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IGLESIA
Sacado del n. 10/11 - 2009

Una Iglesia sin niños no es la Iglesia de Jesús


La Navidad y el bautismo de los niños. Pablo VI y Benedicto XVI. Agustín y Damián de Molokai. Entrevista abierta con el cardenal Godfried Danneels, primado de Bélgica, cuando está a punto de terminar su larga permanencia al frente de la archidiócesis de Malinas-Bruselas


Entrevista al cardenal Godfried Danneels por Gianni Valente


Llovizna y sopla un poco de viento en Malinas, mientras las tiendas de adornos y las luces anuncian la cercana Navidad. Tras la puerta del arzobispado reina el acostumbrado, laborioso y monástico silencio. Así, haciendo las cosas de siempre, el cardenal Godfried Danneels espera la fiesta que –como suele repetir– más le conmueve desde que era niño. Incluso su lema episcopal, sacado de un versículo de la carta de Pablo a Tito, vibra de estupor frente al pesebre: Apparuit humanitas Dei nostri. Se ha manifestado la humanidad de nuestro Dios. Este año, además, será la última vez que espera la Navidad como arzobispo de Malinas-Bruselas y primado de la Iglesia belga. Nada de balances, por favor. Pero alguna pregunta sobre cómo ve las cosas, desde este punto concreto de su camino, sí que se la podremos hacer.

El cardenal Godfried Danneels, arzobispo de Malinas-Bruselas, Mechelen-Brussel en lengua flamenca [© Gil Fornet/Ciric]

El cardenal Godfried Danneels, arzobispo de Malinas-Bruselas, Mechelen-Brussel en lengua flamenca [© Gil Fornet/Ciric]

Eminencia, estamos en Adviento. La Iglesia lo celebra como un “tiempo fuerte”. ¿En qué se diferencia de los otros?
GODFRIED DANNEELS: El Adviento es para nosotros un tiempo algo especial. Estamos siempre ocupados haciendo un montón de cosas nosotros mismos, haciendo esfuerzos para estar a la altura, para demostrar nuestra competencia. Llega el Adviento y es el momento de la gracia. El tiempo en que nos podemos dar cuenta de que las cosas vienen de Dios, de que la salvación viene a visitarnos, viene de fuera de nosotros, porque no está ya a disposición de nuestros intentos y de las obras humanas. No estamos acostumbrados a pensar en esto. Luego hay otra cosa, que para mí es lo mismo: el Adviento es el momento de la esperanza. Siempre me ha asombrado que durante el Adviento pongamos en las casas abetos, que son árboles de hoja perenne, que pasan el invierno sin perderlas, mientras la naturaleza duerme. Como la esperanza de Israel, que espera durante siglos y siglos que tenga lugar la llegada de Dios. Ese largo período de paciencia que ha guardado la promesa del Señor. Él viene pronto. No lo vemos ahora, pero en Navidad lo veremos.
Para usted se trata sobre todo de un Adviento especial. Espera también terminar su tiempo como arzobispo de Malinas-Bruselas. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
DANNEELS: No lo sé. Todas las cosas importantes de mi vida me han llegado así. No las he planeado yo. Tampoco mi vocación fue una decisión mía, la encontré dentro de mí, no la creé yo. Después de los estudios secundarios yo habría tenido que ir al seminario de Brujas, pero fui a Lovaina, porque aquel año el obispo había decidido por primera vez mandar enseguida a la universidad a los que habíamos terminado la escuela superior. Después de la universidad hubiera tenido que volver a Brujas, al seminario mayor, pero me mandaron a estudiar a Roma. Tampoco esto estaba previsto. Luego, después del volver a Brujas, me encontré siendo el director espiritual de los estudiantes. Tenía veintiséis años. Había estudiantes mayores que yo. Por casualidad, muchas cosas importantes me han ocurrido precisamente el mes de diciembre. Fui consagrado obispo en Amberesel 18 de diciembre de 1977. Dos años después, también en diciembre, vine de Amberes a la sede primacial de Malinas-Bruselas. Y ahora, probablemente, será también en diciembre cuando cambie de lugar.
