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09 - 2009 >
«Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo»
Archivo de 30Días
«Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo»
por Lorenzo Cappelletti

San Ambrosio, Capilla de San Víctor, Basílica de San Ambrosio, Milán
En este caso intervenía retomando los contenidos y subrayando la actualidad de una conferencia suya en el Congreso celebrado con motivo del XVI centenario del Concilio de Capua del 392, un concilio más bien olvidado, aunque es el primer concilio mariano en absoluto. Conviene, pues, decir unas palabras al respecto.
Durante el invierno entre el 391 y el 392, el papa Siricio (384-399) convoca en Capua –una de las principales ciudades del Imperio, en la vía Latina, en el centro de la Campania– un concilio plenario de los obispos de Occidente. Fue convocado entre otras cosas para examinar la doctrina del obispo ilírico Bonoso, que negaba la virginidad perpetua de María: la cuestión por la que de hecho será recordado este Concilio.
El problema en realidad había surgido unos años antes, bajo el papa Dámaso (366-384), cuando un cierto Helvidio había difundido en Roma un escrito en el que afirmaba que María, después del nacimiento de Jesús, llevó una vida conyugal ordinaria y tuvo otros hijos. Parece ser que con ello quería sobre todo dar mayor dignidad a la condición matrimonial, que, según él, era desclasada por el énfasis con el que algunos subrayaban la superioridad del don de la virginidad.
Estas tesis, refutadas en un primer momento por Jerónimo, fueron propuestas de nuevo durante el pontificado de Siricio por un ex monje, Joviniano, excomulgado en un sínodo romano con otros ocho adeptos suyos, y por Bonoso, de quien se interesa el Concilio de Capua. En dicho Concilio «dejó la impronta de su personalidad fuerte y prudente san Ambrosio de Milán» (como dijo Juan Pablo II en su discurso a los congresistas del 24 de mayo de 1992), al cual no sólo se le debe la Epistola 71 de Bonoso, sino también un tratado, De institutione virginis, que, con motivo de la velatio de la virgen Ambrosia, evoca la respuesta que dio a la cuestión en aquel Concilio.
La cuestión es una de las que se han ido planteando periódicamente a lo largo de la historia de la Iglesia. Por eso Pablo VI quiso reafirmar, primero en la exhortación apostólica Signum magnum de 1967, que «la castísima esposa de José permaneció virgen en el momento del parto y después del parto, como siempre ha creído y profesado la Iglesia católica», y luego solemnemente, en ese documento admirable que es la Professio fidei conocida como el Credo del pueblo de Dios del 30 de junio de 1968: «Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo».