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IGLESIA
Sacado del n. 09 - 2009

VEINTE AÑOS DESPUÉS. De la caída del Muro a la crisis global

El 89 según Marx


Creer que la fe iba a renacer desde allí fue una quimera. La ideología mesiánica neoliberista ha provocado el aumento de la pobreza. Entrevista con Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y Freising, que dice de su tocayo...


Entrevista a Reinhard Marx por Gianni Valente


Veinte años pueden bastar para volver a considerar los hechos del pasado con realismo. El paso del tiempo hace que las emociones se asienten, ayuda a distanciarse de los trucos de la propaganda y de los apriorismos ideológicos de lo que acontece.
Hace veinte años, la caída del Muro de Berlín fue saludada por muchos como la llegada de una nueva era. También en la Iglesia aquel cambio de poder mundano fue interpretado en clave mística, como preludio de una época de renacimiento espiritual y material para los pueblos de Europa.
A la luz de lo que pasó después, quizá hubiera sido mejor ser más sobrios. Palabra de Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y Freising.

El arzobispo Reinhard Marx recibido por los niños del jardín de infancia San José, de la parroquia de San Pedro y San Pablo, en Múnich, el 30 de enero de 2008 <BR>[© Katharina Ebel/KNA-Bild]

El arzobispo Reinhard Marx recibido por los niños del jardín de infancia San José, de la parroquia de San Pedro y San Pablo, en Múnich, el 30 de enero de 2008
[© Katharina Ebel/KNA-Bild]

El 9 de noviembre de hace veinte años caía el Muro de Berlín. ¿Recuerda usted qué estaba haciendo en aquel momento?
REINHARD MARX: Recuerdo muy bien aquel día. Había hecho con los estudiantes una peregrinación a Santiago de Compostela. Estábamos celebrando una reunión nocturna en el Sozialinstitut para hablar de aquellos hermosos días. Vimos en la televisión las imágenes de lo que estaba pasando en Berlín. Comprendí inmediatamente que era un acontecimiento histórico. Estaba emocionado, porque además yo había viajado muchas veces a la RDA: en aquel tiempo, la diócesis de Paderborn, a la que yo pertenecía, se extendía hasta el territorio de Magdeburgo, en la Alemania del Este. Teníamos, pues, una relación estrecha con el clero de allí, yo mismo había viajado muchas veces, con algo de miedo, porque a veces llevaba escondidos libros para repartirlos. Pocos días después de la caída del Muro, vinieron precisamente sacerdotes del Este, y hacían preguntas políticas y sociales. Preguntaban si con lo que había pasado se iba a llegar pronto a la reunificación de Alemania. Yo respondía que sí. Era algo que deseábamos desde hacía mucho tiempo, pero nunca habíamos pensado que llegaría tan deprisa.
Tras la caída del comunismo, en los años noventa comenzaron a circular las teorías de las escuelas económicas liberistas. Anunciaban las progresiva e imparable llegada de un estado de bienestar universal y consumista para todos los pueblos y naciones. Fukuyama preconizaba el final de la historia. ¿Cómo acabó todo, luego?
MARX: Recuerdo a Bush padre, que decía que tras la caída del Muro y del comunismo era posible construir un Nuevo Orden mundial. Juan Pablo II, ya en el 91, en la Centesimus annus, advirtió que la ideología capitalista radical no iba a abrir el camino del futuro. Y que se hacía necesaria una economía de mercado éticamente presente, orientada hacia el bien común global. De hecho, precisamente aquella ideología capitalista radical se convirtió en modelo social. Predominó la visión estrecha que deja al mercado el monopolio de todas las relaciones humanas. Y esto ha llevado al mundo a un callejón sin salida. Si ahora miramos hacia atrás, a los pensamientos y eslóganes de hace veinte años, que enfatizaban el surgimiento de un nuevo orden social tras el final del comunismo, podemos decir con certeza que el primer intento ha fracasado.
