Archivo de 30Días
La consagración es plegaria
por Lorenzo Cappelletti

Benedicto XVI durante la misa in Coena Domini del Jueves Santo en la Basílica de San Juan de Letrán, el 9 de abril de 2009
El proceso de elaboración del decreto evidenciaba que el llamado Canon Romano (la actual Oración eucarística I) fue declarado inmune de todo error, frente a las contestaciones de los reformadores, porque no recoge más que las propias palabras del Señor, la tradición apostólica y patrística.
El año pasado, el papa Benedicto XVI, en la homilía de la misa “In Coena Domini” del Jueves Santo, comentando el Canon Romano, puso de relieve un aspecto importante, diciendo que en todas sus partes es oración. Releamos sus palabras, como siempre más claras que cualquier comentario: «El relato de la institución no es una frase suelta, sino que empieza con un pronombre relativo: “Qui” pridie. Este “Qui” enlaza todo el relato con la palabra precedente de la oración, “…de manera que sea para nosotros Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor” ” [… ut nobis Corpus et Sanguis fiat dilectissimi Filii tui Domini nostri Iesu Christi. Qui pridie…]. De este modo, el relato está unido a la oración anterior, a todo el Canon, y se hace él mismo oración. En efecto, en modo alguno se trata de un relato sencillamente insertado aquí; tampoco se trata de palabras aisladas de autoridad, que quizás interrumpirían la oración. Es oración. Y solamente en la oración se cumple el acto sacerdotal de la consagración que se convierte en transformación, transustanciación de nuestros dones de pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo».
Podemos preguntarnos si este criterio no puede y no debe ser ampliado, es decir, si puede haber en la Iglesia otro modo de actuación de cualquier potestas (incluida la potestas iurisdictionis) que no sea oración.
En ese artículo –escrito durante el difícil periodo entre la primera y la segunda Guerra del Golfo y bajo la impresión causada por acontecimientos que entre otras cosas nos hicieron conocer a todos la existencia de la antiquísima comunidad católica de Irak– se decía además que, frente a las muchas contestaciones de los “vecinos”, la confirmación de la apostolicidad de la fe contenida en el Canon Romano había llegado a Trento en el verano de 1562 por medio de un obispo procedente de Irak (la tierra de los caldeos). Nos asombraba y nos sigue asombrando que un antiguo predecesor de los patriarcas de los caldeos Raphaël Bidawid, fallecido en 2003, y del actual Emmanuel Delly, hubiera expresado una unidad en la fe y en la oración tan inmediata capaz de superar de golpe toda barrera de idioma y cultura. Y ya entonces se mencionaba en el artículo a China, aún más lejana que Irak y, sin embargo, tan cercana.