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EDITORIAL
Sacado del n. 04 - 2010

Como un tesoro que nadie había vuelto a ver


El medio millón de fieles que participaron en la misa celebrada por el Papa en la explanada del santuario de Fátima el 13 de mayo nos hace pensar que en algunos momentos de la vida cristiana estalla una llamada interior arrolladora


Giulio Andreotti


El papa Benedicto XVI durante la misa en el santuario de Fátima, el 13 de mayo de 2010 [© Associated Press/LaPresse]

El papa Benedicto XVI durante la misa en el santuario de Fátima, el 13 de mayo de 2010 [© Associated Press/LaPresse]

El medio millón de fieles que participaron en la misa celebrada por el Papa en la explanada del santuario de Fátima el 13 de mayo nos hace pensar que en algunos momentos de la vida cristiana estalla una llamada interior arrolladora. Una llamada interior que no surge como reacción a la situación más o menos complicada de la Iglesia, sino de modo imprevisto. Como un tesoro que estaba encerrado en una caja fuerte, que nadie había vuelto a ver, y que cuando se abre la caja nos fascina, lo apreciamos y cada cual lo vive según su propio temperamento.
Son momentos, imágenes, que atestiguan la vitalidad de la Iglesia, que estalla por sorpresa en períodos que parecen tan insulsos y sin motivaciones espirituales. En estos momentos la Iglesia parece tan joven que ni demuestra los dos mil años que ya tiene a sus espaldas, y quedamos salvados del cíclico y variable enjuiciamiento de la situación o con un pesimismo injustificado, o con una euforia poco atenta a los datos de la realidad.
Dos días antes, el 11 de mayo, el Papa usó palabras muy duras afirmando que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos de fuera, sino que nace del pecado de la misma Iglesia. Palabras muy fuertes, que me hicieron recordar no sólo cuando hace cinco años el entonces cardenal Ratzinger, pocos días antes del Cónclave, habló de «suciedad en la Iglesia», sino también cuando Pablo VI habló de «humo de Satanás dentro de la Iglesia». Pero al papa Montini, pese a tener gran fuerza de comunicación espiritual, a veces se le veía como un intelectual. Quizá por eso aquella frase fue entendida por el pueblo católico como un juicio altísimo, pero expresado en un plano meramente cultural. Con Benedicto XVI, esta vez, ha sido distinto. La fascinación y el enganche del Papa actual en el pueblo cristiano no se deben solo a las distintas ocasiones, sino al predominio sobre muchos de los defectos del mundo contemporáneo.
Ante una frase de este tipo, como católico siento que no necesitamos solo mejorar, sino que más bien lo que necesitamos es una conversión total de nuestra vida de cristianos, y hemos de saberla afrontar de la manera adecuada. Creo, en efecto, que el peligro en una vida de fe es la pereza: a veces ocurren sacudidas que llegan desde el exterior, una calamidad natural que nos obliga a pensar en nuestro destino, una persecución, pero en lo cotidiano a veces nos aburguesamos y hasta el cumplimiento de los deberes religiosos se hace más por inercia que como consecuencia de un hecho espiritual sentido.
Por eso, la conmovedora manifestación de solidaridad y cariño hacia el Papa que tuvo lugar el 16 de mayo en la plaza de San Pedro no ha de hacernos olvidar que lo esencial es vivir bien nuestra vida cristiana. Que cada cual cumpla con su deber, que vaya por el camino justo, es fundamental y da fuerza, incluso la fuerza de interesar y atraer a los que están lejos. Y a veces vivir bien el cristianismo posee una visibilidad superior a la más conseguida de las manifestaciones en la plaza pública, pues estas, a veces, pueden ser utilizadas por algunos como argumento para medirse en polémicas, sin captar su verdadero significado profundo.
Una última reflexión sobre los cinco años de pontificado que Benedicto XVI celebró el 19 de abril: noto a menudo que las audiencias del miércoles siguen siendo muy concurridas y, sobre todo, sentidas. Quizá al principio los italianos estaban como prevenidos por culpa del acento alemán del Papa. Pero la fascinación enorme que provoca Benedicto XVI pronto hizo que esto quedara atrás. Hasta el punto de que me asombra la capacidad comunicativa de Benedicto XVI en los sectores más dispares: desde el pueblo bajo, que percibe la Iglesia como caridad y devoción, al mundo de la cultura y la ciencia o los líderes internacionales.
Creo que el Papa dirigirá siempre su atención a conciliar los objetivos meramente espirituales y sobrenaturales con los deberes de los cristianos en el mundo en el que viven (que, por cierto, no está poblado de terciarios franciscanos). El tono que usa el Papa en estas manifestaciones, desde las más solemnes a las más rutinarias, como las audiencias de los miércoles, responde a esta expectativa.


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