Como pastor, concretamente, ¿dónde vio y percibió por primer vez el engaño de la utopía liberista?
MARX: Los problemas sociales de las personas concretas, como el desempleo, ya me los encontraba frente a mí antes, desde hacía mucho tiempo. Ya cuando era obispo de Tréveris, junto a las grandes agencias caritativas, habíamos tomado iniciativas en favor de las familias para frenar los efectos del aumento del paro. Pero ahora hay una radicalización, con los trabajos precarios que afectan a una franja de trabajadores en continuo crecimiento o con lo que pasa por ejemplo en el campo de la asistencia sanitaria, donde la aplicación dogmática de la deregulation y de la privatización ha aumentado la inseguridad de las familias, su dificultad real a la hora de seguir manteniéndose por encima de los niveles de la mera supervivencia. En los comedores de los institutos caritativos se presentan también en Alemania familias enteras que antes pertenecían a la clase media. Y todo lo que se ha dicho y hecho desde el año 2000 hasta hoy ha dado solo respuestas ilusorias y aparentes, sin que se buscaran realmente las soluciones a los problemas reales. El mundo perfecto no existirá nunca. Esto lo sabe muy bien cualquier obispo. Pero desde luego, este “turbocapitalismo” global ha provocado un deterioro en las condiciones cotidianas de la vida de millones de personas.
La caída del Muro marcaba el fracaso histórico del comunismo. Y sin embargo, en su libro El capital subraya usted que la situación global que tenemos frente a nosotros confirma algunas previsiones de Karl Marx sobre las dinámicas del capitalismo.
MARX: En el análisis del liberalismo y del capitalismo Marx acertó en algunas cosas. Y ciertos análisis suyos funcionan también para poner en relación las dinámicas del momento presente. Por ejemplo, la globalización de los capitales, la reducción del trabajo a mercancía a escala mundial. La terapia que proponía era errónea. Su concepción materialista del hombre, más que estar en oposición con la visión de la antropología cristiana, no corresponde al dato de la realidad. Por otra parte, esto vale también para la otra imagen materialista, la imagen triunfadora de la ideología capitalista, según la cual el único hombre real en el plano de lo existente es el homo oeconomicus, el hombre como función de los procesos económicos, y el resto son inepcias accidentales y redundantes.
Así pues, Karl Marx no se equivocaba del todo. Sin entrar en el juego de las rehabilitaciones ficticias, ¿pueden servir sus instrumentos de análisis de la economía capitalista para observar de modo realista y concreto el momento presente?
MARX: Quizá ni siquiera era necesario Karl Marx para ver estas dinámicas. No era esta su originalidad. En aquel momento había también representantes de la doctrina social cristiana que habían alcanzado el mismo nivel de examen crítico de los mecanismos del capitalismo, y de adónde podrían llevar esos mecanismos si no se les ponía freno. Pero claro, en los casos en que Marx tiene razón, hay que dársela.
Cientos de berlineses saltan el Muro de Berlín la noche del 9 de noviembre 1989 <BR>[© Associated Press/LaPresse]

