Aniversarios
El pintor de las cosas que ocurren mientras ocurren
Nació a dos pasos de la Catedral, en la Milán de san Carlos. Vivió en la Roma de san Felipe Neri. Se codeaba con los poderosos. Pero estaba a gusto con el pueblo de las tabernas romanas. Los documentos que hablan de él son en su mayoría actas judiciales. Pasó sus últimos años perseguido por una condena capital. Roberto Longhi escribió que en su vida pintó «lo ocurrido, nada más que lo ocurrido». Historia de Michelangelo Merisi, a los cuatro siglos de su muerte
por Giuseppe Frangi

Una de las salas de la exposición dedicada a Caravaggio en las Escuderías del Quirinal, en Roma
Es el acta bautismal de Michelangelo Merisi, nacido el 29 de septiembre, día de san Miguel Arcángel. El registro referente al año 1571 está en el libro parroquial de la iglesia milanesa de San Estaban en Brolo, que recoge las actas desde 1565 a 1587. Hoy este registro está conservado en el Archivo diocesano de Milán, y aquí estas pocas líneas fueron interceptadas en 2007 por Vittorio Pirami, un ejecutivo jubilado apasionado por la archivística. Así pues, pese a llamarse Caravaggio y pese a haber reivindicado toda su vida estos orígenes, en realidad Caravaggio nació en Milán. Y la cosa no es para nada extraña: su padre Fermo era albañil, y según una afirmación de uno de los primeros biógrafos del pintor, fue «Maestro y arquitecto del marqués de Caravaggio». No tenemos seguridad, pero sabemos que el marqués, que llevaba un nombre importante, Francesco Sforza, había asistido a la boda de Fermo con otra “caravaggina”, Lucia Aratori. Los marqueses “iban y venían” de Caravaggio a Milán, donde tenían un hermoso palacio en San Juan en Conca (donde hoy está la plaza Missori, a pocos pasos de la Catedral): de aquel palacio queda solo la magnífica puerta, guardada en los museos del Castillo Sforzesco de Milán. Fermo Merisi, pues, con toda probabilidad en aquellos años trabajaba en las obras de aquel palacio y se había asentado en Milán con su familia (tuvo cuatro hijos antes de morir joven, en 1577). Era la Milán de san Carlos, y podemos legítimamente imaginar al muchacho Michelangelo creciendo con las catequesis en la Catedral de Borromeo. Pero el personaje-clave con quien se topará Caravaggio ya estos primeros años es la mujer del marqués, Costanza Colonna: una mujer de apellido célebre, que seguirá paso a paso, como una protectora-sombra, la aventurera vida del pintor. Comenzando por el primer y decisivo paso: la decisión de bajar a Roma en un viaje solo de ida.
En la Roma de San Felipe Neri
«Después se fue a Roma», escribe Giulio Mancini, uno de los primeros biógrafos del pintor. El año más probable en que realizó este viaje fue 1592, en verano. No existen documentos directos, pero es fácil deducirlo de los indicios que encajan con relativa facilidad. Es cierto que entre mayo de 1592 y junio de 1593 en Roma estaba la marquesa Costanza. Y que Caravaggio encontró en la “red” de amistades romanas de la noble un apoyo. De hecho, la primera permanencia fue en casa de Pandolfo Pucci, monseñor y maestro de la casa de Orsina Peretti, hermana de Sixto V (muerto en 1590) y emparentada con los Colonna. Para hacernos una idea del aspecto del artista, no hay nada más eficaz que este testimonio, ofrecido por un barbero llamado Luca, en las actas de una investigación judicial –una de tantas– en la que Caravaggio estuvo involucrado algunos años después: «Este pintor es un jovenzuelo grande de unos veinte o veinticinco años con algo de barba negra, regordete, con cejas grandes y ojo negro, que va vestido de negro sin demasiado orden, que llevaba un par de polainas negras algo rotas, que lleva el pelo muy largo por delante».
Si llevamos estas palabras a una imagen, podremos descubrir que, excluida la barba, coinciden con la del Baco enfermo que Caravaggio pintó después de una de sus primeras aventuras romanas. Había recibido una coz de un caballo y fue ingresado en el hospital de Santa María de la Consolación, donde se curaba a las personas heridas en las peleas callejeras. Nada más salir se pintó con ese aspecto enfermizo que desde luego no escondía su arrogancia (el cuadro entró luego, como muchos otros, en las colecciones del cardenal Scipione Borghese, sobrino del papa Pablo V).
