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«No hay nada en él que no eleve a Dios la mente de quienes ofrecen el santo sacrificio»
Archivo de 30Días
«No hay nada en él que no eleve a Dios la mente de quienes ofrecen el santo sacrificio»
Así habla el Concilio de Trento del Canon Romano en el decreto dogmático De sanctissimo sacrificio missae
por Lorenzo Cappelletti
Del dogmático del Concilio de Trento sobre el
santo sacrificio de la misa
«Y como las cosas santas conviene que sean santamente administradas y este sacrificio es la más santa de todas, a fin de que digna y reverentemente fuera ofrecido y recibido, la Iglesia católica instituyó muchos siglos antes el sagrado Canon, tan puro de todo error, que no hay nada en él que no respire una santidad y una piedad extremas y que no eleve a Dios la mente de quienes lo ofrecen. Consta él, en efecto, ora de las palabras mismas del Señor, ora de tradiciones de los apóstoles y también de piadosas instrucciones de los santos Pontífices»

Lo primero que hicieron los
Padres presentes en la XXII sesión celebrada el 17 de septiembre de
1562 en Trento, en la que fueron aprobadas la doctrina y las normas sobre
el sacrificio de la misa, fue un acto ecuménico aparentemente ajeno
a la cuestión: la lectura de la declaración de obediencia del
patriarca de Mossul, Ebed Iesu. El patriarca había llegado a Roma,
procedente del actual Irak meridional, a finales del año anterior,
para que el papa Paulo IV confirmase su elección. Ebed Iesu era un
lejano predecesor de Raphaël Bidawid, el actual patriarca de los
Caldeos [fallecido en 2003; el patiarca actual es Emmanuel Delly, n. de la r.]. No es que fuera un
santo, pero fue él quien unió desde ese momento Bagdad a
Roma. Afirmaba –nos lo refiere el cardenal Da Mula, encargado de
atenderle– que de su sede dependían más de doscientos
mil cristianos, que ellos, los Caldeos, habían recibido la fe de los
apóstoles Tomás y Tadeo, y de su discípulo Mari, que
poseían todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, y
también las traducciones de muchos padres griegos y latinos, y otros
escritos desconocidos a los latinos que se remontaban a la edad
apostólica; que practicaban la confesión auricular,
tenían casi los mismos sacramentos de la Iglesia romana (iisdem fere quibus nos), veneraban
las imágenes de los santos y rezaban por los difuntos como se
hacía en Roma. Y, respecto al Canon, usaban casi el mismo Canon que
se usaba en Roma (Canone iisdem fere verbis in
celebranda missa).
Cuando se leyó su declaración, sin embargo, Ebed Iesu, cargado de ricos dones (amplis muneribus), había regresado a su patria, porque, decía, su presencia era indispensable. Los historiadores dicen que «el verdadero motivo por el que no se hizo ver en Trento era que no entendía ningún idioma occidental» (Hubert Jedin). No hubiera entendido nada de lo que se iba a decir del sacrificio de la misa y del Canon en esa sesión. Por otra parte, los Caldeos no lo ponían en duda. Al contrario, el cardenal Da Mula concluía con estas palabras su carta de presentación antes citada: «Rechazan, además, los vanos argumentos de los herejes por el hecho de que la dignidad de la Iglesia y la doctrina de la salvación, impugnada por gente cercana a nosotros, sigue siendo la misma desde hace mil quinientos años en gente tan lejana de nosotros, en medio de tantas transformaciones, cambios de reyes y reinos, bajo la dura y constante persecución de los infieles con injusticias y malversaciones, en medio de la barbarie». Nada más actual si pensamos no sólo en Irak, sino también en China.
Los protestantes, en efecto, rechazaban la misa y sobre todo el Canon que Ebed Iesu había reconocido como familiar. Y de este rechazo habían hecho una bandera. Tenían también sus razones. En términos generales –escribía el benedictino Gregory Dix, en un obra escrita en los años de la segunda guerra mundial, pero que sigue siendo un clásico de la historia de la liturgia– «el cuerpo de Cristo había tomado el aspecto de una gran máquina totalmente humana de salvación mediante sacramentos realizados con motivos completamente humanos por hombres que actuaban en nombre y con la técnica de un Cristo ausente. Una máquina que había ido creciendo de un modo muy complicado. […] Mantenerse a sí misma en función le absorbía toda su fuerza y energía. […] La vida de la Iglesia estaba en las manos de la máquina y la máquina funcionaba, es lo único que se puede decir». La difusión de todo tipo de abusos era su consecuencia inmediata, por lo que el Concilio mismo creó una comisión especial que, a propósito de las celebraciones de la misa, identificó un centenar de estos abusos: las chácharas con los feligreses antes de las celebraciones y la complacencia de los sacerdotes en gestos teatrales, los fieles colocándose delante del sacerdote celebrante, etc. Pero una cosa era evidenciar los abusos, y otra era abolir el prefacio, substituir el Padrenuestro por una paráfrasis moralizante, y, sobre todo, abolir el Canon, pues esto hubiera introducido el culto pagano en la Iglesia. Lutero comparaba el Canon romano con el altar que Acaz puso en lugar del altar de bronce en el templo de Salomón (cf. 2Re, 16, 7-18): «El impío Acaz quitó el altar de bronce y lo substituyó por otro que hizo venir de Damasco. Hablo del andrajoso y abominable Canon, colección de omisiones e inmundicias: allí la misa se ha convertido en un sacrifico, allí se han añadido el ofertorio y oraciones mercenarias, allí se han introducido en medio del Sanctus y del Gloria in excelsis secuencias y frases. […] Y ni siquiera hoy se cesa de poner añadidos a este Canon». Los otros reformadores escribían cosas peores.
La defensa del Canon
El Concilio de Trento salió en defensa del Canon.
En el periodo atormentado aunque fecundo en el que el Concilio, o mejor dicho, parte de él, se estableció en Bolonia durante menos de un año, entre 1547 y 1548 (a causa de una epidemia de tifus en Trento, donde se había inaugurado el Concilio en diciembre de 1945), los teólogos comenzaron ante todo a defender la forma de la misa tal y como se había ido formando históricamente, siguiendo un principio (que afortunadamente no se abandonará nunca) sintetizado así por otro gran liturgista, Burkhard Neunheuser: «Reformar, pero sin perder el contacto con el periodo anterior, es decir, continuando la tradición medieval». Principio que no se resolvía en una petición de principio. En efecto, escribe Dix, «las implicaciones del texto de la liturgia podían ignorarse en las enseñanzas y en la práctica de la época, pero el texto seguía guardando, como en un cofre, no las enseñanzas medievales, sino las antiguas y sencillas verdades sobre la eucaristía que Gregorio Magno había preservado y Alcuino había transmitido fielmente». Fue un acto de humildad y sabiduría, entre otras sado a Trento en 1551, se volvió a interrumpir en abril de 1552. Por un periodo de dos años, según las previsiones. En realidad, el Concilio se reunió de nuevo sólo después de diez años y el esquema se quedó en embrión.
Durante el verano de 1562, cuando Ebed Iesu había vuelto tras los Caldeos, se intensificó el trabajo. Según Jedin: «En Trento se daban cuenta de que la doctrina del sacrificio de la misa, que entonces se debatía, no era inferior por significado religioso ni por importancia eclesiástica a la doctrina de la justificación que el Concilio había definido quince años atrás, incluso quizás la superaba. Se trataba de comprender el misterio central de la fe, en el cual se realiza constantemente la unión de la Iglesia con su cabeza». El intenso debate que comenzó el 20 de julio desembocó en un primer “proyecto de agosto”, que se consideró demasiado largo. Algún canonista afirmaba incluso que era superfluo exponer la doctrina sobre el sacrificio de la misa: era suficiente defender el Canon de la misa para expresar la doctrina católica sobe el sacrificio. En cualquier caso se decidió mantener la estructura del “proyecto de agosto”, que, análogamente al decreto De iustificatione, preveía una serie de capítulos doctrinales y de cánones. Así pues los padres recibieron entre el 4 y el 5 de septiembre un nuevo esquema, el “proyecto de septiembre” que fue aprobado en la sesión solemne del 17 de septiembre, la que abría nuestro artículo, y que, cuentan las crónicas, se cerró «muy tarde, y todos agotados», los padres regresaron a sus casas. La fatiga no fue vana. Se había prestado oídos al grito con el que el obispo de Ventimiglia había terminado la homilía de la misa de apertura de la sesión: «¡Sálvanos, Señor, que perecemos!».

