«Lloraba fácilmente»
Giovanni Battista Montini arzobispo de Milán, 7 de diciembre de 1959
por Giovanni Battista Montini arzobispo de Milán

San Ambrosio
Era un lenguaje de pastor. Y es bien sabido que Ambrosio fue un pastor excelente, hasta el punto de convertirse, durante los siglos posteriores, en modelo de esta caridad, que tiene como objetivo comprender, asistir, curar, instruir, corregir a todos quienes entren en el radio de sus encuentros.
Ambrosio fue hombre de corazón magnánimo, y con amor inmenso, que aflora en numerosísimas referencias, amó a la Iglesia. Cuando habla de ella manifiesta entusiasmo. Y amó el Imperio, como magistrado, como obispo, ya se sabe. Amó al pueblo: ¿quién no recuerda la generosidad con que vende los vasos sagrados de sus iglesias para pagar a los bárbaros el rescate de los prisioneros, después de la derrota romana de Adrianópolis? “Mejor conservar los cálices de los hombres vivos que los de metal”, escribe recordando el hecho, más tarde. La Iglesia nada pierde, cuando gana la caridad. Y con los pobres se muestra tierno, del mismo modo que dirige a los ricos opulentos y egoístas palabras vehementes. […]
Ya su propia emotividad nos hace comprender que en san Ambrosio había algo que conseguía conmover a los demás. Lloraba fácilmente. Y no sólo para testimoniar la inerme defensa del obispo contra la prepotencia armada de sus adversarios: “Lacrimae meae arma sunt; talia enim munimenta sunt sacerdotis”: mis lágrimas son mis armas; estas son las defensas de un obispo; pero, ¿por qué se conmovía enseguida? Narra su biógrafo Paulino que cuando alguien se dirigía a él para declararse culpable y someterse a la penitencia, Ambrosio “lloraba tanto que hacía llorar también al penitente”. Y se ve que la conmoción era algo tan natural en Ambrosio que él lo atribuye también al gozo: “Habet et laetitia lacrimas suas”, también la alegría tiene sus lágrimas.
También vertía lágrimas cuando le llevaban la noticia de la muerte de alguno de sus sacerdotes; aquellos sacerdotes, de los que decía que amaba por haberlos engendrado en el Evangelio no menos que si hubieran sido hijos suyos por naturaleza. Y cuando pensaba en los beneficios que había recibido de Cristo, se le escapaba casi un grito: ¡”Vae mihi, si non dilexero!”, ay de mí, si yo no amara».