Como arzobispo, usted ha estado treinta años en el mismo destino. En estos tiempos parece un récord. ¿Hubiera aceptado cambiar, quizá para ir a Roma, como han hecho recientemente tantos otros arzobispos de diócesis importantes?
DANNEELS: Si el Papa pide algo, hay que hacerlo. Esto no es un problema. Pero pienso que la estabilidad es algo muy importante en una diócesis. Cambiar de sede cada cinco o diez años es algo que hacen en Francia: son obispos de una pequeña diócesis, luego de otra más grande, luego de otra todavía mayor... Bueno, también me ha pasado a mí. Pero pienso que estar en un lugar largo tiempo es importante. Haberme quedado solo dos años en Amberes ha sido algo frustrante. Para mí, y también para los fieles de esa diócesis.
Precisamente usted ha podido celebrar este año los 450 años de la fundación de su diócesis. Así que su recorrido personal como arzobispo ha podido entrecruzarse con los tiempos largos de la vida de la Iglesia. En sus discursos, al principio de las celebraciones jubilares, también valorizó la decisión del Concilio de Trento de crear diócesis más pequeñas.
DANNEELS: Desde el Concilio de Trento en adelante existe la posibilidad de reducir la extensión de las diócesis y de crear diócesis más pequeñas, para favorecer la proximidad. Mi archidiócesis sigue siendo bastante grande, pero antes lo era aún más: también Amberes formaba parte de Malinas-Bruselas. Creo que es importante, sobre todo ahora, en las circunstancias actuales, en las que la Tradición parece disiparse. El pastor ha de conocer algo a su grey.
¿Qué experiencia ha tenido usted de esta proximidad?
DANNEELS: Los momentos más importantes han sido siempre los vividos yendo el sábado por la tarde y el domingo por la mañana a la parroquia, donde la gente va a misa, para celebrar la liturgia eucarística con ellos, confirmar, y luego quedarme hablando con ellos una hora. Lo he hecho durante treinta años. Para mí ha sido lo más confortante. De este modo he experimentado la comunión del obispo con su Iglesia. Rezamos juntos, está la liturgia, la homilía, se celebran los sacramentos. En esta realidad ordinaria de la vida de las parroquias, donde se llega a la Iglesia fácilmente, pues forma parte de la vecindad, y no hay que hacer recorridos complicados para llegar hasta ella y participar en la vida de la fe. Donde quizá vas y no encuentras “tropas de élite”, personas doctas y sutiles razonadores, sino solo ancianos, mujeres y niños, algunos pobres. Como ya le pasaba a san Pablo, que escribe a los cristianos de Corinto: entre vosotros no hay muchos sabios según la carne, muchos poderosos, muchos nobles.Pero ha sido Dios mismo quien eligió a pequeños y pobres para que «ningún hombre pueda vanagloriarse» ante Él. Por eso es el pueblo quien con su sensus fidelium lleva a la Iglesia, y no el clero.
<I>La adoración de los pastores</I>, Peter Paul Rubens (1577-1640), Pinacoteca Cívica, Fermo, (Italia) [© Foto Scala, Firenze]