Cientos de berlineses saltan el Muro de Berlín la noche del 9 de noviembre 1989
[© Associated Press/LaPresse]

;n por la doctrina social católica más tradicional. Yo soy favorable a comprobar los distintos modelos de la coparticipación de los trabajadores, pero hay que definirlos en términos precisos. Porque en una economía global, donde hay una flexibilidad enorme, no es fácil establecer las modalidades con que el trabajador puede coparticipar en los balances de la empresa. Por ejemplo, si el trabajador ha de participar también de las pérdidas, eso podría poner en riesgo su existencia. Esto quiere decir que el salario no puede quedar absorbido completamente por la participación. La participación ha de ser definida como una plusvalía con respecto al salario mínimo garantizado, para que los trabajadores no corran el riesgo de quedarse en la estacada perdiendo un salario que necesitan para vivir. Claro que es necesario favorecer de todas las maneras posibles que el trabajador se sienta implicado en los potenciales de desarrollo de las empresas, que sienta como propios los buenos resultados y también los riesgos y las dificultades. Pero no existe un modelo ya preestablecido, y se requiere el valor de experimentar y dar con fórmulas concretas.
El modelo alemán de Estado social, impregnado del pensamiento social de la Iglesia alemana, es considerado por muchos algo obsoleto. Los liberales, ganadores en las últimas elecciones, están en primera línea en este tipo de críticas. ¿Se reducirá ulteriormente el Estado social también en Alemania?
MARX: En Alemania todas las fuerzas políticas afirman que se inspiran en el modelo de la economía social de mercado. Pero en los últimos tiempos se ha visto que hay interpretaciones distintas de este modelo. Y claro, con respecto a antes, el Estado social se ha debilitado. Ahora parece haberse convertido en algo incómodo y problemático, cuando en realidad es parte de la solución del problema. Se ha visto bien que, en el momento agudo de la crisis, Alemania aguantó precisamente gracias al Estado social, que funciona: seguro de desempleo para los parados, ayudas para los que carecen de trabajo fijo, la asistencia sanitaria pública. Gracias a estos instrumentos se han evitado los contragolpes que han sufrido en otros países y que han reducido al mínimo o han desmantelado completamente la red de garantías sociales. Y no me convencen para nada quienes dicen que el gasto del Estado social puede rebajarse porque “aquí no pasa hambre nadie”. Lo encuentro algo primitivo. En situación de total ausencia de justicia social, asegurar la comida para todos podía ser un objetivo mínimo que alcanzar, pero claro, esta no es una vida digna de un ser humano. Así que yo diría que los que en Alemania consideran que hay que abolir el Estado social tienen pocas oportunidades de salirse con la suya, de momento. Ya veremos.
¿No hay nada que reconsiderar, que cambiar? Así pueden ser criticados de cultivar nostalgias estatalistas y asistencialistas añejas.
MARX: Sin duda, en las cosas políticas y sociales todo es dinámico y pude ser mejorado y adaptado a las nuevas exigencias, faltaría más. También la Conferencia episcopal alemana ha sugerido la utilidad de renovar el Estado social. Por ejemplo, invirtiendo en la formación y en la cualificación profesional. No se trata solo de transferir sumas de dinero de acá para allá, sino de darles a todos la posibilidad de actualizar su formación y, por consiguiente, no quedar marginados en la vida social. O bien afrontando realmente la cuestión de los inmigrados. Es un problema social enorme. En Alemania, como en Italia, no se ha afrontado abiertamente la cuestión. No se ha visto que los factores más importantes de integración son el trabajo y la escuela. Hay que decir con claridad que somos un país de nueva inmigración y que estamos contentos de serlo, estamos contentos de que la gente venga aquí, nada de cerrarles las puertas a estas personas. Digámoslo claramente: en un país con estos índices demográficos, estamos contentos de ver que los inmigrados tienen hijos. Y el Estado social tiene un papel decisivo en los procesos de integración.
En la Iglesia, con respecto a los acontecimientos del 89, se subrayó el protagonismo de personajes ligados a las distintas comunidades eclesiales. Y aquella transición histórica, aquel cambio de escenario histórico-político, fue visto y descrito por muchos como la premisa de un reflorecimiento de la fe y de la Iglesia como fuerza social.
MARX: Aquello fue un espejismo. El hecho de pensar: vamos a trabajar por el cambio, y luego las personas, en agradecimiento, se harán cristianas y volverán a las iglesias, fue una quimera. Porque hacerse cristiano es un regalo. Yo no puedo comprar la fe, no puedo ni siquiera pensar en capturar el interés de alguien hacia la fe mediante actuaciones políticas, como parecen creer algunos. Recuerdo que todavía en tiempos del comunismo, yo hablaba con curas polacos, que se preguntaban: ¿qué pasaría si en nuestro país se viviera como en el suyo? Les respondí que tendrían los mismos problemas nuestros. En una sociedad libre como esta en la que vivimos, uno se hace cristiano por una gracia. Esta es la condición que tenemos que desear. Pero en la Iglesia algunos no lo entienden. No quieren comprender que en la situación en la que estamos uno se hace cristiano solo de este modo: que la gente mira a los cristianos, y ve que la fe es un don, una riqueza, que va más allá de todo lo que podemos hacer nosotros, y pide poder gozar de la misma riqueza. Por eso la liturgia es tan importante.
En algunos círculos, sobre todo en los neoconservative estadounidenses, han sabido sacar partido políticamente (también en la política eclesiástica) de la euforia del 89...
MARX: Hay que repetirlo siempre con claridad: la Iglesia no está contra el mundo moderno, la libertad, la democracia, el pluralismo. Como si fuera mejor que estas cosas no existieran. Pero esto no tiene nada que ver con reducir el cristianismo a ideología religiosa de apoyo a la economía de mercado. Con respecto a los llamados neoconservative, algunas cuestiones como las de la defensa de la vida y de la familia están plenamente en la línea de la Iglesia. Pero no entiendo cómo uno puede definirse neoconservador y depositar toda su confianza en el modelo capitalista. El capitalismo es dinámico, no es conservador, es muy progresivo. No conserva las situaciones sociales y culturales tal como las encuentra; las modifica y a menudo las desquicia, introduciendo nuevos paradigmas y clichés. Y sin embargo se ve a menudo esta especie de pacto que liga a los que cultivan valores tradicionalistas de conservación y el capitalismo. Pero son cosas que no va bien juntas.
La Catedral de Múnich [© Katharina Ebel/KNA-Bild]

La Catedral de Múnich [© Katharina Ebel/KNA-Bild]