La primera fecha-clave del largo período romano de Caravaggio es 1595: en otoño de aquel año entra al servicio del cardenal Francesco Maria del Monte, estableciéndose en su casa, es decir, en el Palacio Madama. En aquel mismo año el cardenal Federico Borromeo volvía a Milán, donde había sido nombrado arzobispo, llevándose consigo el célebre Cesto de frutas y una discreta dosis de desprecio por aquel pintor rebelde (así lo recordaba años después: «Conocí durante mis días romanos a un pintor de sucias costumbres, que iba siempre con ropa ajada, y muy sucia, y que vivía siempre entre los pinches de cocina y los Señores de la corte»). Federico era presidente de la Academia de San Luca, una asociación de artistas fundada algunos años antes por Federico Zuccari; para el puesto de Borromeo fue nombrado precisamente el cardenal Del Monte. En aquel mismo año moría Filippo Neri: después de vivir su juventud en la Milán de San Carlos, Caravaggio pudo conocer “en directo” la Roma de san Filippo, para cuya iglesia, Santa María en Vallicella, pintaría casi diez años después una de sus obras maestras, El entierro de Cristo (hoy en la Pinacoteca Vaticana). Hay rastro de Felipe Neri en la Buena ventura, el cuadro que pintó para Del Monte. La protagonista del cuadro es una gitana que, mientras le lee la mano le roba al joven noble y algo despistado el anillo. Precisamente san Felipe había defendido a los gitanos en 1570 protestando contra una ordenanza del Papa que establecía una redada para meter a todos los hombres en la cárcel.

El entierro, 1602-1604, Museos Vaticanos, Ciudad del Vaticano
En el Palacio Madama Caravaggio ocupaba una pequeña habitación en la planta alta, que compartía probablemente con Mario Minniti, artista siciliano, su inquebrantable amigo, que estará a su lado incluso en los meses tenebrosos de su estancia en Messina y Palermo. Frente al Palacio Madama estaba la residencia de otro hombre clave de la Roma de aquellos años, Vincenzo Giustiniani, banquero de origen genovés. Genovés y en estrecho contacto con los Giustiniani era también otro importante banquero, Ottavio Costa. En este triángulo se decide la fortuna de Caravaggio antes de terminar el siglo: todos son, en efecto, coleccionistas y todos están embrujados por la novedad introducida por aquel artista de fuerte carácter que venía del norte.
Pero hasta ahora podría decirse que Caravaggio era un asunto privado entre estos “peces gordos” de la sociedad romana de entonces. El giro “público” llega en 1599. Se acercaba el Jubileo y en la iglesia de San Luis de los Franceses, precisamente frente al Palacio Madama, había una capilla que por disposición testamentaria del cardenal titular, Mathieu Cointrel (italianizado luego en Contarelli), debía ser decorada con historias de san Mateo, pero que, por indecisión de los ejecutores testamentarios, llevaba muchos años sin ser pintada. Irritado, Clemente VIII había dado en 1597 el encargo de ejecutar el testamento a la fábrica de San Pedro, para que en 1600 las obras estuvieran ya terminadas. Aquella iglesia, en efecto, estaba vinculada a un hecho político-religioso de gran relevancia, la ua del santo. El 5 de julio del año siguiente se le pagó, señal de que los cuadros estaban terminados. Por primera vez todos los pintores de Roma podían ver y medirse con la novedad de Caravaggio: si el cuadro derecho del Martirio le había costado mucho trabajo y muchas correcciones durante su elaboración para conjugar el énfasis dramático del delito con su vocación de crónica antirretórica, el de la izquierda introducía una novedad chocante para todos. Caravaggio renunciaba a todos los artificios y colocaba en la escena una representación de absoluta sencillez, ambientada en una taberna de la Roma contemporánea. Escribe Roberto Longhi: «Se preguntó, por ejemplo, Caravaggio: ¿qué podemos saber hoy de cómo ocurrió el martirio de san Mateo en los peldaños del altar? Hoy un pintor no puede representarlo más que como un hecho de crónica negra en la iglesia. ¿O para la vocación del santo? De él no sabemos más que era aduanero. Y puesto que en las aduanas, donde se cambia la moneda, está claro que se juega, nada impide que, para mayor naturalidad, Cristo entre hoy en el cuartucho de la aduana y llame a Mateo mientras éste juega una partida».