La adoración de los pastores, Peter Paul Rubens (1577-1640), Pinacoteca Cívica, Fermo, (Italia) [© Foto Scala, Firenze]

Esta proximidad ordinaria, esta facilidad para llegar hasta la Iglesia, la experimentan muchos cuando van a pedir el bautismo para sus hijos pequeños. Usted ha explicado recientemente que en esta práctica no está en juego solo el respeto de las costumbres.
DANNEELS: Cuando Tertuliano dijo en cierto momento de su vida que no se iba a bautizar a más niños, que quienes quisieran el bautismo tenían que esperar a ser adultos, Roma respondió que no, porque fue el mismo Jesús quien dijo a los tilde;os. He escuchado a un buen pastor de esta comunidad que se quejaba de que la iglesia estaba vacía de niños, que había solo adultos. Él decía: es otra cosa. No es lo mismo. Una Iglesia sin niños no es la Iglesia de Jesús.
En cambio algunos dicen que bautizar a niños no es necesario, porque ellos todavía no son conscientes de su significado. ¿Qué dice usted?
DANNEELS: El bautismo de los pequeños demuestra hasta qué punto cree la Iglesia que venir a la fe es la obra de Cristo en nosotros. Y al mismo tiempo manifiesta que la Iglesia es el lugar donde los pequeños y los pobres ocupan el primer lugar. La Iglesia no es una asamblea de perfectos, todos ellos conscientes y autónomos. No es una reserva de élites. A menudo creemos que la obra de Dios en nosotros se mide según el grado de autoconciencia que tenemos: cuanto más autoconscientes seamos, más podrá impregnarnos la gracia. Pero no funciona así. El trabajo de la gracia no se manifiesta en una toma de conciencia psicológica. La gracia precede a la conciencia, y no está condicionada por ella. Dios ama a su criatura tal como es, consciente o no. Él sabe cómo trabajar las almas, incluso las de quienes no son conscientes. La del bebé como la del moribundo o la del enfermo terminal que ha perdido la conciencia. Solo la voluntad malvaba intenta resistirse a la gracia. No la inconciencia inocente. Y además, ¿quién puede resistirse a la mano de Dios, cuando Él quiere atraernos hacia sí? Pablo, con toda su voluntad negativa, no consiguió resistir en las puertas de Damasco.
Y sin embargo muchos dicen que, vista la crisis de fe de nuestro tiempo, sería mejor estrechar filas. Que las peticiones de bautismo y de los otros sacramentos han de seleccionarse y que es mejor rechazar a quien no sea idóneo y no se esfuerce.
DANNEELS: Esta postura siempre me hace recordar el episodio bíblico de Naamán, el jefe del ejército del rey de Siria, enfermo de lepra, que va ante el profeta Eliseo a pedirle la curación. El profeta le manda a decir que se sumerja siete veces en las aguas del río Jordán si quiere curarse. Y entonces éste se enfurece: le parece ridículo que para uno como él, tan poderoso, que ha venido desde Siria para ver al profeta, todo se resuelva con un baño en el río. Al final sus siervos le convencen, se tira siete veces al Jordán y sale curado. Entonces vuelve a Eliseo para recompensarlo con dinero: quiere pagar de alguna manera su salvación. Pero el profeta rechaza su dinero: la gracia de Dios se ofrece gratuitamente a todos. Para mí Naamán es la imagen de todos aquellos que no consiguen aceptar que la gracia es algo tan simple.
Volvamos a usted. Por lo que yo le conozco, no va a hacer quién sabe qué balances ni tampoco rendir cuentas.
DANNEELS: Si comparo la situación de ahora con la de cuando era niño, muchas cosas han cambiado. Entonces existía todavía un catolicismo sociológico, en donde uno era cristiano por tradición, casi se puede decir que se nacía cristiano. Ahora ya no es así. La fe se ha convertido a menudo en un hecho personal, a veces personalista. Yo no digo nada malo de aquel cristianismo como tradición de familia, porque como ya he dicho les estoy muy agradecido a mis padres, por los que conocí la fe cuando yo era pequeñito. Es una ventaja. Pero esto es lo que hay, y tenemos que aceptarlo. Atravesando tiempos en los que todo parece cambiar, el Señor ha seguido a mi lado. Y cuando las cosas cambian como han cambiado en este tiempo, se hace más evidente que se puede tener esperanza solo en Él. He dedicado mi última carta pastoral precisamente a la diferencia entre aquel tiempo y el tiempo presente. El título de la carta es La petite fille Espérance. Aquella de la que habla Charles Péguy. La esperanza como una niña pequeña, que anda entre sus dos hermanas grandes, la fe y la caridad. El pueblo cristiano cree que son las grandes quienes llevan de la mano a la pequeña. Pero en cambio es ella la que tira de las otras dos.
Según usted, ¿cuál es ahora mismo el obstáculo mayor para el anuncio del Evangelio? ¿La hostilidad del mundo descristianizado? ¿El egoísmo de los individuos? ¿El laicismo?
DANNEELS: El obstáculo mayor no es la resistencia de la sociedad, o la hostilidad del mundo. El mundo ha sido siempre así. La resistencia mayor es la falta de confianza de quien quiere evangelizar y no tiene confianza en la fuerza propia de la Palabra de Dios. A los discípulos que estaban desesperados por las dificultades que encontraban, Jesús les cuenta las tres parábolas presentes en el Evangelio de Marcos: la del sembrador, la de la semilla que brota sola, la del grano de mostaza. De este modo trata de hacerles entender cómo van las cosas. El retoño no brota porque se eche mayor cantidad de semillas en la tierra, o por el esmero del sembrador. La semilla es fuerte y da fruto por sí misma.
El cardenal Danneels durante la ordenación episcopal del nuevo obispo de Amberes, Johan Bonny, en la catedral de Amberes, el 4 de enero de 2009 [© Belga Photo/Ansa]

El cardenal Danneels durante la ordenación episcopal del nuevo obispo de Amberes, Johan Bonny, en la catedral de Amberes, el 4 de enero de 2009 [© Belga Photo/Ansa]