Escribe usted en su libro que la Iglesia ha sido llevada también por los acontecimientos de la historia a modificar su magisterio social. ¿Puede poner ejemplos concretos de estos casos de discontinuidad, y de cómo de alguna manera han sido favorecidos por contingencias históricas incluso hostiles?
MARX: Por ejemplo, piénsese en los comienzos del siglo XIX. En Europa se advertía un sentimiento de desmoronamiento de todas las estructuras eclesiásticas. La opinión pública de las clases cultas e incluso los grandes movimientos populares parecían inspirarse en filosofías y concepciones hostiles a la Iglesia. Y la Iglesia reaccionaba a esta situación de hostilidad generalizada con rechazos y condenas que afectaban incluso a los nuevos fenómenos ligados al crecimiento de la base democrática de la vida social. Fue necesario mucho tiempo para que se aceptaran los criterios modernos de la democracia, de la libertad de conciencia, de la libertad religiosa. En estos puntos ha habido un cambio progresivo. Y esto puede ocurrir sobre cuestiones sociales y políticas. Por ejemplo sobre qué quiere decir Estado social, sobre las relaciones entre Iglesia y Estado, sobre las relaciones entre el trabajo y el capital, sobre los sindicatos... También la Iglesia aprende con el tiempo. Aprende también a tener un poco de humildad. Ecclesia audiens, no solodocens.
Quisiera plantearle algunas preguntas sobre la Iglesia alemana, sobre el momento que está viviendo, y con qué términos se ha descrito su situación en la reciente asamblea episcopal de Fulda.
MARX: En los últimos treinta años hemos vivido un gran cambio. No solo respecto a eso que todos hoy repiten como papagayos sobre el hecho de que Alemania ya no es cristiana. Sobre este punto de la fe, por ejemplo, hay una gran diferencia entre Este y Oeste. Muchas cosas se han uniformado a todos los niveles entre los länder del Este y los del Oeste, pero no sobre este punto. En el Este los no bautizados son el ochenta por ciento de la población; en Oeste, en cambio, más del ochenta por ciento están bautizados. Estamos frente a una sociedad parecida a las otras en que vive la Iglesia en la Europa de hoy: sociedades liberales, plurales, abiertas. Nunca hemos tenido una situación así. Todos los estratos sociales pueden elegir lo que quieren, qué religión profesar, cuántas veces casarse, incluso cinco o seis. Es un camino inédito, vertiginoso, y para cada una de las partes implicadas, incluidos los obispos, puede ser fatigoso y doloroso. Pero no lo atravesaremos en virtud de eslóganes sobre la maldad de la sociedad, o sobre los presuntos errores hechos por el Papa, o sobre el celibato sacerdotal y otras cuestiones secundarias. Todas estas cosas sirven solo para esconder y escapar de la única pregunta importante. Es decir, qué quiere decir hoy ser cristiano. Qué quiere decir que seguir hoy a Jesús es ganarse otro mundo, una ganancia enorme para la vida de uno.
Son muchos quienes critican la estructura poderosa de la Iglesia alemana, por el número de laicos que trabajan en ella con un sueldo y con papeles de responsabilidad en las diócesis, por los vínculos estructurales con el Estado y con las instituciones civiles. El emblema de este modelo es el impuesto sobre la Iglesia. En el último año 120.000 personas pidieron salir de la Iglesia con tal de no pagarlo. Según usted, ¿este modelo está en crisis? ¿Este modus essendi de la Iglesia es la causa de la secularización?
MARX: Es una cuestión delicada. Sobre los motivos de la crisis hay muchas palabras y muchas opiniones. Por ejemplo, la Fraternidad lefebvriana de San Pío X nos dice: existe la descristianización porque la Iglesia no es como nosotros la quisiéramos, por eso todos se van. Si vosotros fuerais como nosotros cada cosa volvería a su lugar. El movimiento “Nosotros somos Iglesia” dice exactamente lo contrario: existe la crisis porque no abolís el celibato eclesiástico, si fuerais más modernos las cosas no irían mal. Un tercer grupo dice: no hay más que abolir el impuesto sobre la Iglesia, de este modo nadie se irá para no pagar. En fin, no hay un diagnóstico homogéneo. Personalmente no considero equivocado el hecho de que las personas sean llamadas a decidirse, a decir: «Sí, yo formo parte de la Iglesia, y estoy dispuesto a pagar para apoyar su obra». Claro, muchas cosas son mejorables, pero yo no pienso que este sistema esté superado. Y no comprendo a los observadores extranjeros que juzgan estas cosas sin considerar en qué tradición y en qué secuencia histórica se ha desarrollado este modelo. Cada Iglesia tiene sus sucesos particulares, su historia particular, y hay que tenerlo en cuenta y respetarlo. La Iglesia no es una idea, es una comunidad visible. Y además el impuesto lo paga solo quien tiene un trabajo, es decir, un tercio de la población, y es proporcional a la renta.
¿Qué repercusiones ha tenido en Múnich el asunto lefebvriano?
MARX: Yo soy de la idea de que hay que ser magnánimo incluso a la hora de conceder el rito extraordinario. Encuentro que lo que ha hecho el Papa es muy sabio. Ahora nadie tiene ya necesidad de ir con los lefebvrianos para participar en la misa con el rito antiguo. He de decir que en nuestra diócesis el número de quienes participan en las misas con el rito antiguo es muy reducido. Y de todos modos para mí es importante que nuestras funciones dominicales se celebren de un modo litúrgicamente correcto. Como dijo una vez el Papa, sobre la liturgia se juega el destino de la Iglesia. Si la misa no se celebra bien, no sirven para nada todos nuestros discursos, nuestros pronunciamientos, nuestras encíclicas.
Reinhard Marx con el obispo luterano Johannes Friedrich durante los trabajos del Kirchentag ecuménico regional que se desarrolló en Germering, Baviera, el 3 de julio de 2009 [© Katharina Ebel/KNA-Bild]

Reinhard Marx con el obispo luterano Johannes Friedrich durante los trabajos del Kirchentag ecuménico regional que se desarrolló en Germering, Baviera, el 3 de julio de 2009 [© Katharina Ebel/KNA-Bild]

El próximo año los católicos y protestantes alemanes se encontrarán aquí en Múnich para el Kirchentag. ¿Qué relación real existe con los luteranos?
MARX: Dentro de pocas semanas recordamos los diez años de la Declaración conjunta sobre la justificación. Y también en el ecumenismo hay que tener paciencia. Si pienso en lo que se ha alcanzado en Alemania en los últimos cincuenta años, no se puede decir que sean minucias. Me gustó la imagen que usó el cardenal Lehmann a propósito del ecumenismo: cuando se sube a la montaña, el último trozo antes de llegar a la cima es siempre el más cansado. Hay que tener paciencia, y a veces hasta hay que pasar la noche en la montaña.
¿Teme, como en otras ocasiones, polémicas o manifestaciones de calle sobre el tema de la intercomunión?
MARX: Me he puesto ya de acuerdo con el obispo protestante. Él reconoce conmigo que si celebráramos juntos la Eucaristía estaríamos ya en perfecta comunión y no se necesitaría ya el ecumenismo. Mientras no estemos verdaderamente unidos, la intercomunión sería una señal equivocada, sin fundamento, hecho para las televisiones, persiguiendo la lógica del acontecimiento espectacular. Y causaría al final nuevas divisiones e irritaciones entre católicos, protestantes y ortodoxos. Yo espero que, en cambio, el Kirchentag ecuménico sea una señal para la sociedad de que los cristianos estamos unidos en la fe. Nosotros confesamos juntos la fe del Dios Uno y Trino, en cuyo nombre recibimos el bautismo. No creo que sea una cosa banal. Ante el mundo hemos de confesar juntos esta fe común, y no sacar a relucir nuestras riñas.
Usted hablaba antes de la integración de los inmigrantes. En Alemania la minoría turca es importante. Pero la Iglesia no ha levantado barricadas contra las mezquitas.
MARX: La Conferencia Episcopal Alemana ha publicado un documento sobre la construcción de las mezquitas que provocó críticas. La línea principal es esta: si tenemos aquí numerosas personas de fe musulmana, estas personas tienen el derecho de vivir su religión de manera digna, respetando las leyes del Estado. Claro que nosotros prestamos atención para que las mezquitas no se construyan junto a las catedrales, cien metros más altas. Pero para evitar eso ya están los responsables de los bienes culturales.
Su lema es Ubi Spiritus Domini, ibi libertas, donde está el Espíritu del Señor, está la libertad.
MARX: Siempre me ha producido enfado el que la libertad se contraponga a la predicación de la Iglesia. Y que muchos piensen que la Iglesia y la libertad sean incompatibles. Es una expresión clave de san Pablo. La cuestión sobre qué quiere decir libertad será crucial en el tiempo que tenemos frente a nosotros.
¿La equivalencia contenida en su lema hay que tenerla presenta también en los acontecimientos de la Iglesia de hoy?
MARX: La libertad significa elegir el bien en libertad. Y en la Iglesia vale el mismo principio. La frase más libre que un hombre puede pronunciar es «te amo». Y cuando se ha pronunciado, de alguna manera se depende del objeto de amor. Esto vale en el matrimonio, en la vida sacerdotal, vale para todo bautizado que a la pregunta de Jesús: «¿me amas tú?», responde: «Señor, tú sabes que te quiero». Y también en la Iglesia por ese amor puede vivirse en la libertad.


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