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EDITORIAL
Sacado del n. 10/11 - 2009

Energía nuclear civil y progreso social


No es que la tuvieran tomada con nosotros, pero entonces, quizá más que en la actualidad, existía el temor de que el desarrollo de las técnicas relacionadas con lo nuclear se convirtiera en un proceso no controlable o que llevara a un uso no pacífico de las mismas


Giulio Andreotti


Giulio Andreotti, ministro italiano de Industria y Comercio, con el vice primer ministro soviético Leonid Smirnov (el primero de la izquierda) y el astronauta soviético Gherman Titov (el primero de la derecha), en Roma, 
el 27 de marzo de 1968, con motivo del Electronics Show [© Associated Press/LaPresse]

Giulio Andreotti, ministro italiano de Industria y Comercio, con el vice primer ministro soviético Leonid Smirnov (el primero de la izquierda) y el astronauta soviético Gherman Titov (el primero de la derecha), en Roma, el 27 de marzo de 1968, con motivo del Electronics Show [© Associated Press/LaPresse]

Años atrás la opinión pública en general y la clase política en particular parecían no ser conscientes de la importancia práctica de la investigación científica para Italia. Había respeto, eso sí –un respeto como hacia algo que da cierto tono, algo en lo que se advierte cierta dignidad intrínseca–, pero difícilmente se le atribuía la misma importancia práctica que en otros países, por razones históricas, se le daba ya desde hacía tiempo.
Hemos progresado mucho en este aspecto, pero yo siempre he pensado que si nuestros políticos dieran otro paso más y dedicaran algunas horas a estudiar a fondo estos problemas, aunque sin suplantar las decisiones de los técnicos, indudablemente la causa del desarrollo de nuestro país, incluso en las exigencias concretas de la vida social, se vería beneficiada.
Esta intuición me acompañaba cuando me nombraron ministro de Industria en 1966. Llegué al cargo tras haber sido ministro de Defensa durante siete años. Supe de mi sustitución al frente de la Defensa por un telegrama de Aldo Moro precisamente mientras estaba yo en Washington, reunido con McNamara, para la planificación nuclear. Una vez en Roma, Moro me pidió que me quedara en el gobierno, ofreciéndome la cartera de Industria o la de Instrucción Pública. Preferí el Ministerio económico, donde, entre otras cosas, había que reajustar el Comité para la energía nuclear, sacudido por la injusta persecución contra su director, el profesor Felice Ippolito.
Mi predecesor, el senador Lami Starnuti, me dijo cándidamente durante el relevo que, pese a ser el ministro de Industria también presidente del CNEN, él nunca había querido poner los pies allí. Yo, en cambio, fui todas las semanas para tratar de desbloquear la congelación de todos los programas que prácticamente había paralizado al ente público, convencido como estaba de la importancia del sector energético.
Traté de darles todo el apoyo posible a los científicos, porque además había en ellos cierta depresión, pues muchos los consideraban un grupo de soñadores, y a sus investigaciones un lujo que no nos podíamos permitir. Es cierto que, en general, era un grupo que causaba impresión, que utilizaba un lenguaje muy específico que, a veces, siendo yo “de letras”, hacía que me sintiera minoritario. Pero intuía que allí estaba la clave para favorecer –o desinteresándose, paralizar– el progreso de Italia. Recuerdo que, en marzo de 1966, en un discurso en el Instituto Nacional de física nuclear (al que, ayudado en esto por el profesor Salvini, quisimos darle forma jurídica, económica y administrativa), me preguntaba: «Si no hubiera existido el Instituto, ¿en qué situación se encontraría hoy nuestro país en este campo? No hubiéramos podido mantener el ritmo con que hemos de caminar al servicio no solo de las exigencias científicas sino, sobre todo, de exigencias extremadamente prácticas y de vida esenciales para nuestro país». Pese a no ser técnico, en efecto, yo reconocía que en algunos momentos y en algunos sectores la comunidad científica había colocado en una posición de vanguardia a Italia, que en su conjunto nunca ha tenido un nivel de investigación equiparable al de otras potencias mundiales.
No era la primera vez que me ocupaba de la energía nuclear. Ya como presidente del CNEN tuve que afrontar un problema que ya había planteado en Defensa: el proyecto de un barco de propulsión nuclear. En principio se había pensado en un submarino, luego se vio que la utilización civil del átomo era mucho mejor recibido y factible; llegamos a firmar un acuerdo entre los dos Ministerios, y yo ahora estaba al frente del otro. Pero ocurrieron dos cosas que dieron al traste con la iniciativa. La primera fue las difíciles negociaciones con los americanos para conseguir la cantidad necesaria de uranio. Desde el punto de vista de la cortesía, su disponibilidad era total, pero, algo molesto por sus tergiversaciones, fui a hablar con el importante senador John Pastore, que dirigía las cuestiones nucleares de Estados Unidos. Su respuesta, sin circunloquios diplomáticos, fue: «Olvídense del tema». No es que la tuvieran tomada con nosotros, pero entonces, quizá más que en la actualidad, existía el temor de que el desarrollo de las técnicas relacionadas con lo nuclear se convirtiera en un proceso no controlable o que llevara a un uso no pacífico de las mismas. Entonces optamos por la solución alternativa que nos ofrecía el gobierno francés, pero el largo intervalo resultó fatal para el proyecto. Cuando años después, con la crisis del canal de Suez, estalló la psicosis por la escasez y el alto precio del petroleo, hubiera sido fácil acusar de miopía a los saboteadores del proyecto, pero el progreso casi siempre ha tenido estas fases iniciales de desconfianza y temor. El escándalo que estalló en los años sesenta sobre el profesor Ippolito fue sin duda alguna un ejemplo de ese eterno temor: la preocupación por una potencialidad tan arrolladora estaba muy difundida, e Ippolito, uno de los promotores de la industria nuclear italiana, se había convertido en el símbolo de aquel nuevo camino que se iba a emprender.
Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov en Ginebra, el 19 de noviembre de 1985 [© Associated Press/LaPresse]

Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov en Ginebra, el 19 de noviembre de 1985 [© Associated Press/LaPresse]

Nadie tenía entonces certezas absolutas y había algunos procesos cuya génesis y finalidad no estaban claras. Así pues, también era plausible cierta divergencia de opiniones. Además Italia es un país donde se habla mucho de novedades e incluso de revoluciones, pero donde es difícil tratar, y sobre todo, decidir cualquier cosa cuando falta su majestad “el precedente”. Pero quienes teníamos responsabilidades políticas no debíamos pararnos por miedo al uso equivocado de estas tecnologías. El tema les interesaba y preocupaba a todos. Entre mis papeles, por ejemplo, he encontrado una observación que me hicieron en aquel entonces sobre las distintas opiniones existentes en ámbito eclesiástico: en los ambientes definidos montinianos o cercanos a Pablo VI había posturas muy críticas hacia el presidente Giuseppe Saragat, uno de los acusadores más encarnizados de Ippolito, mientras que en los ambientes cercanos al cardenal de Génova, Siri, las declaraciones de Saragat contra el ex director del CNEN habían sido clarificadoras. Cito esto porque es evidente que no había ningún interés de tipo económico o mercantil detrás de la atención del Vaticano por los problemas ligados al desarrollo de la energía nuclear en Italia, sino porque incluso en campo religioso, fuera de los temas estrictamente teológicos, solo el tiempo puede decir quién tiene razón entre dos posturas legítimamente contrapuestas.
Pero de personalidades como Ippolito y Antonino Zichichi, estudiosos muy competentes en su sector pero humanamente dotados del don de la comunicación con quienes, como yo, no éramos del ramo, pude aprender que la ciencia podía ser un instrumento activo para construir un mundo mejor sin las preocupaciones que turbaron la juventud y la adolescencia de muchos de nosotros. En el 86, por ejemplo, me alegré de que se introdujera en la agenda de Ginebra un proyecto de investigación conjunta Este-Oeste sobre la fusión nuclear. Yo había hablado del tema en agosto en el Convenio de Erice con el asesor científico del gobierno estadounidense, Edward Teller, en el marco del amplio movimiento por la “Ciencia sin secretos y sin fronteras” del que me ocupaba junto con el profesor Antonino Zichichi, y que llevó a la creación del Laboratorio mundial, excelente instrumento de paz. No fue casualidad que creáramos el World Lab en Ginebra, la antigua sede de la Sociedad de Naciones, sede del gran centro de investigación CERN y, en el 85, sede del encuentro de a"> Italiano English Français Deutsch Português