Un añadido no superfluo
Además, entre el 5 y el 17 de septiembre, gracias a las súplicas y oraciones al Espíritu Santo de algunos padres y teólogos, se pusieron unos añadidos esenciales al capítulo IV. Este capítulo, aún en el último esquema, hablaba del Canon como institución eclesiástica, sin ninguna referencia a su antigüedad ni a la tradición de la que nacía. Ahora, en cambio, en el texto definitivo, justamente sin dedicarse a especificar la fecha y las partes de su composición, aunque indica siempre su origen en la Iglesia (Ecclesia catholica sacrum Canonem instituit), el Concilio habla, sin embargo, de Canon instituido «muchos siglos antes» y formado por «las palabras mismas del Señor», por las «tradiciones de los apóstoles» y por las «piadosas instrucciones de los santos Pontífices». Es por esto (enim se lee en el texto latino), es decir, porque recoge el depósito de la tradición, por lo que está inmune de todo error. Y sólo así puede ser condenado, en el correspondiente canon 6, quien pide su supresión. Por no contener ningún error («consta, en efecto, ora de las palabras mismas del Señor, ora de tradiciones de los apóstoles y también de piadosas instrucciones de los santos Pontífices») es justamente por lo que (ideoque) no debe ser suprimido.
De las partes oscuras del Canon y de su explicación, mencionadas en el esquema de 1552, no se habla en el texto final. Habría que saber por qué. «Por razones de brevedad» –escribe Jerome P. Theisen en un artículo postconciliar, aunque ya pasado, sobre el Canon romano– y parece sobrentender “por desgracia”. Theisen lamenta que el Concilio de Trento, sobre todo respecto al Canon, tuviera una reacción meramente defensiva, no fuera creativo y verboso, como gusta hoy. Tal vez sea mejor reflexionar sobre la siguiente afirmación preconcilar, sólo por la fecha, de Dix: «La ventaja de la Contrarreforma fue que conservó el texto de una liturgia que en substancia se remontaba a mucho antes del desarrollo medieval. Con esto preservó las primitivas formulaciones que es donde residía la verdadera solución de las dificultades medievales, si bien tuvo que pasar tiempo antes de que la Iglesia postridentina las usara para su fin. Los protestantes, por el contrario, abandonaron todo el texto de la liturgia y especialmente los elementos de ésta que eran un documento genuino de esa Iglesia primitiva que querían restaurar. En su lugar introdujeron formas que derivan y expresan la tradición medieval de la que surgía su mismo movimiento». Heterogénesis de los fines.
«Y como las cosas santas conviene que sean santamente administradas y este sacrificio es la más santa de todas, a fin de que digna y reverentemente fuera ofrecido y recibido, la Iglesia católica instituyó muchos siglos antes el sagrado Canon, tan puro de todo error, que no hay nada en él que no respire una santidad y una piedad extremas y que no eleve a Dios la mente de quienes lo ofrecen. Consta él, en efecto, ora de las palabras mismas del Señor, ora de tradiciones de los apóstoles y también de piadosas instrucciones de los santos Pontífices»

Incipit del Canon Romano, Misal Romano de 1502, Tesoro de San Orso, Aosta
Cuando se leyó su declaración, sin embargo, Ebed Iesu, cargado de ricos dones (amplis muneribus), había regresado a su patria, porque, decía, su presencia era indispensable. Los historiadores dicen que «el verdadero motivo por el que no se hizo ver en Trento era que no entendía ningún idioma occidental» (Hubert Jedin). No hubiera entendido nada de lo que se iba a decir del sacrificio de la misa y del Canon en esa sesión. Por otra parte, los Caldeos no lo ponían en duda. Al contrario, el cardenal Da Mula concluía con estas palabras su carta de presentación antes citada: «Rechazan, además, los vanos argumentos de los herejes por el hecho de que la dignidad de la Iglesia y la doctrina de la salvación, impugnada por gente cercana a nosotros, sigue siendo la misma desde hace mil quinientos años en gente tan lejana de nosotros, en medio de tantas transformaciones, cambios de reyes y reinos, bajo la dura y constante persecución de los infieles con injusticias y malversaciones, en medio de la barbarie». Nada más actual si pensamos no sólo en Irak, sino también en China.
