terminarán el 19 de junio, fiesta del patrón del Brasileño, el Sagrado Corazón de Jesús, con una solemne concelebración presidida por el prepósito general de la Compañía de Jesús, el padre Adolfo Nicolás.
«Nuestras estatutos contemplan que se utilice este Colegio no como dormitorio. Se nos requiere tomar decisiones para la vida del Colegio en colaboración con la dirección», aclara el padre Jânison de Sá Santos, nacido hace cuarenta años en Propiá, una pequeña ciudad de Sergipe. Está en el segundo año de doctorado y se está especializando en Pastoral catequética en la Universidad Salesiana. «Los años que pasamos aquí no son en balde, sobre todo por lo que atañe a nuestro crecimiento espiritual. Y Roma, en esto, es decisiva: las iglesias, las catacumbas, los sepulcros de los mártires ayudan a sostener nuestra fe. Y, a pesar de la infinidad de compromisos, hacemos de todo, por ejemplo, para ayudar a misa cada día, todos juntos aquí en el Colegio. O para dialogar constantemente con el rector para comprender cómo va nuestra formación. Porque además aquí, más allá del juego de palabras, se forman los formadores. La mayor parte de nosotros irá a enseñar a los seminarios y las facultades teológicas». Algunos de ellos, nos sigue explicando el padre Jânison, volverán para ser párrocos. No saben dónde, porque el destino lo decidirán los obispos de sus respectivas diócesis.
Cuando intentamos afrontar el tema de la agresión de las sectas evangélicas contra el gran cuerpo del catolicismo brasileño, interviene el padre Geraldo, que a finales de junio volverá a su país. «Las sectas evangélicas están agrediendo también Europa, África y los Estados Unidos. Brasil es inmenso, y esto es algo que olvidan en general todos quienes producen estadísticas y análisis. Buena parte de los millones y millones de católicos, desde la época colonial, se han quedado sin suficiente asistencia. Y este problema se ha venido transmitiendo de generación en generación. A falta de iglesias y de curas, la gente se coloca en manos de quienes se les acercan, es decir, las sectas evangélicas que se autorreproducen de manera exponencial sobre todo en los grandes centros urbanos (São Paulo ha llegado ya a los veinte millones de habitantes) en donde hay miles de inmigrantes. En el Nordeste, por ejemplo, el noventa por ciento de la población sigue siendo católica, porque no existe el fenómeno de la inmigración. Los pastores evangélicos prometen de todo: carrera, salud, dinero, gracias a inmensas posibilidades económicas procedentes de Estados Unidos y a la continua propaganda mediante medios de comunicación poderosísimos que cuentan en sus programas con actores, cantantes, estrellas del fútbol. Dicen lo que las personas esperan escuchar. Y quienes quedan atrapados en la red es la gente sin apoyo ni referencias sociales, sin instrucción. Entendámonos: la gente no está cansada de la Iglesia; es solo que los sacerdotes brasileños no consiguen abarcar todos los espacios. Y, de todos modos, las personas que entran en las sectas siguen estando muy lejos».