A partir de ahí cambió todo. Pocos meses después el tesorero del Papa, Tiberio Cerasi, le encargaba otro trabajo de gran prestigio, la capilla de Santa María del Popolo, en cuyo altar principal había un cuadro del pintor más adulado de la Roma de aquel tiempo, Annibale Carracci. Se empezaban a pedir sus obras para las iglesias romanas. Llegaron de este modo los cuadros para San María en Vallicella, para el mismo San Pedro (a Caravaggio se le encargó el altar destinado a la cofradía de los Palafreneros), para Santa María de la Scala, hasta llegar a la de San Agustín. Nunca eran encargos tranquilos, empezando por el de Tiberio Cerasi, para el que tuvo que rehacer dos veces los temas encargados, la Conversión de Saulo y la Crucifixión de san Pedro. Desde luego, el encargo más atormentado y emblemático fue el que recibió para Santa María de la Scala: por Caravaggio existía al mismo tempo una admiración rayana en el divismo y casi una obligación a guardar las distancias con las novedades que introducía. El caso límite fue precisamente el de la Muerte de la Virgen, obra que le fue encargada en 1601 por Laerzio Cherubini para la iglesia de Trastévere. El cuadro despertó curiosidad y escándalo, hasta el punto de que los padres carmelitas decidieron quitarlo en 1606. El comisionador lo puso en venta y no tardó en venderlo: el joven Rubens, enviado a Roma por Vincenzo Gonzaga, lo había aconsejado al duque mantuano para sus colecciones. Cuando en 1607 se realizó la compra, el embajador del duque lo expuso en su palacio del Corso, vista la presión de las personas y especialmente de los pintores para volverlo a ver una vez más. Pero puso una condición: nadie podía ir a copiarlo. Las copias de los cuadros de Caravaggio estaban muy solicitadas en el mercado, especialmente después de haber tenido que escapar de Roma. La razón es bien conocida: el 28 de mayo de 1606 había herido mortalmente con tres amigos en Campo Marzio a Ranuccio Tomassoni. Una pelea amorosa por celos. El 16 de julio se emitió una sentencia que condenaba a la pena capital a todos los huidos.

La flagelación de Cristo, 1607-1610, Museo Nacional de Capodimonte, Nápoles
Caravaggio fue curado de sus heridas primero en el Palacio Colonna por “su” marquesa, y luego se le había ayudado a escapar fuera de los territorios papalinos, al virreinato de Nápoles. Por lo demás, él era español de nacimiento, y filoespañoles eran también los Colonna, que tenían en Nápoles posesiones y un hermoso palacio en Chiaia. La estancia en la ciudad partenopea corresponde a una nueva, breve y arrolladora primavera para Caravaggio, que entra inmediatamente en el clima vital de la ciudad y lo traslada a algunas obras maestras en las que aún parece respirar la felicidad de los comienzos. Nápoles es una ciudad impetuosa, tres veces más grande que Roma. Y también es rica: Caravaggio cobra cantidades por sus obras que nunca había cobrado en Roma. Para los dominicos pinta la Flagelación y la extraordinaria Virgen del Rosario (hoy en Viena). Para el Pío Monte de la Misericordia realiza un gran cuadro con las Siete obras de misericordia, que parece realmente ambientado en las callejuelas napolitanas, con el ajetreo del pueblo, que aparece repentinamente por cada rincón del cuadro. El 9 de enero de 1607 ha terminado ya el trabajo y ha cobrado los 400 ducados depositados en la cuenta que había abierto en el Banco de San Egidio.
Pero el 14 de junio de 1607 Caravaggio deja la ciudad embarcándose en una de las cinco galeras de Fabrizio Sforza Colonna, uno de los hijos de la marquesa, que se dirigían a la isla de Malta. Probablemente en este traslado había influido su poderosa protectora, que sabía que el gran maestro de la Orden de los Caballeros de Malta, Alof de Wignacourt, estaba buscando ardorosamente un gran artista para que trabajara en la isla. El 14 de julio Caravaggio está ya allí y comienza inmediatamente una actividad vertiginosa. Pese a estar lejos de Roma y del continente, los encargos le siguen llegando. Para el duque de Lorena, por ejemplo, pinta una Anunciación que todavía hoy se guarda en Nancy. El gran maestro, para mantenerlo vinculado, toma una decisión fuera de todos los cánones: lo nombra caballero y lo hace entrar en la Orden, pidiendo incluso dos dispensas a Roma, porque la investidura estaba prohibida para los culpables de homicidio. De la ceremonia solemne en la que Caravaggio recibió la espada de caballero conocemos también la fecha: 14 de julio de 1608. En el cuadro más importante que deja en la isla, la gran Decapitación de san Juan Bautista, Caravaggio se firma orgullosamente «f. [es decir, fray] Michelangelo». No iba a durar mucho la gloria en tierras de Malta. El 18 de agosto de 1608 el pintor se ve involucrado en una nueva pelea en la casa del organista de la iglesia conventual de San Juan, fray