Los protestantes, en efecto, rechazaban la misa y sobre todo el Canon que Ebed Iesu había reconocido como familiar. Y de este rechazo habían hecho una bandera. Tenían también sus razones. En términos generales –escribía el benedictino Gregory Dix, en un obra escrita en los años de la segunda guerra mundial, pero que sigue siendo un clásico de la historia de la liturgia– «el cuerpo de Cristo había tomado el aspecto de una gran máquina totalmente humana de salvación mediante sacramentos realizados con motivos completamente humanos por hombres que actuaban en nombre y con la técnica de un Cristo ausente. Una máquina que había ido creciendo de un modo muy complicado. […] Mantenerse a sí misma en función le absorbía toda su fuerza y energía. […] La vida de la Iglesia estaba en las manos de la máquina y la máquina funcionaba, es lo único que se puede decir». La difusión de todo tipo de abusos era su consecuencia inmediata, por lo que el Concilio mismo creó una comisión especial que, a propósito de las celebraciones de la misa, identificó un centenar de estos abusos: las chácharas con los feligreses antes de las celebraciones y la complacencia de los sacerdotes en gestos teatrales, los fieles colocándose delante del sacerdote celebrante, etc. Pero una cosa era evidenciar los abusos, y otra era abolir el prefacio, substituir el Padrenuestro por una paráfrasis moralizante, y, sobre todo, abolir el Canon, pues esto hubiera introducido el culto pagano en la Iglesia. Lutero comparaba el Canon romano con el altar que Acaz puso en lugar del altar de bronce en el templo de Salomón (cf. 2Re, 16, 7-18): «El impío Acaz quitó el altar de bronce y lo substituyó por otro que hizo venir de Damasco. Hablo del andrajoso y abominable Canon, colección de omisiones e inmundicias: allí la misa se ha convertido en un sacrifico, allí se han añadido el ofertorio y oraciones mercenarias, allí se han introducido en medio del Sanctus y del Gloria in excelsis secuencias y frases. […] Y ni siquiera hoy se cesa de poner añadidos a este Canon». Los otros reformadores escribían cosas peores.
La defensa del Canon
El Concilio de Trento salió en defensa del Canon.
En el periodo atormentado aunque fecundo en el que el Concilio, o mejor dicho, parte de él, se estableció en Bolonia durante menos de un año, entre 1547 y 1548 (a causa de una epidemia de tifus en Trento, donde se había inaugurado el Concilio en diciembre de 1945), los teólogos comenzaron ante todo a defender la forma de la misa tal y como se había ido formando históricamente, siguiendo un principio (que afortunadamente no se abandonará nunca) sintetizado así por otro gran liturgista, Burkhard Neunheuser: «Reformar, pero sin perder el contacto con el periodo anterior, es decir, continuando la tradición medieval». Principio que no se resolvía en una petición de principio. En efecto, escribe Dix, «las implicaciones del texto de la liturgia podían ignorarse en las enseñanzas y en la práctica de la época, pero el texto seguía guardando, como en un cofre, no las enseñanzas medievales, sino las antiguas y sencillas verdades sobre la eucaristía que Gregorio Magno había preservado y Alcuino había transmitido fielmente». Fue un acto de humildad y sabiduría, entre otras sado a Trento en 1551, se volvió a interrumpir en abril de 1552. Por un periodo de dos años, según las previsiones. En realidad, el Concilio se reunió de nuevo sólo después de diez años y el esquema se quedó en embrión.