En una de las parábolas que ha citado se habla del hombre que tras haber sembrado se va a dormir tranquilo, porque «que duerma o que esté en vela, la semilla brota y crece; cómo lo hace, ni él mismo lo sabe». Muchas veces también usted ha sido criticado por no haberse subido a las barricadas en nombre de los valores cristianos. O por no haber atiborrado a sus curas y a sus fieles de instrucciones y directivas. ¿Es solo cuestión de carácter?
DANNEELS: Por supuesto, mi temperamento tiene algo que ver en esto. Pero también en la Biblia está escrito que el siervo de Dios no levantaba la voz en la calle. De esto no hablan nunca, no lo recuerdan nunca. Yo estoy convencido de la fuerza silenciosa, misteriosa de la Palabra de Dios. No es que no se tenga que hacer nada. Yo he trabajado de la mañana a la noche. Pero no he gritado. Para gritar ya están los gritones. Yo no lo soy. Y además está el método de Pablo, que comienza a profetizar en las plazas. Y funciona. Pero está también el método de María. Que es como el de la estufa, que sin decir nada calienta a todos los que están a su alrededor.
Quisiera leerle una frase de Pablo VI. Era el año 1968, y también en la Iglesia corrían malos vientos. El papa Montini va de visita al Seminario lombardo, y dice: «Muchos esperan del Papa gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa considera que tiene que seguir únicamente la línea de la confianza en Jesucristo, a quien su Iglesia le interesa más que a nadie. Él calmará la tempestad». No se trata, añade más adelante, «de una espera estéril o inerte, sino más bien de una espera vigilante en la oración. Es esta la condición que Jesús escogió para nosotros a fin de que él pueda actuar en plenitud».
DANNEELS: Podría haberla escrita yo mismo. Es cierto que el Papa con el que he sentido más afinidad es Pablo VI. Él me nombró obispo. Con Pablo VI me siento en casa.
También la citó Benedicto XVI en su visita a Brescia.
DANNEELS: También Benedicto XVI tiene su misma predisposición a no gritar, a decir las cosas proponiéndolas con algo de confianza. No es el modelo atlético de Juan Pablo II, que fue un Papa de cuño distinto. También importante, pero distinto de Pablo VI.
Benedicto XVI parece insistir en los últimos tiempos en este punto. Abriendo el Sínodo africano recordaba, citando a los apóstoles, que también ellos esperaron la acción del Espíritu Santo, porque sabían que «la Iglesia no se puede hacer, no es producto de nuestra organización». ¿Necesita ahora la Iglesia que se la llame de nuevo a esta realidad?
DANNEELS: La Iglesia necesita a san Agustín, que dice que la gracia lo hace todo. También nosotros hemos de colaborar. Pero es Dios quien actúa, y nosotros cooperamos. En cambio nos hemos lanzado demasiado a cierto pelagianismo, pensamos que las cosas en el fondo dependen de nosotros, y que nos basta solo una pequeña ayuda por parte de Dios. Y así negamos la omnipotencia de la gracia. Precisamente como sucedía en tiempos de Agustín.
¿Dónde ha visto aflorar dentro de la Iglesia esta tentación?
DANNEELS: En los años sesenta y setenta, esta tendencia adquirió un tinte político. Muchos tenían en mente realizar el Reino de Dios entendido como revolución social. Ahora, algunos de la Teología de la liberación han pasado a hacer ecología. Son los mismos combatientes, solo han cambiado de armas... Luego, en los años ochenta y noventa, prevaleció cierto modo de interpretar la evangelización como empresa de la Iglesia, como fruto de su protagonismo en la sociedad. Hoy la misma tendencia algo pelagiana ha adquirido formas más restauradoras. Están los que dicen: después del Concilio ha habido cierto descarrilamiento, se han disipado muchas cosas buenas, pero ahora nos encargamos nosotros de poner cada cosa en su lugar, de enderezar el camino. Apelan siempre a cosas esenciales: la liturgia, la doctrina, la adoración eucarística... Pero a veces, usadas como banderas. Cambian los eslóganes, pero la línea de fondo sigue siendo la misma.
¿Cuál?
DANNEELS: Tenemos siempre la tentación de hacer las cosas por nosotros mismos. Antes en la Acción Católica, y luego en los movimientos. Antes en la renovación conciliar, y ahora en la restauración. Los actores somos siempre nosotros. Nos autocitamos siempre nosotros mismos: miradme a mí, qué bien hago las cosas. Pero no sirve de nada ser un gran predicador, si la atención del mundo se detiene en el predicador. Ver al hombre de Iglesia no cuenta nada, antes al contrario, ese hombre de Iglesia es como una tapadera si detrás de él no se entrevé a Jesús. San Pablo dice: podríais tener incluso diez mil pedagogos en Cristo, pero desde luego no a muchos padres. Esta es una época en la que hay muchos pedagogos que hablan en nombre de Cristo, dan lecciones a todos en el nombre de Cristo, pero no dan su propia vida. No son padres en Cristo, porque no son hijos.
Quisiera hacerle algunas preguntas sobre cuestiones específicas. ¿Cómo vivió desde Bélgica la liberalización del uso del Misal de san Pío V?
DANNEELS: Todos los ritos son buenos cuando son ritos católicos. Siempre he pensado que mediante las disposiciones de tolerancia litúrgica contenidas en el motu proprio Summorum pontificum, el Papa quiso mostrar su disponibilidad para que todos los tradicionalistas vuelvan al seno de la Iglesia católica. No estoy seguro de que sea suficiente para resolver la cuestión, porque el problema con los lefebvrianos no es el rito, el problema es el Concilio Vaticano II. La cuestión de la liturgia es como la locomotora. Hay que ver qué hay dentro de los vagones que transporta.
El padre Damián de Veuster

