«El Papa hace el bien incluso desde lejos»
«Y recuerdo muy bien las palabras que el Papa nos dirigió a los iraquíes en el Ángelus del domingo 28 de febrero. Estábamos todos muy contentos, cristianos y musulmanes». Apuntes del patriarca caldeo cardenal Emmanuel III Delly sobre su visita a Mosul
del patriarca caldeo Emmanuel III Delly
![El patriarca Emmanuel III Delly [© Associated Press/LaPresse]](/upload/articoli_immagini_interne/1272549859351.jpg)
El patriarca Emmanuel III Delly [© Associated Press/LaPresse]
Nosotros lo sabemos y lo repetimos: estas violencias afectan también a nuestros queridos conciudadanos musulmanes, son acciones malvadas contra todo el pueblo iraquí. En Al Kosh, un pueblo cercano a Mosul, visité el convento de Nuestra Señora de la Sementera, donde se han refugiado las familias de cristianos que huyeron ante las amenazas; a otras las había visto en Mosul, se habían refugiado en el convento de San Jorge. Padres, madres, jóvenes y niños tuvieron que abandonar todo los que tenían, menos la fe en el Señor.
Las autoridades civiles, decía, me expresaron su disgusto, de acuerdo. Pero ¿quién defiende a esta gente? Son víctimas de bandidos, que no conocemos. Pero no por eso podemos callar que los cristianos necesitan ayuda.
Algunos llegan a decirme: ¿por qué todo este ruido cada vez que los cristianos pagan las consecuencias de las violencias? De acuerdo, yo también digo que en Irak el mal golpea a todo el pueblo, pero tengo una respuesta: la violencia contra los cristianos suscita emoción porque se ceba contra los hombres más pacíficos, los más indefensos. Sus armas son las oraciones y el amor del Señor. Hasta ahora han escapado de Mosul 425 familias de cristianos y no les dirán que se han ido porque alguien les ha amenazado, sino que darán la culpa a su propio miedo.
Sienten temor, como es natural, pero antes o después volverán. Lo espero, y se lo pido a todos. Les repito que cuando pase esta oleada venceremos, no solos, sino con quien nos da la fuerza, el Señor con nosotros.
En Mosul prediqué durante la misa común. «No tengáis miedo», dije, «es la buena nueva del Señor para nosotros». No debemos tener miedo. Aunque han intentado de todo contra nosotros, no está en sus manos destruirnos, porque nuestra fe es concreta, es fuerte, y nuestro camino continuará. La herencia de fe de nuestros padres no será enterrada, no se apagará.
Somos naturales de Irak, la historia lo atestigua. Y si nos hemos quedado aquí es para construir nuestra patria, junto con todos los demás, y especialmente con los hombres de buena voluntad. No pedimos que nos digan palabras tranquilizadoras, o que nos envuelvan con falsas ilusiones, ni que muestren compasión por nosotros. Tampoco queremos palabras alarmantes, que aumenten la tensión, vengan de la parte que vengan, incluida de la nuestra. Lo que nos hace falta, en cambio, son etapas concretas para superar los problemas de la seguridad, para construir puentes de confianza. Y para alejar el sufrimiento de las casas de nuestros fieles. Pedimos humanidad y caridad, manos llenas de paz y no llenas de engaño. Que el destino de los cristianos iraquíes no sea un partido que se ha de jugar en las canchas de la política.
Decía en la misa: «Esperando la Pascua, seguimos rezando y mantenemos la práctica de nuestro ayuno». Que los corazones vuelvan a Dios y hagan penitencia. Le pedimos a María que proteja nuestro país bajo su manto de caridad, ella que es madre del socorro, lo que a nosotros en estos días nos hace mucha falta.
En Mosul pude entrevistarme con los líderes suníes locales, que me manifestaron su solidaridad.
Y recuerdo muy bien las palabras que el Papa nos dirigió a los iraquíes en el Ángelus del domingo 28 de febrero. Estábamos todos muy contentos, cristianos y musulmanes. El Papa hace el bien incluso desde lejos.