Durante el verano de 1562, cuando Ebed Iesu había vuelto tras los Caldeos, se intensificó el trabajo. Según Jedin: «En Trento se daban cuenta de que la doctrina del sacrificio de la misa, que entonces se debatía, no era inferior por significado religioso ni por importancia eclesiástica a la doctrina de la justificación que el Concilio había definido quince años atrás, incluso quizás la superaba. Se trataba de comprender el misterio central de la fe, en el cual se realiza constantemente la unión de la Iglesia con su cabeza». El intenso debate que comenzó el 20 de julio desembocó en un primer “proyecto de agosto”, que se consideró demasiado largo. Algún canonista afirmaba incluso que era superfluo exponer la doctrina sobre el sacrificio de la misa: era suficiente defender el Canon de la misa para expresar la doctrina católica sobe el sacrificio. En cualquier caso se decidió mantener la estructura del “proyecto de agosto”, que, análogamente al decreto De iustificatione, preveía una serie de capítulos doctrinales y de cánones. Así pues los padres recibieron entre el 4 y el 5 de septiembre un nuevo esquema, el “proyecto de septiembre” que fue aprobado en la sesión solemne del 17 de septiembre, la que abría nuestro artículo, y que, cuentan las crónicas, se cerró «muy tarde, y todos agotados», los padres regresaron a sus casas. La fatiga no fue vana. Se había prestado oídos al grito con el que el obispo de Ventimiglia había terminado la homilía de la misa de apertura de la sesión: «¡Sálvanos, Señor, que perecemos!».

La sesión conclusiva del Concilio de Trento en 1563, cuadro de Nicolò Dorigati (1692-1748)
Además, entre el 5 y el 17 de septiembre, gracias a las súplicas y oraciones al Espíritu Santo de algunos padres y teólogos, se pusieron unos añadidos esenciales al capítulo IV. Este capítulo, aún en el último esquema, hablaba del Canon como institución eclesiástica, sin ninguna referencia a su antigüedad ni a la tradición de la que nacía. Ahora, en cambio, en el texto definitivo, justamente sin dedicarse a especificar la fecha y las partes de su composición, aunque indica siempre su origen en la Iglesia (Ecclesia catholica sacrum Canonem instituit), el Concilio habla, sin embargo, de Canon instituido «muchos siglos antes» y formado por «las palabras mismas del Señor», por las «tradiciones de los apóstoles» y por las «piadosas instrucciones de los santos Pontífices». Es por esto (enim se lee en el texto latino), es decir, porque recoge el depósito de la tradición, por lo que está inmune de todo error. Y sólo así puede ser condenado, en el correspondiente canon 6, quien pide su supresión. Por no contener ningún error («consta, en efecto, ora de las palabras mismas del Señor, ora de tradiciones de los apóstoles y también de piadosas instrucciones de los santos Pontífices») es justamente por lo que (ideoque) no debe ser suprimido.
De las partes oscuras del Canon y de su explicación, mencionadas en el esquema de 1552, no se habla en el texto final. Habría que saber por qué. «Por razones de brevedad» –escribe Jerome P. Theisen en un artículo postconciliar, aunque ya pasado, sobre el Canon romano– y parece sobrentender “por desgracia”. Theisen lamenta que el Concilio de Trento, sobre todo respecto al Canon, tuviera una reacción meramente defensiva, no fuera creativo y verboso, como gusta hoy. Tal vez sea mejor reflexionar sobre la siguiente afirmación preconcilar, sólo por la fecha, de Dix: «La ventaja de la Contrarreforma fue que conservó el texto de una liturgia que en substancia se remontaba a mucho antes del desarrollo medieval. Con esto preservó las primitivas formulaciones que es donde residía la verdadera solución de las dificultades medievales, si bien tuvo que pasar tiempo antes de que la Iglesia postridentina las usara para su fin. Los protestantes, por el contrario, abandonaron todo el texto de la liturgia y especialmente los elementos de ésta que eran un documento genuino de esa Iglesia primitiva que querían restaurar. En su lugar introdujeron formas que derivan y expresan la tradición medieval de la que surgía su mismo movimiento». Heterogénesis de los fines.