El padre Damián de Veuster

Precisamente aquí en Malinas, en los años veinte, comenzaron los primeros contactos ecuménicos entre católicos y anglicanos, favorecidos por el cardenal Joseph Mercier, su predecesor. ¿Qué opinión le merece la reciente creación de ordinariatos para acoger a comunidades anglicanas que quieran establecer la plena comunión con el obispo de Roma?
DANNEELS: También esto ha sido una señal de disponibilidad del Papa, para recibir a los que quieran venir a la Iglesia católica. Y también sobre esto habrá que esperar algunos años para ver si era la mejor solución. Veremos por los resultados. En general, me parece que en las relaciones entre el catolicismo y los anglicanos hay cierta desconfianza. La visita de Rowan Williams al Papa fue importante, pero he leído el discurso de Rowan en la Gregoriana, y he encontrado cierta nota de desilusión. Desde luego había poco entusiasmo.
El pasado 15 de noviembre, en el Te Deum por la fiesta del rey, renovó usted la invitación a rezar por los gobernantes. Algo insólito en tiempos en los que tantos obispos hacen de todo para mantener alejados a los políticos de la eucaristía.
DANNEELS: Recordé que de vez en cuando es algo bueno dar las gracias a quienes asumen la responsabilidad de la política, porque estamos siempre criticando, pero hay también políticos que se han dedicado a su trabajo con gran sentido de gratuidad. San Pablo dice: aunque nuestros gobernantes estén contra nosotros, hay que rezar por ellos. En aquel tiempo los gobiernos no garantizaban desde luego ningún tipo de privilegio para los cristianos, todo lo contrario. Pero san Pablo dice igualmente: rezad y dad gracias por los magistrados y por todos aquellos que están en el poder, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada. Porque el poder depende de Dios y sobrepasa la individualidad de quien carga con su responsabilidad. La responsabilidad es mucho más grande que el hombre que carga con ella.
A propósito, usted conoce mucho a Herman Van Rompuy, y se ha congratulado públicamente por su nombramiento como presidente del Consejo europeo...
DANNEELS: Es un hombre muy capaz. Alguien que nunca ha hecho maniobras para llegar adonde ha llegado. Y esto es algo que le da fuerza. Hace algunas semanas habló en Lieja sobre la encíclica social Caritas in veritate, y dijo explícitamente que esa es la doctrina en que se inspira su actividad política. Es un honor para él y para nosotros que haya sido llamado al cargo de presidente del Consejo europeo. Pero para Bélgica es también un problema. Él, como primer ministro, había dado prueba de saber llevar las relaciones entre el norte y el sur del país con competencia y conocimiento histórico. Ahora hay que volver a empezar con otra persona.
En las últimas semanas se ha implicado usted mucho en las celebraciones para la canonización del padre Damien de Veuster. Ha volado incluso a la isla de Molokai, en las Hawai, donde el padre Damián vivió y murió curando a los leprosos. ¿Qué se ha traído de aquel lugar tan lejano?
DANNEELS: Damián es un santo de mi diócesis. El primero después de cuatro siglos, después del jesuita san Juan Berchmans, que vivió a principios del siglo XVII. Lo que más me impresionó en Molokai fue la naturaleza tan lujuriante, con tantas flores, árboles, con el sol, el océano, todo ese azul, todo tan hermoso, y ese era precisamente el escenario donde vivían los leprosos, los hombres más desfigurados. Un contraste paradójico entre la belleza y la miseria humana. En aquella isla, una de las más hermosas del mundo, estaban los hombres más repelentes. Paseando por la isla se encuentran tumbas por todas partes, más de ocho mil. En un lugar donde la vida se muestra tan exuberante, reina la muerte. Precisamente en aquel lugar hacía impresión imaginarse al padre Damián, y la fe inmensa que tuvo, viviendo y dando testimonio de la esperanza en aquella situación.
Y sin embargo ha dicho usted que no hay que considerarlo un héroe.
DANNEELS: Es un héroe, hasta el punto de que le han dedicado una estatua en el Capitolio de Washington. Pero es también mucho más. Es un santo. Y esto casi lo habíamos olvidado. Muchos me preguntan por qué Damián esperó un siglo para hacer su primer milagro. Mi respuesta es siempre la misma: es culpa nuestra, porque nosotros no le hemos pedido su intercesión. Lo hemos admirado, pero no nos hemos dirigido a él en oración. Él no ha tenido trabajo con nosotros, no ha tenido nada que hacer. Habrá pensado: si no me pedís nada, yo no hago nada.
La tumba del padre Damián en Kalawao, islas Hawai; el cuerpo de santo estuvo enterrado aquí hasta 1936, año del traslado a Bélgica