Prospero Coppini. El 27 de agosto se identifica a los responsables y se les encierra en la cárcel del fuerte de Santo Ángel, un castillo infranqueable, que surge directamente del mar. El 6 de octubre el Venerable Consejo es informado de que fray Michelangelo Merisi da Caravaggio ha conseguido escapar. ¿Cómo ha podido ocurrir? En la historia no hay precedentes de fugas del fuerte (de allí no se escapa ni siquiera con un “par de alas”, dicen las crónicas). También en esto el pintor recibe la ayuda de Costanza Colonna. En efecto, el procurador de las cárceles era Girolamo Carafa, de la familia vinculada por relaciones de parentesco con los Colonna. Fue él, con toda probabilidad, quien lo embarcó en una de las falucas que comerciaban con Sicilia y Nápoles. Caravaggio desembarcó en Siracusa, donde encuentra a su viejo amigo de los años romanos, Mario Minniti, que mientras tanto se había ganado una discreta gloria en su tierra natal. A los comisionadores de la isla no les parece verdad poder disponer de nuevo del pintor más buscado del momento, si bien Caravaggio sigue sintiéndose un hombre perseguido, porque ahora además del bando papal tiene que vérselas con la ira furibunda del gran maestro que quisiera verlo en Malta para darle el justo castigo. Cuenta un biógrafo de los pintores sicilianos, Susinno, que Caravaggio «se acostaba vestido, con el puñal en la cintura, que nunca abandonaba». En Siracusa pinta el gran Entierro de santa Lucía. En Messina y Palermo lo toman bajo su protección los capuchinos, para los que pinta una Adoración de los pastores y una Natividad (la de Palermo, robada hace veinte años y que nunca más ha sido encontrada). En ambos cuadros Caravaggio adopta la solución iconográfica de la “Virgen de la humildad”, es decir, con María tumbada en el suelo (la raíz de humilitas es humus). En Palermo introduce en el cuadro también a san Francisco, que, como dice una de las biografías del “Poverello” de Asís, «estaba en frente del pesebre, lleno de sollozos, vencido por la ternura, y henchido de gozo maravilloso». Para el encargo mesinés, destinado a la iglesia de Santa María de la Concepción, cobra la increíble suma de 1.000 ducados de oro.

La Anunciación, 1608-1610, Musée des Beaux-Arts, Nancy
Pero Caravaggio, sigue contando Susinno, es ya un hombre de «cerebro desquiciado». En septiembre de 1609 parte rumbo a Nápoles, donde es recibido nuevamente en el Palacio Cellamare de Chiaia por los Colonna. El 24 de octubre ocurre un nuevo episodio de violencia: durante una riña en la taberna de Cerriglio, la más famosa de Nápoles, Caravaggio resulta gravemente herido. Sus planes son volver a Roma. Para ello ha pedido una gracia papal. Y para dar testimonio de su arrepentimiento pinta un David con la cabeza de Goliat, en el que el gigante filisteo tiene su propio rostro. Y en el rostro se leen las señales de la agresión sufrida en el Cerriglio. La actividad del artista sigue siendo vertiginosa. De Génova le llega un encargo acuciante de Marcantonio Doria: en honor de la hijastra que había tomado los hábitos quiere un Martirio de santa Úrsula. Caravaggio lo pinta rápidamente y para abreviar el proceso lo pone a secar al sol en una terraza napolitana: todavía hoy pueden verse en el cuadro las señales de aquella operación apresurada. El cuadro, de todos modos, sale el 27 de mayo hacia Génova. Mientras tanto también Caravaggio estaba preparándose para su viaje definitivo, en su intento por volver a Roma. En el verano de 1610 se embarca en una faluca en Chiaia: en el bolsillo lleva el salvoconducto, firmado por el cardenal Ferdinando Gonzaga, que contiene el perdón del Papa; en la bodega carga muchos cuadros, algunos de los cuales se los había pedido el cardenal Scipione, sobrino de Paolo V. La faluca hace escala en Palo, un pequeño puerto situado entre la desembocadura del Tíber y Civitavecchia. Caravaggio, nada más bajar, es arrestado por el capitán de la fortaleza. Probablemente se trata de una confusión de persona. Lo cierto es que el barco vuelve a zarpar sin él; y él tiene que comprarse la libertad a alto precio. Se encamina hacia Porto Ercole, donde iba dirigida la faluca. Cien quilómetros al norte, con mucho calor y atravesando zonas cenagosas. Cuando llega está exhausto. Lo recibe la Cofradía de los Peregrinos del lugar, y allí muere. Es el 10 de julio. El 28 llega la noticia a Roma. El cardenal Scipione, preocupado, se puso inmediatamente en contacto con la marquesa Costanza para saber qué había sido de sus cuadros. Recuperó dos de ellos, el David con la cabeza de Goliat y un San Juan en la fuente, que aún hoy se conservan en la Galería Borghese. Así terminaba la historia de aquel lombardo de «ojos vivaces y encavernados» (Giulio Cesare Gigli), que en su vida había pintado solo «lo ocurrido, nada más que lo ocurrido» (Roberto Longhi).