La renovación del gozo en Cristo
La meditación del patriarca de Moscú y de todas las Rusias, Kirill, escrita para 30Días con motivo de la Semana Santa
del patriarca de Moscú y de todas las Rusias Kirill
![El patriarca de Moscú y de todas las Rusias, Kirill, durante la liturgia de Pascua en la Catedral de Cristo Salvador, en Moscú, el 19 de abril de 2009 <BR>[© ITAR-TASS]](/upload/articoli_immagini_interne/1272549637258.jpg)
El patriarca de Moscú y de todas las Rusias, Kirill, durante la liturgia de Pascua en la Catedral de Cristo Salvador, en Moscú, el 19 de abril de 2009
[© ITAR-TASS]
No nos referimos, como es obvio, a nuestros sentimientos personales, a las convicciones y los recuerdos, que son el microcosmos de la individualidad humana y que están destinados, antes o después, a desaparecer de la vida terrenal junto con nosotros, sus posesores terrenales.
Tampoco a nuestro planeta, sobre el que desde los tiempos de Adán y Eva transcurre su existencia el género humano, pues la historia geológica demuestra que los actuales desiertos y las altas montañas antiguamente estaban cubiertos por las aguas del océano, e incluso los polos magnéticos de la tierra cambian periódicamente de situación.
Tampoco a las leyes de la naturaleza, que solo a primera vista parecen estar fijas para siempre, inmutables e intocables, pues por voluntad del Creador del cielo y de la tierra, en caso de necesidad, gracias a sus grandes milagros fácilmente se “vence el orden natural”.
En fin, tampoco al propio aspecto del homo sapiens, cuya imagen a semejanza divina comienza ya a padecer graves deformaciones, por ejemplo, tras operaciones, que hoy están a la orden del día, de cambio de sexo. Y quién sabe si no nos esperan en el futuro profundas mutaciones biológicas del género humano, que se preconizan cada vez más insistentemente, generadas por la acción venenosa de las tecnologías posindustriales sobre los organismos vivos, por el desarrollo incontrolado de la ingeniería genética o los problemas de la clonación. Tampoco hablo del triunfo, anunciado por los futurólogos, de la cibercultura, que promete el inevitable ensamblaje en un único organismo del intelecto humano y del cibernético, y la radical deshumanización del mundo futuro.
Y bien, ¿es posible que no exista nada en el ser material y espiritual que pueda ser considerado una constante suya incondicionada, como el alfa y el omega de la existencia, como principio de todo principio y medida de todo? Es obvio que no es así. Estoy convencido de que si una situación similar ocurriera en nuestra vida, no habría un ser más infeliz que el hombre en todo el universo.
Pero este principio absoluto está presente en nuestro mundo, y es accesible a todos los hombres sin ninguna exclusión. ¿De qué principio se trata? Según la doctrina de los Padres de la Iglesia, existe desde la eternidad, sin inicio, no creado, sin final, inmutable, inmodificable, indivisible, libre de lo material, inaprensible... Además este principio comprende en sí también toda la plenitud de la santidad, del bien y de la energía vital, con los que nos alimenta durante toda nuestra vida. Porque el principio de todo principio es nuestro Creador, nuestro Señor y Dios, que es «ayer, hoy y siempre el mismo» (Heb 13, 8). Él es la piedra angular del ser, el único criterio infalible de la verdad de todo lo que existe, el punto de partida y de llegada de nuestra peregrinación terrenal.
Así pues, la llegada a este mundo del Dios omnipotente, que se ha dignado encarnarse en la frágil, impotente y sufriente naturaleza humana, hasta el final de los tiempos seguirá siendo al mismo tiempo el acontecimiento principal de la historia universal y de la biografía espiritual de cada persona en todas las generaciones humanas que seguirán. Porque nosotros lo sabemos: Dios se hizo hombre para que el hombre se haga Dios, accediendo a la inmortalidad.
Ahora nosotros, los cristianos, desde la plenitud de nuestros corazones, que creen en la salvación, damos gracias al Señor por habernos hecho dignos una vez más de entrar en comunión con su sacrificio de amor, de acceder una vez más a este inefable gozo de su santa Resurrección, de su luminosa victoria sobre la oscuridad mortal, de su filial obediencia al Padre Celestial.
El beato abad Doroteo de Gaza, un ermitaño cristiano canonizado por la Iglesia antigua, que se distinguió en el siglo VI en Palestina y cuya memoria honran al mismo tiempo los ortodoxos y los católicos, con el fin de alcanzar la mayor evidencia matemática paragonó a Dios con el centro de la circunferencia, y a los hombres con los puntos de su superficie. Por consiguiente, mientras más se acercan estos puntos al centro del círculo, menor es la distancia entre sí y, al mismo tiempo, más ordenadamente se acercan el uno al otro. «Esta es la propiedad del amor», termina diciendo el sabio starets: «Cuanto más estamos en el exterior sin amar a Dios, más se aleja cada uno de nosotros de su prójimo. Pero si amamos a Dios, entonces mientras más nos acerca el amor a Dios, más nos unimos en el amor hacia el prójimo; y cuanto más nos unimos al prójimo, más nos unimos también con Dios». Porque la auténtica objeción al ser del hombre es su pecaminosidad, que cierra a la actuación de la gracia divina las puertas de nuestro corazón, que no desea o no sabe responder al amor con el amor.