La tumba del padre Damián en Kalawao, islas Hawai; el cuerpo de santo estuvo enterrado aquí hasta 1936, año del traslado a Bélgica

Con respecto a los procesos de beatificación, ¿qué piensa de la velocidad con la que avanza la causa de Juan Pablo II?
DANNEELS: Yo pienso que se debía respetar el procedimiento normal. Si el proceso de por sí avanza rápidamente, vale. Pero la santidad no necesita pasar por carriles preferentes. El proceso debe tomarse todo el tiempo necesario, sin excepciones. El Papa es un bautizado como todos los demás. Así pues, el procedimiento de beatificación debería ser el mismo previsto para todos los bautizados. No me gustó para nada el grito de «¡santo ya!» que se oyó en los funerales, en la plaza de San Pedro. No se hacen las cosas así. Hace algún tiempo también dijeron que se trataba de una iniciativa organizada, y eso es inaceptable. Crear una beatificación por aclamación, pero no espontánea, es algo inaceptable.
¿Tiene alguna preocupación por lo que respecta a su sucesión al frente de la diócesis? ¿Teme que puedan tomar una decisión equivocada?
DANNEELS: Pienso que quienquiera que sea nombrado, será el pastor de la diócesis. Y nada más. No pienso nunca en quién será. Será el que tenga que ser. Probablemente, y afortunadamente, será distinto de mí. No hay necesidad de clonar al predecesor. Tampoco pasó conmigo. Si tuviera que darle un consejo, le diría: sigue siendo como eres. No se puede hacer un buen trabajo si se tiene el problema de compararse y parecerse a alguien. Hay que ser lo que somos, y trabajar con los carismas que poseemos, que no son los que tienen los demás, porque cada cual tiene los suyos. Y además es bueno que de vez en cuando se cambie el temperamento de la persona que tiene la responsabilidad sobre la diócesis. Si estuviera en vigor siempre el mismo estilo, la cosa sería incluso aburrida.
¿Qué hará después?
DANNEELS: Espero conseguir hacer lo que no he tenido tiempo de hacer durante los últimos años de obispado. Por ejemplo, la oración, porque cuando uno es obispo es realmente una lucha diaria conseguir encontrar el tiempo para rezar. Luego quisiera volver al estudio de la Biblia. Con una exégesis no demasiado científica, sino más bien espiritual. En la Gregoriana recuerdo que tuvimos un buen curso de Exégesis del Nuevo Testamento... Y luego, también descansar un poco. Tener tiempo de mirar los árboles, las flores, la naturaleza. Y de escuchar un poco de música. Me gusta todo lo que empieza por “b”: Bach, Beethoven, y los Beatles.
Viniendo hacia aquí he visto que están haciendo obras en la Catedral. Quiere usted dejarlo todo a punto.
DANNEELS: Qué va, la Catedral está bajo la superintendencia del Estado. Y la Catedral está siempre en construcción, desde hace siglos... Habrá siempre obras que hacer, probablemente durante otros treinta años más. Quizá ni siquiera mi sucesor vea las obras terminadas.


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